El Sí de María abre la puerta a
un largo camino: el del Hijo de Dios entre nosotros. Hoy comienza este andar del
Señor quien “pasó haciendo el bien”, curó nuestras heridas con sus llagas,
proclamó nuestro triunfo con su Resurrección. Jesús camina en medio de su pueblo
ya desde el seno de su Madre; quiere seguir todos nuestros pasos incluso el
camino del niño por nacer. Se hizo igual a nosotros en todo menos en el pecado.
Este acontecimiento cambia radicalmente la existencia humana. El Señor asume
nuestra vida y la eleva al orden sobrenatural. La presencia del Verbo de Dios
venido en carne transforma, sin negarlo, todo lo humano, lo eleva, lo coloca en
la dimensión del Reino de Dios. Así, Jesús por nacer ilumina también la vida de
la persona en el vientre de su madre. Desde nuestra fe –por el misterio de la
Encarnación del Verbo- lo humano, lo que está en el orden de la ley natural,
adquiere la nueva dimensión sobrenatural que, sin negar la naturaleza, la
perfecciona, la lleva a su plenitud.
Con este acontecimiento se abre
una nueva perspectiva para considerar el origen y el desarrollo de nuestra vida
y, en el caso que nos ocupa, Cristo en el seno de María es clave hermenéutica
para comprender e interpretar el camino, la vida. Y los derechos del niño por
nacer, para entender más nítidamente lo que ya, al respecto, nos dice la ley
natural.
Jesús se hace
niño. Jesús comienza como todo niño y se integra en la vida de familia. La
ternura de la madre hacia ese hijo que viene, la esperanza del padre
(adoptivo en este caso) que ha apostado al futuro de la promesa, el paciente
crecer cada día un poco más hasta el momento de ver la luz, todo esto que se da
en la gestación de los niños, con Jesús adquiere una nueva significación que
ilumina la comprensión del misterio del hombre y marca nuestra existencia con
valores que florecen en actitudes: ternura, esperanza, paciencia. Sin
estas tres actitudes (ternura, esperanza, paciencia) no se puede respetar
la vida y el crecimiento del niño por nacer. La ternura nos compromete,
la esperanza nos lanza hacia el futuro, la paciencia acompaña
nuestra espera en el cansino pasar de los días. Y las tres actitudes constituyen
una suerte de engarce para esa vida que va creciendo día a día.
Cuando estas
actitudes no están, entonces el niño pasa a ser un “objeto”, alejado de su padre
y de su madre, y muchas veces “algo” que molesta, alguien intruso en la vida de
los adultos, quienes pretenden vivir tranquilos, replegados sobre sí mismos en
un egoísmo paralizante. Desde el seno de su Madre Jesús acepta correr todos los
riesgos del egoísmo. Ya nacido, pero niño aún, fue sometido a la persecución de
Herodes quien “mataba a los niños en su carne porque a él lo mataba el miedo en
su corazón”. Hoy también a los niños, y a los niños por nacer, los amenaza el
egoísmo de quienes sufren la sombra de la desesperanza en su corazón, la
desesperanza que siembra miedo y lleva a matar. Hoy también nuestra cultura
individualista se niega a ser fecunda, se refugia en un permisivismo que nivela
hacia abajo, aunque el precio de esa no-fecundidad sea sangre inocente. Hoy
también estamos influenciados por un teísmo biodegradador de lo humano; ese
teísmo spray que pretende suplir a la gran Verdad: “el Verbo es venido en
carne”. Hoy también la propuesta cultural a replegarse sobre sí mismo en una
dimensión egoísticamente individualista se construye a costa de los derechos de
las personas, de los niños. Estos son rasgos del Herodes moderno.
La Encarnación del
Verbo, Jesús niño por nacer en el Vientre de María, nos convoca una vez más a la
valentía. No queremos degradarnos en la cultura facilista que nos anula y que
siempre –porque mata de a poco– termina siendo cultura de la muerte. Queremos
reivindicar la presencia de Cristo ya en el seno de su Madre, presencia que resitúa
la realidad del niño por nacer. Aquí se fundamenta nuestro Sí a la vida, un Sí
motivado por la Vida que quiso compartir el que es nuestro Camino. En Cristo la
centralidad del hombre como obra maestra de la creación llega a su plenitud.
Participando de esa plenitud comprendemos más profundamente el misterio del
hombre desde el instante de su concepción y el orden deontológico natural que
regula esta vida.
En este día de la
Encarnación del Verbo quiero pedirle a nuestra Madre, la Virgen María, que nos
ponga junto a Jesús. Que haga crecer en nuestros corazones actitudes de
ternura, de esperanza, y de paciencia para custodiar toda vida
humana, especialmente la más frágil, la más marginada, la que menos puede
defenderse. Así sea.