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Vigilia Pascual
Homilía del cardenal
Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires,
en la Vigilia Pascual (Catedral
de Buenos Aires, 26 de marzo de 2005)
"Inmediatamente el
velo del Templo se rasgó en dos, de arriba a abajo, la tierra tembló, las rocas
se partieron y las tumbas se abrieron... El Centurión y los hombres que
custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de
miedo y dijeron: ¡Verdaderamente, éste era Hijo de Dios”. (Mt. 27: 51-54). Así,
con un terremoto y una espectacular conmoción de tierra y cielo se termina la
vida de Jesús. Él, “clamando una y otra vez con voz potente, entregó su
espíritu” (Mt. 27:50). Luego el entierro provisorio porque apremiaba el tiempo,
después el silencio del sábado... ese silencio que penetra cuerpo y alma, que se
mete por las hendiduras dolorosas del corazón.
Ahora “pasado el sábado” otro
terremoto encuentra a María Magdalena y a la otra María camino del Sepulcro; “de
pronto se produjo un gran temblor de tierra: El Ángel del Señor bajó del cielo,
hizo rodar la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un
relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias
temblaron de espanto y quedaron como muertos” (Mt. 28: 1-4).
Dos terremotos, dos
conmociones de la tierra, del cielo y del corazón. Mucho miedo e incertidumbre.
El primer terremoto tenía algo de grito de muerte, el alarido del infierno
triunfante en un espasmo victorioso de utilería. Quedaba la tímida confesión de
fe de los soldados, el dolor de quienes amaban a Jesús y una tibia esperanza...
una suerte de rescoldo escondido allá en el fondo del alma. Rescoldo que
alimenta la paciencia y el gesto amoroso de volver al sepulcro “pasado el
sábado” para ungir el cuerpo del Señor. Y aquí, el segundo terremoto. Movimiento
aterrador pero gesto de triunfo. Las mujeres se asustan y el Ángel dice una
palabra clave del Evangelio: No teman, no tengan miedo.
“No temas” le había dicho el
Ángel a María en la Anuncio de la Encarnación del Verbo. “No teman”, no tengan
miedo les repitió tantas veces Jesús a los discípulos. Es palabra que abre
espacio en el alma. Es palabra que da seguridad y engendra esperanza. Y
enseguida la repite Jesús al encontrarse con ellas cerca del Sepulcro: “No
teman” soy yo.
Con un “no tengan miedo”
Jesús destruye la tramoya del primer terremoto. Aquél era un grito nacido del
triunfalismo de la soberbia. El “no teman” de Jesús, en cambio, es el anuncio
manso del verdadero triunfo, ése que se transmitirá de voz en voz, de fe en fe,
a través de los siglos. Y, durante ese día, el “no tengan miedo” será el saludo
del Señor Resucitado cada vez que se encontraba con sus discípulos. Así, con ese
suave y enérgico saludo, les va devolviendo la fe en la promesa hecha, los va
consolando. En el “no teman” de Jesús se cumple lo profetizado por Isaías: “Sí,
el Señor consuela a Sion, consuela todas sus ruinas: Hace su desierto semejante
a un Edén, y su estepa, a un jardín del Señor. Allí habrá gozo y alegría, acción
de gracias y resonar de canciones” (51:3). El Señor Resucitado consuela y
fortalece.
Hoy, en esta noche de triunfo
verdadero manso y sereno, el Señor nos vuelve a decir a nosotros, a todo el
pueblo fiel: “No tengan miedo”, yo estoy aquí. Estuve muerto y ahora vivo. Lo
viene repitiendo desde hace veinte siglos en cada momento de terremoto
triunfalista cuando, en su Iglesia, se repite su Pasión, se “completa” lo que
falta a la Pasión. Lo dice en el silencio de cada corazón dolorido, angustiado,
desorientado; lo dice en las coyunturas históricas de confusión cuando el poder
del mal se adueña de los pueblos y construye estructuras de pecado. Lo dice en
las arenas de todos los Coliseos de la Historia. Lo dice en cada llaga humana...
Lo dice en cada muerte personal e histórica. No tengas miedo, soy Yo. Estoy
aquí. Nos acerca su triunfo definitivo cada vez que la muerte pretende cantar
victoria.
En esta noche Santa quisiera
que todos hiciéramos silencio en nuestro corazón y, en medio de los terremotos
personales, culturales, sociales; en medio de esos terremotos fabricados por la
tramoya de la autosuficiencia y la petulancia, del orgullo y la soberbia; en
medio de los terremotos del pecado de cada uno de nosotros; en medio de todo eso
nos animemos a escuchar la voz del Señor Jesús, el que estaba muerto y ahora
está vivo, que nos dice: “No tengas miedo. Soy yo”. Y, acompañados por nuestra
Madre, la de la ternura y la fortaleza, nos dejemos consolar, fortalecer y
acariciar el alma por esa voz de Triunfador que, sonriendo y con mansedumbre,
nos repite incansablemente: No tengas miedo, soy Yo.
Card.
Jorge Mario Bergoglio
s.j.,
arzobispo de Buenos Aires
Buenos
Aires, 26 de mayo de 2005.
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