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UNA LECTURA PASTORAL DEL OBISPO ACERCA DEL
XIX ENCUENTRO NACIONAL DE MUJERES AUTOCONVOCADAS


Nota de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza
(4 de noviembre de 2004)



Del 8 al 11 de octubre pasado se realizó en Mendoza el XIXº Encuentro nacional de mujeres autoconvocadas. Del evento participaron mujeres católicas, tanto de Mendoza como de otras diócesis del país.

Me ha parecido oportuno ofrecer algunas reflexiones pastorales a partir de los testimonios que he ido recibiendo. Algunos han sido puestos por escrito y los estamos difundiendo.

Ante todo, quiero expresar públicamente la gratitud de toda la Iglesia diocesana a las mujeres católicas por su hermoso testimonio de fe, de humanidad y de esperanza, incluso en circunstancias adversas. Agradezco también a todos los que se unieron espiritualmente a través de la oración, el sacrificio y el aliento.

Sin embargo, nuestra gratitud fundamental es a Dios. Una vez más nos ha salido al encuentro en lo vivo de la historia. ¡Qué enorme don es la fe en Cristo, el Hijo de Dios “nacido de una mujer” (Gal 4,4)! Una fe que hemos recibido para comunicar. Esta ha sido una ocasión para ello. No lo dudemos.


Formarse y participar

La participación católica en el Encuentro tuvo una fase importante de preparación, coordinada por el Departamento Arquidiocesano de Laicos. Dos palabras resumen la consigna fundamental: formarse y participar.

Los talleres abordaban cuestiones relevantes. No nos era desconocida la heterogeneidad de temas y participantes; como tampoco las profundas divergencias con el pensamiento católico y la hostilidad hacia la Iglesia de algunos sectores. ¿Qué actitud asumir ante una situación semejante? Las alternativas eran varias. Se eligió participar. Fue una opción consciente, precisa, y deliberada. Dos palabras expresan también el espíritu de esta opción: claridad y caridad. Claridad en la propuesta de la visión cristiana de la persona, de la vida y de la sociedad según la enseñanza actualizada del Magisterio. Caridad en el anuncio de la verdad del Evangelio.

Si la opción era participar y debatir: ¿sobre qué bases plantear una participación sincera y honesta? El reconocimiento de la dignidad de la persona humana es el fundamento del bien común y, en este sentido, un sólido cimiento para toda forma de diálogo social, aún en la divergencia. Así lo enseña la Iglesia, esa ha sido también la experiencia reciente en el Diálogo Argentino y así nos propusimos actuar. Las actitudes del Santo Padre Juan Pablo II son, en este sentido, un elocuente magisterio para la Iglesia que ha cruzado el umbral del nuevo milenio.


La experiencia del encuentro

La participación en el Encuentro ha sido básicamente una fuerte experiencia laical. El rol activo del laico en la discusión de temas cruciales para la sociedad, la familia y las personas es irremplazable.

En los talleres, salvo algunas excepciones, se logró un buen nivel de intercambio. El “genio propio de la mujer” -al decir de Juan Pablo II- constituye una riqueza que, a medida que se abre efectivamente paso en la vida social, permite replanteos creativos de muchos problemas que hoy nos afligen. La promoción de las mujeres entonces “tiene que ser comprendida y buscada como una humanización, realizada gracias a los valores redescubiertos por las mujeres” (1).

El reconocimiento de estos aspectos positivos no puede ocultar interrogantes serios. Merecen una reflexión serena. Constatamos una fuerte hostilidad hacia la Iglesia católica. Algunas participantes sufrieron humillaciones y discriminaciones por el hecho de ser creyentes. Aunque algunos católicos tuvieron actitudes similares e incluso protagonizaron hechos lamentables, la postura en general de las participantes fue encomiable por lo pacífica y respetuosa.

Sin embargo, no es esto lo que más nos interpela. Constatamos la existencia de una mentalidad, cada vez más difundida y militante, no solo contraria al Evangelio sino también a valores primordiales del orden natural. Tiende a ignorar el valor trascendente de la persona humana, exalta una libertad falsa y sin límites que se vuelve siempre contra el hombre, ofreciendo además una interpretación materialista de la vida. Como triste corolario se desemboca en un nihilismo desesperado que afecta sobre todo a los jóvenes.

Una caja de resonancia particularmente sensible de este proceso es el mundo de la sexualidad humana. Los profundos cambios de paradigma en este campo han seguido una evolución que hoy se expresa a través de la “perspectiva del género”. Al considerar la sexualidad como un elemento absolutamente maleable cuyo significado fundamental es una convención social y una elección autónoma del individuo, presenta interrogantes de orden antropológico que no podemos soslayar fácilmente. El persistente reclamo por la despenalización del aborto y los intentos por redefinir el concepto tradicional de matrimonio y familia son algunas de sus manifestaciones más fuertes y preocupantes. Es un planteo ideológico que exige un serio discernimiento (2).

El Encuentro nos permitió palpar cuánto dolor, injusticia y desprecio por la dignidad de las personas hieren cada día a muchos hermanos nuestros, mujeres y hombres. Los reclamos, expresados incluso de forma provocativa, son un grito de dolor que nos sacude. No podemos quedar insensibles o solamente escandalizados. ¿Cómo reaccionó Jesús ante el clamor de tantos hombres y mujeres golpeados por la vida, despreciados incluso como pecadores por quienes se consideraban justos?


Una mirada hacia delante

Los católicos no podemos renunciar a contribuir a la vida de la sociedad. La Iglesia posee una comprensión de la persona humana y del bien común verdadera y noble, fundada y sólida (3). La experiencia del Encuentro confirma a los laicos en su misión específica: tomar parte activa en la cosa pública, hacer oír su voz, ofrecer sin falsos complejos sus convicciones.

La consigna de formarse y participar sigue siendo entonces válida. Seguramente el futuro nos planteará nuevos debates sobre cuestiones fundamentales: matrimonio, familia y educación.

El compromiso con la dignidad de la persona humana y sus derechos fundamentales lleva a la Iglesia a una postura clara de respeto a la vida de cada ser humano desde la concepción hasta su término natural. Aquí la Iglesia suele encontrar resistencias. ¿Qué actitud adoptar? Responde el Papa: Para la eficacia del testimonio cristiano, especialmente en estos campos delicados y controvertidos, es importante hacer un gran esfuerzo para explicar adecuadamente los motivos de las posiciones de la Iglesia, subrayando sobre todo que no se trata de imponer a los no creyentes una perspectiva de fe, sino de interpretar y defender los valores radicados en la naturaleza misma del ser humano. La caridad se convertirá entonces necesariamente en servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todas partes se respeten los principios fundamentales, de los que depende el destino del ser humano y el futuro de la civilización.(4)

Como discípulos de Cristo no podemos confundir jamás la fuerza moral del testigo del Evangelio con la prepotencia del que corre el riesgo de arrancar el trigo con la cizaña. La verdad del Evangelio implica siempre una apelación a la conciencia y un profundo respeto por la libertad de las personas.

Digámoslo claramente: nuestro interés no está en preservar formas pasadas sino en el futuro. Queremos una sociedad mejor, una democracia más auténtica y un humanismo nuevo. No podemos asistir pasivamente a procesos culturales que, en buena parte, son ambiguos y falaces. Las ideologías suelen irrumpir como una fuerza avasalladora y con la pretensión de ser la interpretación última de todo. Ofrecen esquemas de comprensión y pautas de comportamiento normalmente unidireccionales, rígidas y simplistas. Los medios masivos de difusión amplifican su alcance con su fuerza incisiva de penetración. Es imprescindible entonces profundizar un discernimiento pastoral más lúcido e informado de las corrientes culturales que pugnan por imponer sus paradigmas y valores.

¿En qué espacios y tiempos hemos de realizar este discernimiento pastoral? Nuestra diócesis está revisando su Plan de Pastoral respondiendo al llamado de la Iglesia a una nueva evangelización en un diálogo pastoral -crítico pero honesto- con la cultura emergente. Nuestra meta es actualizar el Plan de Pastoral de cara a los próximos años. Este es un tiempo propicio para afinar la mirada de fe sobre realidades tan complejas e importantes. La evangelización de la cultura y la inculturación de la fe suponen una Iglesia diocesana que se ha consolidado en la comunión y en la corresponsabilidad de todas las vocaciones, carismas y ministerios en la misión común.

En cuanto a los espacios, me permito indicar algunos: 1) La familia, la escuela y la parroquia, ámbitos naturales para ello. 2) Los movimientos y asociaciones que trabajan con matrimonios, familias y jóvenes. 3) Los centros de formación de los agentes pastorales de nuestra diócesis.

El discernimiento es solo un paso. La acción de la Iglesia debe ser eficaz y, sobre todo, expresar una profunda unidad de criterio y de acción. En este sentido, me pregunto si no tendríamos que promover un espacio específico para que las mujeres católicas, desde su perspectiva propia, continúen el seguimiento de los temas que se trataron en el Encuentro, a la vez que puedan abrir el campo a todas aquellas temáticas que las afectan de modo particular. Dejo la pregunta abierta porque una tal iniciativa solo podrá concretarse si encuentra eco en el laicado, especialmente en las mujeres que se sientan llamadas por Cristo a sumarse a esta iniciativa.

Espero que estas reflexiones sean provechosas.


Notas:

(1) Cf. Congregación de la doctrina de la fe, Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, 14

(2) Cf. Conferencia Episcopal Española, Directorio de Pastoral familiar de la Iglesia en España, 11

(3) Cf. Congregación de la doctrina de la fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política¸ 2

(4) Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, 51


Mendoza, 4 de noviembre de 2004

Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza



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