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II ENCUENTRO DE GRUPOS MISIONEROS


Palabras de monseñor Antonio Juan Baseotto, C.SS.R., 
obispo de Añatuya y presidente de la Comisión Episcopal de Misiones, 
en el II Encuentro de Grupos Misioneros, realizado en San Miguel de Tucumán del 15 al 17 de agosto de 1998.

 
Saludo Inaugural al Encuentro


Queridos hermanos y hermanas en la Fe

Frase hecha en la que no pensamos: «hermanos en la Fe»; que recibimos a partir de aquel primer envío de la Ascensión; que recibimos en esta tierra bendita de la Argentina por el testimonio y la palabra de tantos misioneros del fuste de un San Francisco Solano (cuyo recuerdo está fresco en Santiago), de un San Roque González de Santa Cruz cuyo corazón carbonizado ( también porque ardía por dentro), recorrerá nuestras diócesis como preparación del COMLA 6 (CAM I) a partir del 9 de julio de 1999.

Hermanos porque ante la fuente bautismal fuimos llamados por nuestro propio nombre. Y ahí, por el agua y el Espíritu, nacimos a la vida por la que somos hijos de Dios en la Iglesia Católica.

Hermanos porque es el Espíritu quien nos mueve desde nuestro interior para que llamemos a Dios Abba: Padre.

Y hermanos que vamos creciendo y madurando en la Fe. Y por eso mismo experimentamos la urgencia del envío. Por eso nos llamamos «misioneros». Y no misioneros francotiradores, sino misioneros que con responsabilidad personal, formamos una comunidad, un «grupo misionero».

Nos hemos reunido en esta jornada bajo el sol tucumano sí, pero más, bajo la luz de la Estrella de la Evangelización: María que es llevada al cielo. Que, terminada su misión en la tierra, la sigue en otra dimensión desde el cielo y nos anima a dar el salto, a salir para realizarnos también como misioneros.


Enviados por el espíritu. Testigos de la esperanza

Porque tenemos la firme convicción de que somos enviados, queremos fortalecer nuestros vínculos de pertenencia a la Iglesia que el mismo Espíritu inspira y guía en la historia.

Queremos crecer en la unidad dentro de la Iglesia de Jesús, que El puso bajo la responsabilidad de Pedro, el pescador de Galilea, el pescador de hombres.

Y esa Iglesia de Jesús se realiza en nuestra diócesis, en nuestra parroquia, en nuestra comunidad. Queremos ser fieles a Jesucristo, porque sólo si le somos fieles, nuestra tarea y nuestro testimonio serán fecundos.

Y por ello, fieles a la Iglesia: en su comunidad que nos envía y en la comunidad que nos recibe.

En la comunidad que nos envía, de la que queremos ser expresión de vitalidad. Con la que queremos mantener una estrecha relación a través de quienes tienen la responsabilidad de conducirla. Mantener una estrecha relación, porque es la fuente de donde llega la vida de Fe que pretendemos compartir.

Queremos mantener esa estrecha unión, por la que acatamos cordialmente la oración y el mandato de Jesús:

«Padre, una cosa te pido: que sean uno como Tú y yo somos uno».

«Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros como yo los he amado. En esto los identificarán como discípulos míos».

Mantener esa unión cordial con la Iglesia, con la comunidad que nos envía, a pesar de los defectos, limitaciones humanas que la ensombrecen. También hoy tiene vigencia el reproche de San Pablo a los corintios: «Andan diciendo: yo soy de Cefas, yo soy de Pablo, yo soy de Apolo»

Sombras y pecados que desalientan y acobardan a quienes miran las cosas tejas abajo, pero no a quienes han nacido a la vida nueva y tienen puestas sus miras no en la cosas que pasan y perecen; sino en las estables y eternas: en las cosas de arriba.

Queridos hermanos y hermanas en la Fe. Porque somos hermanos, queremos amarnos y por eso respetarnos.

Enviados desde una comunidad, vamos a otra en la que también vive y se expresa la Iglesia, tal vez muy débilmente... Por ello llegamos como enviados, como misioneros.

Pero en ellas encontramos muchas veces otro estilo de vivencia de la Fe, otras orientaciones de la actividad pastoral, otras expresiones propias de una cultura, de un modo de ser y de expresarse que no coinciden exactamente con los nuestros. Cuánta admiración produce la solidaridad, la paz y la alegría de vivir, de tantos cristianos destinatarios de la tarea misionera. Muchas veces son poquísimos los elementos (materiales y de formación cristiana) de aquellos con quienes vamos a compartir para crecer juntos en la Fe.

El amor fraterno nos exige dar; pero también respetar lo que es propio, para tener la apertura interior de recibir la riqueza de una fe que, con rasgos tal vez muy elementales, se vive de manera espontánea y natural.


¿Cómo crecer en dar y recibir?

La identidad de los grupos misioneros está dada -como es natural- precisamente por ese dar y recibir la Fe.

La cuestión que se nos presenta (y que será objeto de estudio y diálogo en estos días de Encuentro) es precisamente esto:

Como grupos misioneros, conscientes de nuestra pertenencia a la Iglesia, para que nuestra labor sea auténticamente misionera, a qué debemos dar prioridad? ¿a pintar una escuela?; a sentarnos y tomar mate hablando del tiempo o de la política?; ¿a entretener a los chicos con juegos infantiles, a los adolescentes con un partido de fútbol o una guitarreada? Evidentemente, son cosas buenas. Pero ¿para esto sólo hemos venido? ¿hemos sido enviados?

Se trata del envío de Jesucristo que históricamente arranca de su Ascensión y toma cuerpo con la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Envío que se hace personal en el Bautismo y apremiante en la Confirmación. Y que se concreta al partir de nuestra comunidad de origen.


¿Para qué somos enviados?

Es muy claro que prioritariamente somos enviados a evangelizar, a dar la buena nue-va. Y a darla (como realmente es) como nueva, frente a todo lo viejo que vive nuestro mundo hoy en un paganismo que no sólo indica una renuncia al nombre de cristiano; sino una degradación del hombre a niveles infrahumanos.

Dios nos ha llamado a la libertad. El Espíritu Santo nos hace libres porque somos hijos. Y el mundo con sus principios abiertamente paganos, nos esclaviza al dinero, al éxito (económico, de la fama), al sexo, a la diversión de cualquier marca, a la droga, a la ignorancia, a la injusticia.

El misionero en su grupo debe gritarle al hombre hoy que ha sido liberado; pero que además, debe conquistar personalmente su libertad. Que Dios lo ama, que no todo es egoísmo e interés, que no todo es aprovecharse de los demás, que no todo es negro, ni material, ni perecedero, ni desechable. Que hay esperanza. Enviados por el Espíritu, testigos de la esperanza.

Por eso el misionero es enviado a evangelizar. Y no hay «evangelización verdadera, mientras no se anuncia el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios», como decía el Papa Pablo VI (EN.22).

Queridos hermanos y hermanas: disfrutemos estos días para estar juntos, reunidos para fortalecer nuestros ideales misioneros, para definirnos con mayor precisión y claridad, para vivir toda la vida en dimensión misionera, en clave misionera, con espíritu misionero, sin el cual la Iglesia no es la Iglesia de Jesús.

Antes de terminar deseo darles un anuncio que responde a las expectativas y pedidos expresados muchas veces por integrantes de grupos misioneros: sus deseos de formación misionera.

El Padre Jairo Calderón, Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias, ha hecho las gestiones pertinentes ante la Santa Sede y está formando el equipo correspondiente para ofrecer a todos los misioneros que lo deseen, un curso de Misionología a distancia con breves días de presencia. Equivaldrá al curso de 3 años de duración que se viene haciendo en los meses de verano en la sede de las Obras Misionales Pontificias. Seguirá ofreciéndose a todo el Cono Sur. Pero se añade esta nueva forma para dar una respuesta concreta a tantos pedidos expresados en encuentros, asambleas congresos, etc.

Que Nuestra Señora de la Merced, Patrona de San Miguel de Tucumán, contribuya a la alegría del Encuentro, a la profundidad de las reflexiones que hagamos juntos y a la fidelidad al compromiso que nuevamente asumimos bajo el cielo tucumano a partir de este día de su Asunción, en que comienza este Segundo Encuentro Nacional de Grupos Misioneros.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2204, del 17 de marzo de 1999


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