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LA HOMILÍA DOMINICAL EN AMÉRICA LATINA


Intervención del cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ, arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina, en la Plenaria de la Comisión para América Latina



Transcurridos más de treinta años desde el Concilio, es necesario verificar, mientras reflexionamos sobre la Eucaristía dominical, de qué manera se proclama la Palabra de Dios, así como el crecimiento efectivo del conocimiento y del amor por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios.1 Ambos aspectos, el de la celebración y el de la experiencia vivida están en íntima relación (Dies Domini 40).

Estas palabras de su Santidad son las que inspiran estas sencillas reflexiones acerca de la homilía dominical en América Latina. El Papa une estrechamente una pregunta, ¿cómo proclamamos la Palabra, cómo estamos predicando?, con un trabajo de reflexión: verificar el crecimiento real y efectivo del conocimiento y del amor por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios. Ese amor que, junto con el conocimiento se traduce en "experiencia vivida", y complementa el aspecto "celebrativo" de la Eucaristía.

Nos hace bien unir estas cosas. Si queremos saber cómo estamos predicando debemos ir siempre a ver cómo está el conocimiento y el amor de nuestro pueblo creyente por la Palabra. Fue precisamente con la Palabra que nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo de todas partes (Mc 1, 45). se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (Mc 6, 2). Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad (Mc 1, 27). Fue con la Palabra que los apóstoles, a los que "Instituyó para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3, 14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (Cfr. Mc 16, 15-20).


La homilía como siembra y cosecha

Pero ¿qué significa "verificar"? Es claro que este conocimiento y este amor no se verifican con la mirada estadística de quien sólo cuenta cuántos asisten a la misa dominical o compran la Biblia… La verificación más bien debe provenir de una mirada de Buen Sembrador.

Una mirada de Sembrador que sea mirada confiada, de largo aliento. El Sembrador no curiosea cada día el sembrado, él sabe que sea que duerma o vele, la semilla crece por sí misma.

Una mirada de Sembrador que sea mirada esperanzada. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Él se juega por la fecundidad de la semilla contra la tentación de apurar los tiempos.

Una mirada del Sembrador que sea mirada amorosa, de esas que saben cómo es la fecundidad gratuita de la caridad: si bien la semilla parece desperdiciarse en muchos terrenos, donde da fruto lo da superabundantemente.

De esta mirada brotará una homilía que es, a la vez, siembra y cosecha. Tanto cuando prepara su prédica como cuando dialoga con su pueblo, el Espíritu pone en los labios del predicador palabras que cosechan y palabras que se siembran. Sintiendo y sopesando en su corazón cómo está el conocimiento y el amor del Pueblo por la Palabra, el predicador ora cosecha un valor que está maduro y muestra caminos para ponerlo en práctica, ora siembra un deseo, una esperanza de más, allí donde encuentra tierra buena, apta para que crezca la semilla.


La dulce y confortadora alegría de predicar

Como pastores, a cada uno de los que nos toca predicar en nuestras misas, nos hace bien renovar cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, verificando en primer lugar si en nosotros mismos crece el conocimiento y el amor por la Palabra que predicamos.2  Como dice Pablo: Predicamos no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones (1 Tes 2, 4).

Si está vivo este amor por escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, al igual que nuestro amor por recibir como un fiel más la Eucaristía que nos toca consagrar, éste se transmitirá de una manera u otra al pueblo fiel de Dios.3 Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi nos hablaba de "la dulce y confortadora alegría de evangelizar":

A través de los ministros del Evangelio, Dios quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto. Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (Evangelii Nuntiandi 80). Esta reflexión apunta a aquella regla de toda buena homilía que dice que "es de la abundancia del corazón que habla la boca". Las lecturas del domingo resonarán con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el corazón del Pastor.4  


"Hagan todo lo que Él les diga"

Para esto puede ayudar la imagen de nuestra Señora, que es la que mejor transmite al pueblo fiel la alegría de esa Palabra que primero la llenó de gozo a ella. Por eso el Papa pone a nuestra Señora al final de su Carta Apostólica como modelo hacia donde mira el pueblo fiel, miembro del cual es el que predica:

Hacia la Virgen María miran los fieles que escuchan la Palabra proclamada en la asamblea dominical, aprendiendo de ella a conservarla y meditarla en el propio corazón (cf. Lc 2,19) (Dies Domini 86).

Podemos nosotros poner esta imagen también al comienzo de nuestra reflexión y decirnos que una buena homilía dominical debe tener el sabor de ese vino nuevo que renueva el corazón del predicador al mismo tiempo que el de los oyentes. Y en esto de vino nuevo, María es experta desde Caná. La gracia de decir al pueblo de Dios con María (con el tono materno de María) "hagan todo lo que El les diga" es la gracia que debemos pedir en toda homilía. Este tono materno de nuestra Señora es el de la "Creyente en la Palabra" y el de la "Servidora de la Palabra".

El sacerdote debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de aquel que lo ha enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no es el único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el pueblo de Dios. Precisamente porque evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado" (Pastores dabo vobis 26).


La homilía como diálogo de Dios con su Pueblo

"No se ha de olvidar que la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza" (Dies Domini 40-41).

Que la homilía no es tanto un momento de meditación y catequesis sino "el diálogo vivo entre Dios y su Pueblo" es una valoración de la prédica que proviene de su estar integrada en la Eucaristía. Supone la catequesis y está en continuidad con ella,5  pero la supera al ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su pueblo, antes de la comunión sacramental. El Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y a nosotros que predicamos nos toca hacerle sentir este gusto del Señor a nuestra gente.6   

La homilía es pues un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo.7  Por eso el que predica debe tantear y sopesar el corazón de su comunidad para dialogar con ese corazón buscando dónde está vivo y ardiente el deseo de Dios, y también dónde ese diálogo, que comenzó siendo amoroso, fue "robado", "sofocado" o no pudo dar fruto.

En Puebla hay un párrafo hermoso en el que se nos ilumina quién es ese pueblo con el que el Señor se complace en dialogar. El pueblo de América Latina es un pueblo cuya alma "ha sido sellada por la fe de la Iglesia" (Puebla 445). Por eso es "infalible in credendo" en el sentido de GS, 12. Es un pueblo sabio, con "una sabiduría que es para el pueblo principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses" (Puebla 448, cfr. Juan Pablo II, Discurso Inaugural III 6).

Los obispos rescatan esta frase del Papa en el discurso inaugural y pienso que es clave para tomar conciencia del misterio de amor que reina entre Dios y su pueblo fiel, para saber con quién estamos hablando. Ese "instinto de la fe" que hace a nuestro pueblo infalible in credendo, debe ser el criterio cordial por el que se oriente nuestra predicación.

La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo. (P 450)

¿Qué implica predicar a quien se evangeliza continuamente a sí mismo y es infalible in credendo? Dejando de lado toda discusión vana acerca de cuánto hay que "ilustrar" todavía al pueblo de Dios, pienso que la imagen de la Madre con su hijo es la que mejor aclara lo que significa tener que enseñar al que ya sabe. La Iglesia es Madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, con esa confianza de que el hijo ya sabe que todo lo que se le enseñe será para bien, porque se sabe amado. Los padres saben guiarse por este sentido innato que tienen los hijos y que les da la medida de cuándo maltrataron un límite o dijeron algo inadecuado. Es el espíritu de amor que reina en una familia el que guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos donde se enseña y aprende, se valora y corrige. Así también en la homilía: este saberse en Espíritu de familia es lo que guía al que habla y al que escucha. El Espíritu que inspiró los evangelios, inspira también cómo hay que predicarlos y cómo hay que escucharlos en cada Eucaristía.

Este ámbito materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su Pueblo debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador 8 , la calidez de nuestro tono de voz, la mansedumbre del estilo de nuestras frases, la alegría de nuestros gestos... Hasta lo aburrido que en ocasiones podemos resultar para algunos, si está presente este espíritu materno-eclesial, resulta fecundo a la larga, así como los "aburridos consejos de madre" dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.

Cuando uno se admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para transmitir la revelación íntegra a todos, para cautivar con enseñanzas tan elevadas y de tanta exigencia a gente común, creo que el secreto se esconde en este apelar Jesús al ámbito eclesial que establece el Espíritu entre los que adoran al Padre. La convicción de Jesús se expresa en ese: «No temas, pequeño rebaño, porque al Padre de ustedes le ha parecido bien darles el Reino" ( Lc 12, 32). En este Espíritu Jesús predica. Por eso bendice lleno de gozo en el Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños:

En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Lc 10, 21-22).

Más allá de los recursos, que en el Evangelio son infinitos en cantidad y calidad, el predicador tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman –los del Señor y los de su pueblo-, corazones que por el tiempo que dura la homilía hacen silencio y lo dejan hablar a él. Tanto el Señor como su pueblo se hablan de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que alguien haga de mediador y exprese los sentimientos de ambos, de manera tal que después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La Palabra es esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un mediador que la represente como tal... Un mediador que, como Pablo, esté convencido de que "No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús" (2 Cor 4, 5).

Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad. El diálogo se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Un bien que no consiste en cosas sino en las personas mismas que se dan mutuamente en el diálogo. Por eso la predica puramente moralística o exegética reduce esta comunicación entre corazones que ha de darse en la homilía y que tiene que tener un carácter cuasi sacramental, porque "la fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo" (Rom 10, 17).


"Las maravillas de la salvación y las exigencias de la alianza" en la homilía

"Diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza…"(Dies Domini 41).

El diálogo es proclamación de las maravillas de la salvación, en las que resplandece la gloria del Señor y del hombre vivo. El diálogo entre Dios y su pueblo ajusta más la alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Por eso es central que en la homilía, la verdad vaya de la mano de la belleza y del bien. No se trata para nada de verdades abstractas y frías y mucho menos si van de a puñados y en silogismos. La homilía requiere que, al proclamar cada verdad del Evangelio, sepamos descubrir y comunicar también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para atraer la atención (las parábolas son un hermosísimo ejemplo) y, diría yo, la oportunidad –el kairós- que su amor descubría o creaba para estimular a la práctica del bien.

La memoria del pueblo fiel, como la de María,9  debe quedar rebosante de las maravillas de Dios y su corazón esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó. Y esto es así porque toda Palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.


El depósito de la fe del pueblo fiel en la homilía

Esta síntesis de verdad, belleza y bien no es algo que haya que inventar: es propio de la Palabra encarnada, y allí donde esta Palabra ha sido acogida por un pueblo, incorporada en su cultura, esa síntesis es lo que llamamos "religiosidad popular".

La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responden con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la existencia (Puebla 449).

En esta frase de Puebla encontramos la belleza como "admiración ante los grandes interrogantes de la existencia", admiración digo porque la respuesta suele estar encarnada en los ritos, el arte y las fiestas populares; la verdad la encontramos como "sabiduría cristiana" y el bien como "acervo de valores". El amor de Dios crea pueblo, siempre crea cultura porque es vinculante de manera estable y fiel y eso engendra modos de ver, de sentir y de crear comunes entre los hombres.

La prédica cristiana, por tanto, encuentra en este corazón cultural de nuestro pueblo una fuente de agua viva para lo que tiene que decir y para el cómo lo tiene que decir. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna –y más si nos vemos obligados a usar otras- así también en la fe nos gusta que se nos hable en claves de "cultura materna". Por supuesto que para desde allí crecer, abrirnos y mejorar. Pero cuando se nos habla en lengua materna el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite "parresía", como el de la madre a sus hijos Macabeos, y también una síntesis ya lograda, una sapiencia en la que uno se siente en casa. Como dice Puebla:

La sapiencia popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto. Esa sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como Hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura (Puebla 448).

Las tensiones que menciona Puebla –lo divino y lo humano, espíritu y cuerpo, comunión e institución, persona y comunidad, fe y patria, inteligencia y afecto- son universales. La síntesis vital, el conllevar estas tensiones creativamente, eso que es indefinible en palabras, porque las requeriría todas, ese núcleo simbólico y viviente –que para nuestro pueblo se traduce en "nombres propios" como Guadalupe y Luján, en fe peregrinante, en gestos de bendición y de solidaridad, en ofrenda y en canto y en danza… - ese corazón en el cual y gracias al cual nuestro pueblo ama y cree, es el lugar teológico donde tiene que situarse vitalmente el predicador. Es decir, el desafío de una prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos. Donde está tu síntesis, podríamos parafrasear, allí está tu corazón. La diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón.

No es fácil hablar de corazón al pueblo de Dios. No basta con ser bien intencionado. La gente aprecia y valora cuando un predicador se esfuerza por ser sincero, cuando baja la palabra a imágenes reales… Pero hablar de corazón implica tenerlo no solo ardiente, sino iluminado por la integridad de la revelación, por la Palabra y por el camino que esa palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia (la Tradición).

Al revalorizar los elementos positivos de la piedad popular, Puebla, en un texto riquísimo e inspirado (454) nos brinda un esbozo de síntesis en algo que es más que una mera enumeración. En cada "elemento" recogido del corazón de muchos pastores se nota ya una síntesis. Son "elementos" universales concretos, en los que la totalidad de la fe brilla encarnada en una figura propia de la religiosidad de nuestro pueblo latinoamericano. Al irlas leyendo acentuaré en algunas una breve sugerencia que podría inspirar nuestras homilías para que se alimenten de esta síntesis y la alimenten en el corazón de los que escuchan.

Dice Puebla:

Como elementos positivos de la piedad popular se pueden señalar:

la presencia trinitaria que se percibe en devociones y en iconografías,

Al Dios trino y uno nuestro pueblo lo vive como un Dios bautismal y bautizador. Un Dios en el que uno fue sumergido de niño y en el cual vivimos, nos movemos y existimos. El misterio de la Trinidad es más ambiente vital que circunda la fe de nuestro pueblo que blanco específico de discursos racionales. Más que nuestras palabras, lo que deben ser trinitarios en nuestras homilías son nuestros gestos, nuestras imágenes, el espacio de tiempo que le dedicamos a cada persona divina.

el sentido de la providencia de Dios Padre;

Aquí diríamos que iluminar y alimentar esta imagen del Padre como Providente implica predicar en esperanza. Nuestro Pueblo descansa y goza cuando le hablamos del Dios siempre más grande, del Dios que cuidó a nuestros padres, a nuestras abuelas y abuelos, del Dios que pastorea el porvenir de nuestros hijitos…

Nuestras homilías, si quieren ser fieles y fecundas, deberán sembrar y cosechar siempre esperanza.

Cristo, celebrado en su misterio de Encarnación (Navidad: el Niño), en su Crucifixión, en la Eucaristía y en la devoción al Sagrado Corazón;

Jesús está en el corazón de nuestro pueblo como el Niño del pesebre, como el muerto en una Cruz, como el pancito de la primera comunión de los chicos y como el Dios que tiene un buen Corazón. A veces, notando (con mentalidad cuantitativa) que "falta" una imagen del resucitado, se piensa que una segunda evangelización tiene que venir a "agregar" otra imagen, en el mejor de los casos, cuando no a reemplazar todas las anteriores por una más pura y completa. Más allá de toda pretensión apologética, vale más partir de la convicción de que la fe, si dio fruto, es porque se sembró íntegra, e ir a buscar en las imágenes que ya están en el corazón, qué nos dicen ellas mismas acerca de cómo integra todo lo nuevo, de cómo purificar y completar. Las cruces revestidas de gloria siguen hablando al corazón de nuestro pueblo más que los "pare de sufrir" de las sectas.

Amor a María: Ella y "sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y caracterizan su piedad popular" (Juan Pablo II, Homilía Zapopán, 2. AAS LXXI, p. 228), venerada como Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como Reina de nuestros distintos países y del continente entero;

En el centro del pasaje Puebla pone el amor a María. María y sus misterios "pertenecen a la identidad propia de estos pueblos", dice el Papa. En ella traslada nuestro pueblo, de manera real, con un realismo latinoamericano que más que mágico es un realismo "lleno de gracia", todo lo que un discurso más racional echa de menos en cuanto a presencia de conceptos de resurrección y de Espíritu Santo. Todo lo "positivo, lo festivo, lo que es vida, belleza, alegría, fiesta… nuestro pueblo lo encarna en María.10   En las homilías para nuestro pueblo, María no debe ser sólo conclusión, sino, más explícitamente, una referencia de centro.

Centro porque es para nuestro pueblo "modelo de cómo hay que creer":

"María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos «inescrutables caminos» y de los «insondables designios» de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino" (Redemptoris Mater 14).

Centro porque es para nuestro Pueblo "señal de esperanza segura":

"María, Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella «enemistad», de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la tierra y la historia misma de la salvación. En este lugar, ella, que pertenece a los «humildes y pobres del Señor», lleva en sí, como ningún otro entre los seres humanos, aquella «gloria de la gracia» que el Padre «nos agració en el Amado», y esta gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la Carta paulina: «Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación del mundo..., eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos» (Ef 1, 4.5). Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda aquella «enemistad» con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta historia, María sigue siendo una señal de esperanza segura" (Redemptoris Mater 11).


Centro porque es para nuestro pueblo lugar de misericordia
:

"María es la primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a través de ella, de esta nueva «autodonación» de Dios. Por esto proclama: «Ha hecho obras grandes por mí; su nombre es santo». En su arrebatamiento, María confiesa que se ha encontrado en el centro mismo de esta plenitud de Cristo. Es consciente de que en ella se realiza la promesa hecha a los padres y, ante todo, «en favor de Abraham y su descendencia por siempre»; que en ella, como madre de Cristo, converge toda la economía salvífica, en la que, «de generación en generación», se manifiesta aquel que, como Dios de la Alianza, se acuerda «de la misericordia»." (Redemptoris Mater 36).

De todos los demás elementos,11  que podemos meditar como valiosas síntesis –cada uno de ellos- a tener en cuenta a la hora de predicar, destacamos finalmente sólo uno más:

La capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); esa Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos).

Esta fe que nuestro pueblo fiel expresa de manera situada e íntegra –íntegra no sólo en sus contenidos sino existencialmente- debe hallar eco en la homilía dominical. El desafío consiste en reinterpretar la misma fe que vive nuestro pueblo en su mismo lenguaje y modo de expresarse de manera tal que crezca y se purifique desde adentro.

Como dice más adelante Puebla, proféticamente: "Si la Iglesia no reinterpreta la religión del pueblo latinoamericano, se producirá un vacío que lo ocuparán las sectas, los mesianismos políticos secularizados, el consumismo que produce hastío y la indiferencia o el pansexualismo pagano. Nuevamente la Iglesia se enfrenta con el problema: lo que no asume en Cristo, no es redimido y se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja" (Puebla 468).

El desafío, pues, que se nos sigue planteando es el de una nueva evangelización, la cual, como dice Puebla, "ha de apelar a la memoria cristiana de nuestros pueblos". El depósito de la fe inculcado por las madres en el corazón de sus hijos a lo largo de los siglos es fuente viva de nuestra identidad. Identidad que no cambia sino para mejorar hasta que se forme Cristo en nosotros. Esta identidad que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María- el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.


Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires

Roma, 19 de enero de 2005



Notas:

(1) En la Const. Sacrosanctum Concilium, 24, se habla de «suavis et vivus Sacrae Scripturae affectus».

(2) …Por la absoluta necesidad de que la nueva evangelización tenga en los sacerdotes sus primeros «nuevos evangelizadores» (Pastores dabo vobis 2).

(3) “En particular, la mayor o menor santidad del ministro influye realmente en el anuncio de la Palabra, en la celebración de los sacramentos y en la dirección de la comunidad en la caridad. Lo afirma con claridad el Concilio: «La santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, sin embargo, Dios prefiere mostrar normalmente sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: 'Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí' (Ga 2, 20)» (Pastores dabo vobis 25).

(4) “Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: «la mente de Cristo» (1 Co 2, 16), de modo que sus palabras, sus opciones y sus actitudes sean cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio. Solamente «permaneciendo» en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre, superando todo condicionamiento contrario o extraño al Evangelio (cf. Jn 8, 31-32) (Pastores dabo vobis 26).

(5) “Respetando lo específico y el ritmo propio de este cuadro, la homilía vuelve a recorrer el itinerario de fe propuesto por la catequesis y lo conduce a su perfeccionamiento natural” (Catechesi Tradendae 48).

(6) El diálogo es para la Iglesia, en cierto sentido, un medio y, sobre todo, un modo de desarrollar su acción en el mundo contemporáneo. En efecto, el Concilio Vaticano II, después de haber proclamado que "la Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres (...), se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero", añade que la misma Iglesia debe ser capaz de "abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único pueblo de Dios", así como también de "mantener un diálogo con la sociedad humana" (Reconciliatio et Paenitentia 25).

(7) Diálogo que es de misericordia, como decía Juan Pablo II en su primera encíclica: “la misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también de sus propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el contenido de su diálogo con El (DM 4).

(8) “El sacerdote debe crecer en la conciencia de la profunda comunión que lo vincula al pueblo de Dios; él no está sólo «al frente de» la Iglesia, sino ante todo «en» la Iglesia. Es hermano entre hermanos. La conciencia de esta comunión lleva a la necesidad de suscitar y desarrollar la corresponsabilidad en la común y única misión de salvación, con la diligente y cordial valoración de todos los carismas y tareas que el Espíritu otorga a los creyentes para la edificación de la Iglesia. Es sobre todo en el cumplimiento del ministerio pastoral, ordenado por su propia naturaleza al bien del pueblo de Dios, donde el sacerdote debe vivir y testimoniar su profunda comunión con todos, como escribía Pablo VI: «Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el momento mismo que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio» (Pastores dabo vobis 74).

(9) Precisamente en este camino, peregrinación eclesial a través del espacio y del tiempo, y más aún a través de la historia de las almas, María está presente como la que es «feliz porque ha creído», como la que avanzaba «en la peregrinación de la fe», participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo. Añade el Concilio que «María... habiendo entrado íntimamente en la historia de la salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la fe»). Entre todos los creyentes es como un «espejo», donde se reflejan del modo más profundo y claro «las maravillas de Dios» (Hch 2, 11) (Redemptoris Mater 25).

(10) El Papa tiene un hermoso pasaje hablando de los íconos marianos de los pueblos de la antigua Rusia: “En estos iconos la Virgen resplandece como la imagen de la divina belleza, morada de la Sabiduría eterna, figura de la orante, prototipo de la contemplación, icono de la gloria: aquella que, desde su vida terrena, poseyendo la ciencia espiritual inaccesible a los razonamientos humanos, con la fe ha alcanzado el conocimiento más sublime. Recuerdo también el icono de la Virgen del Cenáculo, en oración con los apóstoles a la espera del Espíritu. ¿No podría ser ésta como un signo de esperanza para todos aquellos que, en el diálogo fraterno, quieren profundizar su obediencia de la fe?” (Redemptoris Mater 33).

(11) los santos, como protectores; los difuntos; la conciencia de dignidad personal y de fraternidad solidaria; la conciencia de pecado y de necesidad de expiación; la capacidad de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); la Fe situada en el tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos); la sensibilidad hacia la peregrinación como símbolo de la existencia humana y cristiana; el respeto filial a los pastores como representantes de Dios; la capacidad de celebrar la fe en forma expresiva y comunitaria; la integración honda de los sacramentos y de los sacramentales en la vida personal y social; el afecto cálido por la persona del Santo Padre; la capacidad de sufrimiento y heroísmo para sobrellevar las pruebas y confesar la fe; el valor de la oración; la aceptación de los demás (Puebla 454).


 



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