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MISA CRISMAL
Homilía del cardenal
Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, en la Misa Crismal (Catedral
de Buenos Aires, 24 de marzo de 2005)
Queridos hermanos:
"Hoy se ha cumplido
este pasaje de la Escritura que acaban de oír."
Me impresiona el “hoy” de
Jesús, ese hoy tan único en el que la espera milenaria y paciente del pueblo de
Israel se concentra en el Ungido para volver a expandirse en el tiempo de la
caridad y del anuncio evangélico de la Iglesia.
Le venimos pidiendo al Señor
la gracia de cuidar como El la fragilidad de nuestro pueblo; el año pasado le
pedíamos salir a buscar a nuestro pueblo con audacia apostólica. Quisiera que
nos detengamos unos momentos a sentir cómo esa fragilidad y esa audacia están
insertas en el “hoy de Jesús”. Ese “hoy” de Jesús es “kairos”, tiempo de gracia,
fuente de Agua Viva y de Luz, que brota del Verbo eterno hecho carne, carne con
historia, con cultura, con tiempo.
La Iglesia vive en el Hoy de
Jesús, y esta misa crismal, preludio de la de Pascua, que nos reúne como un solo
cuerpo sacerdotal en el espacio santo de nuestra Catedral, es de las expresiones
más plenas del hoy de Jesús, ese hoy perenne de la última cena, fuente de
perdón, de comunión y de servicio. El está con nosotros anunciándonos su
Palabra, liberándonos de nuestras esclavitudes, vendándonos los corazones
heridos… Sólo en el hoy de Jesús está bien cuidada la fragilidad de nuestro
pueblo fiel. Sólo en el hoy de Jesús la audacia apostólica es eficaz y da fruto.
Fuera de ese hoy –fuera del
tiempo del Reino, tiempo de gracia, de buenos anuncios, de libertad y de
misericordia– los otros tiempos, el tiempo de la política, el tiempo de la
economía, el tiempo de la tecnología, tienden a convertirse en tiempos que nos
devoran, que nos excluyen, que nos oprimen. Cuando los tiempos humanos pierden
su sintonía y tensión con el tiempo de Dios se vuelven extraños: repetitivos,
paralelos, demasiado cortos o infinitamente largos. Se vuelven tiempos cuyos
plazos no son humanos: los plazos de la economía no tienen en cuenta el hambre o
la falta de escuela de los chicos, ni la afligida situación de los ancianos, el
tiempo de la tecnología es tan instantáneo y cargado de imágenes que no deja
madurar el corazón y la mente de los jóvenes, el tiempo de la política parece a
veces ser circular: como el de una calesita en la que la sortija la sacan
siempre los mismos. En cambio el hoy de Jesús, que a primera vista puede parecer
aburrido y poco emocionante, es un tiempo en el que se esconden todos los
tesoros de la sabiduría y de la caridad, un tiempo rico en amor, rico en fe,
riquísimo en esperanza.
El hoy de Jesús es un tiempo
con memoria, memoria de familia, memoria de pueblo, memoria de Iglesia en la
que está vivo el recuerdo de todos los santos.
La liturgia es la expresión
de esta memoria siempre viva. El hoy de Jesús es un tiempo cargado de esperanza,
de futuro y de cielo, del cual poseemos ya las arras, y lo vivimos por
adelantado en cada consolación que nos regala el Señor. El hoy de Jesús es un
tiempo en el que el presente es un constante llamado y una renovada invitación a
la caridad concreta del servicio cotidiano a los más pobres que llena de alegría
el corazón. En ese hoy queremos salir al encuentro de nuestro pueblo,
cotidianamente.
En el hoy de Jesús no queda
lugar para el temor a los conflictos ni para la incertidumbre ni para la
angustia. No hay lugar para el temor a los conflictos porque en el hoy del Señor
“el amor vence al temor”. No hay lugar para la incertidumbre porque “el Señor
está con nosotros ‘todos los días’ hasta el fin del mundo”, él lo ha
prometido y nosotros sabemos “en quién nos hemos confiado”. No hay lugar para la
angustia porque el hoy de Jesús es el hoy del Padre, que “sabe muy bien lo que
necesitamos” y en sus manos sentimos que “a cada día le basta su afán”. No hay
lugar para la inquietud porque el Espíritu nos hace decir y hacer lo que hace
falta en el momento oportuno.
La audacia del Señor no se
limita a gestos puntuales o extraordinarios. Es una audacia apostólica que se
deja moldear, diríamos, por cada fragilidad, por el tiempo de cada fragilidad. Y
la pastorea hasta hacerla entrar en el tiempo de Dios. Este hoy de Jesús crea el
espacio del encuentro y le marca sus momentos. Para salir al encuentro de la
fragilidad de nuestro pueblo, debemos entrar antes nosotros en ese tiempo de
gracia del Señor. En nuestra oración, en primer lugar, tiene que fortalecerse el
corazón al sentir que está viviendo el cumplimiento de las promesas. Entonces
sí, podemos salir con audacia, confiados en la providencia, abiertos realmente a
los otros, sin las anteojeras de nuestros propios intereses sino deseosos de los
intereses del Señor.
Pero también una forma de
entrar en el tiempo del Señor consiste en salir de nosotros mismos y entrar en
el tiempo de nuestro pueblo fiel. Nuestro pueblo fiel vive este hoy de Jesús
mucho más de lo que a veces algunos creen. Y ayuda mucho al fervor espiritual y
a la confianza en Dios, el que como pastores, nos dejemos moldear el corazón en
medio de las fragilidades de nuestro pueblo y por su modo de cargar con ellas.
Dejarse moldear el corazón es saber leer, por ejemplo, en los reclamos sencillos
e insistentes de nuestro pueblo, el testimonio de una fe capaz de concentrar
toda su experiencia del amor que Dios les tiene en el gesto sencillo de recibir
una bendición (¡qué lindo cómo sabe agradecer la bendición nuestro pueblo
fiel!). Dejarse moldear el corazón es saber leer en los tiempos largos que tiene
nuestra gente, entre confesión y confesión, por ejemplo, un ritmo de vida
peregrinante, de aliento largo, marcado por las grandes fiestas…, saber leer,
digo, una esperanza que mantiene incólume el hilo conductor del amor de Dios a
lo largo de todo un año, sin que le hagan mella los vaivenes de la vida. Es que
en el corazón de nuestro pueblo está siempre actual aquel anuncio del Angel “No
teman, pues les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: “les
ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc
2, 10). Ese hoy de Jesús que nace en medio de su pueblo es el hoy del
Padre que le dice: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Cfr.
Hb 5, 1-6).
Entremos, pues, en el hoy
salvador de Jesús que nos dice: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la
Escritura que acaban de oír”. Entremos en el hoy de nuestro pueblo fiel.
Sintiéndonos unidos a Jesús, el buen Pastor, salgamos al encuentro de nuestro
pueblo. A cuidarle, con Jesús, la esperanza, con las buenas noticias del
evangelio de cada día. A cuidarle, con Jesús, la caridad, liberando cautivos y
oprimidos. A cuidarle, con Jesús, la fe, devolviendo la vista a los ciegos.
Le pedimos a San José, ya que
este año su fiesta nos introdujo en la Semana Santa, que nos haga entrar activa
y contemplativamente en el hoy de Jesús el hijo adoptivo que ayudó a criar. San
José tuvo la gracia de entrar el primero en ese hoy de Jesús que ya había
entrado en María, y ver cómo el Niño iba creciendo en estatura, sabiduría y
gracia. San José sabe de cuidar con coraje esas fragilidades –la de María, la
del Niño– que terminan por fortalecer la propia. Que él nos conceda esta gracia.
Card.
Jorge Mario Bergoglio
s.j.,
arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 24 de marzo
de 2005. |