Homilía del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge
Mario Bergoglio, SJ, pronunciada el 7 de agosto de 2001, en el santuario
de San Cayetano, de Liniers.
"El año pasado leímos aquí la parábola del
Buen Samaritano con la cual Jesús nos abre los ojos a esa verdad tan
grande: El está misteriosamente presente en los más pobres, está
presente en toda carne sufriente y necesitada. Cuando nos acercamos al que
está necesitado y nos hacemos prójimos se nos enternece el corazón, se
nos abren los ojos y vemos a Jesús. ¿Se acuerdan? Y recordaba que la
manera de no pasar de largo ante tanta necesidad como la que hay hoy en
nuestro pueblo, es mantener encendida nuestra esperanza; mientras luchamos
por la justicia y vivimos solidariamente tenemos que mantener encendida
nuestra esperanza.
"En este día, con el Evangelio de las
Bienaventuranzas, el Señor da un paso más en su enseñanza: el dolor no
es solamente algo que reclama ayuda y exige soluciones. El dolor, si se lo
vive como nos enseña Cristo, esconde también una bendición y hasta una
cierta alegría. Alegría dolorosa, ciertamente, pero verdadera. ¡Qué
consolador es escuchar todos juntos, como pueblo reunido por la fe, este
evangelio de las Bienaventuranzas de Jesús! Jesús se acerca a las cosas
que nos duelen, que nos dan miedo, que nos preocupan, que nos angustian...
y las transforma con su Palabra, con esa Palabra suya tan cercana y
compañera, palabra de amigo y palabra de Dios.
"Podemos decir que cuando Jesús se acerca a
nuestro dolor las cosas se ven distintas: Jesús nos habla de los
pobres, de los que tienen hambre, de los que lloran, de los que son
injustamente perseguidos... pero hay esperanza en su tono de voz, hasta
nos consuela escucharlo. Felices ustedes los que ahora lloran porque
serán consolados, nos dice. Y esa palabra ya es como si nos enjugara las
lágrimas.
"Y sucede algo más todavía. Cuando Jesús dice:
pobres de ustedes, los ricos, los que ahora están satisfechos, los que
ahora se ríen, los que sólo reciben alabanzas..., más que darnos
bronca, estas personas de las que habla Jesús terminan dándonos pena. Es
como si viéramos su necedad, que lo suyo va a terminar mal. Sabemos que
el camino de la vida no va por ahí.
"Las imágenes contrastantes que usa Jesús en las
bienaventuranzas me recuerdan a las que vemos en los noticieros: gente
pobre en la calle y gente rica festejando fastuosamente, pobres
perseguidos por reclamar trabajo y ricos que eluden la justicia y encima
los aplauden; gente que llora por la violencia y gente que tira comida...
Parece un noticiero. Y sin embargo Jesús valora las cosas distinto que
los noticieros. El mira hondo en la realidad de la vida y nos dice: ¡ay!
del corazón que no sabe llorar; ¡ay! del corazón que no tiene hambre y
sed de justicia; ¡ay! del corazón que no se siente pobre de amor; ¡ay!
del corazón que está hinchado de vanidad... es un pobre corazón, un
corazón que acabará endurecido, despreciado, solo.
"Jesús mira hondo en los corazones de cada uno de
nosotros, que venimos cargados de penas y agobiados por los problemas de
trabajo y nos va diciendo: feliz vos que estás aquí, haciendo cola para
pedir pan y trabajo. Feliz vos que tenés un corazón humide y no te
sentís ni más ni menos que tu hermano que está a tu lado. Feliz vos que
podés estar orgulloso de no tener ningún privilegio, salvo el de ser mi
hijo muy querido. Feliz vos que tenés esa bronca que es hambre y sed de
justicia y sabés reclamar y protestar, pero sin hacer daño a nadie, y
antes que nada venís a pedirle a tu Dios y Señor. Feliz vos que hacés
el bien y muchas veces sos malentendido y criticado, pero no bajás los
brazos de tu esperanza. Feliz vos que sabés llorar con mansedumbre y
esperando sólo en Dios... Feliz no por lo que te falta, ni porque se te
vayan a solucionar ya mismo todos tus sufrimientos (siempre hay algún
sufrimiento), sino feliz porque el don de Dios es tan grande que sólo si
tu corazón está desmedidamente abierto lo podrás recibir. Por eso Jesús
llama felices a los que les pasan cosas que les abren el corazón y se lo
ensanchan.
"De entre todas las bienaventuranzas quiero
detenerme un momento en la bienaventuranza de las lágrimas, porque nos
hace saborear las bendiciones de Jesús y nos abre el corazón a
Dios mientras vamos rezando en la cola y pedimos a nuestro querido San
Cayetano por todas nuestras necesidades.
"La bendición de los que lloran nos invita a
llorar por nuestra Patria, con esa oración tan antigua como es la oracón
de lamentación, en la que un pueblo sabe arrepentirse de sus pecados y
volver sus ojos al único Dios verdadero, al único capaz de salvar,
dejando atrás las ilusiones vanas y los dioses falsos. Es como si Jesús
nos dijera: felices ustedes los que lloran por nuestra patria con esas
lágrimas que no son sólo de uno sino de todos, con las lágrimas del que
reza el Padrenuestro y cuando dice pan, dice ‘el pan nuestro’,
y cuando dice perdón dice ‘perdona nuestros pecados’.
"La bendición a los que lloran nos recuerda
también nuestros llantos de familia. Es como si Jesús nos dijera:
felices ustedes los que lloran cuando la familia duerme y nadie los ve, y
aprietan fuerte mi cruz entre sus manos hasta quedar fortalecidos. Porque
en las lágrimas de una mamá o de un papá que llora por sus hijos se
esconde la mejor oración que se puede hacer en esta tierra: esa oración
de lágrimas silenciosas y mansas que es como la de nuestra Señora al pie
de la Cruz, que sabe estar al lado de su Hijo sin estallidos ni
escándalos, acompañando e intercediendo.
"Felices ustedes los que lloran al acercarse a San
Cayetano, pidiendo el pan y el trabajo, y en esa lágrima que apenas asoma
confían su pedido y ruego sin muchas palabras, seguros de que han sido
escuchados y atendidos. San Cayetano intercede por su pueblo fiel, por
todo el pueblo argentino. Y en estos momentos tan duros, redoblamos
nuestra fe y nuestra confianza en Jesús nuestro Señor. El nos ha
prometido que El mismo, en persona, se encargará de enjugar nuestras
lágrimas. Felices nosotros si ponemos en El toda nuestra esperanza.
"La bendición a los que lloran nos recuerda,
finalmente, nuestro llanto de niños, es como si Jesús nos dijera:
felices ustedes los que lloran como cuando eran niños y su madre los
consolaba. Es verdad eso que dicen que sólo pueden consolarnos de verdad
Dios nuestro Señor y nuestra madre. Por eso, ponemos nuestras lágrimas
ante los ojos de la Virgen, y mientras ‘suspiramos gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas’ le decimos: ‘Ea pues, Señora y abogada
nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de
este destierro, muéstranos a Jesús...".
Card. Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires