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ENCUENTRO ARQUIDIOCESANO
DE CATEQUESIS 2005
Intervención del cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ, arzobispo de Buenos
Aires y Primado de la Argentina, en el Encuentro Arquidiocesano de Catequesis (EAC).
“Después subió a la montaña
y llamo a su lado
a los que quiso. Ellos fueron hacia él.
Y Jesús instituyó los doce para que estuvieran
con él, y para enviarlos a predicar...”
(Mc 3, 13-14)
1.
El texto de Marcos
nos permite situarnos en la perspectiva del llamado.
Detrás de cada
catequista, de cada uno de ustedes, hay un llamado, una elección, una vocación.
Esta es una verdad fundante de nuestra identidad: hemos sido llamados por
Dios, elegidos por Él. Creemos y confesamos la iniciativa de amor que hay
en el origen de lo que somos. Nos reconocemos como don, como gracia...
Y hemos sido
llamados para estar con El. Por eso nos decimos cristianos, nos
reconocemos en estrecha relación con Cristo...
Con el apóstol Pablo podemos decir: “
y ya no
vivo yo, sino que Cristo vive en mí...” (Ga 2, 20).
Ese vivir con Cristo es realmente una vida nueva: la vida del cristiano, y
determina todo lo que se es y se hace. De ahí que todo catequista debe procurar
permanecer en el Señor (Jn 15, 4) y cuidar, con la oración, su corazón
transformado con la gracia, porque es lo que tiene para ofrecer y en donde está
su verdadero “tesoro” (Cf. Lc 12,34 ).
2.
Alguno quizás está
pensando en su interior: “pero esto que nos está diciendo podría ser aplicado
a todo cristiano”. Sí, es así. Y es lo que justamente quisiera compartir
con ustedes esta mañana. Todo catequista es ante todo un cristiano.
Puede resultar casi
obvio... Si embargo, uno de los problemas más serios que tiene la Iglesia y que
hipoteca muchas veces su tarea evangelizadora radica en que los agentes
pastorales, los que solemos estar más con las “cosas de Dios”, los que estamos
más insertos en el mundo eclesiástico, frecuentemente nos olvidamos de ser
buenos cristianos. Comienza entonces la tentación de absolutizar las
espiritualidades en genitivo: la espiritualidad del laico, del catequista, del
sacerdote..., con el grave peligro de perder su originalidad y simpleza
evangélica. Y una vez perdido el horizonte común cristiano, corremos la
tentación de lo snob, de lo afectado, de aquello que entretiene y engorda
pero no alimenta ni ayuda a crecer. Las partes se convierten en
particularidades y, al privilegiar las particularidades fácilmente nos olvidamos
del todo, de que formamos un mismo pueblo. Entonces comienzan los movimientos
centrífugos que nada tienen de misionero sino todo lo contrario: nos dispersan,
nos distraen y paradójicamente nos enredan en nuestras internas y “quintismos”
pastorales. No olvidemos: el todo es superior a la parte.
Me parece
importante insistir en esto porque una tentación sutil del Maligno es hacernos
olvidar nuestra pertenencia común que tiene como fuente el Bautismo. Y cuando
perdemos la identidad de hijos, hermanos y miembros del Pueblo de Dios, nos
entretenemos en cultivar una “pseudo-espiritualidad” artificial, elitista...
Dejamos de transitar por los frescos pastos verdes para quedar acorralados en
los sofismas paralizantes de un “cristianismo de probeta”. Ya no somos
cristianos sino “élites ilustradas” con ideas cristianas.
Teniendo ya bien
presente esto, podemos señalar rasgos específicos.
3.
El catequista es el
hombre de la Palabra. De la Palabra con mayúscula. “Fue precisamente con
la Palabra que nuestro Señor se ganó el corazón de la gente. Venían a escucharlo
de todas partes (Mc 1, 45). se quedaban maravillados bebiendo sus enseñanzas (Mc
6, 2). Sentían que les hablaba como quien tiene autoridad (Mc 1, 27). Fue con la
Palabra que los apóstoles, a los que "Instituyó para que estuvieran con él, y
para enviarlos a predicar" (Mc 3, 14), atrajeron al seno de la Iglesia a todos
los pueblos (Cfr. Mc 16, 15-20)"
(1)
Esta relación de la
catequesis con la Palabra no se mueve tanto en el orden del “hacer”, sino más
bien del “ser”. No puede haber realmente una verdadera catequesis sin una
centralidad y referencia real a la Palabra de Dios que anime , sostenga y
fecunde todo su hacer. El catequista se compromete delante de la comunidad a
meditar y rumiar la Palabra de Dios para que sus palabras sean eco de ella. Por
ello, la acoge con la alegría que da el Espíritu (1 Tes 1,6), la interioriza y
la hace carne y gesto como María (Lc 2,19). Encuentra en la Palabra la sabiduría
de lo alto que le permitirá hacer el necesario y agudo discernimiento, tanto
personal como comunitario.
“La Palabra de
Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella
penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la
médula y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón...” (Heb.
4,12)
El catequista es un
servidor de la Palabra, se deja educar por ella, y en ella tiene la serena
confianza de una fecundidad que excede sus fuerzas: “... Ella no vuelve a mí
estéril, sino que realiza todo lo que yo quiero y cumple la misión que yo le
encomendé” (Is 55, 10-11). El catequista puede hacer propio lo que Juan
Pablo II escribe sobre el sacerdote: “... debe ser el primer <creyente> de la
Palabra con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son
<suyas>, sino de aquél que lo ha enviado. El no es el dueño de esta palabra; es
su servidor...” (Pastores dabo vobis 26)
Para que sea
posible esa escucha de la Palabra, el catequista debe ser hombre y mujer que
guste del silencio. ¡Sí!, el catequista, porque es el hombre de la Palabra,
deberá ser también el hombre del silencio... Silencio contemplativo, que le
permitirá liberarse de la inflación de palabras que reducen y empobrecen su
ministerio a un palabrerío hueco, como tantos que nos ofrece la sociedad actual.
Silencio dialogal, que hará posible la escucha respetuosa del otro y así
embellecer a la Iglesia con la diaconía de la palabra que se ofrece como
respuesta. Silencio rebosante de projimidad, que complementará la palabra con
gestos decidores que facilitan el encuentro y hacen posible la “teofanía del
nosotros”. Por eso, me animo a invitarlos, a ustedes, hombres y mujeres de la
Palabra: ¡amen al silencio, busquen el silencio, hagan fecundo en su ministerio
el silencio!
4.
Pero si algo
peculiar debe caracterizar al catequista es su mirada. El catequista,
nos dice el Directorio Catequístico General, es un hombre experto en el arte de
comunicar. “La cima y el centro de la formación de catequistas es la aptitud
y habilidad de comunicar el mensaje evangélico.” (235). El catequista está
llamado a ser un pedagogo de la comunicación. Quiere y busca que el mensaje se
haga vida. Y esto también sin despreciar todos los aportes de las ciencias
actuales sobre la comunicación. En Jesús tenemos siempre el modelo, el camino,
la vida. Como el Maestro Bueno, cada catequista deberá hacer presente la “mirada
amorosa” que es inicio y condición de todo encuentro verdaderamente humano. Los
evangelios no han escatimado versículos para documentar la profunda huella que
dejó, en los primeros discípulos, la mirada de Jesús. ¡No se cansen de mirar con
los ojos de Dios!
En una civilización
paradójicamente herida de anonimato y, a la vez, impudorosamente enferma de
curiosidad malsana por el otro, la Iglesia necesita de la mirada cercana del
catequista para contemplar, conmoverse y detenerse cuantas veces sea necesario
para
darle a nuestro
caminar el ritmo sanante de projimidad
(2).
En este mundo precisamente el catequista deberá hacer presente la fragancia de
la mirada del corazón de Jesús. Y tendrá que iniciar a sus hermanos en este
“arte del acompañamiento”, para que chicos y grandes aprendan siempre a quitarse
las sandalias ante la tierra sagrada del otro (cf. Ex 3, 5). Mirada respetuosa,
mirada sanadora, mirada llena de compasión también ante el espectáculo sombrío
de la omnipotencia manipuladora de los medios, del paso prepotente e
irrespetuoso de quienes como gurúes del pensamiento único, aun desde los
despachos oficiales, nos quieren hacer claudicar en la defensa de la dignidad
de la persona, contagiándonos una incapacidad de amar.
Por eso, les pido a
ustedes catequistas: ¡cuiden su mirada!. No claudiquen en esa mirada
dignificadora. No cierren nunca los ojos ante el rostro de un niño que no conoce
a Jesús. No desvíen su mirada, no se hagan los distraídos. Dios los pone, los
envía para que amen, miren, acaricien, enseñen... Y los rostros que Dios les
confía no se encuentran solamente en los salones de la parroquia, en el
templo... Vayan más allá: estén abiertos a los nuevos cruces de caminos en los
que la fidelidad adquiere el nombre de creatividad. Ustedes seguramente
recordarán que el Directorio Catequístico General en la Introducción nos propone
la parábola el sembrador
(3).
Teniendo presente este horizonte bíblico no pierdan la identidad de su mirada de
catequistas. Porque hay modos y modos de mirar... Están quienes miran con ojos
de estadísticas... y muchas veces solo ven números, sólo saben contar... Están
quienes miran con ojos de resultados... y muchas veces sólo ven fracasos...
Están quienes miran con ojos de impaciencia... y sólo ven esperas inútiles...
Pidámosle a quien
nos ha metido en esta siembra, que nos haga partícipe de su mirada, la del
sembrador bueno y “derrochón” de ternura. Para que sea,
-
una mirada
confiada y de largo aliento, que no ceda a la tentación estéril de querer
curiosear cada día el sembrado porque sabe bien que, sea que duerma o vele,
la semilla crece por sí misma.
-
una mirada
esperanzadora y amorosa que, cuando ve despuntar la cizaña en medio de trigo,
no tiene reacciones quejosas ni alarmistas, porque sabe y tiene memoria de la
fecundidad gratuita de la caridad
(4).
5.
Pero si algo es
propio del catequista es reconocerse como el hombre y la mujer que
“anuncia”. Si bien es cierto que todo cristiano debe participar de la misión
profética de la Iglesia, el catequista lo hace de una manera especial.
¿Qué significa
anunciar? Es más que decir algo, que contar algo. Es más que enseñar algo.
Anunciar es afirmar, gritar, comunicar, es trasmitir con toda la vida. Es
acercarle al otro su propio acto de fe -que por ser totalizador- se hace gesto,
palabra, visita, comunión... Y anunciamos no un mensaje frío o un simple cuerpo
doctrinal. Anunciamos ante todo una Persona, un acontecimiento: Cristo
nos ama y ha dado su vida por nosotros (Cf Ef 2, 1-9. El catequista como
todo cristiano. anuncia y testifica una certeza: que Cristo ha resucitado y está
vivo en medio de nosotros (Cf Hch 10, 34-44). El catequista ofrece su
tiempo, su corazón, sus dones y su creatividad para que esta certeza se haga
vida en el otro, para que el proyecto de Dios se haga historia en el otro. Es
propio también del catequista que ese anuncio que tiene como centro a una
persona, Cristo, se haga también anuncio de su mensaje, de sus
enseñanzas, de su doctrina. La catequesis es enseñanza. Hay que decirlo sin
complejo. No se olviden que ustedes como catequistas completan la acción
misionera de la Iglesia. Sin una presentación sistemática de la Fe nuestro
seguimiento del Señor será incompleto, se nos hará difícil dar razón de lo que
creemos, seremos cómplices de que muchos no lleguen a la madurez de la fe.
Y si bien el algún
momento de la historia de la Iglesia se separó demasiado Kerygma y Catequesis,
hoy deben estar unidos aunque no identificados. La catequesis deberá en estos
tiempos de increencia e indiferencia generalizada tener una fuerte impronta
kerygmática. Pero no deberá ser solamente Kerygma, si no a la larga dejará de
ser Catequesis. Deberá gritar y anunciar: ¡Jesús es el Señor!, pero deberá
también llevar gradual y pedagógicamente al catecúmeno a conocer y amar a
Dios, a entrar en su intimidad, a iniciarlo en los sacramentos y la vida del
discípulo...
No dejen de
anunciar que Jesús es el Señor... ayuden justamente a que sea realmente “Señor”
de sus catequizandos... Para eso ayúdenlos a rezar en profundidad, a adentrarse
en sus misterios, a gustar de su presencia... No vacíen de contenido la
catequesis, pero tampoco la dejen reducida a simples ideas,
las cuales,
cuando salen de su engarce humano, de su enraizamiento en la persona, en el
Pueblo de Dios y en la historia de la Iglesia, conllevan enfermedad. Las ideas,
así entendidas, terminan siendo palabras que no dicen nada, y que pueden
transformarnos en nominalistas modernos, en “élites ilustradas”.
6.
En este
contexto cobra mucha importancia el testimonio. La catequesis, como
educación en la fe, como trasmisión de una doctrina, exige siempre un sustento
testimonial. Esto
es común a todo cristiano, sin embargo en el catequista adquiere una dimensión
especial. Porque se reconoce llamado y convocado por la Iglesia para dar
testimonio. El testigo es aquel que habiendo visto algo, lo quiere contar,
narrar, comunicar... En el catequista el encuentro personal con el Señor da no
sólo credibilidad a sus palabras, sino que da credibilidad a su ministerio, a lo
que es y a lo que hace.
Si el catequista no
ha contemplado el Rostro del Verbo hecho carne, no merece ser llamado
catequista. Es más, puede llegar a recibir el nombre de impostor, porque está
engañando a sus catequizandos.
7.
Algo más: ustedes
son catequistas de este tiempo, de esta ciudad imponente que es Buenos Aires, en
esta Iglesia diocesana que está caminando en asamblea... Y por ser catequistas
de este tiempo signado por las crisis y los cambios no se avergüencen de
proponer certezas... No todo está en cambio, no todo es inestable, no todo
es fruto de la cultura o del consenso. Hay algo que se nos ha dado como don, que
supera nuestras capacidades, que supera todo lo que podamos imaginar o pensar.
El catequista debe vivir como ministerio propio aquello que dice el evangelista
San Juan:: “...Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos
creído en él...”
(I Jn 4, 16).
Estamos ciertamente ante un tiempo difícil, de muchos cambios, que incluso nos
llevan a hablar de cambio de época (5).
El catequista, ante este nuevo y desafiante horizonte cultural,
se sentirá en más
de una ocasión cuestionado, perplejo, pero nunca abatido. Desde la memoria del
actuar de Dios en nuestras vidas, podemos decir con el apóstol: “.Yo sé en
quién he puesto mi confianza”(2 Tim. 1,12). En estos momentos de encrucijada
histórica y de gran crisis, la Iglesia necesita de la fortaleza y perseverancia
del catequista que, con su fe humilde pero segura , ayude a las nuevas
generaciones a decir con el salmista: “... Con mi Dios, puedo escalar
cualquier muralla...” (Sal 17, 31) “...Aunque cruce por oscuras quebradas, no
temeré ningún mal, porque tu estás conmigo...” (Sal 22, 4)
Quehacer de
catequistas, que en el caso de Ustedes, se realiza aquí, en Buenos Aires, en
esta gran ciudad que con su complejidad la hace de alguna manera sumamente
singular. ¡Son catequistas porteños! y, en este sentido, por lo que conlleva
una gran ciudad, los deberá diferenciar del catequista de cualquier otro sitio.
8.
Toda gran ciudad
tiene muchas riquezas, muchas posibilidades, pero también son muchos los
peligros. Uno de ellos es el de la exclusión. A veces me pregunto si como
Iglesia diocesana no somos cómplices de una cultura de la exclusión en la que ya
no hay lugar para el anciano, el niño molesta, no hay tiempo para detenerse al
borde del camino. La tentación es grande, sobre todo porque se apoya en los
nuevos dogmas modernos como la eficiencia y el pragmatismo. Por ello, hace
falta mucha audacia para ir contra la corriente, para no renunciar a la utopía
posible de que sea precisamente la inclusión, la que marque el estilo y ritmo
de nuestro paso (6).
Anímense a pensar
la pastoral y la catequesis desde la periferia, desde aquellos que están más
alejados, de los que habitualmente no concurren a la Parroquia. Ellos también
están invitados a la Boda del Cordero. Hace unos años les decía en un EAC:
¡salgan de las cuevas!. Hoy se los repito: ¡salgan de la sacristía, de la
secretaría parroquial, del los salones vip!, ¡salgan!. Hagan presente la
pastoral del atrio, de las puertas, de las casas, de la calle. No esperen,
¡salgan!. Y sobre todo hagan presente una catequesis que no excluya, que sepa de
ritmos distintos, abierta a los nuevos desafíos de este mundo complejo. No se
transformen en funcionarios rígidos, fundamentalistas de la planificación que
excluye .
Dios los ha llamado
a ser sus catequistas. En esta Iglesia de Buenos Aires que está transitando
tiempos del Espíritu, sean parte y protagonistas de la asamblea diocesana, no
para manijear, ni imponer, sino para hacer juntos la apasionante experiencia del
discernir con otros, de dejar que sea Dios quien escriba la historia.
9.
Cada año ustedes
como catequistas se reúnen en el EAC. Y el EAC es sinónimo de comunión. Dejan
por un día el trabajo de la parroquia para experimentar la riqueza de la
comunión, sinfonía hermosa de lo distinto y común. Es un día de compartir, de
enriquecerse con el otro, de hacer la experiencia de vivir en el patio del La
Salle “la carpa de encuentro” de quienes semana a semana, a grandes y a chicos,
anuncian a Jesús. Vivan esa comunión también con los otros agentes pastorales,
con los demás miembros del pueblo fiel. Aporte y compromiso ante este tiempo de
gracia que será para todos la Asamblea Diocesana. Sean diáconos, es decir,
servidores casi obsesivos de la comunión. Súmense a este soplo del Espíritu que
nos invita a superar nuestro individualismo porteño que canoniza el “no te metás”.
Desterremos por un rato la mentalidad nostálgica y tanguera del “no va a andar”,
para vencer a los profetas de desgracia que ya el camino los encuentra viejos y
cansados...
En el mundo actual,
ya hay demasiado dolor y rostros entristecidos como para que quienes creemos en
la Buena Noticia del Evangelio escondamos el gozo pascual. Por eso, anuncien con
alegría que Jesús es el Señor... Esa alegría profunda, que tiene su causa
justamente en el Señor.
Con los catequistas
de todo el país pidan a Dios esta gracia para este año del ENAC. Por eso
marcharán juntos con los catequistas del Gran Buenos Aires el 24 de abril, para
cuidar y preservar la capacidad de fiesta, la alegría del peregrinar con otro,
el gozo de saberse hermanados en esta hermosa vocación de catequistas. Lo harán
ligeros de equipajes, con un corazón lleno de fervor... Y lo harán
en Luján, junto a la Madre Fiel, para que ella les ayude a encontrarse con su
Hijo, y en Él, con todo el pueblo de Dios que peregrina en esta tierra
Argentina...
Renovarán su
vocación, confirmarán su misión. Pedirán la gracia de ser instrumentos de
comunión, para que haciendo de la Iglesia una Casa de todos, puedan hacer
presente la ternura de Dios en las penosas situaciones de la vida, aun en los
tiempos de conflictos que se que se vislumbran en un futuro no muy lejano.
Que María de Luján
les concedan lo que piden con los catequistas de todo el país: “Hacer de su
ministerio un lugar de escucha, anuncio y alegría”. (7)
Cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 12 de
marzo de 2005.
Notas:
(1)
Reunión Plenaria de la Comisión para América Latina, Roma, 19 de enero de
2005.
(2)
Carta a los catequistas, Agosto 2004.
(3)
Cf. DCG 14-33
(4)
Reunión Plenaria de la Comisión para América Latina, Roma, 19 de enero de
2005
(5)
Cf. Conferencia Episcopal Argentina, Navega Mar Adentro (NMA) Nº 24
(6) Carta a los Catequistas, agosto 2005.
(7)
Oración oficial del ENAC
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