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LA HOMILÍA DOMINICAL EN AMÉRICA LATINA
Intervención del cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ, arzobispo de Buenos
Aires y Primado de la Argentina, en la Plenaria de la Comisión para América
Latina
Transcurridos más de treinta años desde el Concilio, es necesario verificar,
mientras reflexionamos sobre la Eucaristía dominical, de qué manera se proclama
la Palabra de Dios, así como el crecimiento efectivo del conocimiento y
del amor por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios.1
Ambos aspectos, el de la celebración y el de la experiencia vivida están en
íntima relación (Dies Domini 40).
Estas palabras
de su Santidad son las que inspiran estas sencillas reflexiones acerca de la
homilía dominical en América Latina. El Papa une estrechamente una pregunta,
¿cómo proclamamos la Palabra, cómo estamos predicando?, con un trabajo de
reflexión: verificar el crecimiento real y efectivo del conocimiento y del amor
por la Sagrada Escritura en el Pueblo de Dios. Ese amor que, junto con el
conocimiento se traduce en "experiencia vivida", y complementa el aspecto "celebrativo"
de la Eucaristía.
Nos hace bien
unir estas cosas. Si queremos saber cómo estamos predicando debemos ir siempre a
ver cómo está el conocimiento y el amor de nuestro pueblo creyente por la
Palabra. Fue precisamente con la Palabra que nuestro Señor se ganó el corazón de
la gente. Venían a escucharlo de todas partes (Mc 1, 45). se quedaban
maravillados bebiendo sus enseñanzas (Mc 6, 2). Sentían que les hablaba como
quien tiene autoridad (Mc 1, 27). Fue con la Palabra que los apóstoles, a los
que "Instituyó para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar" (Mc 3,
14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos los pueblos (Cfr. Mc 16, 15-20).
La homilía como siembra y cosecha
Pero ¿qué
significa "verificar"? Es claro que este conocimiento y este amor no se
verifican con la mirada estadística de quien sólo cuenta cuántos asisten a la
misa dominical o compran la Biblia… La verificación más bien debe provenir de
una mirada de Buen Sembrador.
Una mirada de
Sembrador que sea mirada confiada, de largo aliento. El Sembrador no
curiosea cada día el sembrado, él sabe que sea que duerma o vele, la semilla
crece por sí misma.
Una mirada de
Sembrador que sea mirada esperanzada. El sembrador, cuando ve despuntar
la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Él se
juega por la fecundidad de la semilla contra la tentación de apurar los tiempos.
Una mirada del
Sembrador que sea mirada amorosa, de esas que saben cómo es la fecundidad
gratuita de la caridad: si bien la semilla parece desperdiciarse en muchos
terrenos, donde da fruto lo da superabundantemente.
De esta mirada
brotará una homilía que es, a la vez, siembra y cosecha. Tanto cuando
prepara su prédica como cuando dialoga con su pueblo, el Espíritu
pone en los labios del predicador palabras que cosechan y palabras que se
siembran. Sintiendo y sopesando en su corazón cómo está el conocimiento y el
amor del Pueblo por la Palabra, el predicador ora cosecha un valor que está
maduro y muestra caminos para ponerlo en práctica, ora siembra un deseo, una
esperanza de más, allí donde encuentra tierra buena, apta para que crezca la
semilla.
La dulce y confortadora alegría de predicar
Como pastores,
a cada uno de los que nos toca predicar en nuestras misas, nos hace bien renovar
cada día, cada domingo, nuestro fervor al preparar la homilía, verificando en
primer lugar si en nosotros mismos crece el conocimiento y el amor por la
Palabra que predicamos.2 Como dice Pablo:
Predicamos no buscando agradar a los hombres, sino a Dios que examina nuestros
corazones (1 Tes 2, 4).
Si está vivo
este amor por escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, al
igual que nuestro amor por recibir como un fiel más la Eucaristía que nos toca
consagrar, éste se transmitirá de una manera u otra al pueblo fiel de Dios.3
Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi nos hablaba de "la dulce y
confortadora alegría de evangelizar":
A través de
los ministros del Evangelio, Dios quiere hacer germinar la semilla; y de
nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto.
Conservemos, pues, el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora
alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas (Evangelii
Nuntiandi 80). Esta
reflexión apunta a aquella regla de toda buena homilía que dice que "es de la
abundancia del corazón que habla la boca". Las lecturas del domingo resonarán
con todo su esplendor en el corazón del pueblo si primero resonaron así en el
corazón del Pastor.4
"Hagan todo lo que Él les diga"
Para esto puede
ayudar la imagen de nuestra Señora, que es la que mejor transmite al pueblo fiel
la alegría de esa Palabra que primero la llenó de gozo a ella. Por eso el Papa
pone a nuestra Señora al final de su Carta Apostólica como modelo hacia donde
mira el pueblo fiel, miembro del cual es el que predica:
Hacia la
Virgen María miran los fieles que escuchan la Palabra proclamada en la asamblea
dominical, aprendiendo de ella a conservarla y meditarla en el propio corazón (cf.
Lc 2,19) (Dies Domini 86).
Podemos
nosotros poner esta imagen también al comienzo de nuestra reflexión y decirnos
que una buena homilía dominical debe tener el sabor de ese vino nuevo que
renueva el corazón del predicador al mismo tiempo que el de los oyentes. Y en
esto de vino nuevo, María es experta desde Caná. La gracia de decir al pueblo de
Dios con María (con el tono materno de María) "hagan todo lo que El les diga" es
la gracia que debemos pedir en toda homilía. Este tono materno de nuestra Señora
es el de la "Creyente en la Palabra" y el de la "Servidora de la Palabra".
El sacerdote
debe ser el primer «creyente» de la Palabra, con la plena conciencia de
que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de aquel que lo ha
enviado. Él no es el dueño de esta Palabra: es su servidor. Él no es el
único poseedor de esta Palabra: es deudor ante el pueblo de Dios. Precisamente
porque evangeliza y para poder evangelizar, el sacerdote, como la Iglesia, debe
crecer en la conciencia de su permanente necesidad de ser evangelizado"
(Pastores dabo vobis 26).
La homilía como diálogo de Dios con su Pueblo
"No se ha de
olvidar que la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el
contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de
catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son
proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las
exigencias de la alianza" (Dies Domini 40-41).
Que la homilía
no es tanto un momento de meditación y catequesis sino "el diálogo vivo entre
Dios y su Pueblo" es una valoración de la prédica que proviene de su estar
integrada en la Eucaristía. Supone la catequesis y está en continuidad con ella,5
pero la supera al ser el momento más alto del diálogo entre Dios y su
pueblo, antes de la comunión sacramental. El Señor se complace de verdad en
dialogar con su pueblo y a nosotros que predicamos nos toca hacerle sentir este
gusto del Señor a nuestra gente.6
La homilía es
pues un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo.7
Por eso el que predica debe tantear y sopesar el corazón de su comunidad
para dialogar con ese corazón buscando dónde está vivo y ardiente el deseo de
Dios, y también dónde ese diálogo, que comenzó siendo amoroso, fue "robado",
"sofocado" o no pudo dar fruto.
En Puebla hay
un párrafo hermoso en el que se nos ilumina quién es ese pueblo con el que el
Señor se complace en dialogar. El pueblo de América Latina es un pueblo cuya
alma "ha sido sellada por la fe de la Iglesia" (Puebla 445). Por eso es
"infalible in credendo" en el sentido de GS, 12. Es un pueblo sabio, con "una
sabiduría que es para el pueblo principio de discernimiento, un instinto
evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al
Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses" (Puebla 448,
cfr. Juan Pablo II, Discurso Inaugural III 6).
Los obispos
rescatan esta frase del Papa en el discurso inaugural y pienso que es clave para
tomar conciencia del misterio de amor que reina entre Dios y su pueblo fiel,
para saber con quién estamos hablando. Ese "instinto de la fe" que hace a
nuestro pueblo infalible in credendo, debe ser el criterio cordial
por el que se oriente nuestra predicación.
La
religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en
cuanto contiene encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el
pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo. (P 450)
¿Qué implica
predicar a quien se evangeliza continuamente a sí mismo y es infalible in
credendo? Dejando de lado toda discusión vana acerca de cuánto hay que
"ilustrar" todavía al pueblo de Dios, pienso que la imagen de la Madre con su
hijo es la que mejor aclara lo que significa tener que enseñar al que ya sabe.
La Iglesia es Madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo,
con esa confianza de que el hijo ya sabe que todo lo que se le enseñe será para
bien, porque se sabe amado. Los padres saben guiarse por este sentido innato que
tienen los hijos y que les da la medida de cuándo maltrataron un límite o
dijeron algo inadecuado. Es el espíritu de amor que reina en una familia el que
guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos donde se enseña y aprende, se
valora y corrige. Así también en la homilía: este saberse en Espíritu de familia
es lo que guía al que habla y al que escucha. El Espíritu que inspiró los
evangelios, inspira también cómo hay que predicarlos y cómo hay que escucharlos
en cada Eucaristía.
Este ámbito
materno-eclesial en el que se desarrolla el diálogo del Señor con su Pueblo debe
favorecerse y cultivarse mediante la cercanía cordial del predicador
8 , la calidez de nuestro tono de voz, la mansedumbre del
estilo de nuestras frases, la alegría de nuestros gestos... Hasta lo aburrido
que en ocasiones podemos resultar para algunos, si está presente este espíritu
materno-eclesial, resulta fecundo a la larga, así como los "aburridos consejos
de madre" dan fruto con el tiempo en el corazón de los hijos.
Cuando uno se
admira de los recursos que tenía el Señor para dialogar con su pueblo, para
transmitir la revelación íntegra a todos, para cautivar con enseñanzas tan
elevadas y de tanta exigencia a gente común, creo que el secreto se esconde en
este apelar Jesús al ámbito eclesial que establece el Espíritu entre los que
adoran al Padre. La convicción de Jesús se expresa en ese: «No temas, pequeño
rebaño, porque al Padre de ustedes le ha parecido bien darles el Reino" ( Lc
12, 32). En este Espíritu Jesús predica. Por eso bendice lleno de gozo en el
Espíritu al Padre que le atrae a los pequeños:
En aquel
momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: «Yo te bendigo,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios
e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu
beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el
Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar» (Lc 10, 21-22).
Más allá de los
recursos, que en el Evangelio son infinitos en cantidad y calidad, el predicador
tiene la hermosísima y difícil misión de aunar los corazones que se aman –los
del Señor y los de su pueblo-, corazones que por el tiempo que dura la homilía
hacen silencio y lo dejan hablar a él. Tanto el Señor como su pueblo se hablan
de mil maneras directamente, sin intermediarios. Pero en la homilía quieren que
alguien haga de mediador y exprese los sentimientos de ambos, de manera tal que
después cada uno elija por dónde sigue su conversación. La Palabra es
esencialmente mediadora y requiere no sólo de los dos que dialogan sino de un
mediador que la represente como tal... Un mediador que, como Pablo, esté
convencido de que "No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús
como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús" (2 Cor 4, 5).
Un diálogo es
mucho más que la comunicación de una verdad. El diálogo se realiza por el gusto
de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio
de las palabras. Un bien que no consiste en cosas sino en las personas mismas
que se dan mutuamente en el diálogo. Por eso la predica puramente moralística o
exegética reduce esta comunicación entre corazones que ha de darse en la homilía
y que tiene que tener un carácter cuasi sacramental, porque "la fe viene de la
predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo" (Rom 10, 17).
"Las maravillas de la salvación y las exigencias de la alianza" en la homilía
"Diálogo de
Dios con su pueblo,
en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas
siempre de nuevo las exigencias de la alianza…"(Dies Domini 41).
El diálogo es
proclamación de las maravillas de la salvación, en las que resplandece la gloria
del Señor y del hombre vivo. El diálogo entre Dios y su pueblo ajusta más la
alianza entre ambos y estrecha el vínculo de la caridad. Por eso es central
que en la homilía, la verdad vaya de la mano de la belleza y del bien. No se
trata para nada de verdades abstractas y frías y mucho menos si van de a puñados
y en silogismos. La homilía requiere que, al proclamar cada verdad del
Evangelio, sepamos descubrir y comunicar también la belleza de las imágenes que
el Señor utilizaba para atraer la atención (las parábolas son un hermosísimo
ejemplo) y, diría yo, la oportunidad –el kairós- que su amor descubría o creaba
para estimular a la práctica del bien.
La memoria del
pueblo fiel, como la de María,9 debe quedar
rebosante de las maravillas de Dios y su corazón esperanzado en la práctica
alegre y posible del amor que se le comunicó. Y esto es así porque toda Palabra
en la Escritura es primero don antes que exigencia.
El depósito de la fe del pueblo fiel en la homilía
Esta síntesis
de verdad, belleza y bien no es algo que haya que inventar: es propio de la
Palabra encarnada, y allí donde esta Palabra ha sido acogida por un pueblo,
incorporada en su cultura, esa síntesis es lo que llamamos "religiosidad
popular".
La
religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que
responden con sabiduría cristiana a los grandes interrogantes de la
existencia (Puebla 449).
En esta frase
de Puebla encontramos la belleza como "admiración ante los grandes interrogantes
de la existencia", admiración digo porque la respuesta suele estar encarnada en
los ritos, el arte y las fiestas populares; la verdad la encontramos como
"sabiduría cristiana" y el bien como "acervo de valores". El amor de Dios crea
pueblo, siempre crea cultura porque es vinculante de manera estable y fiel y eso
engendra modos de ver, de sentir y de crear comunes entre los hombres.
La prédica
cristiana, por tanto, encuentra en este corazón cultural de nuestro pueblo una
fuente de agua viva para lo que tiene que decir y para el cómo lo tiene que
decir. Así como a todos nos gusta que se nos hable en nuestra lengua materna –y
más si nos vemos obligados a usar otras- así también en la fe nos gusta que se
nos hable en claves de "cultura materna". Por supuesto que para desde allí
crecer, abrirnos y mejorar. Pero cuando se nos habla en lengua materna el
corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite "parresía",
como el de la madre a sus hijos Macabeos, y también una síntesis ya lograda, una
sapiencia en la que uno se siente en casa. Como dice Puebla:
La sapiencia
popular católica tiene una capacidad de síntesis vital; así conlleva
creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo; comunión
e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto. Esa
sabiduría es un humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda
persona como Hijo de Dios, establece una fraternidad fundamental, enseña a
encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las razones para
la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura (Puebla 448).
Las tensiones
que menciona Puebla –lo divino y lo humano, espíritu y cuerpo, comunión e
institución, persona y comunidad, fe y patria, inteligencia y afecto- son
universales. La síntesis vital, el conllevar estas tensiones
creativamente, eso que es indefinible en palabras, porque las requeriría todas,
ese núcleo simbólico y viviente –que para nuestro pueblo se traduce en "nombres
propios" como Guadalupe y Luján, en fe peregrinante, en gestos de bendición y de
solidaridad, en ofrenda y en canto y en danza… - ese corazón en el cual y
gracias al cual nuestro pueblo ama y cree, es el lugar teológico donde
tiene que situarse vitalmente el predicador. Es decir, el desafío de una
prédica inculturada está en evangelizar la síntesis, no ideas o valores sueltos.
Donde está tu síntesis, podríamos parafrasear, allí está tu corazón. La
diferencia entre iluminar el lugar de síntesis e iluminar ideas sueltas es la
misma que hay entre el aburrimiento y el ardor del corazón.
No es fácil
hablar de corazón al pueblo de Dios. No basta con ser bien intencionado. La
gente aprecia y valora cuando un predicador se esfuerza por ser sincero, cuando
baja la palabra a imágenes reales… Pero hablar de corazón implica tenerlo no
solo ardiente, sino iluminado por la integridad de la revelación, por la Palabra
y por el camino que esa palabra ha recorrido en el corazón de la Iglesia y de
nuestro pueblo fiel a lo largo de su historia (la Tradición).
Al revalorizar
los elementos positivos de la piedad popular, Puebla, en un texto riquísimo e
inspirado (454) nos brinda un esbozo de síntesis en algo que es más que una mera
enumeración. En cada "elemento" recogido del corazón de muchos pastores se nota
ya una síntesis. Son "elementos" universales concretos, en los que la totalidad
de la fe brilla encarnada en una figura propia de la religiosidad de nuestro
pueblo latinoamericano. Al irlas leyendo acentuaré en algunas una breve
sugerencia que podría inspirar nuestras homilías para que se alimenten de esta
síntesis y la alimenten en el corazón de los que escuchan.
Dice Puebla:
Como
elementos positivos de la piedad popular se pueden señalar:
la presencia
trinitaria que se percibe en devociones y en iconografías,
Al Dios trino y
uno nuestro pueblo lo vive como un Dios bautismal y bautizador. Un Dios en el
que uno fue sumergido de niño y en el cual vivimos, nos movemos y existimos. El
misterio de la Trinidad es más ambiente vital que circunda la fe de nuestro
pueblo que blanco específico de discursos racionales. Más que nuestras palabras,
lo que deben ser trinitarios en nuestras homilías son nuestros gestos, nuestras
imágenes, el espacio de tiempo que le dedicamos a cada persona divina.
el sentido
de la providencia de Dios Padre;
Aquí diríamos
que iluminar y alimentar esta imagen del Padre como Providente implica predicar
en esperanza. Nuestro Pueblo descansa y goza cuando le hablamos del Dios siempre
más grande, del Dios que cuidó a nuestros padres, a nuestras abuelas y abuelos,
del Dios que pastorea el porvenir de nuestros hijitos…
Nuestras
homilías, si quieren ser fieles y fecundas, deberán sembrar y cosechar siempre
esperanza.
Cristo,
celebrado en su misterio de Encarnación (Navidad: el Niño), en su Crucifixión,
en la Eucaristía y en la devoción al Sagrado Corazón;
Jesús está en
el corazón de nuestro pueblo como el Niño del pesebre, como el muerto en una
Cruz, como el pancito de la primera comunión de los chicos y como el Dios que
tiene un buen Corazón. A veces, notando (con mentalidad cuantitativa) que
"falta" una imagen del resucitado, se piensa que una segunda evangelización
tiene que venir a "agregar" otra imagen, en el mejor de los casos, cuando no a
reemplazar todas las anteriores por una más pura y completa. Más allá de toda
pretensión apologética, vale más partir de la convicción de que la fe, si dio
fruto, es porque se sembró íntegra, e ir a buscar en las imágenes que ya están
en el corazón, qué nos dicen ellas mismas acerca de cómo integra todo lo nuevo,
de cómo purificar y completar. Las cruces revestidas de gloria siguen hablando
al corazón de nuestro pueblo más que los "pare de sufrir" de las sectas.
Amor a
María: Ella y "sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y
caracterizan su piedad popular" (Juan Pablo II, Homilía Zapopán, 2. AAS LXXI, p.
228), venerada como Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como Reina de
nuestros distintos países y del continente entero;
En el centro
del pasaje Puebla pone el amor a María. María y sus misterios "pertenecen a la
identidad propia de estos pueblos", dice el Papa. En ella traslada nuestro
pueblo, de manera real, con un realismo latinoamericano que más que mágico es un
realismo "lleno de gracia", todo lo que un discurso más racional echa de menos
en cuanto a presencia de conceptos de resurrección y de Espíritu Santo. Todo lo
"positivo, lo festivo, lo que es vida, belleza, alegría, fiesta… nuestro pueblo
lo encarna en María.10 En las homilías para
nuestro pueblo, María no debe ser sólo conclusión, sino, más explícitamente, una
referencia de centro.
Centro
porque es para nuestro pueblo "modelo de cómo hay que creer":
"María, que
por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el
centro mismo de aquellos «inescrutables caminos» y de los «insondables
designios» de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando
plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio
divino" (Redemptoris Mater 14).
Centro
porque es para nuestro Pueblo "señal de esperanza segura":
"María,
Madre del Verbo encarnado, está situada en el centro mismo de aquella
«enemistad», de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la
tierra y la historia misma de la salvación. En este lugar, ella, que pertenece a
los «humildes y pobres del Señor», lleva en sí, como ningún otro entre los seres
humanos, aquella «gloria de la gracia» que el Padre «nos agració en el Amado», y
esta gracia determina la extraordinaria grandeza y belleza de todo su ser. María
permanece así ante Dios, y también ante la humanidad entera, como el signo
inmutable e inviolable de la elección por parte de Dios, de la que habla la
Carta paulina: «Nos ha elegido en él (Cristo) antes de la fundación del
mundo..., eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos» (Ef 1, 4.5).
Esta elección es más fuerte que toda experiencia del mal y del pecado, de toda
aquella «enemistad» con la que ha sido marcada la historia del hombre. En esta
historia, María sigue siendo una señal de esperanza segura" (Redemptoris
Mater 11).
Centro porque es para nuestro pueblo lugar de misericordia:
"María es la
primera en participar de esta nueva revelación de Dios y, a través de ella, de
esta nueva «autodonación» de Dios. Por esto proclama: «Ha hecho obras grandes
por mí; su nombre es santo». En su arrebatamiento, María confiesa que se ha
encontrado en el centro mismo de esta plenitud de Cristo. Es
consciente de que en ella se realiza la promesa hecha a los padres y, ante todo,
«en favor de Abraham y su descendencia por siempre»; que en ella, como madre de
Cristo, converge toda la economía salvífica, en la que, «de generación en
generación», se manifiesta aquel que, como Dios de la Alianza, se acuerda «de la
misericordia»." (Redemptoris Mater 36).
De todos los
demás elementos,11 que podemos meditar como
valiosas síntesis –cada uno de ellos- a tener en cuenta a la hora de predicar,
destacamos finalmente sólo uno más:
La capacidad
de expresar la fe en un lenguaje total que supera los racionalismos (canto,
imágenes, gesto, color, danza); esa Fe situada en el tiempo (fiestas) y en
lugares (santuarios y templos).
Esta fe que
nuestro pueblo fiel expresa de manera situada e íntegra –íntegra no sólo en sus
contenidos sino existencialmente- debe hallar eco en la homilía dominical. El
desafío consiste en reinterpretar la misma fe que vive nuestro pueblo en su
mismo lenguaje y modo de expresarse de manera tal que crezca y se purifique
desde adentro.
Como dice más
adelante Puebla, proféticamente: "Si la Iglesia no reinterpreta la religión
del pueblo latinoamericano, se producirá un vacío que lo ocuparán las sectas,
los mesianismos políticos secularizados, el consumismo que produce hastío y la
indiferencia o el pansexualismo pagano. Nuevamente la Iglesia se enfrenta con el
problema: lo que no asume en Cristo, no es redimido y se constituye en un ídolo
nuevo con malicia vieja" (Puebla 468).
El desafío,
pues, que se nos sigue planteando es el de una nueva evangelización, la cual,
como dice Puebla, "ha de apelar a la memoria cristiana de nuestros pueblos". El
depósito de la fe inculcado por las madres en el corazón de sus hijos a lo largo
de los siglos es fuente viva de nuestra identidad. Identidad que no cambia sino
para mejorar hasta que se forme Cristo en nosotros. Esta identidad que es ese
abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos
pródigos –y predilectos en María- el otro abrazo, el del Padre misericordioso
que nos espera. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos
abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires
(6) El diálogo es
para la Iglesia, en cierto sentido, un medio y, sobre todo, un modo de
desarrollar su acción en el mundo contemporáneo. En efecto, el Concilio Vaticano
II, después de haber proclamado que "la Iglesia, en virtud de la misión que
tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un
solo Espíritu a todos los hombres (...), se convierte en señal de la fraternidad
que permite y consolida el diálogo sincero", añade que la misma Iglesia debe ser
capaz de "abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre todos los
que integran el único pueblo de Dios", así como también de "mantener un diálogo
con la sociedad humana" (Reconciliatio et Paenitentia 25).
(7) Diálogo que es de misericordia, como decía Juan Pablo II en su primera
encíclica: “la misericordia no pertenece únicamente al concepto de Dios, sino
que es algo que caracteriza la vida de todo el pueblo de Israel y también de sus
propios hijos e hijas: es el contenido de la intimidad con su Señor, el
contenido de su diálogo con El (DM 4).
(9) Precisamente en
este camino, peregrinación eclesial a través del espacio y del tiempo, y más aún
a través de la historia de las almas, María está presente como la que es «feliz
porque ha creído», como la que avanzaba «en la peregrinación de la fe»,
participando como ninguna otra criatura en el misterio de Cristo. Añade el
Concilio que «María... habiendo entrado íntimamente en la historia de la
salvación, en cierta manera en sí une y refleja las más grandes exigencias de la
fe»). Entre todos los creyentes es como un «espejo», donde se reflejan del modo
más profundo y claro «las maravillas de Dios» (Hch 2, 11) (Redemptoris Mater
25).
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