Documentos  
.

aborto: una «pena de muerte»


Un artículo de Mons. Antonio Baseotto, obispo de Añatuya, escrito con motivo del "Día del Niño por Nacer" que desde 1999 se celebra el 25 de marzo


Está ganando la calle y es tema de debates, la pena de muerte. Durante la campaña electoral, el actual Sr. Presidente1, en repetidas manifestaciones públicas, se había pronunciado por dicha pena respecto de los narcotraficantes: los que «trafican con la muerte».

La opinión pública se ha inclinado, en términos generales, contra la pena de muerte.

Pero subrepticiamente se está imponiendo a la opinión pública, la pena de muerte en otro terreno: no el de los narcotraficantes, no de los violadores ni secuestradores... La pena de muerte contra quien no puede defenderse; el ser humano en la vida fetal. Y esa pena de muerte es la del aborto.

Se presenta el tema desde el punto de vista religioso o jurídico, y aun, sentimental.

Y son todas, visiones parciales que no tienen validez para un tema tan totalizante como es el de la vida de un ser.

Apelando a mi especialidad (soy profesor de Ciencias Biológicas), afirmo que el asunto debe ser mirado desde el punto de vista biológico y, si se quiere avanzar un paso más, desde el antropológico.

¿Se trata de un ser vivo? No cabe la menor duda. La falacia que se esgrime para su eliminación es afirmar que se trata de una parte de la madre, como un dedo, como el apéndice cecal... Cuando el dedo se gangrena, cuando el apéndice se infecta, se apela a la cirugía. Lo mismo se puede hacer con el feto.

No es un apéndice de la madre: es un ser vivo distinto, con su propio mapa cromosómico, con sus órganos vitales formados, o en proceso de formación, con su propia identidad y diferenciación que nos permite considerarlo como ser vivo.

En su vida depende de la madre, de quien recibe el alimento a través de la placenta: es su vida intrauterina. Pero seguirá dependiendo de la madre también una vez nacido. Y esa dependencia será más o menos larga según la cultura del pueblo al que pertenezca o a otras circunstancias; pero es un ser dependiente. Y eso no lo inhibe de tener su propia identidad y su derecho a la vida. El dar muerte a un ser humano nacido (dependiente de la madre), se llama infanticidio. El dar muerte a un ser humano por nacer (dependiente de la madre) se llama aborto. Pero ambos son: dar muerte a un ser humano.

El Dr. Bernard N. Nathanson, fundador de la clínica abortiva más grande del mundo, confiesa que se han practicado 60.000 abortos bajo sus órdenes, y 5.000 fueron «hechos directamente por mí».

Y confiesa: «Quizás alguno piense que antes de mis estudios debía saber, como médico, y además como ginecólogo, que el ser concebido era ser humano. Efectivamente sí lo sabía; pero no lo había comprobado yo mismo científicamente. Los nuevos sistemas de exploración nos ayudan a conocer con mayor exactitud su carácter humano y a no considerarlo como un simple trozo de carne. Hoy, con las técnicas modernas, se pueden tratar en el interior del útero muchas enfermedades, incluso operaciones quirúrgicas hasta de cincuenta clases. Son estos argumentos científicos los que han cambiado mi manera de pensar. Si el ser concebido es un paciente al que se lo puede tratar, entonces es una persona. Y si es una persona, tiene dierecho a la vida y a que nosotros procuremos conservarla».

Y, añade luego, precisamente apuntando al tema que ocupa hoy a la opinión pública merced a las declaraciones de algunos legisladores: «La violación es, sin duda, una situación muy dolorosa. Afortunadamente, pocas violaciones van seguidas de embarazo. pero, aun en ese caso, la violación, que es un acto de violencia terrible, no puede ir seguida por otro no menos terrible como es la destrucción de un ser vivo».

Y acota una reflexión: Puedo asegurarles que muchos de los que estamos aquí fuimos concebidos en circunstancias que no fueron las ideales, tal vez, sin amor, sin calor humano; pero eso no nos cambia en absoluto ni nos estigmatiza. Por tanto: recurrir al aborto en caso de violación es algo ilógico e inhumano».

Creo que el Dr. Nathanson no es una autoridad cuestionable cuando hablando desde el punto de vista biológico, científico, califica al aborto como un crimen: «Yo pienso que cuando se permite el aborto, se permite un acto deliberado de destrucción, y por lo tanto: un crimen».

«Como científico no es que crea. Es que sé que la vida empieza en el momento de la concepción y debe ser inviolable».

Incursionando en el terreno de la antropología, queda claro por las mismas afirmaciones del Dr. Nathanson que se trata de no sólo un ser vivo, sino de un ser humano vivo.

Y el primer derecho que tiene todo ser humano es a la vida: No pasa de ser una argucia pueril y sin fundamento, el afirmar que no se sabe cuándo comienza la vida, de cuándo comienza a ser «ser humano». Cuando, producida la fecundación, los dos gametos se han unido, se han fusionado ambos aparatos cromosómicos, de los cuales cada gameto aporta la mitad, se constituye un nuevo ser humano. El ADN contiene en código hasta el color de los ojos y la consistencia del cabello, los rasgos del temperamento y las características básicas de una nueva persona.

No se trata de «algo». Se trata de «alguien».

El filósofo español tan apreciado en nuestro medio -Julián Marías-, publicó un artículo sobre el tema en la revista «Visión», el 7 de agosto de 1989.

Transcribo algunos párrafos y remito al original para quien quiera informarse con objetividad sobre el tema.

«El hijo es «alguien». No un «qué», sino un «quien», alguien a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y este quien es irreductible a «todo y a todos», desde los elementos químicos a sus padres y a Dios, si pensamos en él.

«Cuando se dice que el feto es «parte del cuerpo de la madre, se dice una insigne falsedad, porque no es parte: está alojado en ella, mejor aún implantado en ella (en ella, y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca: «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre».

«... A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado. Se dice que es la «interrupción de un embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades ¿para qué hablar de tal pena? ¿de tal muerte? La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración» (y con un par de minutos basta); ya no hay problema. Cuando se provoca el aborto o se ahorca a alquien, no se interrumpe el embarazo o la respiración, en ambos se mata a alguien».

... En una época en que se habla tanto de la «mujer-objeto» -no sé si alguna vez ha sido vivida así; sospecho que siempre se la ha visto como «sujeto» (o «sujeta») -se ha abierto en la mente de innumerable gente la interpretación del niño objeto, del niño tumor, que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de obliterar literalmente el carácter personal del ser humano. Para ello se habla del «derecho a disponer del propio cuerpo». Pero, aparte de que el niño no es el cuerpo de su madre», es que ese «supuesto derecho» no existe. A nadie se le permite la mutilación: si yo quiero cortarme una mano de un hachazo, los demás, y a última hora, el poder público, me lo impiden. No digamos si se la quiero cortar a otro, aunque sea con su consentimiento... El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre...¿no estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshumanización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana?

Se ha enmascarado como tema exclusivamente religioso y religioso católico, lo referente al aborto: a la pena de muerte de un inocente que carece de la posiblidad de defensa.

El Dr. Nathanson confiesa en una conferencia dictada en Madrid: «una de las tácticas más eficaz que utilizamos en la época que implantamos el aborto fue la que llamamos «etiqueta católica». En 1966 la guerra de Vietnam no era popular en los Estados Unidos. La Iglesia Católica la apoyaba. Entonces, escogimos como víctima a la Iglesia Católica y tratamos de relacionarla con otros movimientos reaccionarios, incluso en el movimiento antiabortista. Por supuesto que no era cierto, pero con esto engañamos a todos los jóvenes y a las Iglesias protestantes, que siempre habían mirado con recelo a la Iglesia Católica, en contra de ella. Conseguimos inculcar a la gente que la Iglesia Católica era la culpable de que no se aprobara la ley del aborto. Como era importante no crear antagonismos entre los propios americanos de distintas creencias, aislamos a la jerarquía, obispos y cardenales como los «malos». Esta táctica fue tan eficaz que todavía se emplea en otros países. A los católicos que rechazaban el aborto se los acusaba de estar embrujados por la jerarquía. Y a los que lo aceptaban, se los consideraba como modernos, progresistas, liberales y más clarividentes. Puedo asegurarles que el problema del aborto no es un problema de tipo confesional. Yo no pertenezco a ninguna religión y les estoy hablando del aborto».

Afirmo, en conclusión, que no sólo no debe despenalizarse el aborto en los casos que defienden algunos legisladores de escasa representatividad, algunos animadores de medios de comunicación que idolatran el «rating»; sino que -siendo víctima de la violencia un ser humano-, debe castigarse todo aborto como delito que es; también el del artículo 86 del Código Penal.

Ponemos el grito en el cielo por los desaparecidos en la represión ¿y quiénes defienden a los desaparecidos por el aborto?: ¿no habrá madres que se paseen por la plaza de Mayo con un pañuelo blanco en la cabeza por ellos?

Ponemos el grito en el cielo porque se quiere imponer la pena de muerte a delincuentes: traficantes de drogas, violadores, secuestradores que han dado muerte a sus víctimas... ¿Quién defiende al que no ha cometido ningún delito, y una sociedad decadente quiere condenarlo a muerte porque se asoma a la vida como un competidor, como una molestia, como una complicación, como quien hace perder la buena fama a una «mujer honesta»? ¿Merecerá la buena fama, después de haber asesinado al hijo?

Termino citando a quien, sin la menor duda, tiene más autoridad que yo: a Julián Marías: «Me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final».


Mons. Antonio Baseotto, obispo de Añatuya


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2255 del 8 de marzo de 1999
y se reiteró en el Boletín Semanal AICA Nº 2297, del 27 de diciembre de 2000


Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.