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MISA DE NOCHEBUENA


Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, en la misa de Nochebuena
(Catedral de Buenos Aires, 24 de diciembre de 2004)



Cuando vemos a Jesús en medio de las fatigas y trabajos, en medio de los conflictos con las elites ilustradas de esa época (los fariseos, los saduceos)  vemos cómo muchas veces ellos le pedían una señal: dános una señal. Jesús predicaba y la gente lo seguía como a ninguno, curaba resucitaba... pero ellos pedían una señal. Ésta que veían no les bastaba. Se puede pensar que no les bastaba porque ese elitismo ilustrado clausuraba sus conciencias; ésa es una explicación válida. Pero también había algo más: ni aun al hombre más cerrado a la voz de Dios se le priva del instinto de saber donde está Él y hacia dónde debe buscar. Ellos intuían que resucitar muertos, curar enfermos no era “la señal”, por ello una vez Jesús les dijo: a ustedes se le va a dar la señal de Jonás (o sea la resurrección), pedían la señal trascendente e inconfundible en la que Dios se manifiesta en su plenitud; y en eso no se equivocaban incluso los que estaban más lejos, ni aun Herodes. Los asustaba y acuciaba ese instinto religioso del corazón que empuja a buscar y distinguir dónde está Dios.

Pedían la señal... por otro lado eso también le pasaba a los Santos. San Juan Bautista, en la cárcel, sufría mucho, veía que Jesús predicaba, pero se sintió confuso; en la soledad de su calabozo empezó a dudar y mandó a preguntar a Jesús: ¿eres tú el que tiene que venir o tenemos que esperar a otro? Pedía la señal buscaba la señal de manifestación de Dios, aquélla que habían proclamado los Profetas y que el pueblo de Israel venía esperando desde hace cientos de años. Pedían la “gran señal”.

En el relato del nacimiento de Jesús, que acabamos de escuchar, cuando los ángeles les anuncian a los pastores que ha nacido el Redentor les dicen: “...y esto les servirá de señal encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre...” Esta es la señal: el abajamiento total de Dios. La señal es que, esta noche, Dios se enamoró de nuestra pequeñez y se hizo ternura; ternura para toda fragilidad, para todo sufrimiento, para toda angustia, para toda búsqueda, para todo límite; la señal es la ternura de Dios y el mensaje que buscaban todos aquellos que le pedían señales a Jesús, el mensaje que buscaban todos aquellos desorientados, aquéllos que incluso eran enemigos a Jesús y lo buscaban desde el fondo del alma era éste: buscaban la ternura de Dios, Dios hecho ternura, Dios acariciando nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.

Hoy se nos proclama esto: la ternura de Dios. El mundo sigue andando, los hombres seguimos buscando a Dios pero la señal sigue siendo ésta. Contemplando al niño nacido en un pesebre, contemplando a ese Dios hecho niño enamorado de nuestra pequeñez, esta noche cabe la pregunta: ¿qué tal la ternura de Dios con vos? ¿te dejas acariciar por esa ternura de un Dios que te quiere, por un Dios hecho ternura? o ¿sos arisco y no te dejas buscar por ese Dios? –No, yo busco a Dios, podés decir. No es lo más importante que busques a Dios, lo más importante es que te dejes buscar por Él en la caricia en la ternura. Ésta es la primera pregunta que este Niño con su sola presencia hoy nos hace: ¿Nos dejamos querer por esa ternura? Y más allá todavía: ¿vos te animás también a hacerte ternura para toda situación difícil, para todo problema humano, para quien tenés cerca, o preferís la solución burocrática, ejecutiva, fría, eficientista, no evangelizadora? Si es así ¿le tenés miedo a la ternura que Dios ejerció con vos? y ésta sería la segunda pregunta de hoy. ¿Me hago cargo en mis comportamientos de esa ternura que nos tiene que acompañar a lo largo de la vida, en los momentos de alegría, de tristeza, de cruz, de trabajo, de conflicto, de lucha?

La respuesta del cristiano no puede ser otra que la misma respuesta de Dios a nuestra pequeñez: ternura, mansedumbre. Acuérdense de aquella vez, cuando a Jesús y sus Apóstoles no los quisieron recibir en un pueblo de Samaría, Juan le propuso a Jesús: “¿...hacemos caer fuego del cielo...?, que es lo mismo que decir “nos metemos adentro y les rompemos todo”. Y Jesús les responde “no saben de qué espíritu son ustedes”; los reta, hoy les diría eso no es cristiano. Acuérdense también de aquella noche en que tomaron preso a Jesús y Pedro saca la espada, heraldo, defensor de la Iglesia que nacía, defensor infeliz (pues pocas horas después lo traicionó) y Jesús le dijo: guarda la espada ¿acaso no crees que si yo le pidiera a mi Padre más de doce legiones de ángeles para defenderme no las mandaría? (Cfr. Mt. 26:53), pero mi camino es otro, es la ternura. Y esto aun en los momentos de conflicto, aun los momentos que te abofetean; cuando te abofeteen en una mejilla poné la otra, mantené la ternura. Eso es lo que la noche de Navidad nos trae. Cuando vemos que un Dios se enamora de nuestra pequeñez, que se hace ternura para acariciarnos mejor, a un Dios que es toda mansedumbre, toda cercanía, toda projimidad, no nos queda otra cosa que abrir nuestro corazón y decirle: Señor si tú lo hiciste así ayúdanos, danos la gracia de la ternura en las penosas situaciones de la vida, dame la gracia de la projimidad ante toda necesidad humana, dame la gracia de la mansedumbre ante todo conflicto. Pidámoslo, ésta es una noche para pedir...y me atrevo a darles una tarea para el hogar: esta noche o mañana, que no termine el día de Navidad sin que se tomen un ratito de silencio y se pregunten ¿Qué tal la ternura de Dios para conmigo? ¿qué tal mi ternura para con los demás? ¿qué tal mi ternura en las situaciones límites? ¿qué tal mi mansedumbre en los trabajos y conflictos? y que Jesús les responda, lo hará.

Que la Virgen les conceda esta gracia.


Buenos Aires, 24 de diciembre de 2004.

Card. Jorge Mario Bergoglio S.J, arzobispo de Buenos Aires



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