Mensaje del obispo de Añatuya, monseñor Antonio Juan
Baseotto, a los hijos de inmigrantes sirios y libaneses con motivo del
Jubileo de los inmigrantes, celebrado en la diócesis el 14 de octubre de
2000.
Saludamos en ustedes a sus padres, a sus abuelos... los
que dejaron su patria para formar una familia y aquerenciarse en una
tierra distinta por su geografía e historia, por su cultura e idioma.
El siglo XX que termina ha tenido como una de sus
características más marcadas el signo de la migración. Lamentablemente
en casi todas las colectividades las causas han sido las guerras o
situaciones similares que acarrearon frutos de carestía, de temor a
nuevos brotes de violencia, de inseguridad... La suma de esas causas
forzaron a muchas familias a dejarlo todo para abrirse horizontes nuevos
en otros espacios geográficos donde veían una luz de esperanza.
Es lo que sucedió con mis padres venidos del Norte de
Italia. Es lo que ha sucedido con sus padres, sus abuelos... venidos de El
Líbano, de Siria...
El inmigrante ha sido primero un emi-grante:
ha tenido que dejar lo que constituía su patria. Dejar con dolor.
Dolor que con el correr de los años se atenúa, pero que rebrota en
añoranzas y nostalgias a pesar de que en la patria de adopción llegue a
vivir discretamente bien.
Cuando decimos "dejaron todo", me viene
espontáneamente el texto bíblico del "que siendo rico, se hizo
pobre para salvarnos", del que "siendo Dios, no estimó esa
condición como un codiciable tesoro que debía retener celosamente, sino
que se anonadó": "el Verbo que se hizo carne y puso su tienda
entre nosotros"...
Precisamente: el centro del Jubileo. Hubo quien lo
dejó todo por nosotros. Y este hecho sucedido hace 2.000 años, es el
motivo que nos reúne para agradecerle a Dios que haya dejado todo para
hacerse hombre y salvarnos...
Sus padres, sus abuelos, si bien dejaron su tierra por
necesidad, vinieron para "hacer América". Un dicho que lo
referimos con frecuencia a los inmigrantes. Y tiene su sentido. Algunos lo
reducen únicamente al afán de enriquecimiento rápido y por cualquier
medio. Pero tiene su sentido positivo y real. Dueños de una cultura
milenaria vinieron a construir la patria argentina. No se la llama sin
motivo "crisol de razas"...
Una realidad innegable de la tierra argentina -y de lo
que debemos dar gracias a Dios- es su capacidad de recibir al inmigrante y
asimilarlo. No hay xenofobia, ni prejuicios raciales.
Los inmigrantes venidos de Siria y de El Líbano
traían su idioma, sus costumbres, su estilo de vida... Se encontraron con
un país joven: otro idioma, expresiones culturales muy distintas a las
suyas... Y se ha ido produciendo una síntesis, una fusión que hoy
espontáneamente viven ustedes, como sus hijos, sus descendientes.
Sacrificio y laboriocidad
Destaco dos características que
aportaron sus antepasados: el sacrificio y la laboriosidad.
No cultivaron el campo, como por lo general lo hicieron
los italianos o los alemanes del Volga. No se dedicaron a la ganadería,
como tantos españoles... Su fuerte fue el comercio. Y creo que no estoy
lejos de la verdad si afirmo que se trata del comercio visto como un
servicio que hacía posible y llevadera la vida de quienes trabajaban el
campo, o los obrajes en Santiago (los que explotaron los bosques con
mirada miope arrasando todo sin tener en cuenta el futuro).
El inmigrante sirio y libanés con su laboriosidad, con
sus costumbres, encontró en la familia el primer baluarte para sostener
su identidad y para dar razón a sus sacrificios: para dar consistencia,
echar raíces en su débil situación de inmigrante. La familia era objeto
casi obsesivo de sus cuidados y sacrificios: familia casi siempre
numerosa, pero siempre unida en una mentalidad patriarcal, con una fuerza
de cohesión que, ni conflictos, ni intereses materiales lograban
quebrantar.
Valor de la familia
Hoy, en un mundo en crisis, la
familia es la que acusa más claramente el impacto de una civilización
que está en cambio.
La familia cierra sus puertas a la vida, permite que
intereses materiales primen sobre la unidad. Se ha cedido ante la presión
de un mundo materializado que ha transformado el matrimonio en una
sociedad contractual de pareja, a la familia casi en una sociedad anónima
de egoísmos que se unen cuando hay un interés común e inmediato y se
dispersan cuando los intereses entran en litigio.
Hay que rescatar el valor de la familia con la profunda
convicción de que de ella depende la salud de la patria: la familia como
sede de la vida y del amor, como escuela del más profundo humanismo, como
educadora irreemplazable, como célula primera de la sociedad, como
pequeña Iglesia.
Profunda religiosidad
Pero el valor más profundo que
trajo la inmigración de Siria y de El Líbano, fue el de su profunda
religiosidad, de su Fe cristiana.
Por eso, aunque las costumbres, el idioma, fueran
distintos, al encontrarse con la fe cristiana en su nueva patria, no se
sintieron tan extranjeros. El Papa Pablo VI en la clausura del Concilio
Vaticano II decía: "En la Iglesia Católica nadie es extraño, nadie
está excluido, nadie está lejos".
La fe les dio el temple necesario para su-perar las
ausencias y las distancias, para atemperar las nostalgias, para enfrentar
la lucha diaria con entereza, para llevar adelante la fa-milia muchas
veces con enormes sacríficios.
Ustedes han recibido la herencia de su cultura y de sus
costumbres. Tal vez alguno todavía conserva la lengua de sus mayores. Lo
que nunca deben perder es la fe que de ellos heredaron. La Fe los
sostenía en la lucha diaria, en los principios que regían su vida, en la
educación espontánea que daban a sus hijos... Y afloraba en
acontecimientos familiares, sociales y aun litúrgicos: casamientos,
sepelios... la fiesta de Pascua vivida con tanta intensidad y con
expresiones tan valiosas en las liturgias orientales de tantos
inmigrantes... y que la sentían expresada en otra lengua, en otros ritos,
pero con la misma fuerza evocadora, en su parroquia de Suncho Corral o de
Añatuya...
Las distancias, el tipo de trabajo, muchas veces hacía
difícil la participación en la liturgia dominical. Justamente el domingo
era el día en que la gente del campo venía al pueblo para hacer sus
compras "¿Cómo va a cerrar el negocio?" Y trabajaba el domingo
(no quedaba otro remedio). Se sumaba a esto la escasez de sacerdotes... Y
se explica cómo la expresión más alta de la Fe: la participación en la
liturgia dominical, haya sido poco a poco relegada.
La situación de ustedes -los descendientes- es
totalmente distinta.
El espíritu religioso que a ellos los animaba, hoy en
un mundo dominado por la imagen y por la mentalidad materialista, ha ido
poco a poco siendo suplantado por un secularismo que todo lo invade y todo
lo vacía.
Sin la Fe, la vida no tiene sentido. Uno vive por
inercia, casi como quien cumple un ciclo que se realiza inexorablemente:
«nacer, crecer, reproducirse y morir"... Pero ¿esto es digno de un
ser humano? ¿Satisface realmente a un ser dotado de razón, libertad,
capacidad de amar?, ¿de un ser que experimenta la necesidad de más?,
¿que no se sacia con fiestas, con dinero, con viajes, con darse todos los
gustos? ...y cuando se los dio, sufre la insatisfacción de que se ha
terminado. Pero, sobre todo, de que algo quedó no satisfecho... Y
comienzan nuevos planes y proyectos para nuevas evasiones y satisfacciones
inconclusas o incompletas... Busca algo más ...
Es que también todos somos emigrantes e
inmigrantes.
Emigrar hacia Dios
Nuestra patria de origen es Dios.
De Él venimos: somos desterrados, emigrantes del que es el absoluto, del
que es el infinito. Y naturalmente, sufrimos la nostalgia y la añoranza
de todo emigrante. Experimentamos satisfacciones y alegría... Pero
siempre con la sombra de una nostalgia: algo nos falta ...
Pero en el tiempo, también en nuestra tierra, estamos
en camino para enmigrar: para entrar a la patria definitiva, donde no
habrá lugar para la añoranza, para la nostalgia, para la
insatisfacción. Vamos a la patria, a la morada definitiva "cuyo
arquitecto y constructor es Dios".
Por eso Jesucristo es el Señor de la historia, es
"el principio y el fin". Es nuestro principio: de Él hemos
emigrado. Es nuestro fin: a El inmigramos ...
No es solamente Señor de la historia cósmica (si
queremos expresarnos así) de la historia humana... Es también Señor de
la historia personal de cada uno. "Vemos ahora como en un espejo,
como en una adivinanza" (la añoranza, la nostalgia del emigrante)
"pero lo veremos tal cual es".
En este Jubileo de nuestros antepasados venidos de
Siria y de El Líbano (tierras bíblicas asociadas tan estrechamente a la
Historia de la salvación), tratemos de entender y aceptar de manera
coherente que Cristo es el Señor "hoy, ayer y para siempre".
Que Nuestra Señora de El Líbano -Estrella del
navegante- nos lleve al Señor que "habilitó el puerto de la patria
definitiva".
Añatuya, 4 de octubre del Año Jubilar, fiesta de San
Francisco de Asís.
Mons. Antonio Baseotto,
obispo de Añatuya