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SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO - 2004


Homilía de monseñor
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
Plaza de San Martín, frente a la Basílica de San Francisco



1. Una gran fiesta de hondo significado.
Hay fiestas religiosas hermosas y tradicionales, como ésta, que no queremos perder. Al contrario, cada tiempo es propicio para recordar y actualizar su sentido. La solemnidad del CORPUS, como se solía llamar, es celebrada en el hemisferio norte, durante la primavera. El santísimo sacramento se lleva en procesión, por calles y plazas, gozando del renacer de la naturaleza, y adornando su paso con abundantes y bellas flores. En esta parte de la tierra, en cambio, nos toca celebrarlo, al comienzo del invierno, aunque cercanos a Pentecostés. El tiempo no nos invita a salir tan a gusto al aire libre. Pero, cuando intentamos revalorar el sentido de la Eucaristía en nuestra vida, también la tarde corta y fría, con la noche muy cerca, son un signo de nuestras inquietudes y búsquedas. El rigor del clima y la falta de luz, son una señal de nuestro mundo, a menudo agobiado por la tristeza y la falta de comprensión o afecto sincero.

Por lo tanto, que la palabra de Dios proclamada ahora nos llegue al corazón, y con la predicación de la Iglesia, nos permita descubrir más a fondo la Eucaristía como el mejor tesoro regalado por el Señor, y destinado a transformar el mundo con la fuerza extraordinaria de la comunión y del amor.


2. El mandato imperioso de Jesús: Dénles ustedes de comer!
El Evangelio de Lucas anuncia lo sucedido aquel día: los apóstoles quieren hablar a solas con Jesús; mientras mucha gente enferma y necesitada recurre a Él; al atardecer todos se encuentran con hambre y lejos de casa (Lc 9,11b-17). No cuesta mucho imaginar esa escena vivida hoy. Gente creyente, reunida hoy aquí desea escuchar al Señor y dialogar con Él, en medio de necesidades apremiantes del presente, enfermos y hambrientos de muchas cosas, desamparados o inseguros, estando cerca o lejos de casa.

La frase imperativa de Jesús a los apóstoles llama la atención: ¡Dénles de comer ustedes mismos! Lo que ellos tenían, 5 panes y 2 pescados, era poco, aún para ellos. ¿Qué iban a compartir con la gente? Pero Jesús sabía muy bien qué estaba pidiendo. Ante todo, que pusieran ojos y corazón a sus palabras y gestos. Él iba a multiplicar los panes, para que todos comieran hasta quedar satisfechos. Así descubrirían el poder que el Padre le había otorgado; tan distinto de las fuerzas y pretensiones humanas. De esa forma, sobre todo, serían capaces de reconocer en la última cena, que podía convertir el pan en su Cuerpo entregado, y el vino en su Sangre derramada, por la salvación del mundo. Ese sería el milagro principal, capaz de atraer la fe y la confianza de la gente necesitada y hambrienta. Desde entonces, hay una presencia Suya misteriosa, pero capaz de levantar cualquier desánimo en el camino de la vida, como le sucedió a los discípulos de Emaús, cuando lo reconocieron en el partir el pan (cf Lc  24,13-35). Por lo tanto, cuando Jesús les mandó que ellos mismos le dieran de comer a la multitud, no se desentendía del problema, sino que los invitaba a colaborar en una obra maravillosa que Él mismo había venido a realizar: salvar al mundo del pecado y de la muerte, por su propia muerte y resurrección. De este misterio central, la Eucaristía es signo eficaz, destinado a dar abundante fruto. Y ese fruto pasa por nosotros.


3. La Eucaristía: misterio del cual vive la Iglesia
. El Papa nos ha regalado hace poco una carta hermosa sobre la Eucaristía, que comienza con las palabras La Iglesia vive de la Eucaristía (abril 2003). Poco a poco la vamos estudiando y aprovechando. Nos ha servido para preparar el Congreso Eucarístico Nacional que tendremos este año en Corrientes. Acogiendo esta enseñanza, no tenemos vergüenza de decir que necesitamos todavía descubrir la Eucaristía como plena manifestación del inmenso amor de Dios. Se trata de un verdadero “misterio”, en el cual Dios se manifiesta y se dona, escondido al mismo tiempo en signos y palabras humanas, que requieren de la fe, y la y despiertan. Para vislumbrar este misterio y gozar de él, necesitamos la capacidad de asombro que Jesús suscitó con sus milagros, con su palabra admirable y cautivadora, con sus mandatos sabios y exigentes; sobre todo, con su muerte inexplicable para muchos y su resurrección gloriosa; como también sorprendió con su presencia de resucitado y la maravillosa efusión del Espíritu.

Los creyentes nunca dejamos de crecer en la fe. Se comprende así que la Iglesia nos llame a progresar en asombro y gratitud, para descubrir mejor el misterio eucarístico. Reconocer en él a Jesús presente y cercano, que se queda en humilde ropaje, para ser adorado y darse en comida, supera toda comprensión humana. Sólo la fe, movida por la gracia de Dios nos permite reconocerlo y comerlo con provecho espiritual. Por eso nos hace bien ejercitar juntos, como Iglesia congregada por el mismo Jesús, la fe en el don de la Eucaristía. No hace bien acostumbrarse al misterio, perdiendo la capacidad de admiración y de sorpresa.  Es demasiado grande el regalo que Dios hace de sí mismo, para confundirlo con un mero símbolo, o con otros dones de su providencia.

Recordando esta riqueza de la fe católica, no dejo de recomendar a las familias y a los catequistas que pongan más atención en la preparación para la primera comunión. Siento también la urgencia de exhortar a pastores y fieles, para que vivamos con mayor intensidad la misa dominical, experiencia semanal de comunión en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Nos toca preparar con esmero estos encuentros, para una participación digna fructuosa, que precisa también de la confesión frecuente, y se profundiza por la adoración del santísimo sacramento.  


4. La Eucaristía nos convoca, reconcilia y solidariza
. Toda esta celebración expresa de alguna forma el misterio creído y celebrado, e impulsa a vivirlo con mayor profundidad. Es la presencia vida de Cristo resucitado, que llama y reúne. No pertenecemos a una sola familia ni a una sola comunidad. Venimos de muchas comunidades. Expresamos la riqueza y variedad de la Iglesia, que camina en Mendoza y en el universo, en su infinita variedad de personas, cualidades, sentimientos y vocaciones. Cristo nos ha hecho su cuerpo místico, por la fe y el bautismo, y nos alimenta con la Eucaristía para estrechar por el Espíritu los vínculos del pueblo que adquirió con su sangre. Con palabras parecidas rezamos en cada Misa, confiando que Jesús comunica a su Iglesia, la vida eterna, que es paz y comunión.

Al mismo tiempo, celebramos este misterio con los pies en la tierra. La sociedad argentina ha sufrido mucho en los últimos años; una crisis muy profunda, provocada sobre todo por el bajo aprecio de valores espirituales y morales. La vida cotidiana está cargada de justificados lamentos con los cuales criticamos y nos desalentamos unos a otros. La enumeración de los males argentinos, llenan hora de conversación, alimentada constantemente por noticias lamentables y muy divulgadas. La Eucaristía, en cambio, es una buena noticia: fuente de comunión, donde Dios reconcilia perdonando con misericordia, devolviendo su amistad, restaurando la dignidad perdida por el pecado. ¿Qué fuerza nueva nos puede dar este pan del cielo, para vivir como buenos y honestos ciudadanos? Algunos piensan que la reconciliación predicada consiste en olvidar el pasado y comenzar de nuevo, como si nada hubiera ocurrido. Entonces temen que el error y la malicia sigan ocupando su lugar.  En cambio, reconciliación significa : dejar el odio y la venganza, el rencor y el lamento estéril, para construir decididamente una convivencia basada en: el respeto a los derechos, la justicia en toda su amplitud, el trabajo honesto y responsable, la integración de tantas cualidades y de esfuerzos generosos; todo ello en orden al bien de todos. Más aún, cuando el desequilibrio social ha provocado marginación y pobreza, se requiere la solidaridad para tender la mano a los más necesitados, que sienten amenazada la paz de su familia, el trabajo para ganarse el pan, la educación de sus hijos, la salud y el techo del hogar, incluso la misma subsistencia.

Mendoza renueva hoy su fe en Cristo, hecho pan vivo para dar vida al mundo. Queremos vivirlo como un hecho de gracia y de conversión. Volvamos una mirada de asombro y un corazón creyente hacia Él, confiando que nos ofrece un encuentro que renueva, salva y congrega en fraternidad. Queremos ser fieles a la misión que tenemos como cristianos en este momento de la patria. Por eso rezamos unidos a María, con ganas de crecer en compromiso: “Que tu Hijo y Salvador nuestro genere hombres y mujeres honestos y capaces, que amen y sirvan a la Patria. Que haga posible la reconciliación de nuestra sociedad herida por la división y el desencuentro. Que establezca la auténtica solidaridad con quienes están más heridos a causa de la injusticia y la pobreza” (Oración del Congreso 2004).


Mons. José María Arancibia,
arzobispo de Mendoza



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