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SAN CAYETANO


Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina en la fiesta de San Cayetano, 7 de agosto de 2004



La Palabra de Dios hoy nos habla de camino. El camino de la desilusión y el camino de la esperanza. Elías, perseguido por el Rey Ajab y la reina Jezabel, emprende el camino de la huida y desea la muerte: ¡“Basta ya Señor. Toma mi vida! No soy mejor que mis padres”. Los discípulos de Emaús, entristecidos por la muerte de Jesús, dejan la comunidad que se mantiene unida en la desolación esperando al Señor y se vuelven a su casa: “Nosotros esperábamos...”, le dicen al Desconocido que los acompaña por el camino, “pero ya han pasado tres días desde que murió Jesús...”, como diciendo: “aquí no pasa más nada. Nos vamos”.

Sin embargo, el Señor se hace presente en estos caminos de la desilusión y conforta a los desanimados. El ángel le dice a Elías: “Levántate y come. Porque te queda un camino largo todavía” Jesús se acerca a los discípulos de Emaús y como compañero de ruta los va consolando. Los “retos” de Jesús están llenos de un cariño y una comprensión que los hace reaccionar: “¿acaso no ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras por el camino?”.

Pero la clave del fortalecimiento de estas personas desilusionadas está en el pan. El Señor los alimenta con el pan de los caminantes. Ese pan que es viático, pan para el camino, pan que renueva las fuerzas y las esperanzas. Pan que los reinserta, fortalecidos, a su misión y a la comunidad. Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, donde el Señor se le presentó como una brisa suave. Los discípulos de Emaús, cuando hospedaron al compañero de camino sin saber que era Jesús, lo reconocieron cuando él les partió el pan y, habiéndolo comido, se “levantaron al momento, volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los once apóstoles y a los que estaban con ellos”.

También a nosotros que venimos  a San Cayetano el Señor quiere darnos, de las manos del Santo, este Pan que fortalece para el trabajo y para la comunidad. Venimos, como siempre,  con esperanza, pero a veces esa esperanza quiere desertar del camino entre los hombres, desea el descanso definitivo, ése que sólo se da en Dios. “Toma mi vida, Señor. No soy mejor que mis padres”. Esta frase resuena familiar en nuestro corazón. A veces sentimos que sólo nos queda nuestro Dios y que en esta tierra ya no podemos hacer nada. Es tanta la injusticia, la miseria, la violencia... Y sin embargo el Señor nos regala un pan que nos pone de nuevo en camino con fuerzas renovadas y nos envía de nuevo al trabajo, a la familia, a la patria: te queda mucho por recorrer. ¡Hay tanto por hacer!. Y con el Señor como alimento no le tememos a nada. No hay desaliento ni obstáculo que este pan no transforme en vida y en ganas de luchar y caminar.

Elías comió solo de este pan. En la soledad del profeta. Los jóvenes discípulos de Emaús lo comieron de a dos, como amigos que, juntos, emprenden el camino de regreso hacia la esperanza. Nosotros lo comemos entre todos, como Iglesia, como Pueblo de Dios. Y la fuerza de este pan se incrementa con nuestra unión y compañerismo.

Hay un pan que es de fiesta, un pan que es fruto y premio del trabajo, alegría de la mesa compartida. Pero el pan es también pan que se come de camino al trabajo y que da fuerza para la ardua tarea. Ése es el pan que venimos a buscar hoy: el pan que fortalece. El pan que da energías. El pan que hace sentir ganas de trabajar y de luchar. El pan que se comparte de camino con los compañeros. Ese pancito que uno come en medio del trabajo y ayuda a tirar hasta el fin de la jornada. Éste es el pan que queremos dejar en herencia a nuestros jóvenes, porque ellos son nuestra esperanza; el pan del trabajo que hace recuperar la dignidad y tirar para adelante!

Este pan nos da una linda imagen de la Eucaristía: la del viático, que quiere decir: pan del camino. Es como el pancito que se lleva en el bolso como prenda del cariño de la familia, es el calor del hogar que llega hasta nuestro lugar de trabajo, si lo tenemos, o a los lugares que recorremos para buscarlo. Es un pan que nos impulsa a luchar por la familia, como si dijera “vamos!”. Este ¡vamos! me trae al corazón el título del último librito del Papa: “Levántese! Vamos!”. Y quiero decírselo en particular a los más jóvenes: “Vamos confiados en Cristo. Él será quien nos acompañe en el camino hasta la meta que sólo Él conoce”. Porque Él es el pan; Él se hizo Eucaristía para caminar con nosotros.

¡Levántese y coman! Coman de este pan que nos llena de fuerzas para trabajar por nuestra familia. ¡Levántense y coman! Coman de este pan que restaura nuestra dignidad y nos devuelve las ganas de seguir luchando y de cumplir con nuestra misión. ¡Levántense y coman! Coman de este pan que se comparte con el compañero de camino y que nos hace sentir hermanos, pueblo de la patria, pueblo de Dios.

A la Virgen, nuestra Madre, que se da cuenta cuando nos falta este pan, a ella que en las manos de nuestras mujeres, pone siempre un pancito para el viaje en la mochila de los chicos y en el bolso del esposo, le pedimos que nos enseñe a rebuscar en nuestro corazón con esperanza cierta, seguros de que siempre encontraremos este pan para el camino, este pan que es Jesús.

Que San Cayetano, patrono del pan para el trabajo, nos conceda, especialmente a los que son cabeza de familia –hombres y mujeres- que, mientras buscamos trabajo para llevar el pan al hogar, a nosotros nos dé ese otro pancito –sencillo y suficiente- para levantarnos cada día y caminar llenos de energía y esperanza por el camino del Señor. Así les podemos dejar a nuestros jóvenes esa herencia tan preciosa que nos dejaron a nosotros nuestros padres: la del pan que siempre les dio fuerzas para trabajar.

Buenos Aires, 7 de agosto de 2004.


Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires



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