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PASCUA: LUZ Y ALEGRÍA EN MEDIO DE LA NOCHE


Mensaje de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, para la Pascua de Resurrección. Domingo 11 de abril de 2004


“Esta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche ilumina mi alegría».” (De la liturgia católica de Pascua)

“Paz-shalom a ustedes”. Estas son las primeras palabras de Cristo resucitado a sus discípulos. Son algo más que un saludo. Son las primeras palabras de Aquel que probó en toda su crudeza la noche oscura de una muerte infame. Pero la muerte fue desbordada por la vida, el sufrimiento transfigurado por el amor y la oscuridad vencida por la luz. Los apóstoles lo anuncian sin preámbulos: “A ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías” (Hch 2,36). Es la victoria que canta la fe cristiana: “La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable: el Autor de la vida estuvo muerto, y ahora vive” (Secuencia Victimae paschali laudes).

“Paz-shalom a ustedes”. Al presentarse con este saludo, el Resucitado muestra a los suyos las cicatrices de su cuerpo: sus manos, sus pies y el costado abierto por la lanza. Son las huellas que permiten reconocerlo como el Crucificado vencedor de la muerte. El que viene de la muerte –“¡y muerte de cruz!”, subraya con vehemencia Pablo– no recrimina ni reprende, sino que se ofrece sencillamente a la mirada interior de los suyos para que estos lo reconozcan como “el Viviente”. Dice solo: “¡Paz-shalom!”. Quienes lo abandonaron o, como Simón Pedro, renegaron de él encuentran en estas palabras una oferta amistosa de reconciliación y la posibilidad de un nuevo comienzo (“creación nueva” dirá también el Apóstol, “nacer de nuevo” añadirá Juan el Teólogo).

“Paz-shalom” es algo más que un augurio. Es un modo de pronunciar el Nombre sagrado de Dios, el sorprendente protagonista de la Pascua: “Dios lo resucitó y lo sentó a su derecha”. Para un creyente –incluso no cristiano– Dios es y permanece un Misterio que no consiente ser manipulado por nada ni por nadie, menos aún para justificar la peor de todas las idolatrías: la violencia en su nombre.¡No tomarás el Santo Nombre de Dios en vano!, reza el antiguo mandamiento de la Ley de Moisés. Él es el Santo, el Inefable, el Dios siempre mayor. Adorarlo y obedecerlo en el santuario de la propia conciencia es garantía de la más exquisita libertad interior y de la más lograda humanización. Así fue en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios en una humanidad como la nuestra. Así ha sido también para los santos y los místicos. ¿Quién y qué es un santo?: un hombre o una mujer libres, con la libertad de Cristo. “Para la libertad Cristo los liberó” espeta San Pablo a los Gálatas.

“Paz-shalom. Como el Padre me envió, también Yo los envío a ustedes.” La experiencia pascual no termina en el sabor intimista del reencuentro sino que se abre a la extroversión del anuncio y la misión. Ayer como hoy, quienes han tenido la suerte de “ser alcanzados” por el Resucitado en los tortuosos caminos de la vida, para siempre tendrán atada su suerte a la del profeta Galileo. Sentirán el fuego interior y la necesidad de narrar a otros la historia santa del Hijo de Dios. La fe cristiana es, del inicio hasta el final, un fenómeno público de comunicación: de boca en boca primero, con los múltiples medios de expresión después. Así nos alcanza también a nosotros hoy: “¡No busquen entre los muertos al Viviente! ¡Ha resucitado!: ¿Crees esto? Creo, Señor, pero aumenta mi fe. Ve entonces, y cuenta a todos lo que te ha ocurrido por el camino.”

Los cristianos celebramos la Pascua reuniéndonos para una vigilia de espera, en medio de la oscuridad de la noche. “Vigilamos sin tristeza, pero más bien como gente que espera al Señor que vuelve del banquete, para encontrarse de nuevo entre nosotros y anunciar cuanto antes el signo de la victoria sobre la muerte” (San Atanasio, s.IV). Así reunidos, hacemos el memorial de la Pascua, como aprendimos de Israel. Significa que la fuerza liberadora de los acontecimientos pascuales no queda recluida en un pasado remoto, sino que tiene virtud para trasfigurar el presente y, sobre todo, para empujar la vida hacia delante, hacia el futuro. Es el mandato mismo de Jesús en la última Cena: “Hagan esto en memoria mía”. Haciendo memoria de la Pascua de su Señor, el cristiano espera la transformación real del mundo, de la historia y de su propia persona. Inmerso muchas veces en la noche de la contradicción y del abandono, como Cristo ante su pasión y en medio de ella, el creyente sabe esperar contra toda esperanza. Fogueado por el Espíritu de Cristo no cede a la tentación de la confianza mágica de esperar simplemente el paso del tiempo o un golpe de fortuna. El creyente experimenta que es Cristo mismo el que le comunica su luz, su libertad y su Espíritu. Como el Cordero inocente que se entregó para la vida del mundo, se sumerge en la aventura común de vivir como cualquiera. Alimentado por la fuerza secreta de la Resurrección que le da el Pan eucarístico, el discípulo de Jesús inicia y culmina su jornada mirándose y cotejando la calidad de su compromiso  de vida con la palabra fuerte de su Señor: “Felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios”.

“Paz-shalom de parte de Dios nuestro Padre, y de Jesucristo el Señor para todos ustedes.”

Estas son las mejores palabras que tengo para desear a todos muy Felices Pascuas.


Mons. José María Arancibia,
arzobispo de Mendoza



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