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RITO DE ROSH HASHANÁ


Intervención del cardenal Jorge Mario Be
rgoglio, arzobispo de Buenos Aires durante el rito de Rosh Hashaná en la sinagoga de la calle Vidal 2049 de Buenos Aires
(11 de setiembre de 2004)



Hoy venimos a presentarnos delante del Señor. Podemos imaginar la escena como al comienzo del libro de Job (1:6). Allí el Señor interroga y sus preguntas mueven el corazón, descubren las intenciones. Estamos delante de Él y con deseos de escuchar. Dejar que sus preguntas nos muevan por dentro, nos hagan transparentes. No tengamos miedo a la Verdad si la reconocemos o proclamamos delante de Él porque Él “es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente”. (Salmo 103 (102):8-9).

Y como en aquel atardecer del comienzo hoy nos pregunta a cada uno por nosotros mismos: Adán “dónde estás” (Gen. 3:9). Interroga sobre nuestra orientación. ¿Sabemos dónde estamos en relación a Él, en relación a lo que Él quiere de nosotros?” ¿O acaso hemos comido del árbol que nos prohibió y procuramos escondernos? (cfr. Gen. 3:11). La pregunta nos hace caer en la cuenta de nuestros límites, nuestras falencias, nuestras desnudeces. Nos quedan solo dos caminos; o camuflarlas o reconocerlas. ¿Dónde estoy? respecto de Dios. ¿Dónde estoy? respecto de mí mismo. Hoy es el “tiempo oportuno” para resituarnos. ¡Tantas veces nos desplazamos del camino!, ¡tantas veces nuestra brújula se enloquece y perdemos el sentido de la orientación!  Hoy debemos responder con verdad; mirar dentro de nuestro corazón. No tener miedo, pero decir la verdad. ¿Dónde estoy situado?”  Y no tratar de echar la culpa a otro: “La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él” (Gen. 3:12). Resituarme en mí mismo y delante de Dios. Y volver a orientar mi corazón convirtiéndome a Él.

Hoy también nos hace una segunda pregunta: “¿dónde está tu hermano?” (Gen. 4:9). Antes nos interrogaba sobre nuestra situación respecto de nosotros mismos y de Él; ahora en referencia a nuestros prójimos. Él no nos quiso solitarios sino formando un pueblo, una familia. Cuando andamos desorientados respecto de nosotros mismos y de Dios, esta desorientación también afecta nuestra relación con los hermanos; y entonces contestamos: “no lo sé” (Gen. 4:9) o vamos más allá y queremos justificarnos: “acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (id.). Mi hermano: tantos hombres y mujeres a los que mi egoísmo me hace olvidar. El Señor nos pregunta por el huérfano y la viuda, por el forastero y el esclavo. Hagamos silencio en nuestro corazón y respondamos por nuestro hermano.

Estas dos preguntas actualizan su mandato: “Escucha Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Deut. 6: 4-5) y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Lev. 19:18); se nos pide actualizar ese mandato que debe hacerse carne en nuestras vidas y doctrina para nuestros hijos: “Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte” (Deut. 6: 6-7).

Esta es nuestra memoria. No la perdamos. Y, al escuchar hoy las dos preguntas, esforcémonos también por recuperar la memoria. En la vida de todos los días la fascinación de los ídolos nos lleva a debilitar la memoria. Junto a estas dos preguntas hoy también se nos pide recuperar la memoria: “Presta atención y ten cuidado, para no olvidar las cosas que has visto con tus propios ojos, ni dejar que se aparten de tu corazón un solo instante” (Deut. 4:9). Recuperemos la memoria de nuestra historia personal y de nuestra historia como pueblo: “Yo los hice caminar por el desierto durante cuarenta años, sin que se les gastara la ropa que llevaban puesta ni las sandalias que tenían en los pies” (Deut. 29:4). Cuando perdemos la memoria de nuestro camino andado también evadimos las dos preguntas anteriores. Ya no sabemos qué responder al “Adán, dónde estás” y al “dónde está tu hermano”, simplemente porque hemos olvidado de dónde venimos, porque hemos perdido el norte de nuestra pertenencia a un pueblo. Y, cuando se pierde este norte, se ha caído en la idolatría. Cabe hoy también preguntarnos por esto recordando el mandato del Señor: “No vayan detrás de otros dioses, de los dioses de los pueblos que están alrededor de Ustedes” (Deut. 6:14). La idolatría se nos filtra de mil maneras, los ídolos nos son ofrecidos a cada paso, pero el ídolo más peligroso somos nosotros mismos cuando queremos ocupar el lugar de Dios. Ese egoísmo sutil que nos convierte en única referencia de toda la existencia.

Recuperar la memoria con la piedad de un niño y –mientras nos examinamos acerca de las dos preguntas que el Señor nos hace- balbucear nuestra historia con un corazón que quiere convertirse al Señor: “Mi padre era un arameo errante que bajó y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. El vió nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran fervor, de signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel” (Deut. 26: 5-9). Ésta es la memoria que hoy nos ha de llevar a la conversión.

Y nuestra memoria apunta también a la memoria del Señor: Él nos espera, Él se acuerda de nosotros con la ilusión de que volvamos a los primeros tiempos: “Recuerdo muy bien la fidelidad de tu juventud, el amor de tus desposorios, cuando me seguías por el desierto, por una tierra sin cultivar...” (Jerem. 2:2). Recordamos sintiéndonos recordados; queremos amar sintiéndonos primero amados. Él nos espera, Él nos “primerea” como la flor del almendro. Convertirse así, contemplando tanto amor, se transforma en fiesta y, en medio del arrepentimiento y propósito de conversión repitámosnos fraternalmente: “Este es un día consagrado al Señor... no estén tristes ni lloren... No estén tristes,  porque la alegría en el Señor es la fortaleza de Ustedes” (cfr. Nehem. 8: 9-11).


Buenos Aires, 11 de septiembre de 2004

Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo de Buenos Aires



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