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Mensaje a las comunidades educativas


Mensaje del arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina, monseñor Jorge Mario Bergoglio SJ, a las comunidades educativas de la ciudad de Buenos Aires.


«Este es el día que hizo el Señor, alegrémonos en él».


En este tiempo pascual que nos precede al inicio del tercer milenio, quiero acercarme a todas las comunidades educativas de la arquidiócesis con estas reflexiones. Son meditaciones que ya he manifestado en diversos ámbitos, y que ahora deseo compartir con todos ustedes.

Una Comunidad Educativa es una pequeña iglesia, mayor que la familia y menor que la Iglesia diocesana. En ella se vive y se convive. En ella peregrinamos como hijos y hermanos, hacia la eternidad.

Hoy, más que nunca, las preguntas que nos hacemos sobre las cualidades de nuestra acción educativa resultan difíciles y tenemos el peligro de enredarnos en los mismos planteos que nos llevan a buscar la fidelidad en el cumplimiento de nuestra misión. Porque es un desafío entender que «la construcción del mundo según el designio de Dios es un aspecto esencial del anuncio evangélico» (Juan Pablo II, 22-4-93). Es tan importante este asunto que no podemos permitirnos ningún tipo de improvisación. Y lo mismo sucede con las diversas opciones que habremos de tomar en nuestra acción pastoral.

Cuando Pablo VI nos hablaba ayer, del esfuerzo orientado al anuncio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, nos señalaba una de las realidades nuestras más notorias: «exaltados por la esperanza, pero a la vez perturbados con frecuencia por el temor y la angustia» (Evangelii Nuntiandi, 1). Temores y angustias que nos acosan desde el afuera socio-económico y cultural; pero que también arraigan en nuestra interioridad y en lo íntimo de nuestro núcleo familiar. Esperanzas y temores se entrelazan incluso en nuestra vida de educadores -en medio de las incertidumbres específicas de esta labor- en los momentos en que hemos de decidir por modalidades de nuestro trabajo. No podemos arriesgarnos a decidir sin el discernimiento de esos temores y esperanzas, porque lo que se nos pide es nada menos que «en estos tiempos de incertidumbre y malestar cumplamos (nuestra tarea) con creciente amor, celo y alegría» (Evangelii Nuntiandi, 1), y esto no se improvisa.

Para nosotros, hombres y mujeres de Iglesia, este planteo trasciende cualitativamente toda visión de las ciencias positivas, apelando a una visión original, a la misma originalidad del Evangelio. Reencontrarnos y consolarnos con la «comunicación de nuestra común fe» (Rm. 1,12), abrevar nuestro corazón de apóstoles en ella precisamente para recuperar la coherencia de nuestra misión, la cohesión como cuerpo, la consonancia de nuestro pensar con nuestro sentir y nuestro hacer».


Ante el Tercer Milenio... hagamos memoria

El hacer memoria, en sentido bíblico, va más allá del mero agradecimiento por todo lo recibido; quiere enseñarnos a tener más amor; quiere confirmarnos en el camino emprendido. La memoria como gracia de la presencia del Señor a lo largo de la vida. La memoria del pasado que nos acompaña, no como un peso bruto, sino como un hecho interpretado a la luz de la conciencia presente.

No se puede educar desgajados de la memoria. Pidamos pues, la gracia de recuperar la memoria: memoria de nuestro camino personal, memoria del modo cómo nos buscó el Señor, memoria de mi familia religiosa, memoria de nuestra comunidad educativa, memoria de pueblo...

Mirar hacia atrás es despertarnos para percibir con más fuerza la palabra de Dios: «Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate... No perdáis ahora vuestra confianza» (Hb. 10,32ss). «Acordaos de vuestros dirigentes, que os anunciaron la palabra de Dios, y considerando el final de su vida, imitad su fe» (Hb. 13,7). Esta memoria que nos salva de «dejarnos seducir por doctrinas varias y extrañas» (Hb. 13,9), esta memoria nos «fortalece el corazón».


1.
La memoria de los pueblos. Los pueblos tienen memoria, como las personas. La humanidad también tiene su memoria común. Un viejo Pastor contaba que en un pueblo de su diócesis encontró a un indio rezando profundamente concentrado. Estuvo mucho tiempo así, al obispo le llamó la atención y le preguntó qué rezaba. «El catecismo» contestó el indio. Era el catecismo de Santo Toribio de Mogrovejo. La memoria de los pueblos no es una computadora sino un corazón. Los pueblos, como María, guardan las cosas en su corazón.

La alianza del pueblo de Salta con el Señor del Milagro, el Tincunaco, en fin, todas las manifestaciones religiosas del pueblo fiel, son una eclosión espontánea de su memoria colectiva. Allí está todo: el español y el indio, el misionero y el conquistador, el poblamiento español y el mestizaje. Lo mismo pasa aquí en Buenos Aires... el punto de unión es siempre el mismo: la Virgencita, símbolo de la unidad espiritual de nuestra Nación.

Porque la memoria es una potencia unitiva e integradora. Así como el entendimiento librado a sus propias fuerzas desbarranca, la memoria viene a ser el núcleo vital de una familia o de un pueblo. Una familia sin memoria no merece el nombre de tal. Una familia que no respeta y atiende a sus abuelos, que son su memoria viva, es una familia desintegrada; pero una familia y un pueblo que se recuerdan son una familia y un pueblo de porvenir.

La humanidad entera tiene su memoria común. El recuerdo de la lucha ancestral entre el bien y el mal. La lucha eterna entre Miguel y la Serpiente, «la serpiente antigua» (Ap. 12,7-9) que ha sido vencida para siempre, pero que resurge como «enemigo de natura humana». Esa es la memoria de la Humanidad, el acervo común de todos los pueblos y la revelación de Dios a Israel. Porque la historia humana es una larga contienda entre la gracia y el pecado, pero esa memoria común tiene su rostro concreto: el rostro de los hombres de nuestros pueblos. Son hombres anónimos y sus nombres no quedaron grabados en los libros de historia. En sus rostros estará quizás el sufrimiento y la postergación, pero su dignidad inexpresable con palabras, nos está hablando de un pueblo con historia, con memoria común. Sabe Dios, que dejaron huella entre nosotros, que llega hasta el hoy. Es el pueblo fiel de Dios.

No permitamos que intenten menguar o desvirtuar esa memoria vigorosa, desde las élites divorciadas de la realidad. Sino muy por el contrario, acudamos a esas riquísimas reservas morales y religiosas del pueblo fiel de Dios, para sanear y nutrir nuestras instituciones.


2.
La memoria de la Iglesia. Es la Pasión del Señor. La Eucaristía es el recuerdo de la pasión del Señor. Allí está el triunfo. El olvido de esta verdad ha hecho a veces aparecer a la Iglesia como triunfalista, pero la resurrección no se entiende sin la cruz. En la cruz está la historia del mundo: la gracia y el pecado, la misericordia y el arrepentimiento, el bien y el mal, el tiempo y la eternidad.

En los oídos de la Iglesia resuena la voz de Dios, expresada por su Profeta: «no temas, porque yo te he rescatado... y te volveré a rescatar» (Is. 43,1-21). «Sé valiente y firme... Yavé tu Dios está contigo; no te dejará ni te abandonará... No temas, pues, ni te asustes» (Dt. 31, 6-7). El recuerdo de la salvación de Dios, del camino ya recorrido, da fuerzas para el futuro. Por la memoria, la Iglesia testifica la salvación de Dios.

El pueblo de Dios fue probado en el camino del desierto. Allí fue guiado por Dios como un hijo por su padre. El consejo del Deuteronomio es siempre el mismo de toda la Escritura: «Acuérdate del camino recorrido», y «date cuenta» (Dt. 8,2-6). Nadie es capaz de entender nada si no es capaz de recordar bien, si le falla la memoria. «Ten cuidado y fíjate bien. No vayas a olvidarte de estas cosas que tus ojos han visto ni dejes nunca que se aparten de tu corazón. Por el contrario, enséñaselas a tus hijos y a los hijos de tus hijos» (Dt. 4,9). Nuestro Dios es celoso de nuestro recuerdo para con El, tan celoso que —a la menor señal de arrepentimiento- se vuelve misericordioso: «no olvida la alianza que juró a nuestros Padres».

Por el contrario, el que no tiene memoria se afinca en los ídolos, en la novedad de lo efímero, de la moda. Adorar ídolos es el castigo inherente a quienes olvidan (Dt. 4,25-31). Nos sobreviene la esclavitud: «por no haber servido con gozo y alegría de corazón a Yavé, tu Dios, cuando nada te faltaba, serás esclavo de tu enemigo» (Dt. 28,47). Solamente el recuerdo nos hace descubrir a Dios en medio de nosotros y nos hace entender que toda solución salvadora fuera de Dios es un ídolo (Dt. 6,14-15; 7,17-26).

La Iglesia recuerda las misericordias de Dios y por esto trata de ser fiel a la ley. Los diez mandamientos que enseñamos a nuestros chicos en la catequesis son la otra cara de la alianza, la cara legal para poner marcos humanos a la misericordia de Dios. Cuando el pueblo fue sacado de Egipto, allí recibió la gracia. Y la ley es el complemento de la gracia recibida, la otra cara de una misma moneda. Los mandamientos son frutos del recuerdo, y por eso han de transmitirse de generación en generación: «Tal vez un día tu hijo te pregunte: ¿Qué son estos preceptos, mandamientos y normas que Yavé les ha ordenado? Tú responderás a tu hijo: Nosotros éramos esclavos de Faraón en Egipto y Yavé nos sacó de Egipto con mano fuerte... para conducirnos a la tierra que prometió a nuestros padres. Yavé nos mandó poner en práctica todos estos preceptos y temerle a El, nuestro Dios. Así seremos felices y nos hará vivir como hasta hoy» (Dt. 6,20-25).


Nuestra fe. La fe de un pueblo como tesoro

3. Se impone encontrarnos con nuestra fe, con la fe de nuestros padres, que es en sí misma liberadora sin necesidad de añadirle ningún aditamento, ningún calificativo. Es el núcleo de nuestra identidad personal y comunitaria. Esa fe que nos hace justos ante el Padre que nos creó, ante el Hijo que nos redimió y llamó a su seguimiento, ante el Espíritu que actúa directamente en nuestros corazones. Esta fe que -a la hora de optar por decisiones concretas- nos llevará, bajo la unción del Espíritu, a un conocimiento claro de los límites de nuestro aporte, a ser inteligentes y sagaces en los medios que utilicemos; en fin, nos conducirá a la eficacia evangélica tan lejana de la inoperancia como del invento fácil.

Nuestra fe es revolucionaria, es fundante en sí misma. Es una fe combativa, pero no con la combatividad de cualquier escaramuza, sino con la de un proyecto discernido bajo la guía del Espíritu para un mayor servicio a la Iglesia y al mundo. Y por otro lado, el potencial liberador le viene no de ideologías sino precisamente de su contacto con lo santo: es hierofánica.


4.
Por lo mismo que la fe es tan revolucionaria será continuamente tentada por el enemigo, aparentemente no para destruirla sino para debilitarla, hacerla inoperante, apartarla del contacto con el Santo, con el Señor de toda fe y toda vida. Y entonces vienen las posturas que, en teoría nos parecen tan lejanas, pero que si examinamos nuestra práctica las veremos escondidas en nuestros corazones. Esas posturas simplistas que nos eximen de la carga dura y constante del llevar adelante, día a día, la vocación y la misión. Revisemos algunas tentaciones.

Una de las tentaciones más serias que aparta nuestro contacto con el Señor, es el sentimiento de desaliento. Frente a una fe combativa por definición, el enemigo, bajo ángel de luz, sembrará las semillas del pesimismo. Nadie puede emprender ninguna lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar, perdió de antemano la mitad de la batalla. El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz bandera de victoria.

Esta fe combativa la vamos a aprender y alimentar entre los humildes. Que vengan a nuestra memoria muchas caras, las caras de mucha gente vinculada a nuestras comunidades. La cara del humilde, la de aquel de una piedad sencilla, es siempre cara de triunfo y casi siempre la acompaña una cruz. En cambio, la cara del soberbio es siempre una cara de derrota. No acepta la cruz y quiere una resurrección fácil. Separa lo que Dios ha unido. Quiere ser como Dios.

El espíritu de derrota nos tienta a embarcarnos en causas perdedoras. Está ausente de él la ternura combativa que tiene la seriedad de un niño al santiguarse o la profundidad de una viejita al rezar sus oraciones. Eso es fe y esa es la vacuna contra el espíritu de derrota y de desaliento (1 Jn. 4,4; 5,4-5).

Otra tentación es querer separar antes de tiempo el trigo y la cizaña. La contemplación de la historia de la salvación nos da sentido del tiempo, porque no se puede forzar ningún proceso humano. Y la vida es así: lo puro no está sólo en Dios, también hay pureza entre los hombres. Y Dios no es un Dios lejano que no se mete en el mundo. Las estructuras de este mundo no son únicamente pecadoras. Eso es maniqueísmo. El trigo y la cizaña crecerán juntos y nuestra humilde misión quizá sea más bien proteger como padres al trigo, dejando a los ángeles la siega de la cizaña.

Otra tentación es privilegiar los valores del cerebro sobre los valores del corazón. No es así. Solamente el corazón une e integra. El entendimiento sin el sentir piadoso tiende a dividir. El corazón une la idea con la realidad, el tiempo con el espacio, la vida con la muerte y con la eternidad.

La tentación está en desubicar el entendimiento del lugar donde lo puso Dios Nuestro Señor. No creó Dios el entendimiento humano para constituirse en juez de todas las cosas. Es una luz prestada, un reflejo. Nuestro entendimiento no es la luz del mundo; muy corto se queda cuando se encapsula y se cierra a la luz de la fe. Lo peor que le puede pasar a un ser humano es dejarse arrastrar inadecuadamente por las «luces» de la razón. Se convertirá en un intelectual ignorante.

Otra tentación está en avergonzarse de la fe. A la fe hay que pedirla. Dios nos guarde de no ser pedigüeños con El y con sus santos. Negar que la oración de petición sea por naturaleza superior a las otras oraciones, es la soberbia más refinada. Sólo cuando somos pedigüeños nos reconocemos creaturas. Cuando no nos arrodillamos ante la fe del humilde y no nos dejamos enseñar y cuando no sabemos pedir, entonces empezamos a decir que lo que salva es la pura fe, una fe vacía, pero una fe seca de toda religión, de toda piedad. Entonces no interpretamos lo religioso, y el intelecto marcha a la deriva de sus pocas luces. Allí es donde caemos en explicar la verdadera fe con slogans nacidos de ideologías culturales. Lo importante es percibir dentro de estas formulaciones concretas, donde a la fe se la reduce, se la pone en segundo orden, se la esconde, que hay allí una confesión de debilidad: la debilidad del que no cree que su fe puede «mover montañas», la debilidad de la ineficacia. El «fuerte en la fe» sabe dónde es eficaz, dónde se vence al Maligno (1 Jn. 2, 14).

Y otra tentación consiste en olvidar que el todo es superior a la parte. Procuremos sentir hondamente nuestra pertenencia al Cuerpo de la Santa Madre Iglesia, la Esposa del Señor, a la que debemos amar y mantener unida.

En nuestra reflexión, en cuanto padres y docentes, debemos pensar en que no basta la verdad, sino ésta en caridad, edificando la unidad de la Iglesia. No sea que por adherirnos a los mejores programas olvidemos al cuerpo. Una actitud insoslayable, de justicia, es salvar a los hombres del cisma y de la atomización, ayudándolos a mayor comunión y unidad con la Madre Iglesia, recordando siempre que la unidad es superior al conflicto.


5.
Quizás en estas reflexiones, buscando recuperar la fe de nuestros padres para darla incólume y fecunda a nuestros hijos, convenga recordar la imagen católica de nuestro Dios. No es el que está ausente. Es el Padre que acompaña el crecimiento, el pan de cada día que alimenta, el misericordioso que acompaña en los momentos en que a estos hijos suyos los usa el enemigo. El Padre que no le da a su hijo lo que pide, si no conviene, pero siempre lo acaricia. Esto es aceptar que nuestro Dios se expresa limitadamente... y consi-guientemente es aceptar los límites de nuestra expresión pastoral (tan lejanos de la concepción de quien tiene la llave del mundo, que no sabe de espera ni de trabajo, que vive de tracción a histerias e ilusiones).

Jesús, que proclama que Dios se expresa limitadamente en su encarnación, quiso compartir la vida de los hombres, y esto es redención. Lo que nos salvó no fue sólo «la muerte y resurrección de Cristo», sino Cristo encarnado, nacido, ayunando, predicando, curando, muriendo y resucitando. Los milagros, los consuelos, las palabras de Jesús son salvadores. Porque quiso enseñarnos que las síntesis se hacen, no vienen hechas; que servir al santo pueblo fiel de Dios es acompañarlo anunciando la salvación día a día, y no andar perdiéndonos mirando cúspides inalcanzables para las que ni fuerzas tenemos».


Somos un pueblo con proyecto

6. En fin, resumiendo, hay dos proyectos: el de nuestra fe, que reconoce a Dios como Padre, y hay justicia y hay hermanos. Y otro proyecto, el que engañosamente nos pone el enemigo, que es el del Dios ausente, la ley del más fuerte, o el del relativismo sin brújula ¿A cuál le hago el juego? ¿Soy capaz de discernirlos? ¿Soy capaz de discutir con el proyecto que no es de Dios? ¿Y si me doy cuenta de que no soy capaz, entonces, tengo la sagacidad suficiente de defenderme?


7.
Y por eso nuestra identidad como hombres de fe está dada por la pertenencia a un cuerpo y no por la afirmación de nuestra conciencia aislada. El bautismo significa pertenecer a la Iglesia institucional. Se es en la medida que se pertenece. Y, por tanto, el comportamiento religioso de pertenencia más que buscar la satisfacción de un momento individual de mi conciencia, buscará adherir a los símbolos unitivos: la Virgen, los Santos... Y aquí un paso más, nuestra fe será combativa con una combatividad consciente del enemigo a fin de defender a todo el cuerpo (no ya sólo a mí mismo).


8.
Todo esto nos da una nota de realismo: se conoce por lo que se lucha, y en la medida en que no se sabe por qué se lucha se va directamente a la pérdida. Los primeros evangelizadores le dieron al indio en América el saber por qué luchar. Nuestro trabajo de formadores —docentes y padres- no debe descuidar este aspecto de nuestra fe: ayudarlos en la sagacidad de saber por qué luchar.

Junto a este sentido de lo combativo dijimos que nuestra fe tiene su dimensión hierofánica: el contacto con lo santo. Se distingue del sacramentalismo mágico. Es la confianza profunda en el poder de Dios que se hace historia a través del signo sacramental. Es actualizar la gracia específica de la Encarnación: ese contacto físico con el Señor que «pasa haciendo el bien y sanando a todos».

La táctica del enemigo consistirá en ahogar lo combativo y ahogar lo hierofánico, a fin de que nuestra fe resulte indisciplinada e irrespetuosa. Porque disciplina y respeto son consecuencias directas de nuestra fe; y por disciplina y respeto debemos ver cuál es el territorio mejor que tenemos para nuestra propuesta evangelizadora, para nuestro servicio de la fe en y desde la educación, para nuestra promoción de la justicia.


9. A modo de conclusiones, como guía de reflexión y oración podríamos preguntarnos por el estado de la fe recibida de nuestros padres en mi vida dentro de la comunidad educativa:

a) ¿Confirmo y contagio a mis hermanos en la fe en Dios Padre Todopoderoso, siendo consciente que confirmo de esta manera el proyecto del Dios justo y bueno?

b) ¿Creo en lo revolucionario de la ternura y el cariño, cada vez que miro a la Virgen o hablo sobre ella?¿Estoy convencido que la calidez de hogar tiene sentido en nuestro proyecto de aula?

c) ¿Soy pedigüeño frente a Dios Padre, reconociéndolo como Padre, todopoderoso, amoroso en el cuidado de su pueblo fiel, del que quiero ser parte?

d) ¿Tengo conciencia de pertenencia a un cuerpo mediante la afirmación de todo símbolo unitivo que por ser religioso es casi eficaz: doctrina, imágenes, sacramentos, acontecimientos?

e) ¿Tengo conciencia de pecado, que me lleva al deseo de conversión, y a la vivencia de los mandamientos? ¿O la he cambiado por una actitud de vida que me conduce a un estilo de hombre o mujer autosuficiente?

f) ¿Soy fiel al mandato de la Iglesia que me envía a predicar, «no a mí mismo o mis ideas personales, sino un evangelio del que no somos dueños y propietarios absolutos para disponer de él a nuestro gusto, sino ministros para transmitirlo con suma fidelidad»? (Evangelii Nuntiandi, 15) ¿Intento impregnar con la fe toda mi acción en el ámbito escolar?»


Unidos hacia la renovación

Ojalá que el Señor nos haga entender y sentir que la evangelización «no es algo facultativo... es algo necesario. Es único. Que no puede ser reemplazado. Que no admite indiferencia ni sincretismo ni acomodos. Que representa la belleza de la Revelación, y lleva consigo una sabiduría que no es de este mundo. Que es capaz de suscitar por Sí mismo la fe, una fe que tiene su fundamento en la potencia de Dios». Que entendamos que merece que nosotros, apóstoles, «le dediquemos todo nuestro tiempo, todas nuestras energías, y que si es necesario le consagremos nuestra propia vida» (Evangelii Nuntiandi, 5). La memoria nos une a una tradición, a una norma, a una ley viva e inscripta en el corazón. «Atad estas palabras a vuestras manos...» (Dt. 11,1-32). Así como Dios tiene atado en su corazón y en todo su ser el «regalo», el «proyecto» de salvación. La base del ejercicio de la Iglesia y de cada uno de nosotros en el recuerdo consiste precisamente en esta seguridad: Soy recordado por el Señor; El me tiene atado en su amor.

Y la memoria es una gracia que debemos pedir. Es tan fácil olvidar, sobre todo cuando estamos satisfechos... «No te olvides de Yavé. Cuando hayas comido y te hayas saciado no te olvides de Yavé que te sacó de Egipto, donde eras esclavo». (Dt. 6, 10-12).

Pedir la gracia de la memoria para saber elegir bien entre la vida y la muerte: «Mira que te he ofrecido en este día el bien y la vida por una parte, y por la otra el mal y la muerte.. .» (Dt. 30, 15-20). Esa elección cotidiana que debemos hacer entre el Señor y los ídolos. Y esa memoria también nos hará misericordiosos porque oiremos en nuestro corazón esa gran verdad: «Acuérdate de que tú también fuiste esclavo en la tierra de Egipto» (Dt. 15, 15).

La Virgen Madre, la que «guardaba todas las cosas en su corazón», nos enseñará la gracia de la memoria. Sepamos pedírsela con humildad. Ella sabrá hablarnos en la lengua materna, en la lengua de nuestros padres, la que aprendimos a balbucear en los primeros años. Que nunca nos falte el cariño y la ternura de María que nos susurre al oído la Palabra de Dios en ese lenguaje de familia.

Muy queridos directivos, religiosos, religiosas, sacerdotes, docentes de todos los niveles, chicos y chicas: Los animo a que en medio «de las piedras que el Diablo nos pone en el camino» –como suena el decir popular–, recuperen la memoria de pertenencia al Santo pueblo fiel de Dios, recuperen las reservas religiosas que hemos mamado desde chicos y están en las entrañas de nuestro pueblo, para que la Vida del Resucitado haga nuevo cada corazón y renueve cada colegio, haciéndonos capaces de mantener lo perenne y eliminar lo obsoleto, en los umbrales del nuevo milenio. ¡A continuar con ardor esa magnífica tarea educativa de la Iglesia, en estas orillas del Río de la Plata, que no está lejos de alcanzar los cuatro siglos de presencia y de servicio!


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2211, del 5 de mayo de 1999


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