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MISA DE CLAUSURA
Homilía pronunciada por
monseñor Antonio Juan Baseotto, C.SS.R.,
en la misa de clausura del II Encuentro de Grupos Misioneros,
realizado en San Miguel de Tucumán del 15 al 17 de agosto de 1998.
Las lecturas ofrecen un marco de reflexión y proyecto de vida muy
propios para la clausura de este II Encuentro de Grupos Misioneros.
San Pablo en su carta a los romanos se plantea el interrogante doloroso
de quien no conoce la verdad, el gemido del Espíritu que pugna por su libertad, la
libertad de los hijos de Dios.
«¿Cómo invocarlo si no creen en Él? ¿Cómo creer si no han oído
hablar de Él? ¿Cómo oír si no se predica? ¿Cómo predicar si no se envía... Si no
hay misioneros?»
Hermanos: Ustedes son misioneros, son los que «predican para que crean
y se salven».
Ustedes tienen la ineludible responsabilidad del anuncio salvador: de
predicar a Jesucristo, «de anunciar el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el
reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios».
Esto. Y no otra cosa. Esta verdad completa, sin retaceos ni ideologías
que mutilen o deformen la verdad.
Porque resuena (como hemos escuchado en San Marcos) el mandato
perentorio de «ir por todo el mundo y anunciar la Buena Nueva a todas las naciones».
Que por la Buena Nueva se vea favorecida la creación entera, desde el
hombre: el microcosmos: resumen y cumbre de todo lo creado, hasta el átomo para que sea
generador de auténtico progreso o el ADN para que lleve al hombre a una vida más digna.
Desde el hombre cuyo habitat natural se ve degradado, hasta el mismo habitat con todas las
implicancias para la ecología.
Desde el Reino de Dios que se construye en el mundo en un clima de
justicia y solidaridad fraterna, hasta el Reino de Dios consumado en la eternidad donde
Dios tiene reservado para sus elegidos lo que «ni ojo vio, ni oído oyó».
Hermanos de los cuatro puntos cardinales de nuestra patria: ustedes en
sus grupos misioneros, en íntima comunión con sus pastores, que es íntima unión con la
Iglesia, con los once que Jesús envía antes de su Ascensión, salen de Tucumán con las
ideas más claras y con el corazón caldeado por la acción del Espíritu Santo.
Vayan. Sean mártires. En el sentido original del término porque son
testigos. Pero también en el sentido que la costumbre le ha dado al término: no van a
cosechar aplausos y sí, muchas veces burlas e incomprensiones.
Pero vayan y den de la sobreabundancia que tienen en su corazón. Vayan
a los pobres, a los marginados. No sólo ni únicamente en lo social y económico, sino
fundamentalmente en lo espiritual y moral.
Rompan las barreras de una Iglesia conservadora que solo piensa en
cuidar lo que tiene. Y vayan más allá de las fronteras: de la comodidad, del egoísmo o
de la rutina.
Son hermanos que viven en un mundo donde reina la confusión y la
subversión de valores. Donde nuevamente se ha instalado el paganismo como novedad, cuando
es más viejo que la miseria.
Rompan las fronteras: Más allá de las fronteras de la parroquia o de
la patria. Más allá de las fronteras de la desesperanza y de la falta de horizontes.
Salen de Tucumán, enviados por el Espíritu, testigos de la esperanza.
La imagen señera de María la Inmaculada, la Purísima (como la
llamaban nuestros abuelos), sigue siendo Reina de los apóstoles, de los misioneros.
Misioneros de la región de Patagonia y Comahue: Vienen de esta
extensión sin límites de la estepa patagónica, con un clima austero que exige lucha
permanente. El Padre que envió a su Hijo Jesucristo, les dé tener horizontes sin
límites en sus ideales misioneros, armados con la capacidad de sacrificio con que sus
antepasados supieron arrancar vida de un suelo árido y adusto. Tengan ustedes la
fecundidad que da el Espíritu Santo.
Misioneros de la región platense:
Que han peregrinado hasta
Tucumán, desde la fecundidad de la Pampa, factor histórico del progreso en la Argentina.
Que -como el trigo de sus campos- tengan la madurez de la Fe que los lleve a dar frutos
por la acción del enviado Jesucristo en su Espíritu Santo.
Misioneros de la región Buenos Aires:
El humo de las chimeneas de
sus fábricas, de los vehículos que atestan sus calles, la agitación febril de la vida
urbana, no les impida ver con claridad los amplios horizontes misioneros y sepan por la
acción del Espíritu Santo entregarse con generosidad a la acción misionera. Que el
Espíritu del Señor los oriente para que entre tanto progreso material descubran y
anuncien la vigencia del Espíritu que, desde nuestro interior nos mueve a llamar a Dios,
Padre.
Misioneros de la región Centro-Cuyo:
Las cumbres nevadas de los
Andes, la feracidad de las tierras que Dios les dio, inspiren su vida y su acción para
que tengan puestas sus aspiraciones no en las cosas que pasan, sino en las eternas. Y el
Espíritu de Dios haga fecunda su acción misionera más allá de las fronteras.
Misioneros de la región litoral:
Las aguas abundantes de sus ríos
que traen vida y destrucción, que fueron también las vías de la primera
evangelización, les tengan siempre fresco el mandato de Cristo: «Vayan por todo el
mundo, prediquen la Buena Nueva y bauticen con el agua que destruye el pecado y da la vida
del resucitado por la acción del Espíritu.
Misioneros del Nordeste argentino:
Bosques frondosos y ríos
fecundos constituyen la expresión del amor de Dios que ha sido tan pródigo con ustedes.
Séanlo también ustedes con sus hermanos llevando a madurez el Bautismo y siendo fecundos
en el ardor misionero. Que el amor del Padre, la redención de Jesucristo y la acción del
Espíritu Santo sea abundante en ustedes y por ustedes.
Misioneros del Noroeste argentino:
Bosques resecos y montañas.
Riquezas del subsuelo. Pobreza material. El desafío que enfrentaron nuestros primeros
misioneros desde San Francisco Solano hasta los Jesuitas que llegaron al Tucumán...
(signo la cruz de Matará), que el ejemplo que ellos nos dejaron sea un permanente acicate
misionero hoy frente a una nueva cultura que se nos ofrece como un desafío frontal en el
tercer milenio. El amor del Padre, la redención de Jesucristo, la acción fecunda del
Espíritu Santo los aliente en el ardor misionero en esta nueva evangelización, nueva por
su ardor, por sus métodos y su expresión.
Hermanos tucumanos:
También ustedes son NOA. Pero en estos días
han sido anfitriones. Ustedes nos brindaron sus dos manos. Nos abrieron el corazón y sus
hogares. Nos han hecho sentir lo que significa la fraternidad que nace del Bautismo y la
alegría que consigo lleva el dar. Que Dios bendiga su generosa hospitalidad; que los haga
fecundos en la tarea misionera; que en todos ustedes, en nosotros y en nuestras
comunidades, se robustezca y crezca el espíritu misionero. Porque hemos venido y nos
hemos congregado en Tucumán enviados por el Espíritu, testigos de la esperanza.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2204, del 17 de marzo de 1999
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