Documentos  
 

NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO,
PATRONA DE MENDOZA


Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza en la Fiesta de la Iglesia diocesana (3 de octubre de 2004)


1. Mendoza quiere mucho a María, la madre del Señor

Con alegría compruebo que, el amor a la Virgen María nos reúne de nuevo. Me impresionan y conmueven tantas expresiones de devoción y de cariño hacia la Virgen. Este encuentro fraterno y festivo lo demuestra, y así lo gozamos. Veneramos a María santísima, con muchos nombres. La encontramos hermosa y admirable, porque es la llena de gracia. El Señor ha hecho en Ella maravillas. Dios la hizo madre de Jesús, el Redentor del mundo; y Jesús nos la entregó como madre del pueblo cristiano. Ella es signo del amor de Dios, que fiel a su promesa, ofrece la salvación en esperanza. Ella es signo de apertura dócil a la Palabra de Dios, y de entrega generosa a su servicio. Así quiere vivir y trabajar esta Iglesia de Mendoza.

Algunos se extrañan que María pueda ser tan amada e invocada. Sin embargo, éste es una nota importante de nuestra identidad católica, que deseamos vivir con sentido profundo. María nos ayuda a descubrir en Cristo al Mesías prometido; nos alienta a escuchar su Palabra, y a ponerla en práctica; a confiar en el misterio de su muerte y resurrección, que salva al mundo; a pedir constantemente la fuerza del Espíritu Santo. Como madre y educadora, no nos permite desviar la mirada de Cristo, presente en el Evangelio, en la Eucaristía, en los hermanos pobres y necesitados. Por eso la queremos entrañablemente. Ella es imagen de la misma Iglesia.


2. María nos ayuda a mantener abiertos: ojos, oídos y corazón

Los devotos de María descubren por Ella realidades muy importantes. María advirtió a Jesús, que la familia de Caná se había quedado sin vino para la fiesta; y recomendó hacer lo que Él les dijera. Así lo reflexionamos el año pasado. Ahora continuamos nuestra meditación. Ella se hizo fiel discípula del Señor, que en Belén había nacido de sus entrañas. Supo guardar en el corazón lo vivido junto a Él. Isabel su prima, y el mismo Jesús, la llamaron feliz, porque había escuchado la Palabra de Dios, había creído en ella, y la había cumplido como servidora. ¿Estaría muy lejos María, cuando Jesús enseñaba atrayendo multitudes que lo seguían hasta encontrarse lejos de casa y hambrientas? ¿No habrá escuchado también Ella la pregunta de los apóstoles: qué haremos con tanta gente en el desierto, sin plata y sin pan para darles de comer?

Todos los que se acercan a María, no pueden cerrar los ojos, ni los oídos, ni el corazón, a estas cosas grandiosas y desafiantes a la vez. Por un lado, la presencia segura del Dios que se acerca y salva a los hombres en Jesucristo. Por otro, las necesidades de tantos hermanos hambrientos de todo: de trabajo digno y bien remunerado; de la ansiada justicia y seguridad; de cuidados para su salud; de armonía y cariño familiar; de educación que los promueva; de valores que dignifiquen su vida; de convicciones espirituales que den esperanza a su lucha cotidiana... Hace unas pocas semanas, reunidos en Corrientes para el Congreso Eucarístico Nacional, me conmovía oyendo cantar así a la multitud: “Da miedo tanta oscuridad. No es posible morirse de hambre en la patria bendita del pan”. Muchos de ustedes también lo escucharon.


3. ¡Dénles ustedes de comer!: una Palabra recibida que se hace oración

Cuando los discípulos recurrieron a Jesús, porque eran conscientes del cansancio y el hambre de la gente, Él les dijo: ¡Dénles ustedes de comer! ¿Los dejaba solos ante semejante necesidad? ¿Les encomendaba una tarea imposible? Preguntas parecidas nos hacemos hoy. ¿Qué podemos hacer ante los temores, sufrimientos y angustias de tantas personas? ¿Seguirá el Señor repitiendo que nos ocupemos de ellos?

Sin duda quiere Jesús hacernos solidarios de la humanidad necesitada de justicia, de amor y de paz. Porque Él mismo se hizo hombre para cargar con el peso de cuanto aflige a la humanidad. Por eso mismo, quizás, se ha hecho frecuente entre cristianos hablar de: “compartir”. Porque unos y otros tomamos parte de cuanto somos y tenemos; porque juntos sufrimos los problemas y somos parte de las posibles soluciones. Pero cuando la necesidad es enorme y supera las fuerzas ¿tiene sentido compartir pobreza y desesperación?

Aquí es donde el mandato de Jesús, que ordena dar de comer, hace brotar del corazón una súplica sentida y confiada: ¡Danos tu pan! La fe cristiana, urgida por la exigencia del Señor, nos hace volver sobre su promesa y sus dones. Jesús sanó a muchos enfermos, y multiplicó unos pocos panes para saciar el hambre de muchos. Pero éste no debía ser su mayor milagro. Quería llamar la atención sobre otra realidad muy honda. Había venido para sanar los corazones, y para alimentar con un pan que viene del cielo. En verdad, ofrecía el pan de la Palabra de Dios, ya que no sólo de pan material vive el hombre. Más aún. Se disponía a entregar su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía; como lo haría luego en la cruz redentora. Era preciso, entonces, descubrir y comer este pan nuevo, para tener la vida que Dios otorga; para poseer la prenda de la gloria y la resurrección futura. Por eso, cuando comemos ese pan, formamos en Él un solo cuerpo, animado por el Espíritu Santo. El pan eucarístico nos hace Iglesia, Cuerpo Místico del Señor.

Al pan consagrado, que contiene realmente el Cuerpo y la Sangre de Jesús, le llamamos “comunión”. Porque nos une a Dios y entre nosotros. No es el pan cotidiano. Aunque lo necesitamos cada día. Porque es un don, una gracia, un alimento espiritual imprescindible. Siendo peregrinos y pecadores, en él encontramos perdón, consuelo, y la amistad de Dios. Jesús lo presentó como un banquete ofrecido por el Padre del cielo, que nos reúne en torno suyo desde ahora y para siempre. Éste es el pan que pedimos, porque sólo transformados y sostenidos por él, aprendemos en verdad a compartir con los hermanos.     


4. María, mujer eucarística, educa nuestras actitudes interiores

El Papa ha llamado a María, «mujer eucarística»; aunque no consta que haya estado en la última cena; pero sí en la fracción del pan con los apóstoles, en la primitiva Iglesia. Merece ser así nombrada, por su disposición continua para vivir el sacrificio redentor de Jesús; y porque nos educa en actitudes interiores. Vamos a invocarla entonces, para que en esta fiesta suya, nos enseñe a comer el pan de la Eucaristía, y a compartir todo, como auténticos hermanos: 

-María, mujer de fe confiada, imagen y madre del pueblo creyente, cuando aclamemos la Eucaristía como “misterio de la fe”, ayúdanos a creer de corazón en Jesús, y a cantar con alegría la redención que ofrece a los humildes y a los pobres

-María, que conociste en Caná la angustia de aquella familia, sigue educando a tus hijos, para que reconozcan las necesidades todas de la gente de hoy, y para que hagan siempre lo que Jesús diga

-María que aceptaste el plan de Dios como fiel servidora, acompaña nuestro AMÉN de la comunión, para que confiemos en el proyecto de Dios, que congrega a los hombres para vivir “en comunión” fraterna

-María, que abrazaste a Jesús con tierno amor desde Belén hasta el Calvario, ayúdanos a recibir la comunión con afecto y docilidad, para dejarnos transformar por Él, y así tener un corazón dispuesto a compartir con los demás, cuanto somos y tenemos

-María, que acompañaste a Jesús en la entrega de la cruz, y a los apóstoles en las primeras eucaristías, con tu presencia en cada Misa forma en nosotros una entrega comprometida por los que sufren en el cuerpo y en el alma.

-María, ayúdanos a pedir y a gustar el pan sacramentado, que convierta toda mezquindad y egoísmo, en esfuerzo abnegado por la justicia, la solidaridad y la paz.

¡En ti confiamos Señora y madre nuestra, amada y querida, Mujer Eucarística!

 
Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.