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EDUCAR ES
ELEGIR LA VIDA
Mensaje del cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires,
a las comunidades educativas, al inicio del año escolar, dado en la Misa
celebrada en la catedral metropolitana el 9 de abril de 2003
Introducción
Hace exactamente un año,
iniciaba mi mensaje a las comunidades educativas hablando de un momento crítico
y decisivo en la vida de nuestro pueblo. Muchas cosas han pasado desde entonces:
sufrimiento, desconcierto, indignación, pero también mucho poner el hombro por
parte de tantos hombres y mujeres que se brindaron al prójimo sin justificarse
en la indiferencia o en el afán de “salvarse” de otros. Como balance, nos
encontramos con la convicción de que no tenemos que esperar ningún “salvador”,
ninguna propuesta “mágica” que vaya a sacarnos adelante o a hacernos cumplir con
nuestro “verdadero destino”. No hay “verdadero destino”, no hay magia. Lo que
hay es un pueblo con su historia repleta de interrogantes y dudas, con sus
instituciones apenas sosteniéndose, con sus valores puestos entre signos de
pregunta, con las herramientas mínimas como para sostener un corto plazo. Cosas
demasiado “pesadas” como para confiárselas a un carismático o a un técnico.
Cosas que sólo mediante una acción colectiva de creación histórica
pueden dar lugar a un rumbo más venturoso. Y no creo equivocarme si intuyo que
la tarea de ustedes como educadores, va a tener que “hacer punta” en este
desafío. Crear colectivamente una realidad mejor, con los límites y
posibilidades de la historia, es un acto de esperanza. No de certezas, ni
de meras apuestas: ni destino ni azar. Exige creencias y virtudes. Poner en
juego todos los recursos, más un “plus” imponderable que le da su dramatismo.
La reflexión de este año
también versa sobre la esperanza, pero muy en particular sobre un
componente esencial de su dimensión activa: la creatividad. Porque si
estamos en un momento de creación histórica y colectiva, nuestra tarea como
educadores ya no puede limitarse a “seguir haciendo lo de siempre”, ni siquiera
a “resistir” ante una realidad sumamente adversa: se trata de crear, de
comenzar a poner los ladrillos para un nuevo edificio en medio de la historia;
es decir, ubicados en un presente que tiene un pasado y -eso deseamos- también
un futuro.
Utopía y creación histórica
Para nosotros, hablar de “creación”
tiene una inmediata connotación creyente. La fe en Dios Creador nos dice que la
historia de los hombres no es un vacío sin orillas: tiene un inicio y tiene
también una dirección. El Dios que creó “el cielo y la tierra” es el mismo que
hizo una Promesa a su pueblo, y su poder absoluto es la garantía de la eficacia
de su Amor. La fe en la creación, de este modo es soporte de la esperanza.
La historia humana, nuestra historia, la historia de cada uno de nosotros, de
nuestras familias, de nuestras comunidades, la historia concreta que construimos
día a día en nuestras escuelas, nunca está “terminada”, nunca agota sus
posibilidades, sino que siempre puede abrirse a lo nuevo, a lo que hasta ahora
no se había tenido en cuenta. A lo que parecía imposible. Porque esa historia
forma parte de una creación que tiene sus raíces en el Poder y el Amor de Dios.
Una vez más, conviene
aclarar que no se trata de una especie de compulsa entre pesimismo y optimismo.
Estamos hablando de la esperanza, y la esperanza no se siente cómoda con
ninguna de esas dos opciones. Vamos a centrarnos en la creatividad como
característica de una esperanza activa. ¿En qué sentido podemos ser
creativos, creadores, nosotros los seres humanos? No lo será en el sentido de
“crear de la nada” como Dios, obviamente. Nuestra capacidad de crear es bastante
más humilde y acotada puesto que es un don de Dios que, ante todo, debemos
recibir. Nosotros, a la hora de ejercer nuestra creatividad, debemos aprender a
movernos dentro de la tensión entre la novedad y la continuidad. Es decir
debemos dar lugar a lo nuevo a partir de lo ya conocido. Para la creatividad
humana, no hay ni “creación de la nada” ni “idéntica repetición de lo mismo”.
Actuar creativamente implica hacerse seriamente cargo de lo que hay, en toda su
densidad, y encontrar el camino por el cual a partir de allí se manifieste algo
nuevo.
En este punto, podemos
volver a convocar, como lo hicimos ya el año pasado, a uno de los más
importantes maestros de la fe: san Agustín. En su obra La Ciudad de
Dios, este Padre de la Iglesia reflexionaba sobre el sentido de la
historia desde la perspectiva de la salvación escatológica realizada
en Cristo. La inminente caída del Imperio Romano anunciaba una profunda novedad
histórica: el fin de una época y el incierto comienzo de otra. Y Agustín se
proponía comprender los designios de Dios para iluminar a la Iglesia confiada a
su ministerio.Ya hemos expuesto los elementos centrales de esta obra en el
mensaje del año pasado. En última instancia, nos remitíamos a la historia
humana como lugar del discernimiento entre las ofertas de la gracia,
orientadas hacia la plena realización del hombre, la sociedad y la historia en
la redención escatológica, y las tentaciones del pecado, pretendiendo
construir un destino oponiéndose a la dinámica divina de salvación.
Pero hay otras dimensiones
de este pensamiento agustiniano que pueden orientarnos en la búsqueda de una
creatividad histórica. Para aprovechar su enseñanza, es preciso preguntarnos
antes sobre el sentido de la utopía. En primer lugar, las utopías son
frutos de la imaginación, la proyección hacia el futuro de una constelación de
deseos y aspiraciones. La utopía toma su fuerza de dos elementos: por un lado,
la disconformidad, la insatisfacción o el malestar que genera la realidad
actual; por el otro, la inquebrantable convicción de que otro mundo es posible.
De ahí su fuerza movilizadora. Lejos de ser un mero consuelo fantaseado, una
alienación imaginaria, la utopía es una forma que la esperanza toma en una
concreta situación histórica.
La creencia de que el mundo
es perfectible y de que la persona humana tiene recursos para alcanzar una vida
más plena alimenta toda construcción utópica. Pero dicha creencia va de la mano
con una búsqueda concreta de mediaciones para que ese ideal sea realizable.
Porque si bien el término “utopía” literalmente remite a algo que está “en
ningún lugar”, algo que no existe de un modo localizable, no por eso apunta a
una completa alienación respecto de la realidad histórica. Por el contrario, se
plantea como un desarrollo posible, aunque por el momento imaginado.
Anotemos este punto: algo que no existe aún, algo nuevo, pero hacia lo cual
hay que dirigirse a partir de lo que hay. De ese modo, todas las utopías
incluyen una descripción de una sociedad ideal, pero también un análisis de los
mecanismos o estrategias que la podrían hacer posible. Diríamos que es una
proyección hacia el futuro que tiende a volver al presente buscando sus caminos
de posibilidad, en este orden: primero, el ideal, delineado vívidamente, luego,
ciertas mediaciones que hipotéticamente lo harían viable.
Pero además, en su “ida y
vuelta” a partir del presente, se apoya fundamentalmente en la negación de
los aspectos no deseados de la realidad actual. Brota del rechazo (no
visceral sino inteligente) de una situación considerada como mala, injusta,
deshumanizadora, alienante, etc. En ese sentido, hay que señalar que la utopía
propone lo nuevo... pero sin liberarse nunca de lo actual. Perfila la
expectativa de la novedad desde la percepción actual de lo que sería deseable si
pudiéramos liberarnos de los factores que nos oprimen, de las tendencias que nos
impiden acceder a algo superior. Por dos lados distintos, entonces, vemos la
indisoluble ligazón entre lo futuro deseado y lo presente soportado. La
utopía no es pura fantasía: también es crítica de la realidad y búsqueda de
nuevos caminos.
En ese rechazo de lo actual
en pos de otro mundo posible, articulado como un salto al futuro que debe
después hallar sus caminos para hacerse viable, tiene dos serios límites:
primero, cierta cualidad “loca”, propia de su carácter fantástico o
imaginario que, al poner el acento en esa dimensión y no en los aspectos
pragmáticos de su construcción, puede convertirla en un mero sueño, un deseo
imposible. Algo de eso resuena en cierto uso actual, “realista”, del término. El
segundo límite: en su rechazo de lo actual y deseo de instaurar algo nuevo,
puede recaer en un autoritarismo más feroz e intransigente que aquello
que se quería superar. ¿Cuántos ideales utópicos no han dado lugar, en la
historia de la humanidad, a todo tipo de injusticias, intolerancias,
persecuciones, atropellos y dictaduras de diversos signos?
Pues bien: justamente son
estos dos límites del pensamiento utópico los que han provocado su descrédito
en la actualidad; ya sea por un pretendido realismo que se ata a “lo posible”,
entendiendo eso posible como el solo juego de las fuerzas dominantes descartando
la capacidad humana de crear realidad a partir de una aspiración ética; ya sea
por el hartazgo ante las promesas de ciertos mundos nuevos que, en el último
siglo, sólo han traído más sufrimiento a los pueblos.
Y aquí podemos volver a leer
La Ciudad de Dios. La utopía, tal como la conocemos, es una construcción
típicamente moderna (si bien hunde sus raíces en los movimientos milenaristas
que atravesaron la segunda mitad de la Edad Media). Pero san Agustín, al
plantear su esquema de las “dos ciudades” (la ciudad de Dios, regida por el
amor, y la ciudad terrena, por el egoísmo) inextricablemente yuxtapuestas en la
historia secular, nos ofrece algunas claves para ubicar la relación entre
novedad y continuidad, que es justamente el punto crítico del pensamiento
utópico y la clave de toda creatividad histórica. En efecto: la
Ciudad de Dios es, en primer lugar, una crítica a la concepción que
sacralizaba el poder político y el statu quo. Todo imperio de la
antigüedad se apoyaba en este tipo de creencia. La religión formaba parte
esencial de toda la construcción simbólica e imaginaria que sostenía la sociedad
desde un poder sacralizado. Y esto no era sólo cuestión de los “paganos”: una
vez que el cristianismo fue adoptado como religión del Imperio Romano, se fue
conformando una “teología oficial” que sostenía esa realidad política como si
fuera ya el Reino de Dios consumado en la tierra.
Justamente a ese tipo de
lectura teológica de una realidad histórica se oponía Agustín con su obra. Al
mostrar las semillas de corrupción en la Roma imperial, estaba rompiendo toda
identificación entre Reino de Cristo y reino de este mundo. Y al presentar la
Ciudad de Dios como una realidad presente en la historia, pero de un modo
entremezclado con la Ciudad terrena y sólo “separable” en el Juicio final, daba
lugar a la posibilidad de otra historia posible, vivida y construida
desde otros valores y otros ideales. Si en la “teología oficial” la historia era
el lugar exclusivo y excluyente del Poder autorreferenciado, en la Ciudad de
Dios se constituye en espacio para una Libertad que acoge el don de la
salvación y el proyecto divino de una humanidad y un mundo trasfigurados.
Proyecto que será consumado en la escatología, es cierto, pero que ya en la
historia puede ir gestando nuevas realidades, derribando falsos determinismos,
abriendo una y otra vez el horizonte de la esperanza y de la creatividad a
partir de un “plus” de sentido, de una promesa que siempre está invitando a
seguir adelante.
También podemos asumir el
momento “utópico” de su crítica a los modelos sacralizados, y vincularlo al realismo con que el obispo de Hipona consideraba su pertenencia activa a
la Iglesia. Porque otro aspecto de nuestro santo es su comprometida y concreta
lucha por la construcción de una Iglesia fuerte, unida, centrada en la
experiencia de fe de la cual él mismo era un testigo privilegiado, pero también
realizándose de un modo histórico y terreno en una comunidad concreta. Su firme
posición ante los donatistas (una corriente que pretendía una Iglesia de los
“puros”, sin lugar para los pecadores) ponía de manifiesto la convicción
realista de que la espera de un cielo nuevo y una nueva tierra no debe dejarnos
de brazos cruzados ante los desafíos del presente, en pos de una “pureza” o “no
contaminación con lo terreno”, sino que -por el contrario- debe darnos una
orientación y una energía propia para “amasar” el barro de lo cotidiano, el
ambiguo barro de que está hecha la historia humana, para plasmar un mundo más
digno de las hijas e hijos de Dios. No el cielo en la tierra: sólo un mundo
más humano, en espera de la acción escatológica de Dios.
La creatividad histórica,
entonces, desde una perspectiva cristiana, se rige por la parábola del trigo
y la cizaña. Es necesario proyectar utopías, y al mismo tiempo es
necesario hacerse cargo de lo que hay. No existe el “borrón y cuenta
nueva”. Ser creativos no es tirar por la borda todo lo que constituye la
realidad actual, por más limitada, corrupta y desgastada que ésta se presente.
No hay futuro sin presente y sin pasado: la creatividad implica también memoria
y discernimiento, ecuanimidad y justicia, prudencia y fortaleza. Si vamos a
tratar de aportar algo a nuestra Patria desde el lugar de la educación, no
podemos perder de vista ambos polos: el utópico y el realista, porque ambos son
parte integrante de la creatividad histórica. Debemos animarnos a lo nuevo, pero
sin tirar a la basura lo que otros (e incluso nosotros mismos) han construido
con esfuerzo.
Un creativo en la historia argentina
Tratemos de ver esto de un
modo un poco más concreto. ¿Por qué no hacer el intento, ya que estamos en tema,
de dejarnos enseñar por la historia? Pensando en los tiempos fundacionales de
nuestra patria, me salió al encuentro un personaje al cual, por lo general, no
se le reconoce la relevancia que ha tenido en la Argentina naciente. Me refiero
a Manuel Belgrano.
¿Qué se puede decir de él,
además de su participación en la Primera Junta y la creación de la bandera? No
fue un hombre “exitoso”, al menos en los términos en que nos hemos acostumbrado
a usar esa palabra en estos tiempos de pragmatismo y necedad. Sus campañas
militares carecieron del brillo y profundidad que le ganaron a José de San
Martín el título de “Libertador”. Carecía de la pluma de escritor y
propagandista de un Sarmiento. Como político, siempre estuvo relegado a una
segunda línea. Tampoco su vida privada fue demasiado llamativa: su salud dejaba
bastante que desear, no pudo casarse con la mujer que amaba y murió a los
cincuenta años, en la pobreza. Sin embargo, Sarmiento dijo de él que había sido
“uno de los poquísimos que no tiene que pedir perdón a la posteridad y a la
severa crítica de la historia. Su muerte oscura es todavía un garante de que fue
ciudadano íntegro, patriota intachable”. De muy pocos “exitosos” de nuestra
historia nacional podría decirse lo mismo... Es que, además de sus
incontrastables virtudes personales y su profunda fe cristiana, Belgrano fue
un hombre que, en el momento justo, supo encontrar el dinamismo, empuje y
equilibrio que definen la verdadera creatividad: la difícil pero fecunda
conjunción de continuidad realista y novedad magnánima. Su influencia en los
albores de nuestra identidad nacional es muchísimo mayor de lo que se supone; y
por ello puede volver a ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de
incertidumbre pero también de desafío, “cómo se hace” para poner cimientos
duraderos en una tarea de creación histórica.
Un creativo revolucionario
Belgrano vivió en una época
de utopías. Hijo de italiano y criolla se había dedicado a estudiar Leyes en
algunas de las mejores universidades de la metrópoli: Salamanca, Madrid y
Valladolid. En la convulsionada Europa de fin de siglo, el joven Belgrano no
sólo había aprendido la disciplina que había ido a estudiar, sino que se había
interesado por el torbellino de ideas nacientes que estaban configurando una
nueva época. En particular, la economía política. Firmemente convencido de las
más avanzadas ideas de progreso de su tiempo, no dudó en formar en su interior
un proyecto: poner todo esto al servicio de una gran causa en su patria natal.
Así, en 1794 fue nombrado primer Secretario Perpetuo del Real Consulado de
Industria y Comercio del Virreinato del Río de la Plata, algo similar a lo que
hoy sería una cartera de Hacienda. No era algo común que la España fuertemente
centralista de los Borbones ubicara en puesto tan importante a un hijo de
criolla y extranjero. Pero en Buenos Aires escaseaban hombres con una formación
semejante. El flamante Secretario no tardó en confrontarse con la realidad
americana, al intentar cumplir su tarea de promover la producción y el comercio
con un espíritu realmente transformador. Pronto se dio cuenta de que los
brillantes ideales de derechos del hombre y el progreso chocaban con las
mentalidades conservadoras de la administración colonial y los sectores
acomodados de Buenos Aires, comerciantes que se beneficiaban del monopolio
español y el contrabando:
“...conocí que nada se
haría en favor de las provincias por unos hombres que por sus intereses
particulares posponían el del común. Sin embargo, ya que por las obligaciones de
mi empleo podía hablar y escribir sobre tan útiles materias, me propuse, al
menos, echar las semillas que algún día fuesen capaces de dar frutos, ya porque
algunos estimulados del mismo espíritu se dedicasen a su cultivo, ya porque el
orden mismo de las cosas las hiciese germinar”, diría en su breve
Autobiografía.
¿Cuáles eran estas semillas?
“Fundar escuelas es sembrar en las almas”, dirá nuestro prócer. El
espíritu revolucionario de Belgrano descubrió rápidamente que lo nuevo, lo que
podría llegar a ser capaz de modificar una realidad estática y esclerotizada,
vendría por el lado de la educación. De este modo, promovió por todos los
medios la creación de escuelas básicas y especializadas. Las Memorias
anuales del Consulado, el periódico Telégrafo Mercantil y, más tarde, el
Correo de Comercio, serían algunos de los medios a través de los cuales
buscará “sembrar” esas “semillas”. Su prédica insistirá en la necesidad de la
enseñanza técnica, diseñando proyectos de escuelas de agricultura, comercio,
arquitectura, matemáticas, dibujo. De todas ellas, sólo pudieron concretarse las
de Náutica y de Dibujo. Mucho antes que otros Belgrano comprendió que la
educación y aun la capacitación en las disciplinas y técnicas modernas eran una
importante clave para el desarrollo de su patria. Si sus proyectos no pudieron
desarrollarse, fue porque -como él mismo escribiría años después- “todos, o
escollaban en el gobierno de Buenos Aires o en la Corte, o entre los mismos
comerciantes, individuos que componían este cuerpo, para quienes no había más
razón, ni más justicia, ni más utilidad ni más necesidad que su interés
mercantil; cualquiera cosa que chocara con él, encontraba un veto, sin que
hubiese recurso para atajarlo”. Pero no por eso abandonó su empeño: por uno
u otro lado se las arreglaba para seguir difundiendo y poniendo en práctica sus
ideas. Porque además de idealista, el creador de la bandera era sumamente
perseverante, y no se dejaba vencer fácilmente, a pesar de su carácter moderado
y conciliador.
Además de lo que hacía al
desarrollo económico, Belgrano consideraba que “un pueblo culto nunca
puede ser esclavizado”. La dignidad de la persona humana ocupaba
en su mentalidad, al mismo tiempo cristiana e ilustrada, el lugar central. De
allí que bregara también por la fundación de escuelas en la ciudad y en el
campo, donde se brindara a todos los niños las primeras letras, junto a
conocimientos básicos de matemáticas, el catecismo, y algunos oficios útiles
para ganarse la vida.
“Esos miserables ranchos
donde se ven multitud de criaturas, que llegan a la edad de la pubertad, sin
haberse ejercitado en otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el
último punto”, escribía en 1796. “Uno de los principales medios que se
deben adoptar a este fin son las escuelas gratuitas, a donde puedan los
infelices mandar a sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su
instrucción, allí se les podrían dictar buenas máximas, e inspirarles amor al
trabajo, pues en un pueblo donde reine la ociosidad, decae el comercio y toma su
lugar la miseria”.
No otro era el espíritu de
su insistencia (en el Reglamento de la Escuela de Geometría, Arquitectura,
Perspectiva y Dibujo, escrito por su propia mano) en los derechos igualitarios
para españoles, criollo e indios y en la provisión de cuatro vacantes para
huérfanos, “los más desposeídos de nuestra tierra”. En la misma línea, Belgrano
da una fundamental importancia a la educación de las chicas, en una época en que
todavía estaba muy lejos el reconocimiento práctico de condiciones y derechos
igualitarios para varones y mujeres. Vemos así a un verdadero creador en acción,
alguien que, lejos de considerarse satisfecho por la posición alcanzada y
hacerla jugar a su favor, consagró lo mejor de sus energías a tratar de plasmar
una sociedad nueva, distinta, mejor para todos. Abierto a las ideas más
avanzadas de su tiempo y -al mismo tiempo- atento a la necesidad de que nadie
quedara afuera de ese nuevo mundo que iba tomando forma. Pero algo más: no
se trataba de un idealista que se desentendía de las dificultades prácticas de
sus proyectos. Para todos ellos buscaba prever el modo de financiamiento, los
recursos materiales y humanos que lo harían posible. En este punto no dudó
en aportar él mismo elementos que serían necesarios para sostener un esfuerzo
educativo serio. Poco después de la Revolución de 1810 donó 165 volúmenes para
la biblioteca pública de Buenos Aires (hoy Biblioteca Nacional). Asimismo, es
sabido que destinó el premio de 40.000 pesos que le otorgaron por su victoria en
la batalla de Salta a construir cuatro escuelas en Tarija, Salta, Tucumán y
Santiago del Estero. Él mismo redacta el Reglamento para esas escuelas, en el
cual mostraba el modo en que esos recursos deberían ser usados para sostener a
los maestros, proveer de útiles y libros a los niños de padres pobres, etc. Un
detalle llamativo: sostenía que el maestro debía ser considerado como “Padre de
la Patria” y debería tener asiento en el Cabildo local. Otro detalle, ya no tan
llamativo: esas escuelas no llegaron a construirse nunca.
“Lo que ves no es todo lo que hay”
Antes de que parezca que el
Arzobispo intenta convertirse indebidamente en profesor de historia, quisiera
rescatar de lo visto algunas enseñanzas acerca de la creatividad. Más
allá de las profundas diferencias de época, hay mucho de permanente, de vigente,
en la actitud de Belgrano de tratar de mirar siempre más allá, de no quedarse
con lo conocido, con lo bueno o malo del presente. Esa actitud “utópica”, en el
sentido más valioso de la palabra, es sin duda uno de los componentes esenciales
de la creatividad. Parafraseando (e invirtiendo) una expresión popular,
podríamos decir que la creatividad que brota de la esperanza afirma que “lo
que ves... no es todo lo que hay”.
De esta manera el desafío de
ser creativos nos exige sospechar de todo discurso, pensamiento, afirmación o
propuesta que se presente como “el único camino posible”. Siempre hay más.
Siempre hay otra posibilidad. Quizá más ardua, quizá más comprometida, quizá más
resistida por aquellos que están muy instalados y para los cuales las cosas
marchan muy bien... Los argentinos ya hemos padecido ese tipo de discurso
durante la última década, con todo el peso y el brillo de la academia y la
ciencia, con la suprema sabiduría de los técnicos y los títulos. Promesas vanas
de los “gurúes” de turno, y ya hemos visto dónde desembocaron. Hoy todo el
mundo parece saber “qué habría que haber hecho en vez de lo que se hizo”. Y todo
el mundo parece olvidar que “aquello que se hizo” era presentado por los “popes”
del saber económico y los “formadores de opinión” de la comunicación como “el
único camino posible”. Ser creativos, en cambio, es afirmar que siempre hay
algún horizonte abierto. Y no se trata solamente de un optimismo idiota que
intentamos copiar de un prócer de hace dos siglos. La afirmación de que “lo que
ves no es todo lo que hay” se deriva directamente de la fe en Cristo Resucitado,
novedad definitiva, que declara provisoria e incompleta toda otra realización,
novedad que mide la distancia entre lo actual y la manifestación del cielo nuevo
y la nueva tierra. Distancia que sólo salva la esperanza y su brazo activo: la
creatividad que desmiente toda falsa consumación y abre nuevos horizontes y
alternativas.
¿Qué decir, asimismo, de las
“lápidas” que podemos poner sobre una persona –un alumno, un compañero– cuando
la encasillamos, etiquetamos y empaquetamos debajo de un rótulo, una definición,
un “concepto”? ¿Cuántas veces podemos cerrar los caminos de renovación y
crecimiento de una persona o de una institución educativa, cuando declaramos
resignadamente que “las cosas son así”, “funcionan así”, o que “con fulano no
hay nada que hacer”? De todas las instituciones posibles, justamente las
escuelas animadas por la fe cristiana son aquellas que menos deberían resignarse
y quedarse con lo “ya conocido”. Nuestras escuelas están llamadas a ser
signos reales, vivientes, de que “lo que ves no es todo lo que hay”, que
otro mundo, otro país, otra sociedad, otra escuela, otra familia es posible.
Llamadas a ser instituciones donde se ensayen formas nuevas de relación, nuevos
caminos de fraternidad, un nuevo respeto a lo inédito de cada ser humano, una
mayor apertura y sinceridad, un ambiente laboral signado por la colaboración, la
justicia y la valoración de cada uno, donde queden afuera relaciones de
manipulación, competencia, manejos “por detrás”, autoritarismos y favoritismos
interesados. Todo discurso cerrado, definitivo, encubre siempre muchos engaños;
esconde lo que no debe ser visto. Trata de amordazar la verdad que siempre está
abierta a lo auténticamente definitivo, lo cual no es nada de este mundo.
Pensamos en una escuela abierta a lo nuevo, capaz de sorprenderse y ella misma
aprender de todo y de todos. Una escuela arraigada en la verdad, que es siempre
sorpresa. Escuela que es semilla, en el sentido en que lo decía Belgrano y,
sobre todo, en el sentido de la palabra evangélica, de un mundo nuevo,
transfigurado.
Les hago una propuesta:
en una sociedad donde la mentira, el encubrimiento y la hipocresía han hecho
perder la confianza básica que permite el vínculo social, ¿qué novedad más
revolucionaria que la verdad? Hablar con verdad, decir la verdad, exponer
nuestros criterios, nuestros valores, nuestros pareceres. Si ya mismo nos
prohibimos seguir con cualquier clase de mentira o disimulo seremos también,
como efecto sobreabundante, más responsables y hasta más caritativos. La mentira
todo lo diluye, la verdad pone de manifiesto lo que hay en los corazones.
Primera propuesta: digamos siempre la verdad en y desde nuestras escuelas.
Les aseguro que el cambio será notorio: algo nuevo se hará presente en medio de
nuestra comunidad.
“Todo el hombre, todos los hombres”
Hay un criterio,
verdaderamente evangélico, que es infalible para desenmascarar “pensamientos
únicos” que cierran la posibilidad de la esperanza, e incluso falsas utopías que
la desnaturalizan. Es el criterio de universalidad. “Todo el hombre y
todos los hombres” era el principio de discernimiento que Pablo VI proponía
con relación al verdadero desarrollo. La opción preferencial por los pobres del
Episcopado latinoamericano no buscaba otra cosa: incluir a todas las personas,
en la totalidad de sus dimensiones, en el proyecto de una sociedad mejor. Será
por eso que nos suena tan “familiar” la insistencia de Manuel Belgrano acerca de
una educación para todos, que contemplara particularmente a los más necesitados
para garantizar una plena universalidad. En realidad, ¿puede ser deseable una
sociedad que descarte a una cantidad grande o pequeña de sus miembros? Aun desde
una posición egoísta, ¿cómo podré estar seguro de que no seré yo el próximo
excluido?
Quizás algo de eso haya
aprendido nuestra sociedad en el último año. “Siempre hubo pobres entre
nosotros”, pero en las últimas décadas fueron cayendo una a una las
instituciones que intentaban garantizar para todos al menos la oportunidad de
vivir una vida digna. El desempleo que aumentaba y aumentaba fue el signo más
notorio. Durante mucho tiempo fue desapareciendo y devaluándose el trabajo, la
seguridad social, fueron desarticulándose las economías provinciales... Hoy nos
horrorizamos al ver que los chicos se mueren de desnutrición. Pero hace unos
años, quienes estábamos incluidos en el mundo del consumo, ni soñábamos (ni
queríamos soñar) con que, al mismo tiempo que algunos se convertían en
ciudadanos del primer mundo, otros descendían a una especie de inframundo sin
trabajo, sin sentido, sin esperanza, sin futuro, decretado “inviable” o sólo
objeto de asistencia (siempre insuficiente) por un sistema injusto y sin
corazón. Hasta que llegaron el “corralito” y el colapso, y ahí muchos argentinos
descubrieron que la máquina infernal también venía por ellos, por los que “se
venían salvando”.
Si se acepta que “algunos sí
y otros no”, queda la puerta abierta para todas las aberraciones que vengan
después. Y esto es, también, un punto central de la creatividad que buscamos. La
capacidad de mirar siempre qué pasa con el lado que no se tuvo en cuenta en los
cálculos. “Volver a mirar”, a ver si no quedó nadie afuera, nadie olvidado. Por
muchos motivos. Primero, porque en la lógica cristiana, todo hombre debe
tener su lugar y cada uno es imprescindible. Segundo, porque una sociedad
excluyente es, en realidad, una sociedad potencialmente enemiga de todos. Y
tercero, porque aquel que fue olvidado no se va a resignar tan fácilmente. Si no
pudo entrar por la puerta, tratará de hacerlo por la ventana. Resultado: la
bella sociedad excluyente y amnésica tendrá que volverse más y más represiva,
para evitar que los Lázaros que dejó afuera puedan meterse a “manotear algo” de
la mesa de Epulón.
Pues bien, una
imprescindible misión de todo educador cristiano es apostar a la inclusión,
trabajar por la inclusión. ¿No ha sido una práctica antiquísima de la Iglesia
llevar la educación a los más olvidados? ¿No han sido creadas con ese objetivo
muchas congregaciones y obras educativas? ¿Hemos sido siempre consecuentes con
esta vocación de servicio e inclusión? ¿Qué vientos nos hicieron perder este
norte evangélico? Porque la Iglesia también sueña con brindar educación gratuita
a todos los que deseen recibir su servicio, especialmente los más pobres. Pero,
¿dónde nos deja eso a nosotros? Es obvio que las cosas no caen del cielo como el
maná, y que en estos tiempos no se nos hace fácil sostener nuestras
instituciones. Por supuesto que el Estado tiene también su responsabilidad y su
función, y debe garantizar de diversas maneras la educación gratuita y de
calidad para todos, respetando el derecho a elegir que también tienen los
pobres. Pero ahora me refiero más bien a una cuestión de mentalidad. La
mentalidad con que llevamos adelante nuestros colegios, la mentalidad que
transmitimos, la mentalidad con que tomamos determinaciones y opciones. Nuestras
escuelas deben regirse por un criterio bien definido: el de la fraternidad solidaria. Y ese debe ser su sello distintivo en todas y cada una de sus
dimensiones y actividades; y también, permítanme decirlo, el de cada uno de los
maestros cristianos. De ningún modo su trabajo es una mera “mercancía”. Ningún
trabajo lo es, pero el de Ustedes por un título especial. Es un servicio
a las personas, a los pequeños, personas que se ponen en sus manos para que
ustedes los ayuden a llegar a ser lo que pueden ser. “Padres de la Patria”, los
llamaba Belgrano, y reclamaba para Ustedes un asiento en el Cabildo. ¡Ojalá
todas nuestras instituciones educativas pudieran recompensar como corresponde a
sus maestros! No sólo económicamente: también en respeto, participación,
reconocimiento. En lo económico, la realidad nos impone límites que no podemos
negar. Pero todos: maestros, directivos, pastores, padres y madres, alumnos
podemos ser signos de un mundo distinto donde cada uno sea reconocido, aceptado,
incluido, dignificado, y no sólo por su utilidad, sino por su valor intrínseco
de ser humano, de hija o hijo de Dios. Llamados a ser creativos en este crítico
momento de nuestra patria, tendremos que preguntarnos qué hacemos como Iglesia,
como escuela, como maestros, para aportar a una mentalidad y una práctica
verdaderamente incluyente y universal, y a una educación que brinde
posibilidades no a algunos, sino a todos los que estén a nuestro alcance, a
través de los diversos medios que tengamos.
Una segunda propuesta:
atrevámonos a jugarnos por entero por el valor cristiano de la fraternidad
solidaria. No permitamos que la mentalidad individualista y competitiva tan
arraigada en nuestra cultura ciudadana termine colonizando también nuestras
escuelas. Animémonos a enseñar y hasta a exigir el desprendimiento, la
generosidad, la primacía del bien común. La igualdad y el respeto a todos:
extranjeros (de países limítrofes), pobres, indigentes. Combatamos desde
nuestras escuelas toda forma de discriminación y de prejuicio. Aprendamos y
enseñemos a dar incluso desde los recursos escasos de nuestras instituciones y
familias. Y que esto se manifieste en cada decisión, en cada palabra, en cada
proyecto. De ese modo, vamos a estar poniendo un signo muy claro (y hasta
polémico y conflictivo, si es necesario) de la sociedad distinta que queremos
crear.
“De buenas intenciones está sembrado el camino del infierno”
Un tercer criterio
para orientar nuestra creatividad. Una vez más, reconociéndolo en la acción del
creador de la bandera nacional, el cual procuraba siempre asegurar los recursos
y medios para la realización de sus proyectos. No basta con las intenciones, ni
tampoco con las palabras. Es preciso poner manos a la obra, y de un modo eficaz.
Es muy bonito hablar de solidaridad, de una sociedad distinta, teorizar sobre la
escuela y la importancia de una educación actualizada, personalizada, con los
pies en la tierra. Hay toneladas de palabras sobre la sociedad de la
información, sobre el conocimiento como principal capital del mundo actual,
etcétera, etcétera. Pero “de buenas intenciones está sembrado el camino del
infierno”. Una verdadera creatividad no descuida, como ya vimos, los fines,
los valores, el sentido. Pero tampoco deja de lado los aspectos concretos de
implementación de los proyectos. La “técnica” sin “ética” es vacía y
deshumanizante, un ciego guiando a otros ciegos, pero una postulación de los
fines sin una adecuada consideración de los medios para alcanzarlos está
condenada a convertirse en mera fantasía. La utopía, decíamos, así como tiene
esa capacidad de movilizar situándose “adelante” y “afuera” de la realidad
limitada y criticable, también, y por eso mismo, tiene un aspecto de “locura”,
de “alienación”, en la medida que no desarrolle mediaciones para hacer de sus
atractivas visiones, objetivos posibles.
Por ello, para enfrentar
creativamente el momento actual, debemos desarrollar más y más nuestras
capacidades, afinar nuestras herramientas, profundizar nuestros conocimientos.
Reconstruir nuestro alicaído sistema educativo, desde el reducido o prominente
lugar que nos haya tocado ocupar, implica capacitación, responsabilidad,
profesionalismo. Nada se hace sin los recursos necesarios, y no sólo los
económicos, sino también los talentos humanos. La creatividad no es cosa de
mediocres. Pero tampoco de “iluminados” o “genios”: aunque siempre hacen falta
los soñadores y los profetas, su palabra cae en el vacío sin constructores que
conozcan su oficio.
La escuela que se juegue por
responder a estos desafíos deberá entrar en una dinámica de diálogo y
participación para resolver los nuevos problemas de modos nuevos, sabiendo
que nadie tiene la suma del saber o de la inspiración, y que el aporte
responsable y competente de cada uno es imprescindible. La exclusión
socioeconómica, la crisis de sentido y valores y la labilización del vínculo
social son una realidad que toca a todos, pero de un modo especial afecta a
nuestros chicos y adolescentes. Se hace necesario buscar formas eficaces de
acompañarlos y fortalecerlos ante los riesgos que los acechan. Y no sólo el SIDA
o las drogas; también el individualismo, el consumismo frustrante, la falta de
oportunidades, la tentación de la violencia y de la desesperanza, la pérdida de
vínculos y horizontes, la limitación en la capacidad de amar. ¿Estamos
preparados? ¿Contamos con equipos profesionales adecuados? ¿Salimos a buscar
experiencias, saberes, propuestas, o tendemos a quedarnos con lo que ya sabemos,
haya o no funcionado? ¿Estamos dispuestos a armar redes, con apertura generosa a
lo diocesano? Si a una verdadera mística cristiana de la apertura a lo
adveniente y de la solidaridad universal y concreta le sumamos una prudencial
y generosa administración de nuestros talentos humanos e institucionales, no
contentándonos con lo que ya tenemos sino buscando perfeccionar más y más
nuestras habilidades y capacidades, estaremos en condiciones de responder al
momento actual con una auténtica actitud creativa.
Y aquí va la tercera
propuesta: no dudemos en buscar lo mejor en nuestras escuelas.
Salgamos de cierta chatura, de cierto estilo de “lo atamos con alambre” que ha
sido durante mucho tiempo un hábito en nuestras comunidades. Preocupémonos para
que nuestros maestros, nuestros directivos, nuestros capellanes, nuestros
administrativos, sean realmente buenos y serios en lo suyo. El espíritu es
importante, pero también lo es la competencia profesional. No para caer
en el mito de la “excelencia” en el sentido competitivo e insolidario en que a
veces se presenta, sino para ofrecer a nuestra comunidad y a nuestra patria lo
mejor de nosotros, poniendo en juego a fondo nuestros talentos.
Creatividad y tradición: “construir desde el lado sano”
La creatividad, que se nutre
de la utopía, arraiga en la solidaridad y procura los medios más eficaces, puede
sufrir todavía de una patología que la pervierte hasta convertirla en el peor de
los males: el creer que todo empieza con nosotros, defecto que, como ya
señalamos, degenera rápidamente en autoritarismo.
Volvamos a 1810. Pocos meses
después de la Revolución de Mayo, Belgrano es enviado en misión militar al
Paraguay. Un año más tarde, sería puesto a cargo del Ejército del Norte con la
misión de combatir los importantes focos realistas en el Alto Perú. Con triunfos
y reveses, ocupará ese puesto hasta 1814, en el que lo reemplaza luego San
Martín. Obviamente, no vamos a hacer aquí la crónica de las campañas militares
del abogado puesto a comandar ejércitos, pero sí me gustaría llamarles la
atención sobre un detalle que nos muestra la actitud del prócer y puede darnos
pie para desarrollar nuestra última reflexión acerca de la creatividad. Ustedes
sabrán que Belgrano era un jefe verdaderamente reconocido y querido por sus
subordinados, pero que también, en la tropa, circulaban sobre su persona algunos
comentarios jocosos y socarrones: que era un mojigato, que era débil de
carácter... Es verdad que, para aquellos soldados, un hijo de comerciantes
acomodados, formado en los mejores centros de Buenos Aires y de España, dedicado
siempre a los libros y las tareas intelectuales, tendría sin duda un aspecto más
bien distante. Pero también es cierto que gran parte de esas críticas tenían que
ver con su actitud moderada y, sobre todo, con sus estrictas prohibiciones en lo
que se refería al trato con las mujeres, el consumo de alcohol, las peleas, los
juegos de naipes y otros aspectos que hicieran a la disciplina de la tropa. Es
que Belgrano consideraba que las campañas militares realizadas en nombre de la
Revolución tenían que estar a la altura de los ideales que la animaban, ideales
de dignidad del hombre, libertad y fraternidad, todo ello, además, fundamentado
en las virtudes cristianas. Por eso, exigía de su tropa un verdadero testimonio
de integridad y de respeto a las comunidades por donde pasaban.
Especialmente severo era con
todo aquello que pudiera escandalizar las creencias religiosas de los pueblos
del interior. En un bando a la tropa al entrar en el Alto Perú ordenaba
“...se respetarán los usos,
costumbres y aún preocupaciones de los pueblos; el que se burlare de ellos con
acciones, palabras y aún con gestos será pasado por las armas”.
Además de sus propias
convicciones religiosas, para él estaba en juego el significado de la
Revolución y, en última instancia, de la nación que quería construir.
En efecto, en una de sus cartas a San Martín, ya a cargo este último del
Ejército del Norte, Belgrano escribía que “...la guerra (en el Alto Perú)
no sólo la deberá hacer Ud. con las armas, sino con la opinión, afianzándose
siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas, pues los enemigos
nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído a las
gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos a la religión”.(...)
no debe dejarse llevar de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el
país que pisan”. No era ajeno a estas prevenciones el hecho de que jefes
militares y civiles anteriores habían escandalizado seriamente a los habitantes
de aquellos lugares con sus actitudes y su prédica anticatólica, típica de la
mentalidad ilustrada de la Revolución Francesa. Por el contrario, Belgrano sabía
que nada puede construirse sobre la destrucción indiscriminada de lo
anterior, sino que debe partirse del reconocimiento de la identidad y valor del
otro.
Y aquí es donde completamos
nuestra perspectiva acerca de la creatividad como ubicada en la tensión entre
novedad y continuidad. Si ser creativos tiene que ver con ser capaces de
abrirse a lo nuevo, eso no significa descuidar el elemento de continuidad con lo
anterior. Sólo Dios crea de la nada, decíamos más arriba. Y así como no hay
forma de curar a un enfermo si no nos apoyamos en lo que tiene de sano, del
mismo modo no podemos crear algo nuevo en la historia si no es a partir de
los materiales que la misma historia nos brinda. Belgrano reconoció que la
América unida y fuerte con la cual soñaba sólo podía construirse sobre el
respeto y la afirmación de las identidades de los pueblos. Si la creatividad no
es capaz de asumir los aspectos vivos de lo real y presente, deviene rápidamente
en imposición autoritaria, brutal reemplazo de una “verdad” por otra. ¿No será
ésta una de las claves de nuestra dificultad para llevar adelante una dinámica
más positiva? Si siempre, para construir, tendemos a voltear y pisotear lo que
otros han hecho antes, ¿cómo podremos fundar algo sólido? ¿Cómo podremos evitar
sembrar nuevos odios que más tarde echen por tierra lo que nosotros hayamos
podido hacer?
Por eso, si como educadores
queremos sembrar verdaderamente las semillas de una sociedad más justa, más
libre y más fraterna, debemos aprender a reconocer los logros históricos
de nuestros fundadores, de nuestros artistas, pensadores, políticos, educadores,
pastores... Quizás ahora nos estemos dando cuenta de que en la época “de las
vacas gordas” nos habíamos dejado deslumbrar por algunos “espejitos de colores”,
modas intelectuales y de las otras, y habíamos olvidado algunas certezas muy
dolorosamente aprendidas por generaciones anteriores: el valor de la justicia
social, la hospitalidad, la solidaridad entre las generaciones, el trabajo como
dignificación de la persona, la familia como base de la sociedad...
Nuestras escuelas deberían
ser un espacio donde nuestros chicos y jóvenes pudieran tomar contacto con la
vitalidad de nuestra historia. No sólo disfrazándose de vendedora de
mazamorra en al acto del 25 de mayo, sino también aprendiendo a reflexionar
sobre los aciertos y errores que configuraron nuestra realidad actual. Pero eso
supone que, antes, todos nosotros, como educadores, hayamos podido realizar –juntos-,
ese proceso. Más allá de las diversas opciones y formas de pensar, es preciso
aprender a elaborar acuerdos básicos, compartidos –que no nivelen hacia abajo-,
sobre los cuales poder seguir construyendo. Es la única forma de afirmar una
identidad colectiva en la que todos puedan reconocerse.
Crear a partir de lo
existente supone, también, ser capaces de reconocer las diferencias, los
saberes previos, las expectativas e incluso los límites de nuestros chicos y
sus familias. Sabemos que la educación no es, de ninguna manera, un proceso
unidireccional. Pero, ¿actuamos en consecuencia? ¿Realmente estamos dispuestos a
dejarnos enseñar, nosotros, maestros? ¿Somos capaces de hacernos cargo de una
relación de la que todos podemos salir cambiados? ¿Creemos en nuestros alumnos,
en las familias de nuestro barrio, en nuestra gente? La capacidad de “construir
desde el lado sano” es, entonces, el cuarto y último criterio para una
acción creativa que hoy quiero compartir con ustedes.
Y les hago la última
propuesta: animémonos a proponer modelos de vida a nuestros alumnos.
La cultura posmoderna, que todo lo diluye, ha declarado pasada de moda toda
propuesta ética concreta. Presentar ejemplos valiosos de servicio, de lucha por
la justicia, de compromiso por la comunidad, de santidad y heroísmo, tiende a
ser visto como una especie de “túnel del tiempo” inútil o pernicioso. Y sobre un
territorio devastado ¿qué queda sino el instinto de supervivencia? Parafraseando
una canción que sin duda ustedes conocerán y habrán cantado, “¿quién dijo que
todo está perdido: muchos han ofrecido su corazón?” propongamos testimonios con
la convicción de que esas ofrendas no han sido en vano. Y, ante la uniforme
aplanadora del “todo es igual, nada es mejor”, habremos puesto inocultables
signos de que algo nuevo es posible.
Conclusión
Nuestra reflexión nos ha
dejado cuatro enseñanzas acerca de la creatividad histórica que es
preciso poner en juego en estos tiempos, cuatro principios de discernimiento:
Mirar siempre más allá: “lo
que ves no es todo lo que hay”.
Tener siempre en cuenta a
“todo el hombre y todos los hombres”
Buscar siempre los medios
más adecuados y eficaces: “de buenas intenciones está sembrado el camino del
infierno”.
“Construir desde el lado
sano”, rescatando los valores y realizaciones positivas.
Y, como una forma (¡no la
única!) de ir poniendo en práctica lo anterior, cuatro propuestas:
-Decir siempre la verdad.
-Jugarnos por la fraternidad
solidaria.
-Desarrollar siempre más
nuestras capacidades.
-Proponer testimonios y
modelos concretos de vida.
Como en el milagro de Jesús,
nuestros panes y peces pueden multiplicarse (Mateo 14, 17-20). Como en el
ejemplo puesto por el Señor a sus discípulos, nuestra pequeña ofrenda tiene un
máximo valor (Lucas 21, 1-4). Como en la parábola, nuestras pequeñas semillas se
convierten en árbol y cosecha (Mateo 13, 23. 31-32). Todo ello desde la fuente
viva de la Eucaristía, en la cual nuestro pan y nuestro vino se transfiguran
para darnos Vida eterna. Se nos pide una tarea inmensa y difícil. En la fe en el
Resucitado, podremos enfrentarla con creatividad y esperanza, y
ubicándonos siempre en el lugar de los sirvientes de aquella boda, sorprendidos
colaboradores del primer signo de Jesús, que sólo siguieron la consigna de una
Mujer: “Hagan lo que él les diga” (Juan 2, 5). Creatividad y esperanza
hacen crecer la vida. Este año, en el que sintetizando todo esto queremos
decir con fuerza: Educar es elegir la Vida, pidámosle a nuestra Madre con las
palabras de Juan Pablo II en Evangelium Vitae:
Oh
María
aurora
del mundo nuevo,
Madre
de los vivientes,
a Ti
confiamos la causa de la vida:
mira,
Madre, el número inmenso
de
niños a quienes se impide nacer,
de
pobres a quienes se hace difícil vivir,
de
hombres y mujeres víctimas
de
violencia inhumana,
de
ancianos y enfermos muertos
a causa
de la indiferencia
o de
una presunta piedad.
Haz que
quienes creen en tu Hijo
sepan
anunciar con firmeza y amor
a los
hombres de nuestro tiempo
el
Evangelio de la vida.
Alcánzales la gracias de acogerlo
como
don siempre nuevo,
la
alegría de celebrarlo con gratitud
durante
toda su existencia
y la
valentía de testimoniarlo
con
solícita constancia, para construir,
junto
con todos los hombres de buena voluntad,
la
civilización de la verdad y del amor,
para
alabanza y gloria de Dios Creador
y
amante de la vida.
Amén.
Buenos Aires, en la Cuaresma del año del Señor de 2003
Cardenal
Jorge Mario Bergoglio, s.j., arzobispo de Buenos Aires
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2416 del 9 de abril de 2003 |