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CELEBRACIÓN DE ACCIÓN DE GRACIAS


Homilía de monseñor
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza en el tedéum del 9 de julio de 2004


1. Nos sentimos patriotas y religiosos

La independencia declarada por el Congreso de Tucumán, en 1816, es un hecho fundamental de nuestra historia argentina. Significó la ruptura definitiva con el antiguo régimen, para comenzar una nueva forma de soberanía. Aquel fue un Congreso integrado por valiosos representantes de las provincias, que tomaron una decisión histórica y valiente, superando incertidumbres, y abriendo un camino seguro entre las luchas de esos años. Esa sigue siendo una valiosa lección, también para estos tiempos.

Aquella fue una decisión madurada y convencida. Movida por un alto y bien entendido ideal de libertad. Según escribió Nicolás Avellaneda: los congresistas de Tucumán “se emanciparon de su rey, tomando todas las precauciones para no emanciparse de Dios y de su culto ... Querían conciliar la vieja religión con la nueva patria”. La misma acta de la independencia, comienza “invocando al Eterno que preside el universo...”. No extraña tampoco que aquella asamblea haya comenzado y concluido con una Misa, y que en la ocasión se entonara el tradicional Te Deum.

Ahora también, con parecido espíritu patriótico y religioso, recordando frases de aquel antiguo himno cristiano (Te Deum: siglo IV), queremos invocar confiadamente a Dios, pidiendo por nuestra vida ciudadana:


Salva a tu pueblo, Señor, bendice tu heredad

Sé su pastor y guíalo ...

Día tras día te bendeciremos ...

Dígnate guardaros de pecado ... ten piedad de nosotros

Tu misericordia venga sobre nosotros, como lo esperamos de Ti.

En Ti esperamos y no quedaremos defraudados.


2. Ante todo, damos gracias por la vida misma

Al levantar los ojos, repasando con fe cristiana la historia de la Argentina, encontramos muchos bienes que agradecer. Entre todos ellos, se destaca la vida misma. Este es el don primero que Dios otorga. Sólo contando con este regalo inmerecido puede el hombre soñar y proyectar. Sólo desde su existencia humana, misteriosa y precaria a la vez, camina hacia ideales que lo animan y atraen. Sólo porque EXISTE, aunque no pueda explicarse acabadamente POR QUÉ, es capaz de trabajar, de amar y de transformar la creación, para su propio bien y el de los demás.

 Se puede, entonces, tener por sabio quien «considera la vida como un don espléndido de Dios, una realidad “sagrada”, confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su “veneración” (EV 22,1). La vida humana nunca llega a ser simplemente “una cosa”, que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable. Y si la vida humana en la tierra tiene un valor tan grande, cuando más valiosa se torna desde la fe, al reconocer que cada persona está llamada a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, porque se le ofrece participar en la misma vida de Dios. «Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida “nueva” y “eterna”, que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa “vida” donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre” (EV 1,3).

Del corazón tiene que brotar entonces, un himno entusiasta de acción de gracias, porque cuanto hayamos intentado y logrado en nuestra historia, tiene como fundamento este don maravilloso, nunca suficientemente reconocido, que es al mismo tiempo una tarea y una responsabilidad.

En cambio, preocupa de veras, e impulsa a pedir el auxilio de Dios, comprobar que “La mentalidad materialista aprecia la vida en la medida que alcanza la fama, la eficiencia, la riqueza, el placer. No le reconoce un valor en sí misma, ni por sí misma. Por eso termina por alimentar una cultura de muerte, que se manifiesta en el desprecio y la marginación de los enfermos y ancianos, en el aborto, la eutanasia, el homicidio, el desprecio del compromiso para siempre” (CEA, La familia imagen del amor de Dios, 5,1).


3. Queremos ser libres para convivir en amor sincero

La independencia y soberanía declaradas hace 188 años, es una conquista que nos permite cantar con orgullo: ¡Libertad, libertad, libertad ... sean eternos los laureles que supimos conseguir!. Pero ninguna persona, ningún pueblo, vive libremente, sin un esfuerzo consciente, arduo y constante de todos.

La libertad es propia del existir humano, y requiere ser cultivada como la misma vida. Se orienta y ejercita, ante todo, desde la verdad, siempre mejor conocida y amada. Supone conocer la verdad completa sobre el ser humano, su dignidad singular, sus derechos y obligaciones esenciales. No ha sido entregada para destruir, sino para edificar. No está dada para cualquier fin, sino para grandes ideales. Necesita por tanto formación adecuada y dominio de sí mismo.

«La primera libertad -dice san Agustín (s. V)- consiste en estar exentos de crímenes... como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes (y ningún cristiano debe cometerlos), comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta... » (VS 15,1).

En este momento de oración, damos gracias por tantos padres y madres, que siguen optando por un alto y noble ideal de familia, en medio de muchas dificultades e incertidumbres. Vivir y sostener el matrimonio y la familia, como privilegiada comunión de amor, y como primera escuela de virtudes sociales, para los esposos y para los hijos, es un valor que contribuye a edificar la comunidad política. Gracias a Dios, en la Argentina “el hogar sigue siendo el lugar privilegiado de encuentro de las personas donde, en las pruebas cotidianas se recrea el sentido de pertenencia” (La familia ... 2,2). Vale la pena entonces educar la libertad, para que las personas aprendan en familia a sostenerse y a perdonar; a acompañar a niños y jóvenes, a valorar a los ancianos. Una madura libertad permite: compartir alegrías, ayudarse y ser solidarios, enfrentar con audacia las pruebas cotidianas.

Demos gracias además, por los educadores, dirigentes y gobernantes, que sueñan y trabajan por una soberanía nacional, que ofrezca a todos una convivencia social respetuosa, justa y pacífica. Al mismo tiempo, somos conscientes de tantos problemas graves, como la pobreza extendida y la inseguridad agravada. Precisamos todavía caminar bastante como pueblo que vive y crece democracia. Supliquemos pues el auxilio de Dios, para saber usar bien la libertad conseguida, y ser capaces de buscar el bien común, a través del diálogo sereno, y la colaboración sincera. No nos ayuda la división ni el enfrentamiento; tampoco la desconfianza ni la desautorización de unos hacia otros. No es sana la libertad que se usa para presionar y amenazar, aunque sean justos los reclamos. Para edificar una sólida convivencia social, se requiere como base imprescindible la verdad, la equidad social, y el respeto a personas e instituciones. En nuestras relaciones, hacen falta, por tanto, verdaderos esfuerzos de acercamiento, de diálogo comprensivo, y aún de reconciliación.

Este momento de oración confiada, se inspira en el proyecto de Dios sobre la vida humana en comunidad. Él quiere sin duda el bienestar y la felicidad de todos. Reconocemos su providencia sobre nuestra provincia, dotada de tantos bienes de naturaleza y de hermosa gente. Hemos podido entendernos, trabajar juntos, querernos y hasta perdonarnos. Aspiremos entonces, con la ayuda de Dios, a lograr una convivencia que sea auténtica amistad social, edificada y sostenida por nobles sentimientos y por acciones solidarias, para que todos gocen no sólo de la ansiada justicia sino del amor y de la paz.


Mons. José María Arancibia,
arzobispo de Mendoza



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