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A LAS COMUNIDADES EDUCATIVAS


Mensaje del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., dado a conocer el 28 de marzo de 2001, al término de la misa celebrada en la catedral metropolitana con motivo de la iniciación del año lectivo 2001.


"El que me ama será fiel a mi palabra y mi Padre le amará, 
iremos a él y habitaremos en él". Jn 14,23


Quisiera pedirles que por un instante me acompañen en un pequeño ejercicio de la imaginación. No será difícil: vamos a apelar a experiencias y sentimientos que todos, alguna vez, hemos tenido.

Imaginemos que somos una persona que nació y vivió en uno de los pueblitos del Norte de nuestro país. Pero no de esos pueblos visitados por el turismo, donde pasan micros y se ve la televisión. Alguien de esos caseríos que no aparecen en ningún mapa, por los cuales no pasa ninguna ruta, a donde rara vez llega un vehículo... Un lugar que no podemos llamar "olvidado" porque en realidad nunca estuvo en la conciencia o la memoria de nadie, salvo de sus poquitos habitantes. Sin duda quedan lugares así en nuestro país, más de los que creemos.

Somos una persona de ese lugar. Y un día, no importa ahora cómo o porqué, llegamos a la gran ciudad. A Buenos Aires. Sin direcciones de nadie, sin un objetivo determinado. Hagamos un esfuerzo de la imaginación, pero implicando el corazón. Más allá de los detalles que podría registrar un dibujo animado (las dificultades para cruzar una avenida, el asombro ante los grandes edificios y carteles luminosos de la 9 de Julio, el miedo al subte), pongamos en foco, ante todo, la soledad inmensa en medio de la multitud, la incomunicación, el no saber ni siquiera qué preguntar, dónde buscar ayuda o qué ayuda buscar. El aislamiento. Imaginemos, sintamos físicamente el dolor de los pies luego de horas de caminar por la gran ciudad. No sabemos dónde descansar. Cae la noche. En un banco de una plaza céntrica, nos asustaron unos muchachos con sus burlas, y supimos que al menor descuido se quedarían con nuestro bolso, lo único que trajimos. El aislamiento se convierte en angustia, la inseguridad, en franco miedo. Hace frío, hace un rato lloviznó y tenemos los pies húmedos. Y delante nuestro, la larga noche.

Una sola pregunta querría brotar de esa garganta amordazada por el nudo de la soledad y el temor: ¿no habrá algún corazón hospitalario que me abra una puerta, me ofrezca algo caliente y me permita descansar, me sostenga y me dé ánimos para decidir mi rumbo?

Un corazón abierto. Una acogida cordial, decía el documento Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización. Porque, sin duda, ustedes habrán comprendido rápidamente a dónde iba la ejercitación propuesta: a centrar nuestra atención en la necesidad de convertirnos, nosotros cristianos, nosotros educadores, nosotros miembros de comunidades educativas, en ese corazón que recibe, que abre puertas, que resguarda un jardín de humanidad y afecto en medio de la gran ciudad con sus máquinas, sus luces y su extendida orfandad.

Podríamos haber comenzado esta reflexión de otro modo: citando autores, documentos, teorías acerca de la situación del hombre contemporáneo, de su extrañamiento, de su despersonalización. Pero preferí invitarlos a verlo desde el sentimiento, desde el corazón. Porque este ministerio de la acogida cordial, de la sanación de la persona humana por el amor hospitalario, es ante todo respuesta a una experiencia, no a una idea. La experiencia humana, ética, de percibir el dolor y la necesidad del hermano. Y en ella, la experiencia teologal de reconocer al Señor que está de paso (Mateo 25, 35c), al peregrino que está al descampado cuando cae la tarde y el día se acaba (Lucas 24, 29). Y de saber que, al abrirle el corazón, estaremos permitiendo que ponga su Morada entre nosotros (Jn 1, 14). Para descubrir, llenos de alegría, que en ese momento los papeles se invierten y esa Morada, su corazón de hermano, padre y madre, se abre y nos recibe a nosotros, que finalmente llegamos así al hogar.

Quiero entonces, hermanos, invitarlos a que reflexionemos juntos acerca de la escuela como lugar de acogida cordial, como casa y mano abierta para los hombres, mujeres, jóvenes, niños y niñas de esta ciudad. Y que lo hagamos desde la experiencia que hemos revivido, con toda la seriedad y profundidad que estas breves páginas nos permitan.

Pero antes de entrar de lleno en el tema, quiero adelantarme y pedirles que tengan en cuenta, ya desde ahora, que atender a la dimensión de hospitalidad, ternura y afecto de la escuela no significa, de ningún modo, dejar de lado su otra dimensión: la de un lugar que tiene un objetivo, una función específica, que debe ser llevada a cabo con seriedad, eficacia, me atrevería a decir con profesionalismo. ¿Acaso se oponen esos dos aspectos? Pueden oponerse, sin duda. De hecho, nuestra sociedad tiende a oponer la gratuidad y la eficiencia, la libertad y el deber, el corazón y la razón... Pueden oponerse, pero no tienen por qué hacerlo. Es nuestro desafío encontrar el camino de solución en un plano superior: la perspectiva sapiencial que nos permita crear un espacio a la vez de acogida y de crecimiento. Espero que estas reflexiones los animen a buscarlo.


Creciendo entre las cenizas: la orfandad en la cultura contemporánea

Como dimos a entender más arriba, la vocación de nuestras escuelas de ser un ámbito de acogida y reconocimiento de la persona en su dimensión más plena, deriva del núcleo mismo del mensaje evangélico. Porque la escuela, como comunidad eclesial, está llamada a encarnar el amor de Cristo, que dignifica al hombre desde el centro de su ser.

Pero además, esta misión encuentra otra importante motivación en la situación concreta de las mujeres y los hombres en nuestra sociedad. Permítanme introducir ahora algunas ideas que, en una primera mirada, pueden parecer sumamente duras y hasta pesimistas, pero que, por el contrario, constituyen el reconocimiento básico de aquello que clama a gritos por una palabra de esperanza.

Hace un rato, al hablar de la ciudad, usé la palabra orfandad. Quisiera ahora retomarla y hacerla el centro de este tramo de nuestra reflexión. Ensayemos la siguiente línea de pensamiento: debemos desarrollar y potenciar nuestra capacidad de acogida cordial porque muchos de los que llegan a nuestras escuelas lo hacen en una profunda situación de orfandad. Y no me refiero a determinados conflictos familiares, sino a una experiencia que atañe por igual a niños, jóvenes y adultos, madres, padres e hijos. Para tantos huérfanos y huérfanas –nuestros contemporáneos, ¿nosotros mismos quizás?- la comunidad que es la escuela debería tornarse familia. Espacio de amor gratuito y promoción. De afirmación y crecimiento.

Hagamos un esfuerzo para precisar un poco más esta idea. ¿En qué sentido decimos que vivimos en una situación de orfandad?

Hace poco, conversando con algunos jóvenes, escuché estas estremecedoras afirmaciones: "Nosotros somos hijos del fracaso. Los sueños de un mundo nuevo de nuestros padres, las esperanzas de los años ’60, se quemaron en la hoguera de la violencia, la enemistad y el sálvese quien pueda. La cultura de los negocios terminó de deshacer lo que quedaba de aquellas brasas. Crecimos en un mundo de cenizas. ¿Cómo quieren que tengamos ideales o proyectos, que creamos en un futuro, en un compromiso? Ni creemos ni dejamos de creer: simplemente, somos ajenos a todo eso. Nacimos en el desierto, entre las cenizas, y en el desierto no se siembra nada ni crece nada". Por supuesto que no todos los jóvenes se identificarán con esto. Al menos, me parece que ese testimonio doloroso sirve de introducción a los tres puntos que, a mi juicio, caracterizan la actual situación de orfandad del hombre y la mujer de nuestra ciudad: la experiencia de discontinuidad, el desarraigo y la caída de las certezas básicas.


La experiencia de discontinuidad

La orfandad contemporánea tiene una primera dimensión que tiene que ver con la vivencia del tiempo, o mejor dicho, de la historia y de las historias. Algo está quebrado, fragmentado. Algo que tendría que estar unido, justamente el puente que une, está roto o ausente. ¿Cómo es esto? En primer lugar, se trata de un déficit de memoria y tradición. La memoria como potencia integradora de la historia; la tradición concebida como la riqueza del camino andado por nuestros mayores: ambas no se clausuran en sí mismas (en ese caso carecerían de sentido) sino que abren nuevos espacios de esperanza para seguir caminando. Las dolorosas experiencias vividas en nuestro país, sumadas a un cierto exitismo economicista que tuvo su auge hace algunos años, dieron como resultado una ruptura generacional que no se debe ya a los ciclos normales de crecimiento y afirmación de los jóvenes, sino más bien a una incapacidad de la generación adulta de transmitir los principios o ideales que la animaron. Quizás debida a la terrible crisis sufrida por aquella generación, a las experiencias de muerte que trajo consigo (y no me refiero sólo a los conflictos políticos que ya conocemos, sino también a la muerte-sida, como clausura o al menos serio límite del horizonte de la revolución sexual, y hasta a la muerte del amor, en tantísimas parejas que no lograron llevar adelante sus proyectos de familia). ¿Cuántos padres, digamos la verdad, han podido siquiera intentar un diálogo enriquecedor con sus hijos, que revisara y "pasara en limpio" sus diversas experiencias, para que la generación siguiente aprendiera de aciertos y errores y continuara algún camino, con todas las rectificaciones del caso? ¡De cuántas cosas no se habla, de cuántas cosas no se ha hablado, de cuántas cosas no se puede hablar! Cuántas veces se ha preferido "que empiecen de nuevo, de cero", tanto en las familias como en la sociedad argentina en su conjunto, en vez de acometer la dura tarea de contribuir a reencontrarse con las preguntas e inquietudes que motivaron a toda una generación, desde un diálogo aunque difícil superador de enconos y aislamientos.

Y esa discontinuidad de la experiencia generacional no viene sola: prohija toda una gama de discontinuidades. La discontinuidad –más bien abismo– entre sociedad y clase dirigente (pienso en la clase política, pero no sólo), discontinuidad que tiene por ambos lados una dosis de desinterés y voluntaria ceguera, y la discontinuidad –o disociación– entre instituciones y expectativas personales (aplicable tanto a la escuela y la universidad como al matrimonio y las organizaciones eclesiales, entre otras).


Las formas del desarraigo

Discontinuidad: pérdida o ausencia de los vínculos, en el tiempo y en el entretejido sociopolítico que constituye a un pueblo. Primer rostro de la orfandad. Pero hay más. Junto a la discontinuidad, ha crecido también el desarraigo. Lo podemos ubicar en tres áreas:

Primero, un desarraigo de tipo espacial, en sentido amplio. Ya no es tan fácil construir la propia identidad sobre la base del "lugar". La ciudad invade al "barrio" y lo hace estallar desde adentro. Es más: la ciudad global, que se identifica en las grandes cadenas, en los hábitos alimenticios, en la omnipresencia de los medios de comunicación, en la lógica, la jerga y el cruel folclore empresarial, suplanta a la ciudad "local". De la cual, y sin exagerar demasiado, van quedando apenas un risible resto "for export" y la trágica realidad –¡también globalizada!– de la gente que pernocta en la calle, los niños explotados y ahogados en pegamento y la violencia del delito y la marginalidad. Tanto la identidad personal como la colectiva se resienten de esta disolución de los espacios; el concepto de "pueblo" tiene cada vez menos contenido en la actual dinámica de fragmentación y segmentación de los grupos humanos. La ciudad va perdiendo su capacidad de identificar a los grupos humanos, poblándose, como señalaba hace ya unos años un antropólogo francés, de "no-lugares", espacios vacíos sometidos exclusivamente a lógicas instrumentales (funcionalidad, marketing) y privados de símbolos y referencias que aporten a la constitución de identidades comunitarias.

Y así, el desarraigo "espacial" va de la mano con las otras dos formas de desarraigo: el existencial y el espiritual. El primero se vincula a la ausencia de proyectos, quizás a la experiencia de "crecer entre las cenizas", como decía aquel joven que cité más arriba. Al no haber continuidad ni lugares con historia y sentido, (quiebre del tiempo y del espacio como posibilidad de constitución de la identidad y de conformación de un proyecto personal), se debilitan el sentimiento de pertenencia a una historia y el vínculo con un futuro posible, un futuro que me interpele y dinamice el presente. Esto afecta radicalmente a la identidad, porque fundamentalmente "identificarse es pertenecer". No es ajena a esto la inseguridad económica: ¿cómo arraigarse en el suelo existencial de un proyecto personal si está vedada una mínima previsión de estabilidad laboral?

Y todavía esto tiene una cara más. Tanto el desdibujarse de las referencias espaciales como la ruptura de la continuidad entre el pasado, el presente y el futuro van vaciando también la vida del habitante de la ciudad de determinadas referencias simbólicas, de aquellas "ventanas", verdaderos horizontes de sentido hacia lo trascendente que se abrían aquí y allá, en la ciudad y en la acción humana. Esta apertura a lo trascendente se daba, en las culturas tradicionales, mediada por una representación de la realidad más bien estática y jerárquica, y esto se expresaba en multitud de imágenes y símbolos presentes en la ciudad (desde el trazado mismo hasta los lugares impregnados de historia o aun de sacralidad). En cambio, en el talante moderno esa trascendencia tenía que ver con un "hacia adelante", constituyendo el nervio de la historia como proceso de emancipación y mediándose en la acción humana –acción transformadora, en el sentido moderno–, lo cual encontraba su expresión simbólica en el arte, en el fortalecimiento de algunas dimensiones festivas, en las organizaciones libres y espontáneas y en la imagen del "pueblo en la calle". Pero ahora, cada vez más acotados o vaciados de sentido los espacios que hasta hace poco funcionaban como disparadores, como símbolos de la trascendencia, el desarraigo alcanza también una dimensión espiritual.

Dos objeciones podrían plantearse a esta última afirmación. La primera tiene que ver con el rol de los medios de comunicación que pueblan el mundo de imágenes, "comunican", generan hitos –y mitos– que reemplazan a los viejos hitos geográficos o a las referencias utópicas. ¿No puede ser que la cultura mediática de la imagen sea el nuevo sistema de símbolos, la nueva "ventana" a lo Otro, así como en otro tiempo lo fueron las catedrales y los monumentos? Sin embargo aquí hay una diferencia fundamental: mientras que una imagen de la Virgen en un club de barrio remite, sí, a la basílica donde está la imagen original, y para algunos, a la totalidad del sistema conceptual, moral y disciplinar del catolicismo; más allá de todo ello esa imagen apunta a un polo trascendente, a algo que tiene que ver con el "cielo", con el "milagro". En síntesis: es un símbolo religioso. Re-liga, vincula la tierra y el cielo, lo transitorio con lo absoluto. El hombre y Dios. Como símbolo que re-liga, no se agota en sí mismo, pero tiene su propia consistencia. La "cultura de la imagen", por el contrario, y en particular la imagen de los medios de comunicación, la publicidad y, ahora, la imagen en la pantalla de Internet, no es símbolo de "otra cosa", no "remite-a", no tiene referente exterior al mismo círculo mediático. No podemos profundizar aquí estas ideas, pero es un hecho que el sistema multimedial es cada vez más autorreferencial, se va convirtiendo, más que en un "medio", en un "escenario", y ese "escenario" cobra, por momentos, mayor importancia que el drama que en él se pueda representar. Una serie de signos que apuntan todos ellos a sí mismos y casi a nada más, sin una verdadera, objetiva y justa referencia a la realidad extra-mediática o, más aun, pretendiendo construir la realidad a través de su discurso. ¿Qué arraigo pueden generar, qué tipo de vínculos, qué apertura a "lo Otro" que me fundamenta en el ser? ¿Haremos que aporten al proyecto de humanización otra cosa que una interminable "navegación", un "zapping" sin fin, un "surfear" por la brillante superficie de las pantallas?

La segunda objeción pone sobre el tapete el hecho de que, contra todos los pronósticos secularizantes, la religión no desapareció de las ciudades, es más, desarrolló nuevas expresiones y referencias, hasta el punto que una y otra vez el marketing intenta "subirse" a este fenómeno para generar ganancias. Esto es verdad, sin duda, pero también es cierto que todas esas manifestaciones de religiosidad se viven en buena parte desde el desarraigo y la orfandad y buscan, en la fe, la oración y el gesto religioso, remediar de algún modo aquellas situaciones. Ahora bien: en una sociedad que va perdiendo su dimensión comunitaria, su cohesión como pueblo, tales expresiones religiosas masivas necesitan cada vez más su correlato comunitario, para no quedarse en meros gestos individuales. Sin dejar de reconocer la dimensión de Pueblo de Dios presente y operante en la expresividad religiosa popular, necesitamos realimentar esa fe auténtica y aportar elementos que le permitan desplegar todo su potencial humanizante. Es decir, reconocer en ella un clamor por una verdadera liberación (DP 452) que haga posible a nuestro pueblo superar su situación de orfandad, desde las reservas mismas que lleva dentro de sí las que se arraigan en la gracia de su bautismo, en la memoria de su pertenencia a la Santa Madre Iglesia.

Así, entonces, discontinuidad (generacional y política) y desarraigo (espacial, existencial, espiritual) caracterizan aquella situación que habíamos llamado, más genéricamente, de orfandad. Ya podríamos ir preguntándonos: ¿qué puede hacer la escuela, rebajada de "templo del saber" a "gasto social", para remediar esta situación? ¿Qué podemos hacer los maestros, ayer símbolos vivientes de un proyecto de sociedad libre y en busca de un futuro, hoy reducidos en la consideración social e imposibilitados de vivir dignamente de su trabajo? ¿Qué puede hacer la comunidad educativa toda, ella misma cruzada por tantas situaciones de discontinuidad y desarraigo? Pero antes, queremos todavía precisar brevemente algo más.


La caída de las certezas

Un tercer aspecto de la orfandad contemporánea, íntimamente relacionado con los que ya hemos visto, es la caída de las certezas. Por lo general, las civilizaciones crecen a la sombra de algunas creencias básicas acerca del mundo, del hombre, de la convivencia, de los por qué y para qué fundantes del acontecer humano, etc. Esas creencias, muchas veces dependientes de las religiones, pero no solamente, constituyen una suerte de certezas sobre las cuales se apoya toda la construcción de una figura histórica, en la cual adquiere sentido la existencia de las comunidades y las personas.

Pues bien: muchas de las certezas que han animado a nuestra sociedad "moderna" se han diluido, caído o desgastado. Un discurso "patriótico" al estilo de los que –todavía– movilizaban a mi generación, tiende a ser visto con burla o escepticismo. El lenguaje revolucionario de hace treinta años puede ser, como mucho, motivo de curiosidad y sorpresa. La misma idea de solidaridad encuentra difícilmente su camino para hacerse oír en medio de la ideología de la "salida individual". Y esta pérdida de certezas, otrora inconmovibles, alcanza también a los fundamentos de la persona, la familia y la fe. Los principios que han guiado a las generaciones que nos precedieron parecen caducos: ¿cómo seguir sosteniendo que "el ahorro es la base de la fortuna", por ejemplo, cuando no hay trabajo y las únicas fortunas que hoy pueden crecer provienen de la corrupción, la especulación y los negocios turbios? ¿Cómo seguir considerando intocable la vida humana, cuando tanta gente sencilla, cuyo único bien es su vida, pide la pena de muerte para protegerse de la violencia urbana, aunque todos sabemos que las causas de esa violencia no están en la especial perversidad de algunos?

Pero esta caída de las certezas no es, tampoco, un hecho coyuntural de una sociedad periférica. De ningún modo: además de un talante ampliamente difundido en Occidente, constituye casi una "nueva certeza" que encuentra su lugar en los discursos más prestigiosos del pensamiento contemporáneo. No estará de más una breve referencia a ello, ya que constituye el sustrato de todo un estado espiritual de este principio de siglo.


La razón idolatrada, vilipendiada y reconsiderada

Desde distintas posiciones ideológicas, se ha dado un debate hace algunos años en torno a la oposición entre modernidad y postmodernidad. Entre las muchas –muchísimas– dimensiones y perspectivas que incluyó (y aún incluye, de algún modo vulgarizada) esa discusión, queremos poner de relieve una: la idea de que el "fin de la modernidad" supone la caída de las principales certezas, idea que remite, en último análisis, a un profundo descrédito de la razón. Así describe Juan Pablo II esta postura:

"...no hay duda de que las corrientes de pensamiento relacionadas con la postmodernidad merecen una adecuada atención. En efecto, según algunas de ellas, el tiempo de las certezas ha pasado ya irremediablemente; el hombre debería ya aprender a vivir en una carencia total de sentido, caracterizada por lo provisional y lo fugaz. Muchos autores, en su crítica demoledora de toda certeza e ignorando las distinciones necesarias, contestan incluso la certeza de la fe.

Este nihilismo encuentra una cierta confirmación en la terrible experiencia del mal que ha marcado a nuestra época. Ante esta experiencia dramática, el optimismo racionalista que veía en la historia el avance victorioso de la razón, una fuente de felicidad y de libertad, no ha podido mantenerse en pie, hasta el punto que una de las mayores amenazas de este fin de siglo es la tentación de la desesperación" (Fides et Ratio 91).

Un hondo desencanto se extiende por doquier respecto de las grandes promesas de la razón: libertad, igualdad, fraternidad... ¿Qué ha quedado de todo ello? Comenzando el siglo XXI, ya no hay una racionalidad, un sentido, sino múltiples sentidos fragmentarios, parciales. La misma búsqueda de la verdad –y la misma idea de "verdad"– se ensombrecen: en todo caso, habrá "verdades" sin pretensiones de validez universal, perspectivas, discursos intercambiables. Un pensamiento que se mueve en lo relativo y lo ambiguo, lo fragmentario y lo múltiple, constituye el talante que tiñe no sólo la filosofía y los saberes académicos, sino la misma cultura "de la calle", como habrán constatado todos aquellos que tienen trato con los más jóvenes. El relativismo será pues el resultado de la así llamada "política del consenso" cuyo proceder siempre entraña un nivelar-hacia-abajo. Es la época del "pensamiento débil".


Al rescate de la racionalidad

De ahí que, desanclada de las certezas de la razón (y, como bien señalaba Juan Pablo II, también de las de la fe como un "saber" de salvación), la cultura actual se recuesta en el sentimiento, en la impresión y en la imagen. También esto hace a la orfandad, también eso nos exige hacer de nuestras escuelas un lugar de acogida, un espacio donde las personas puedan encontrarse a sí mismas y con los otros para recrear su estar en el mundo. Pero también, y aquí daremos un paso más en nuestra reflexión, esta situación nos obliga a encarar de algún modo el rescate de una racionalidad válida, de un pensamiento vigoroso que permita superar el irracionalismo contemporáneo. Podrán preguntar: ¿y eso por qué? Ya que estamos revalorizando y de hecho recuperando y ahondando los aspectos afectivos, la ternura, los vínculos humanos, que tan dejados de lado han estado en ámbitos de nuestra sociedad, ¿por qué tenemos que volver a inclinar la balanza hacia el otro lado?

Es que no se trata de caer en nuevos desequilibrios, sino justamente de encontrar el punto justo que haga de esta acogida cordial un gesto auténticamente humano y liberador. Tres ideas nos ayudarán a comprender esto:

Primero, las cosas no son ni tan blancas ni tan negras. Denunciar los "abusos de la razón" (totalitarismos de toda clase, proyectos históricos y políticos que trajeron más sufrimiento que felicidad, desvalorización de los aspectos afectivos, personales y cotidianos de la vida, reducción de todo al cálculo, al número y al concepto...), no significa tirar por la borda todos los beneficios que el desarrollo "racional" ha traído. La escuela misma, sin ir más lejos, es hija de esta idea. Aunque no podamos compartir aquello de "al darle el saber, le diste el alma" que cantaba el viejo himno escolar, sí debemos reconocer que el "saber" es un importantísimo recurso para el desarrollo del "alma", es decir, de la persona humana. Me refiero a un «saber» que no quede reducido a la mera información o a un cierto enciclopedismo cibernético. Un saber con capacidad de relacionar, de avanzar en el planteo de preguntas y elaboración de respuestas. Recurso que no tenemos derecho a mezquinar: todo lo contrario, debemos perfeccionar cada vez más nuestra capacidad (incluso "técnica") para efectuar esa transmisión.

Segundo: si bien el discurso "postmoderno" que reivindica los aspectos emocionales, relativos y hasta irracionales de la vida parece liberarnos de la tiranía de lo uniforme, lo burocrático o lo disciplinario, por otro lado se convierte en la justificación de otras tiranías: y por citar una no pequeña, la de la economía, con sus factores de poder y su tecnocracia. Porque si lo que "manda" hoy es el sentimiento, la imagen y lo inmediato, eso es verdad sólo para los "consumidores" de bienes, servicios... y publicidad mediática. La capacidad de elección, la libertad, la no necesidad de adscribirse a una normatividad uniforme, lo diverso y plural, todo ello tan caro a la mentalidad postmoderna, hoy por hoy se traducen lisa y llanamente en diversidad de consumos. Es verdad que el Estado y la escuela, por nombrar instituciones que generaban fuertes adscripciones normativas, ya no rigen la vida de los individuos. La misma Iglesia ve crecer en su seno una valoración cada vez mayor de la libertad y "electividad" personal. Pero también es cierto que esta libertad, liberada de aquellos marcos institucionales que le conferían armonía, ha sido apresada por el mercado. En síntesis: si no recuperamos la noción de verdad, sin una racionalidad compartida, dialogal, una búsqueda de los mejores medios para alcanzar los fines más deseables (para todos y cada uno), queda sólo la ley del más fuerte, la ley de la selva. Entonces: cuanto más nos preocupemos por desarrollar un pensamiento crítico, por afinar nuestro sentido ético, por mejorar nuestras capacidades, nuestra creatividad y nuestros recursos, tanto más podremos evitar ser esclavos de la publicidad, de la planificada (por otros) exacerbación de lo inmediato, de la manipulación de la información, del desaliento que recluye a cada uno en su interés individual.

Y tercero, llegando a aquello que define nuestra identidad como educadores cristianos, la fe, el saber, la captación de lo real, no tiene sólo un componente afectivo, sino una importante dimensión de sabiduría que es preciso rescatar, y que comienza con la capacidad de admiración. A este punto nos dedicaremos a continuación. La dimensión sapiencial es englobante del saber, del sentir y del hacer. Conlleva armónicamente la capacidad de entender, la tensión de poseer el bien, la contemplatividad de lo bello, todo armonizado por la unidad del ser que entiende, ama, admira. La dimensión sapiencial es memoriosa, integradora y creadora de esperanza. Es la que abre la existencia del discípulo y unge al maestro. La sabiduría sólo se entiende a la luz de la Palabra de Dios.


La Palabra: reveladora y creadora

El primado "postmoderno" de la experiencia trajo consigo una religiosidad de corazón, una búsqueda más personal de Dios y una nueva valoración de la oración y la contemplación, pero también una especie de "religión a la carta", una subjetivización unilateral de la religión que la posiciona no tanto en una dimensión de adoración, compromiso y entrega sino como un elemento más de "bienestar", similar en gran medida, a las diversas ofertas new age, mágicas o pseudopsicológicas.

Ese verdadero reduccionismo (tanto como lo es su contrario, la afirmación unilateral de la religión como "contenido" y "discurso") deja de lado la infinita riqueza de la Palabra de Dios. En toda la Biblia (tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento), la Palabra de Dios se presenta con dos aspectos, ambos igualmente importantes: como "revelación", "discurso", "logos", y como "acción", "presencia", "poder", "dynamis". La Palabra de Dios dice y hace. Si la consideramos solamente como presencia salvífica (porque cuando Dios actúa, salva, y salva creando comunión, vinculándose a sus creaturas, haciéndonos hijos), dejamos de lado su aspecto de revelación. Si, por el contrario, la consideramos solamente bajo su aspecto de verdad, de "contenido", perdemos su dimensión de comunión, de presencia amorosa, su dinámica salvífica. La Palabra de Dios nos vincula con Él con lazos tanto de conocimiento como de amor. Dice y hace.

En su aspecto de "revelación", la Palabra en el Antiguo Testamento se presenta como Ley, como regla de vida a través de la cual Dios ofrece un camino hacia la felicidad. "Tu Palabra es una lámpara para mis pasos, y una luz en mi camino", dice el Salmo 119 (v. 105), todo él un impresionante himno a la Palabra de Dios manifestada como Ley. Pero además de este "saber práctico", la Palabra ofrece un "saber" acerca de Dios y del hombre en el mundo. Dios revela su nombre y su voluntad salvífica, y con ella muestra al hombre la grandeza de su filiación y su destino.

Pero la Palabra de Dios es también la fuerza de Dios, que obra lo que anuncia: "...ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le encomendé" (Is 55, 10-11). Es Palabra creadora, desde el comienzo de los tiempos: "dijo Dios..." y "fue hecho" (Gn 1). Es Palabra que libera y salva a los esclavos hebreos y los conduce por el desierto, Palabra que los convoca y constituye como Pueblo, Palabra que se promete como Nueva Creación al fin de los tiempos.

Y así también nos presenta el Nuevo Testamento a Jesucristo: como un profeta que enseña y ofrece una Nueva Ley, como un maestro de sabiduría que nos hace gustar de la belleza y bondad del amor de Dios, y como la fuerza de Dios que opera la salvación, cura a los enfermos, expulsa a los demonios e inaugura, con su muerte y resurrección, la Nueva Creación en el banquete pascual del Reino.

¿Adónde llegamos con todo esto? Como testigos de la Palabra, nuestra presencia en la sociedad debe responder a esta riqueza que no se deja encerrar en una sola dimensión. La dimensión creadora, dinámica, salvífica, de la Palabra, será actuada en el mundo en la acción de crear comunidad, de vincular, de reconocer, recibir y potenciar al prójimo. Dimensión que tiene un importante componente afectivo, no en un sentido superficial, sino en el más hondo y exigente sentido del mandamiento del amor. El evangelio de Mateo (25, 31ss) nos presenta el "test" que el Señor hará a los suyos en el fin de los tiempos: si alimentaron al hambriento, si dieron de beber al sediento, si recibieron al que está de camino... En los discípulos que realizaron esto, se produce el milagro de la presencia dinámica de Dios, se efectúa la comunión: Cristo mismo se identifica con aquel a quien se brindó el amor, invirtiendo simbólicamente los papeles, ya que es Él quien ofrece, brinda, transforma y crea una nueva realidad con su amor.

Pero también, dado que la Palabra es también revelación, ley, enseñanza, nuestra misión apuntará a buscar seriamente la verdad e invitar e incorporar a otros en esta búsqueda. Toda una dimensión que, justamente por incluir a toda la persona, no dejará de lado la importancia de la inteligencia humana, de su formación y promoción. Esta dimensión es igualmente definitoria, como nos enseña el evangelio de Juan (12, 44-50).

Esta misma dinámica se da en la celebración litúrgica, encuentro sacramental con el Señor: Palabra y Eucaristía, enseñanza y comunión, contemplación y adoración. En este delicado equilibrio se encuentra, justamente, la riqueza de una comprensión integral, no reductiva, del misterio cristiano. Una comprensión sapiencial.

El concepto de sabiduría, justamente, es aquel que reúne armónicamente diversos aspectos: conocimiento, amor, contemplación de lo bello, al mismo tiempo que una "comunión en la verdad" y una "verdad que crea comunión", "una belleza que atrae y enamora". Inteligencia, corazón, ojos del alma, no disociados sino integrados en lo más pleno de la persona humana.

De allí que sea imposible disociar los diversos aspectos en nuestra actividad pastoral o educativa. La autenticidad de la Palabra que transmitimos tendrá que ver con la integridad con que asumamos sus dimensiones. Y esto se traduce justamente en un cuidado tanto de los aspectos del "obrar", vinculados con la "acogida cordial", la práctica concreta de la caridad, aquí y ahora, la creación de vínculos humanos (que incluye, por supuesto, toda acción asistencial o promocional que ayuda a la persona a ponerse de pie y ocupar su lugar en la comunidad humana y cristiana), como de aquellas dimensiones más vinculadas con el "decir": la cuidadosa preparación, remota y próxima, de la actividad educativa, la planificación en orden a un más eficaz aprovechamiento de los recursos, la seriedad con que acometemos nuestra propia formación, etc. Ambas dimensiones son constitutivas de nuestra misión como educadores cristianos, y si es cierto que estamos llamados a poner un poco de humanidad y de ternura en una sociedad individualista y excluyente, también es verdad que, ante el descrédito de la palabra, tenemos la obligación de ayudar a nuestros hermanos a desarrollar la capacidad de entender y de decir. No sólo crear arraigo: también recrear las más importantes certezas, en forma de sabiduría de la vida, del mundo y de Dios. Sabiduría que es fecunda, engendra hijos, disipa orfandades. Sabiduría que es fuente de belleza que impulsa el alma hacia la admiración, la contemplatividad.


Invitaciones

Vamos llegando al final de esta ya larga reflexión. La orfandad contemporánea, en términos de discontinuidad, desarraigo y caída de las certezas principales que dan forma a la vida, nos desafía a hacer de nuestras escuelas una "casa", un "hogar" donde las mujeres y los hombres, los niños y las niñas, puedan desarrollar su capacidad de vincular sus experiencias y de arraigarse en su suelo y en su historia personal y colectiva, y a su vez encuentren las herramientas y recursos que les permitan desarrollar su inteligencia, su voluntad y todas su capacidades, a fin de poder alcanzar la estatura humana que están llamados a vivir.

Muchas son las tareas que nos exige este doble desafío. En este tramo inicial del año educativo, quisiera llamar su atención sobre tres aspectos que se derivan de las reflexiones que he desarrollado.

En primer lugar, el desarrollo de vínculos humanos de afecto y ternura como remedio al desarraigo. La escuela puede ser un "lugar" (geográfico, en medio del barrio, pero también existencial, humano, interpersonal) en el cual se anuden raíces que permitan el desarrollo de las personas. Puede ser cobijo y hogar, suelo firme, ventana y horizonte a lo trascendente. Pero sabemos que la escuela no son las paredes, los pizarrones y los libros de registro: son las personas, principalmente los maestros. Son los maestros y educadores quienes tendrán que desarrollar su capacidad de afecto y entrega para crear estos espacios humanos. ¿Cómo desarrollar formas de contención afectiva en tiempos de desconfianza? ¿Cómo recrear las relaciones humanas, cuando todos esperan del otro lo peor? Hemos de encontrar, todos nosotros y cada uno, los caminos, gestos y acciones que nos permitan incluir a todos y ayudar al más débil, generar un clima de serena alegría y confianza y cuidar tanto la marcha del conjunto como el detalle de cada persona a nuestro cargo.

Segundo, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace como forma de achicar el abismo de la discontinuidad. Sabemos que en todo acto de comunicación hay un mensaje explícito, algo que se enuncia, pero que ese mensaje puede ser bloqueado, matizado, desfigurado y hasta desmentido por la actitud con que se transmite. Hay todo un aspecto de la comunicación, "no explícita" y "no verbal", que tiene que ver con los gestos, la relación que se instaura y el despliegue de las diversas dimensiones humanas en general. Todo lo que hacemos comunica. En la medida en que evitemos los dobles mensajes, en la medida en que creamos y tratemos de vivir con todo nuestro ser lo que estamos transmitiendo, en esa medida habremos contribuido a devolver la credibilidad en la comunicación humana.

Por supuesto que este ideal comunicacional será una y otra vez obstaculizado por el misterio del pecado y la labilidad humana. ¿Quién puede presumir de tener la absoluta coherencia, el absoluto control de sus miserias, sus dualidades, sus autoengaños, sus egoísmos reprimidos, sus intereses inconfesables? Sabemos que no todo se logra con buenas intenciones o con propósitos "moralizantes" y tampoco con rigideces normativas. Pero del mismo modo somos conscientes de que no todo es disculpable y aceptable sin más, ya que tenemos una responsabilidad delante de otras personas y frente a quien puso la vida en nuestras manos. ¿Y entonces? La clave para ganar en coherencia sin fingir una perfección imposible, será caminar en humildad dispuestos al discernimiento, personal y comunitario, evitando el juicio condenatorio del otro; abiertos tanto a la corrección fraterna, como al perdón y a la reconciliación. Reconocer juntos que somos peregrinos, mujeres y hombres débiles y pecadores pero con memoria y en búsqueda de un amor más pleno, que nos sane y nos levante. Esa puede ser una forma de trocar la discontinuidad por la disposición al acercamiento, a hacernos próximos en medio de las diferencias.

Tercero, el esfuerzo por generar algunas certezas básicas en el mar de lo relativo y lo fragmentario. Quizá esto sea extremadamente difícil. Sabemos que la verdad por la fuerza es contraria a la fuerza de la verdad. Sabemos también que no podemos adoptar los métodos compulsivos de la publicidad, que desplaza necesidades reales a satisfacciones ilusorias. ¿Y entonces? Hay un "camino estrecho" que transita por la búsqueda de la sabiduría; siempre convencidos de su capacidad de conmover y enamorar. Consiste en aprender a descubrir las preguntas del otro, a contemplarlas, a intuirlas (porque difícilmente los niños y jóvenes podrán expresarnos sus necesidades e interrogantes con claridad). Aunque el cansancio y la rutina a veces nos convierten en una especie de "parlante" que emite sonidos que a nadie le interesan, sabemos bien que sólo "llegan" y "quedan" las enseñanzas que respondan a una pregunta, a una admiración. Compartir las preguntas (¡aunque no tengamos las respuestas!) es ya ponernos todos, educadores y educandos, en un camino de búsqueda, de contemplatividad, de esperanza.

Para todo esto, habrá que poner en movimiento dos dimensiones integrándolas siempre: amplificar la capacidad de nuestro corazón en cuanto servidores de los hermanos, y desarrollar siempre más nuestra capacidad como profesionales de la educación. Una tarea "cordial" y una tarea "intelectual" bien conjugadas. Poniéndonos en sintonía con la Palabra de Dios, que habla, hoy como siempre, tanto a nuestra inteligencia como a nuestro corazón. Porque como reflexiona un teólogo español, "se transfiere a los individuos a una vida personal cuando se les ofrece ciencia y conciencia, saberes y responsabilidades, fines y medios, confianza y exigencia". Y esto es sabiduría. Que el Señor nos la conceda a todos. Pidámosla humildemente con la oración del Rey Salomón.


"Ahora, Señor, Dios mío,
has hecho reinar a tu servidor
en lugar de mi padre David, a mí,
que soy apenas un muchacho
y no sé valerme por mí mismo.
Tu servidor está en medio de tu pueblo,
el que tú has elegido,
un pueblo tan numeroso
que no se puede contar ni calcular.
Concede entonces a tu servidor
un corazón comprensivo,
para juzgar a tu pueblo,
para discernir entre el bien y el mal".

(1 Re 3, 7-9)


Buenos Aires, en la Cuaresma del año del Señor de 2001

Card. Jorge Mario Bergoglio, s.j., arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2237, del 16 de marzo de 2000


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