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FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LOURDES

 Homilía de monseñor José María Arancibia, arzobispo de Mendoza, pronunciada el 11 de febrero de 2006, en el Santuario de El Challao,
Fiesta de Nuestra Señora de Lourdes.

1. Las fiestas de Lourdes, multiplicadas y extendidas, son un gozo grande para todos. Alegría de agradecer por las gracias recibidas; de suplicar confiadamente por las necesidades materiales y espirituales; de encontrar cerca al Dios que nos ama, acompaña y protege, reflejado con tanta hermosura en la santísima Virgen María.

Al mismo tiempo, son la expresión decidida de nuestra identidad católica: venerar a MARÍA como Madre de Dios y Madre nuestra; celebrar juntos la EUCARISTÍA, instituida por nuestro Señor Jesucristo; experimentar que somos pueblo de Dios, reunido en torno a los apóstoles, y al PAPA sucesor de Pedro.

 

2. Esta es una oportunidad para agradecer el Papa Benedicto XVI, por su primera carta encíclica, titulada “Dios es caridad”, que trata el tema del amor. Enseñanza rica y profunda, aprovechable por todos. En la que responde a muchas objeciones y dudas del momento actual; y en la cual nos impulsa a responder con una intensa actividad caritativa, a los desafíos del presente.

 

3. El AMOR es propio de la persona humana. Esa es su vocación, su destino, la fuente más profunda de auténtica felicidad. Por eso también es causa de frustración y desaliento, cuando el amor es traicionado o no es alcanzado. El amor ha motivado la ilusión de los enamorados, de los esposos, de los amigos sinceros. La entrega de los padres, la confianza de los hijos. Incluso sostiene la dedicación generosa de profesionales, benefactores, y servidores del bien público. Pero hay que lamentar al mismo tiempo, el dolor profundo y hasta inconsolable, que provocan las muchas formas opuestas al amor humano: indiferencia, odio, discordia, enemistad, injusticia, destrucción y guerra ...etc.

 

4. Preocupa, además, que con frecuencia cada uno parece entender y vivir el amor, a su manera. Surgen muchas preguntas. ¿Es sentimiento o decisión voluntaria? ¿Es carnal o también espiritual? ¿Es siempre pasajero o puede ser duradero? ¿Se ama en provecho propio, o sólo en donación a los demás?

El Papa Benedicto ofrece una síntesis sabia, tanto del pensamiento humano, como de la perspectiva cristiana. El amor humano tiene muchas aspectos; desde lo más carnal y erótico, hasta la expresión espiritual o mística. Es muy interesante la integración de todas esas dimensiones, de manera que el amor pueda ser saneado y alcanzar su verdadera grandeza (5).

En el ejemplo y la palabra de Jesús, encontramos los cristianos una comprensión integradora del amor, capaz de superar visiones parciales y hasta contrapuestas. La fe cristiana, no construye un mundo alejado de la realidad humana del amor, sino que “asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones” (8). La novedad principal radica: en la experiencia del amor de Dios, manifestado en Jesucristo; y en el ser humano renovado por la fe y la gracia divina, para responder a Dios con un amor nuevo, necesariamente ligado al amor de los hermanos.

“Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que no ha amado primero. Así pues, no se trata de un mandamiento externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor. El amor es divino, porque proviene de Dios y a Dios nos une, y mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones y nos convierte en una sola cosa, hasta que al final Dios sea «todo en todos» (cf 1 Cor 15,28).” (18).

 

5. El mundo tiene hambre y sed de amor. Necesita confiar en esta vocación y recuperar su confianza en que es posible, como auténtica fuente de felicidad. Sólo por este camino se realizan plenamente las personas, los matrimonios y las familias, los amigos, los grupos humanos; aún la misma sociedad, llamada a vivir en una verdadera “amistad social”.

La Iglesia se sabe impulsada a ser testigo de este alto ideal humano, por la predicación, el testimonio de vida, y la inagotable actividad de servicio caritativo (19-22). El Papa ofrece precisamente una interesante enseñanza, sobre las características y condiciones de este servicio de amor, relacionado a su vez con la justicia, que es competencia propia de la acción política (28-29).

 

6. María nos enseña qué es el amor, dónde tiene su origen, y cuál es su fuerza nueva (41-42).

-MARIA ES UNA MUJER QUE AMA. El Evangelio nos muestra a María en Caná, atenta a la necesidad de aquella familia, que en la fiesta de bodas se quedó sin vino (cf Jn 2,1-11). Como cuando presurosa subió a la montaña, para visitar y ayudar a su próxima Isabel (Lc 1,39-56). Ese mismo amor la hizo humilde y servidora. No se puso en el lugar principal. Reconoció que su papel era colaborar sencillamente en la obra de Dios, y se puso totalmente a su disposición.

-Su amor es fruto de la experiencia de FE y de ESPERANZA. Creyó en el mensaje de Dios y le prestó plena confianza a su pedido. Cantó las maravillas del plan de Dios, al cual se plegaba, y estuvo contenta de creer y esperar, como lo reconoció Isabel (cf Lc 1,45). Aceptó ser olvidada durante los años de la vida pública de Jesús. Pero cuando los discípulos huyeron, asustados por la pasión y muerte del Señor, allí permaneció ella al pie de la cruz (Jn 19,25-27). Luego, en torno a ella se agruparon, en la espera orante del Espíritu (Hech 1,14).

-María es la madre que EDUCA EN EL AMOR. A su imagen tiernamente humana y maternal acudimos, en necesidades y pedidos, en alegrías y tristezas, en soledades y en compañía. A Ella le suplicamos y le damos gracias. En su casa, y a su lado, aprendemos qué es el amor, y cómo es posible, ya que el amor es una fuerza capaz de renovar el mundo.

 

Supliquemos con las palabras del Papa:

Santa María, Madre de Dios,
tú has dado al mundo la verdadera luz,
Jesús, tu Hijo, el Hijo de Dios.
Tu te has entregado por completo
a la llamada de Dios
y te has convertido en fuente
de la bondad que mana de Él
Muéstranos a Jesús.
Guíanos hacia Él.
Enséñanos a conocerlo y amarlo,
para que todos nosotros
podamos llegar a ser capaces
de un verdadero amor
y ser fuentes de agua viva
en medio de un mundo sediento.


Mons. José María Arancibia, arzobispo de Mendoza


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