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JUAN PABLO II
FUE SIMPLEMENTE UN COHERENTE
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J., arzobispo
de Buenos Aires, pronunciada en la misa en memoria de Su Santidad Juan Pablo II,
celebrada el 4 de abril de 2005 en la catedral metropolitana de Buenos Aires
La Virgen María se entronca en esa larga fila de la historia, de hombres y
mujeres que le dijeron a Dios que sí y que en su vida llevaron adelante esa
actitud obediencial. Una fila de hombres y mujeres que comenzó el día que
nuestro padre Abraham salió de su casa sin saber a donde iba. Obedeció y creyó.
Y hoy, solemnidad de la Encarnación del Verbo, el Hijo de Dios también comienza
este camino histórico. Sale, cabe el Padre, para hacer su voluntad.
“Tú no has querido
sacrificios ni oblación en cambio me has dado un cuerpo. Entonces dije aquí
estoy. Yo vengo para hacer, Dios, tu voluntad". Y María, a su vez dice: que se
haga en mi según tu voluntad. Actitud obediencial de un caminante, de una
caminante, de quien empieza a andar el camino; y en el caso del Señor, actitud
obediencial profetizada en Isaías: "mirad, la Virgen está embarazada y dará a
luz un hijo y lo llamará con el nombre de Emmanuel que quiere decir, Dios con
nosotros".
Dios se mete en esta caravana
humana, se mete en este camino y sigue avanzado con nosotros y Dios se va
metiendo en las hendijas de nuestra existencia, es uno más de los nuestros. El
Verbo es ungido, y antes de ser ungido con el aceite de la elección es ungido
con nuestra carne “para hacer tu voluntad” y así comienza el camino de Cristo.
“Para hacer tu voluntad” y al final en las horas más críticas de su vida a punto
de ser tomado preso siente esa profunda agonía en la soledad del monte y en la
soledad de su corazón: " Padre que no se haga lo que yo quiero sino tu
voluntad". Coherencia obediencial de una vocación. Coherencia de aquel que se
siente llamado y obedece ese llamado y camina según ese llamado, y es uno que
camina con nosotros. La cercanía, la projimidad de Dios caminando con nosotros.
Yo he sido enviado, he sido
ungido con el óleo de la alegría, dice el Señor. Para liberar cautivos, para dar
vista a los ciegos, para curar leprosos, para hacer andar a los débiles de
rodillas. Ungido para caminar junto a toda limitación humana, a todo gozo
humano, a toda miseria humana; ungido con la autoridad de servicio de aquel que
vino a caminar, a ser Emmanuel, Dios con nosotros para servir. La actitud
obediencial de Cristo: "Me diste un cuerpo y yo dije aquí estoy para hacer tu
voluntad" es el meollo de la coherencia, y no digo solo de coherencia cristiana
sino de coherencia humana. Y hoy en esta solemnidad de la Anunciación del Señor
celebramos esta coherencia.
Dios quiso ser coherente y
nos marca el camino de la coherencia. María es coherente y nos marca el camino
de la coherencia, hace lo que cree, proclama lo que cree, realiza lo que cree. Y
no sólo coherencia trascendental sino dentro de sí misma. Cristo piensa
coherentemente porque piensa lo que siente y lo que hace. Siente coherentemente
porque siente lo que piensa y lo que hace. Obra coherentemente porque hace lo
que siente y lo que piensa. Coherencia obediencial, coherencia transparente,
coherencia que no tiene nada que ocultar, coherencia que es pura bondad y que
vence al mal con ese bien coherente de haberse ofrecido “para hacer tu
voluntad”, le dice al Padre.
Y en esta fiesta de la
Anunciación del Señor recordamos a otro gran coherente. Decía esta escritora
argentina, cuyo texto leímos al comenzar la misa: Con este coherente “termina el
siglo XX". Juan Pablo simplemente fue coherente, nunca engañó, nunca mintió,
nunca chicaneó. Juan Pablo se comunicó con su pueblo, con la coherencia de un
hombre de Dios, con la coherencia de aquél que todas las mañanas pasaba largas
horas en adoración, y porque adoraba se dejaba armonizar por la fuerza de Dios.
La coherencia no se compra, la coherencia no se estudia en ninguna carrera. La
coherencia se va labrando en el corazón con la adoración, con la unción al
servicio de los demás y con la rectitud de conducta. Sin mentiras, sin engaños,
sin doblez. Jesús dijo de Natanael una vez cuando venía caminando: "Aquí tienen
a un israelita derecho, sin doblez". Creo que lo podemos decir de Juan Pablo, el
coherente. Pero era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios.
Se dejó humillar por la voluntad de Dios. Dejó que creciera en su alma esa
actitud obediencial que tuvo nuestro padre Abraham y desde allí todos los que lo
siguieron.
Recordamos a un hombre
coherente que una vez nos dijo que este siglo no necesita de maestros, necesita
de testigos, y el coherente es un testigo. Un hombre que pone su carne en el
asador y avala con su carne y con su vida entera, con su transparencia, aquello
que predica.
En el día de la proclamación
de esta coherencia obediencial en la encarnación del Verbo miramos a este
coherente. Este coherente que por pura coherencia se embarró las manos, nos
salvó de una masacre fraticida; este coherente que gozaba tomando a los chicos
en brazos porque creía en la ternura. Este coherente que más de una vez hizo
traer a los hombres de la calle, acá decimos linyeras, de la Plaza Risorgimento
para hablarles y darles una nueva condición de vida. Este coherente que cuando
se sintió bien de salud pidió permiso para ir a la cárcel a hablar con el hombre
que había intentado matarlo.
Es un testigo. Termino
repitiendo sus palabras: "Lo que necesita este siglo no son maestros son
testigos". Y en la encarnación del Verbo, Cristo es el testigo fiel. Hoy vemos
en Juan Pablo una imitación de este testigo fiel. Y agradecemos que haya
terminado su vida así, coherentemente, que haya terminado su vida siendo
simplemente eso: UN TESTIGO FIEL.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.,
arzobispo de Buenos Aires
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