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QUE DIOS HAGA JUSTICIA


Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio SJ, arzobispo de Buenos Aires,
durante la misa en recuerdo de las víctimas del trágico incendio
 en el local “República Cromañón”
 30 de enero de 2005


“Yo dejaré en medio de ti a un pueblo pobre y humilde que se refugiará en el nombre del Señor” (Sof. 3:12). Así suena la promesa de Dios a su pueblo en momentos de mucha dificultad y prueba. Lo acabamos de escuchar. No le promete ni riqueza, ni poder; pero sí el cuidado y la seguridad más grande que se puedan encontrar: “se refugiará en el nombre del Señor”. Le promete su intimidad, su calidez de Padre, su acogida llena de ternura y comprensión.

Y hoy nosotros venimos a pedir esto. Nuestro dolor, desde hace un mes, es muy grande; un dolor que no se puede expresar con palabras; un dolor que abofeteó a nuestra ciudad, que golpeó a hogares enteros. Venimos a encontrar refugio en el nombre del Señor. Pedimos su caricia amorosa de Padre.

No somos importantes “ni poderosos ni nobles”, como escuchamos decir recién a San Pablo, pero queremos ser el pueblo del Señor; queremos que nuestra fuerza sea su mirada bondadosa y, en nuestro dolor, venimos a buscar al Señor, según nos lo pide el profeta en la primera lectura: “Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra” (Sof. 2:3). Le contamos al Señor lo que nos ha sucedido. Le decimos que no somos poderosos ni ricos, ni importantes; pero que sufrimos mucho. Le pedimos que nos consuele y no nos abandone porque queremos ser es “pueblo pobre y humilde que se refugia en el nombre del Señor” (Sof. 3:12). Le pedimos que nos mire mucho porque queremos seguir caminando y queremos seguir luchando”.

Nos apoyamos en su promesa: “Felices los afligidos, porque serán consolados” (Mt. 5:5). Le pedimos su consuelo, que no es una especie de resignación pasiva sino la caricia del Padre que nos levanta y nos vuelve a poner en camino con la mirada en su rostro que es misericordioso y que hace justicia. Sí, escuchamos recién su palabra: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt. 5:6). Por eso también le pedimos justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los niños y los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con decisión responsable.

Y así, afligidos y unidos, pobres y humildes, hoy oramos juntos. Que nuestra oración atraiga la mirada de nuestro Padre Dios. Que nuestra oración sea escuchada para el descanso eterno de tantas vidas jóvenes arrancadas por la irresponsabilidad. Que nuestra oración traiga consuelo a las familias que sufren. Que nuestra oración siga fortaleciendo a tantos hombres y mujeres que se desvivieron en esta calamidad: enfermeras, enfermeros, médicos, voluntarios, bomberos... Que nuestra oración sacuda y despierte a ésta, nuestra ciudad dolida, para que no ponga su esperanza en los poderosos, sino en el Señor, y entienda que con los niños y los jóvenes no se experimenta. Que el Señor nos lleve de su mano y la Virgen Santa nos cuide.


Card. Jorge Mario Bergoglio S.J, arzobispo de Buenos Aires



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