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ORDENACIÓN DIACONAL 2004
Homilía de monseñor
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, en la misa
donde confirió
el orden sagrado del diaconado a los seminaristas
Gerardo Bustamante, Federico Kahr y Gerado Virga
(Parroquia Santiago Apóstol y San Nicolás,
16 agosto de 2004)
2 Cor 4, 1-2. 5-7 / Jn 12, 24-26
2. Tenemos gran aprecio a este ministerio
La Palabra
elegida por los ordenandos, y recién proclamada, obliga a reconocer,
ante todo, que el ministerio apostólico (diakonía), es confiada
por Dios en su gran misericordia; así lo confiesa san Pablo (2 Cor
4,1). No es iniciativa y mérito de quien lo recibe; sino don de Dios,
quien lo otorga únicamente por su amor gratuito y compasivo. Con esta
conciencia lo vamos a invocar y a recibir. En su carta, el apóstol lo
compara con el servicio que prestó Moisés entregando los diez
mandamientos: si aquel fue grande, este otro que proviene del Espíritu
Santo, es más glorioso todavía, y está destinado a la justicia y
santidad (cf 2 Cor 3,8-9).
Pablo lo
llama tesoro, aunque llevado en vasos de barro; ya que los
hombres, no somos más que eso; para que se note mejor de dónde viene y
en qué consiste dicha riqueza (v 7). El contraste obliga precisamente
a aceptar, con mucha humildad y gratitud, semejante don. Jesús llama
tesoro al Reino anunciado por Él; y lo presenta como algo tan
valioso, que vale la pena invertir en él -con alegría- todo lo que uno
tiene (Mt 13,44). En consecuencia, el que se convierte al Reino y se
hace discípulo de Jesús, puede sacar de su tesoro interior lo nuevo y
lo viejo (Mt 13,52). “El hombre bueno, saca el bien del tesoro de
bondad que tiene en su corazón” (Lc 6,45). La Iglesia está llamada a
vivir y a predicar el misterio de Dios, y en él “están ocultos todos
los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Col 2,3).
¿Cómo no
vivir entonces este momento con una actitud agradecida de asombro y
felicidad de corazón? En esto nos alentamos unos a otros: pastores y
fieles; sacerdotes y diáconos, tanto antiguos como recientes. Nunca
admiramos bastante el don recibido. Siempre necesitamos volver a esta
convicción profunda y primordial de nuestra vocación.
3. Renovamos la fe en el Señor Jesucristo
El
servicio apostólico, que ahora ejercemos y vamos a confiar, no tiene
otro centro más que Jesucristo. Hemos sido atraídos y conquistamos por
la gloria de Dios, que resplandece en el rostro de Cristo, imagen viva
de Dios. Por lo tanto, como afirma Pablo: “no nos predicamos a
nosotros mismos, sino a Cristo Jesús, el Señor” (v 5). ¿En qué
consiste entonces esta vocación? “No somos más que servidores de
ustedes por amor de Jesús” (v 5). En esta forma de servicio, se
concentra todo lo que un apóstol es y debe hacer. En ninguna otra cosa
tiene puesto su interés. Ninguna otra cosa persigue o pretende. Eso le
basta y lo llena por completo. Su motivación fundamental es el amor de
Cristo, que él mismo ha experimentado; y de lo cual, nada ni nadie
puede apartarlo; con Él tiene un vínculo más fuerte que la persecución
y la muerte (Rom 8,35-39). A su vez, él quiere ser testigo e
instrumento del Señor, porque el amor de Cristo lo apremia y por ello
se atreve a pasar por insensato (2 Cor 5,14). Su mayor alegría está en
ver a su comunidad unida en el amor (Flp 2,2).
¿Quién le
ha dado un corazón tan grande? Nos interesa saberlo para intentarlo
también nosotros. Pablo confiesa que Dios mismo lo ha capacitado como
diácono de una nueva alianza (2 Cor 3,6). Todo viene de Dios, que nos
ha reconciliado consigo mismo y nos ha confiado el ministerio de la
reconciliación (5,18). El mismo creador del cielo y la tierra, “el que
hizo brillar la luz en medio de las tinieblas, ha encendido esa luz
en nuestros corazones” (4,6); así hace brillar la gloria de Dios que
se refleja en Cristo, ante los ojos de quienes escuchen y creen.
Disculpen
tantas referencias a las lecturas proclamadas y a su contexto. En mi
propio ministerio de invocar al Espíritu para ordenar, y de reavivar
el carisma recibido, no dejo de buscar -para mí y para ustedes mis
colaboradores-, la Palabra viva que ilumina y reconforta. Muchas otras
palabras y acciones nos impactan en sentido opuesto, y hasta perturban
el seguimiento entusiasta del Señor.
4. Servir al Señor es seguirlo en todo tiempo
En el
evangelio, Juan pone en boca del Señor la figura del grano de trigo
que muere para dar vida, y la invitación a perder la vida para
conservarla (Jn 12,24-25). Jesús se refiere ante todo a la entrega de
su vida en la cruz, por la cual será glorificado, y el mundo tendrá la
salvación. A los que ha llamado les dice: “el que quiere servirme que
me siga” (v 26). Por lo tanto, el servicio del Evangelio, que
atestigua el amor de Dios, la diaconía de la reconciliación, supone el
seguimiento perseverante del Señor con toda la vida.
Los
ministros del Señor, lo conocemos y predicamos. Interpretamos sus
palabras y aconsejamos en su nombre. Bendecimos y consolamos.
Repartimos el pan de la Palabra y de la Eucaristía. Procuramos que la
gente comparta el pan de cada día, con amor solidario y se acuerde de
los pobres. Sin embargo, en cada enseñanza, celebración y trabajo
pastoral, necesitamos poner la mirada en Jesucristo; para descubrirlo
allí donde Él ha querido estar presente; para servirlo a Él ante todo;
para aprender a entregar la vida como Él, meditando sus misterios y
siguiendo sus pasos. En este tiempo, no es fácil mantener fuertes
convicciones que susciten una vida generosa, abnegada, capaz de
mantener la opción realizada. Necesitamos volver una y otra vez al
amor primero; a la Palabra de Dios; a la doctrina y compañía de la
Iglesia; al ejemplo y consejo de la gente que nos quiere bien.
El hermoso
y valiente testimonio de Pablo que comentamos, fue escrito desde una
dura experiencia. No todo era hambre de Dios y entusiasmo por el
evangelio en torno suyo. Tanto del pueblo, como de algunos
predicadores, provenían tristes actitudes. Entonces confiesa, que él
no se desanima, ni calla por vergüenza; pero que tampoco sigue el
ejemplo de quienes proceden con astucia, mienten o falsifican la
Palabra. Sabe que para muchos el Evangelio resulta impenetrable, que
la fe es rechazada, porque el maligno les ha ganado el corazón (2 Cor
4,3-4). Más adelante dirá: estamos atribulados pero no abatidos;
perplejos pero no desesperados; perseguidos pero no abandonados;
derribados pero no aniquilados (4,8-9). ¡Magnífico ejemplo de
fortaleza apostólico en seguimiento del Señor!
No vivimos
tiempos de persecución a causa de la fe. Pero ustedes, jóvenes
diáconos, serán enviados a anunciar el Evangelio con la palabra y la
vida, en medio de un mundo, que los necesita y los ignora al mismo
tiempo. En las comunidades y en los hermanos, encontrarán apoyo y
cariño. Aunque también incomprensión, descuido, o falta de compromiso.
Si trabajan con espíritu misionero, como esperemos, y en diálogo con
la cultura actual, encontrarán corazones sedientos de verdad, pero
también otros apegados al éxito y a los bienes terrenos. La mentalidad
de hoy no aceptará fácilmente los criterios y valores del evangelio;
tampoco comprenderá el celibato para siempre y por el reino de los
cielos, que hoy consagran al Señor. Necesitamos ayudarnos mutuamente y
prepararnos, para mantener la dicha de ser servidores del Evangelio;
por amor a Jesús y al pueblo de Dios; creciendo en fe y esperanza,
aunque rodeados de una cultura secularista, no siempre abierta a los
valores del espíritu, agobiada por muchas confusiones y falsedades,
que pretende justificarse en nombre del respeto y por temor a la
discriminación.
Al invocar
el Espíritu sobre ustedes, les ofrecemos la oración y el cariño de
toda la Iglesia. Los queremos de veras y los necesitamos; como ustedes
a esta comunidad diocesana. Nuestra esperanza está puesta en el Señor,
porque Él completará en ustedes lo que ha comenzado. Pongan en el
Señor toda su confianza. Invoquen siempre a María, madre, modelo y
esperanza de nuestra Iglesia peregrina.
Mons.
José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
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