Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires y
Primado de la Argentina, en el solemne Tedéum celebrado en la catedral
metropolitana el 25 de mayo de 2003
"Y entonces, un doctor de la ley se levantó y
le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para
heredar la Vida Eterna?" Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la
ley? ¿Qué lees en ella?" Él le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu
corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu
prójimo como a ti mismo".
"Has respondido exactamente, le dijo Jesús;
obra así y alcanzarás la vida". Pero el doctor de la Ley, para justificar su
intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús volvió a
tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó
en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron,
dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo
vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su
camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y
se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y
vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se
encargó de cuidarlo. Al día siguiente sacó dos denarios y se los dio al dueño
del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al
volver" ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre
asaltado por los ladrones?" "El que tuvo compasión de él", le respondió el
doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera". (Lc. 10, 25-37)
El tiempo pascual es un llamado a renacer de lo
alto. Al mismo tiempo es un desafío a hacer un profundo replanteo, a
resignificar toda nuestra vida –como personas y como Nación– desde el gozo de
Cristo resucitado para permitir que brote, en la fragilidad misma de nuestra
carne, la esperanza de vivir como una verdadera comunidad. Desde este misterio
de alegría íntima y compartida, sentimos resurgir un sol de Mayo al que los
argentinos, como siempre, deseamos ver como un recuerdo que es destello de
resurrección. Es el esperanzado llamado de Jesucristo a que resurja nuestra
vocación de ciudadanos constructores de un nuevo vínculo social. Llamado nuevo,
que está escrito, sin embargo, desde siempre como ley fundamental de nuestro
ser: que la sociedad se encamine a la prosecución del Bien Común y, a partir de
esta finalidad, reconstruya una y otra vez su orden político y social.
La parábola del Buen Samaritano es un icono
iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar
para reconstruir esta Patria que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida,
la única salida es ser como el Buen Samaritano. Toda otra opción termina o bien
del lado de los salteadores o bien del lado de los que pasan de largo, sin
compadecerse del dolor del herido del camino. Y "la patria no ha de ser para
nosotros –como decía un poeta nuestro– sino un dolor que se lleva en el
costado". La parábola del Buen Samaritano nos muestra con qué iniciativas se
puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que sienten y obran
como verdaderos socios (en el sentido antiguo de conciudadanos). Hombres y
mujeres que hacen propia y acompañan la fragilidad de los demás, que no dejan
que se erija una sociedad de exclusión, sino que se aproximan –se hacen
prójimos– y levantan y rehabilitan al caído, para que el Bien sea Común. Al
mismo tiempo la Parábola nos advierte sobre ciertas actitudes que sólo se miran
a sí mismas y no se hacen cargo de las exigencias ineludibles de la realidad
humana.
Desde el comienzo de la vida de la Iglesia, y
especialmente por los Padres capadocios, el buen samaritano fue identificado con
el mismo Cristo. Él es el que se hace nuestro prójimo, el que levanta de los
márgenes de la vida al ser humano, el que lo pone sobre sus hombros, se hace
cargo de su dolor y abandono y lo rehabilita. El relato del buen Samaritano,
digámoslo claramente, no desliza una enseñanza de ideales abstractos, ni se
circunscribe a la funcionalidad de una moraleja ético-social. Sino que es la
Palabra viva del Dios que se abaja y se aproxima hasta tocar nuestra fragilidad
más cotidiana. Esa Palabra nos revela una característica esencial del hombre,
tantas veces olvidada: que hemos sido hechos para la plenitud de ser; por tanto
no podemos vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie quede "a
un costado de la vida", marginado de su dignidad. Esto nos debe indignar. Esto
debe hacernos bajar de nuestra serenidad para "alterarnos" por el dolor humano,
el de nuestro prójimo, el de nuestro vecino, el de nuestro socio en esta
comunidad de argentinos. En esa entrega encontraremos nuestra vocación
existencial, nos haremos dignos de este suelo, que nunca tuvo vocación de
marginar a nadie.
El relato se nos presenta con la linealidad de
una narración sencilla, pero tiene toda la dinámica de esa lucha interna que se
da en la elaboración de nuestra identidad, en toda existencia "lanzada al
camino" de hacer patria. Me explico: puestos en camino nos chocamos,
indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy y cada vez más ese herido es
mayoría. En la humanidad y en nuestra patria. La inclusión o la exclusión del
herido al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos,
sociales y religiosos. Todos enfrentamos cada día la opción de ser buenos
samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. Y si extendemos la
mirada a la totalidad de nuestra historia y a lo ancho y largo de la Patria,
todos somos o hemos sido como estos personajes: todos tenemos algo de herido,
algo de salteador, algo de los que pasan de largo y algo del Buen Samaritano. Es
notable cómo las diferencias de los personajes del relato quedan totalmente
transformadas al confrontarse con la dolorosa manifestación del caído, del
humillado. Ya no hay distinción entre habitante de Judea y habitante de Samaria,
no hay sacerdote ni comerciante; simplemente están dos tipos de hombre: los que
se hacen cargo del dolor y los que pasan de largo, los que se inclinan
reconociéndose en el caído, y los que distraen su mirada y aceleran el paso. En
efecto, nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y disfraces se caen: es
la hora de la verdad, ¿nos inclinaremos para tocar nuestras heridas? ¿Nos
inclinaremos a cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío de la hora
presente, al que no hemos de tenerle miedo. En los momentos de crisis la opción
se vuelve acuciante: podríamos decir que en este momento, todo el que no es
salteador o todo el que no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo
sobre sus hombros a algún herido.
La historia del buen Samaritano se repite: se
torna cada vez más visible que nuestra desidia social y política está logrando
hacer de esta tierra un camino desolado, en el que las disputas internas y los
saqueos de oportunidades nos van dejando a todos marginados, tirados a un
costado del camino. En su parábola, el Señor no plantea vías alternativas, ¿qué
hubiera sido de aquel malherido o del que lo ayudó, si la ira o la sed de
venganza hubieran ganado espacio en sus corazones? Jesucristo confía en lo mejor
del espíritu humano y con la Parábola lo alienta a que se adhiera al amor de
Dios, reintegre al dolido y construya una sociedad digna de tal nombre.
La Parábola comienza con los salteadores. El
punto de partida que elige el Señor es un asalto ya consumado. Pero no hace que
nos detengamos a lamentar el hecho, no dirige nuestra mirada hacia los
salteadores. Los conocemos. Hemos visto avanzar en nuestra Patria las densas
sombras del abandono, de la violencia utilizada para mezquinos intereses de
poder y división, también existe la ambición de la función pública buscada como
botín. La pregunta ante los salteadores podría ser: ¿Haremos nosotros de nuestra
vida nacional un relato que se queda en esta parte de la parábola? ¿Dejaremos
tirado al herido para correr cada uno a guarecerse de la violencia o a perseguir
a los ladrones? ¿Será siempre el herido la justificación de nuestras divisiones
irreconciliables, de nuestras indiferencias crueles, de nuestros enfrentamientos
internos? La poética profecía del Martin Fierro debe prevenirnos: nuestros
eternos y estériles odios e individualismos abren las puertas a los que nos
devoran de afuera. El pueblo de nuestra Nación demuestra, una y otra vez, la
clara voluntad de responder a su vocación de ser buenos samaritanos unos con
otros: ha confiado nuevamente en nuestro sistema democrático a pesar de sus
debilidades y carencias, y vemos cómo se redoblan los esfuerzos solidarios para
volver a tejer una sociedad que se fractura. Nuestro pueblo responde con
silencio de Cruz a las propuestas disolutorias y soporta hasta el límite la
violencia descontrolada de quienes están presos del caos delincuencial.
La Parábola nos hace poner la mirada,
redobladamente, en los que pasan de largo. Esta peligrosa indiferencia de pasar
de largo, inocente o no, producto del desprecio o de una triste distracción,
hace de los personajes del sacerdote y del levita un no menos triste reflejo de
esa distancia cercenadora, que muchos se ven tentados a poner frente a la
realidad y a la voluntad de ser Nación. Hay muchas maneras de pasar de largo que
se complementan: una ensimismarse, desentenderse de los demás, ser indiferente,
otra: un solo mirar hacia afuera. Respecto a esta última manera de pasar de
largo, en algunos es acendrado el vivir con la mirada puesta hacia fuera de
nuestra realidad, anhelando siempre las características de otras sociedades, no
para integrarlas a nuestros elementos culturales, sino para reemplazarlos. Como
si un proyecto de país impostado intentara forzar su lugar empujando al otro; en
ese sentido podemos leer hoy experiencias históricas de rechazo al esfuerzo de
ganar espacios y recursos, de crecer con identidad, prefiriendo el ventajismo
del contrabando, la especulación meramente financiera y la expoliación de
nuestra naturaleza y –peor aún– de nuestro pueblo. Aún intelectualmente,
persiste la incapacidad de aceptar características y procesos propios, como lo
han hecho tantos pueblos, insistiendo en un menosprecio de la propia identidad.
Sería ingenuo no ver algo más que ideologías o refinamientos cosmopolitas detrás
de estas tendencias; más bien afloran intereses de poder que se benefician de la
permanente conflictividad en el seno de nuestro pueblo.
Inclinación similar se ve en quienes,
aparentemente por ideas contrarias, se entregan al juego mezquino de las
descalificaciones, los enfrentamientos hasta lo violento, o a la ya conocida
esterilidad de muchas intelectualidades para las que "nada es salvable si no es
como lo pienso yo". Lo que debe ser un normal ejercicio de debate o autocrítica,
que sabe dejar a buen recaudo el ideario y las metas comunes, aquí parece ser
manipulado hacia el permanente estado de cuestionamiento y confrontación de los
principios más fundamentales. ¿Es incapacidad de ceder en beneficio de un
proyecto mínimo común o la irrefrenable compulsión de quienes sólo se alían para
satisfacer su ambición de poder? Tácitamente los "salteadores del camino" han
conseguido como aliados a los que "pasan por el camino mirando a otro lado". Se
cierra el círculo entre los que usan y engañan a nuestra sociedad para
esquilmarla, y los que supuestamente mantienen la pureza en su función crítica,
pero viven de este sistema y de nuestros recursos para disfrutarlos afuera o
mantienen la posibilidad del caos para ganar su propio terreno. No debemos
llamarnos a engaño, la impunidad del delito, del uso de las instituciones de la
comunidad para el provecho personal o corporativo y otros males que no logramos
desterrar, tienen como contracara la permanente desinformación y descalificación
de todo, la constante siembra de sospecha que hace cundir la desconfianza y la
perplejidad. El engaño del "todo está mal" es respondido con un "nadie puede
arreglarlo". Y, de esta manera, se nutre el desencanto y la desesperanza. Hundir
a un pueblo en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: la
dictadura invisible de los verdaderos intereses, esos intereses ocultos que se
adueñaron de los recursos y de nuestra capacidad de opinar y pensar. Todos,
desde nuestras responsabilidades, debemos ponernos la patria al hombro, porque
los tiempos se acortan. La posible disolución la advertimos en otras
oportunidades, en esta misma fecha patria. Sin embargo muchos seguían su camino
de ambición y superficialidad, sin mirar a los que caían al costado: esto sigue
amenazándonos.
Miremos finalmente al herido. Los ciudadanos
nos sentimos como él, malheridos y tirados al costado del camino. Nos sentimos
también desamparados de nuestras instituciones desarmadas y desprovistas, ayunos
de la capacidad y la formación que el amor a la patria exigen.
Todos los días hemos de comenzar una nueva
etapa, un nuevo punto de partida. No tenemos que esperar todo de los que nos
gobiernan: esto sería infantil, sino más bien hemos de ser parte activa en la
rehabilitación y el auxilio del país herido. Hoy estamos ante la gran
oportunidad de manifestar nuestra esencia religiosa, filial y fraterna para
sentirnos beneficiados con el don de la Patria, con el don de nuestro pueblo, de
ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en
vez de acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra
historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser Nación, de
ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al
caído. Aunque se automarginen los violentos, los que sólo se ambicionan a sí
mismos, los difusores de la confusión y la mentira. Y que otros sigan pensando
en lo político para sus juegos de poder, nosotros pongámonos al servicio de lo
mejor posible para todos. Comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más
concreto y local, hasta el último rincón de la patria, con el mismo cuidado que
el viajero de Samaria tuvo por cada llaga del herido. No confiemos en los
repetidos discursos y en los supuestos informes acerca de la realidad. Hagámonos
cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia,
porque allí está el Resucitado. Donde había una piedra y un sepulcro, estaba la
vida esperando. Donde había una tierra desolada nuestros padres aborígenes y
luego los demás que poblaron nuestra Patria, hicieron brotar trabajo y heroísmo,
organización y protección social.
Las dificultades que aparecen enormes son la
oportunidad para crecer, y no la excusa para la tristeza inerte que favorece el
sometimiento. Renunciemos a la mezquindad y el resentimiento de los internismos
estériles, de los enfrentamientos sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las
pérdidas y hagámonos cargo de nuestros crímenes, desidias y mentiras, porque
sólo la reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará perder el miedo a
nosotros mismos. No se trata de predicar un eticismo reivindicador, sino de
encarar las cosas desde una perspectiva ética, que siempre está enraizada en la
realidad. El samaritano del camino se fue sin esperar reconocimientos ni
gratitudes. La entrega al servicio era la satisfacción frente a su Dios y su
vida, y por eso, un deber. El pueblo de esta Nación anhela ver este ejemplo en
quienes hacen pública su imagen: hace falta grandeza de alma, porque sólo la
grandeza de alma despierta vida y convoca.
No tenemos derecho a la indiferencia y al
desinterés o a mirar hacia otro lado. No podemos "pasar de largo" como lo
hicieron los de la parábola. Tenemos responsabilidad sobre el herido que es la
Nación y su pueblo. Se inicia hoy una nueva etapa en nuestra Patria signada muy
profundamente por la fragilidad: fragilidad de nuestros hermanos más pobres y
excluidos, fragilidad de nuestras instituciones, fragilidad de nuestros vínculos
sociales…¡Cuidemos la fragilidad de nuestro Pueblo herido! Cada uno con su vino,
con su aceite y su cabalgadura. Cuidemos la fragilidad de nuestra Patria. Cada
uno pagando de su bolsillo lo que haga falta para que nuestra tierra sea
verdadera Posada para todos, sin exclusión de ninguno. Cuidemos la fragilidad de
cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud
solidaria y atenta, actitud de projimidad del Buen Samaritano.
Que nuestra Madre, María Santísima de Luján,
que se ha quedado con nosotros y nos acompaña por el camino de nuestra historia
como signo de consuelo y de esperanza, escuche nuestra plegaria de caminantes,
nos conforte y nos anime a seguir el ejemplo de Cristo, el que carga sobre sus
hombros nuestra fragilidad.
Buenos Aires, 25 de mayo de 2003.
Card. Jorge Mario
Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2425 del 11 de junio de 2003