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A
LAS COMUNIDADES EDUCATIVAS
Mensaje del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, a las
comunidades educativas
(6 de abril de 2005)
Queridos Educadores:
Una vez más, la
fiesta central de todos los cristianos constituye la ocasión para ponernos a
reflexionar acerca de la tarea que nos convoca. Tratamos de tomarle el pulso a
los tiempos que vivimos, y de comprender de qué modo podemos recrear nuestra
experiencia espiritual de modo que responda certeramente a los interrogantes,
angustias y esperanzas de nuestra época.
Este esfuerzo es
realmente imprescindible. En primer lugar, para comenzar por lo más evidente,
porque estamos inmersos en una situación en la cual vemos cada vez con mayor
claridad las consecuencias de los errores cometidos y las exigencias que la
realidad de nuestro pueblo nos demanda. Tenemos la sensación de que la
Providencia nos ha dado una nueva oportunidad de constituirnos en una
comunidad verdaderamente justa y solidaria, donde todas las personas sean
respetadas en su dignidad y promovidas en su libertad, en orden a cumplir con su
destino como hijas e hijos de Dios.
Esa oportunidad
es también un desafío.
Tenemos en nuestras manos una inmensa responsabilidad, derivada justamente de la
exigencia de no dilapidar la chance que se nos brinda. Es obvio señalar que a
ustedes, queridos educadores, les toca una porción muy importante de esa tarea.
Una tarea repleta de dificultades, cuyo desarrollo seguramente demandará generar
prácticas de diálogo y hasta, por qué no, transitar arduas discusiones que
tengan por objeto aportar al bien común desde una perspectiva abierta y
verdaderamente democrática, superando la tendencia –tan nuestra– a las mutuas
exclusiones y a la desacreditación (o condena) del que piensa o actúa diferente.
Me atrevo todavía a
insistir: los argentinos llevamos una larga historia de intolerancias mutuas.
Hasta la enseñanza escolar que hemos recibido se articulaba en torno al
derramamiento de sangre entre compatriotas, en cualquiera de las versiones –por
turno “oficiales”– de la historia del siglo XIX. Con ese trasfondo, en el relato
escolar que consideraba a la Organización Nacional como la superación de
aquellas antinomias, entramos como pueblo en el siglo XX, pero para seguir
excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos, bombardeándonos, fusilándonos,
reprimiéndonos y desapareciéndonos mutuamente. Los que somos capaces de recordar
sabemos que el uso de estos verbos que acabo de escoger no es precisamente
metafórico.
¿Estaremos ahora en
condiciones de aprender? ¿Podremos madurar como comunidad, para que por fin deje
de tener dolorosa actualidad la no deseada profecía del Martín Fierro acerca de
los hermanos que son devorados por los de afuera o, peor aún, que se devoran
entre ellos mismos?
Otras miradas nos
han mostrado, gracias a Dios, que entre nosotros fructifican también todo tipo
de voluntades e iniciativas que promueven la vida y la solidaridad, que claman
por la justicia, que intentan buscar la verdad. Será en esas energías personales
y sociales que tendremos que ahondar para responder al llamado de Dios de
construir, de una vez por todas y con su gracia, una Patria de hermanos.
Pero además, el
esfuerzo de leer los signos de los tiempos para comprender lo que Dios nos pide
en cada situación histórica es requerido también por la misma estructura de la
fe cristiana. Me atrevo a decir que sin ese permanente ejercicio, nuestra
vocación cristiana –de docentes cristianos, de pastores, de testigos de la
Resurrección en las múltiples dimensiones de la vida humana– se resiente hasta
perder su verdadero valor transformador. No es posible prestar oídos a la
Palabra de salvación fuera del lugar donde ella nos sale al encuentro, es
decir, en la concreta historia humana en la cual el Señor se encarnó y en
la cual fundó a su Iglesia para que predicara el Evangelio “hasta el fin del
mundo” (Mt 28,20),
UNA COMUNIDAD MADURA PRIORIZA LA VIDA
Desde nuestras
comunidades eclesiales, somos conscientes de que los argentinos estamos
transitando tiempos de cambio y que hoy más que nunca se hace necesaria la
oración y la reflexión, en orden a un serio discernimiento espiritual y
pastoral.
Particularmente,
quisiera llamar la atención de todos aquellos que tienen hoy a su cargo la tarea
de acompañar a los niños y jóvenes en su proceso de maduración. Creo que
es imprescindible tratar de acercarnos a la realidad que los chicos viven en
nuestra sociedad, e interrogarnos qué papel cumplimos nosotros en ella.
Si queremos partir
de la realidad, no podemos dejar de poner en el centro de la escena dos hechos
dolorosos que han sacudido a la sociedad en su conjunto, pero particularmente a
los jóvenes y a quienes están cerca de ellos. Me refiero a la tragedia de
Carmen de Patagones y al terrible 30 de diciembre en el barrio
porteño de Once. Dos hechos muy distintos entre sí, pero que tienen un
mensaje común para nuestra comunidad: ¿qué les está pasando a nuestros
chicos? ¿Qué pasa, mejor dicho, con nosotros, que no podemos hacernos
cargo de la situación de abandono y soledad en que nuestros chicos se
encuentran? ¿Cómo es que hemos llegado al punto de darnos cuenta de los
problemas de los adolescentes cuando uno de éstos sufre una crisis que lo lleva
a matar a sus compañeros con un arma de fuego sustraída a su padre? ¿Cómo es que
reparamos en la desidia de todos aquellos que tienen por tarea cuidar a nuestros
chicos recién cuando casi doscientas personas, en su inmensa mayoría niños,
adolescentes y jóvenes, son sacrificados en nombre del negocio, el descuido y la
irresponsabilidad? No nos toca a nosotros, obviamente, determinar
responsabilidades, aunque sabemos que es imprescindible que esas
responsabilidades se pongan de manifiesto y cada uno tenga que hacerse cargo de
lo suyo. No es bueno diluir acciones y omisiones humanas que han tenido tan
terribles consecuencias en una especie de culpa colectiva. Como orábamos en la
misa al mes de la tragedia, “le
pedimos (a Dios) justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por
ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga
justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los
niños y los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con
decisión responsable”.
Aun así, y mientras
confiamos en que más allá de los oportunismos políticos prime la responsabilidad
y la seriedad en aquello que desde hace mucho habría que haber procurado (el
bien común en su más básica expresión, la vida misma de los ciudadanos),
necesitamos abrir los ojos y volver a revisar nuestras propias ideas,
sentimientos, actuaciones y omisiones en el campo del cuidado, la promoción y la
educación de los chicos y los adolescentes. Porque otro riesgo que se puede
correr es acotar el problema a una cuestión de control en los centros de
esparcimiento, del mismo modo en que, hace unos meses, la discusión sobre las
situaciones de violencia que se reflejan en la escuela podría haberse deslizado
a una mera indicación de psicodiagnósticos y “marcación cuerpo a cuerpo” para
los chicos desde una mirada de tipo médica, psicopatologizante. Y no estoy
minimizando la importancia de garantizar las condiciones de seguridad de los
locales, o el aporte imprescindible de los profesionales de la salud.
Simplemente, los estoy invitando a que seamos bien conscientes de que las cosas
nunca están aisladas unas de otras, y todos nosotros (padres, educadores,
pastores...) tenemos en nuestras manos la responsabilidad y también la
posibilidad de hacer de este mundo algo mucho más habitable para nuestros chicos.
En este punto,
quisiera reiterarles algunas ideas que compartí con muchos de ustedes en el Foro
para Docentes, en octubre último.
Todos somos
conscientes de las dificultades cada vez mayores que aparecen cuando queremos
acompañar a nuestros chicos desde nuestras instituciones educativas. Como les
decía en el Foro, la presión del mercado, con su propuesta de consumo y
competencia despiadada, la carencia de recursos económicos, sociales,
psicológicos y morales, la gravedad cada vez mayor de los riesgos que hay que
evitar... todo ello hace que a las familias se les haga cuesta arriba cumplir
con su función, y que la escuela se vaya quedando cada vez más sola en la
tarea de contener, sostener y promover el desarrollo humano de sus alumnos.
Esta soledad
termina viviéndose, inevitablemente, como sobreexigencia. Sé que ustedes,
queridos docentes, están teniendo que cargar sobre sus espaldas no sólo con
aquello para lo cual se prepararon, sino con una multitud de demandas explícitas
o tácitas que los agotan. A eso se suman los medios de comunicación, que no se
termina de saber si ayudan o confunden más las cosas, al tratar cuestiones
delicadísimas con la misma ligereza con que ventilan las intimidades de los
personajes del espectáculo, en el mismo bloque del noticiero, en la misma página
del periódico, entremezclado con publicidades de los objetos más inverosímiles.
Y todo ello, mientras nos vamos pareciendo cada vez más a una sociedad de
control en la cual todo el mundo desconfía de todo el mundo, y al mismo tiempo
que, a la nueva atención justamente prestada a muchas formas de negligencia y
abuso, se adosan tanto la mala costumbre de ventilar denuncias sin chequear
suficientemente las fuentes como la inescrupulosidad de personajes que sólo ven
en las instituciones una oportunidad para lucrar a cualquier costo.
¿Y entonces? ¿Qué
tienen que hacer ustedes, así como están de sobrecargados y cansados? ¿Tendrá
razón el que diga “mi tarea es enseñar tal o cual disciplina, yo no voy a poner
el cuerpo para que me peguen, que los otros se hagan cargo de lo suyo”? Y, sí,
ojalá cada uno hiciera lo que le corresponde. Pero, como les decía hace unos
meses, la maestra no podrá limitarse a ser la “segunda madre” que era en otras
épocas, si no hubo antes una “primera”. Estoy seguro de que a todos nos agrada
recordar cómo de chicos podíamos jugar en la vereda, suficientemente alimentados
y queridos, en familias donde el bienestar, el cariño y el cuidado eran lo
cotidiano. También sé que más de una vez intentamos discutir cuándo las cosas
dejaron de ser así, quién empezó todo, quién degradó la educación, quién
desmontó la relación entre educación y trabajo, quién debilitó a la familia,
quién socavó la autoridad, quién pulverizó al Estado, quién llevó a la anomia
institucional, quién corrompió los ideales, quién desinfló las utopías...
Podemos analizar todo eso hasta el cansancio, debatir, opinar... Pero lo que no
se puede discutir es que ustedes se enfrentan diariamente a chicos y chicas de
carne y hueso, con posibilidades, deseos, miedos y carencias reales. Chicos que
están ahí, en cuerpo y alma, como son y como vienen, ante un adulto, reclamando,
esperando, criticando, rogando a su manera, infinitamente solos, necesitados,
aterrorizados, confiando persistentemente en ustedes aunque a veces lo hagan con
cara de indiferencia, desprecio o rabia; atentos a ver si alguien les ofrece
algo distinto... o les cierra otra puerta más en la cara.
Inmensa
responsabilidad, que requiere de nosotros no sólo una decisión ética, no sólo un
compromiso consciente y esforzado, sino también, y más básicamente, un
adecuado grado de madurez personal.
Madurez que a veces parece ser un bien
escaso en nuestra sociedad argentina, siempre queriendo empezar desde cero, como
si los que nos precedieron no hubiesen existido, siempre encontrando la vuelta
para resaltar lo que nos divide aunque lo que nos une esté a la vista, siempre
oponiéndonos por las dudas, tirando la piedra y escondiendo la mano, silbando
bajito y mirando para otro lado cuando las papas queman, declamando patriotismo
y pasión por la justicia mientras pasamos el sobre por debajo de la mesa o
conseguimos un amigo que nos ayude a “colarnos” en la fila...
Parece que una
meditación sobre la madurez nos va a venir bien a todos. No sólo porque vayamos
a madurar meditando, sino para que podamos vernos con los ojos más abiertos
(¿quizás como nos ven nuestros adolescentes?) y, en consecuencia, empecemos a
modificar aunque sea las conductas y actitudes que están más a nuestro alcance.
LA MADUREZ ES MÁS QUE CRECIMIENTO
No es sencillo
definir en qué consiste la madurez. Sobre todo, porque más que un concepto,
“madurez” parece ser una metáfora. ¿Tomada de la fruticultura? No lo sé. Si así
fuera, tendríamos que señalar inmediatamente que hay una diferencia fundamental
entre las manzanas y duraznos y los seres humanos. Mientras que el pleno
desarrollo (porque de eso se trata) de las frutas es un proceso que depende
directamente de determinadas programaciones genéticas del vegetal y de las
condiciones ambientales adecuadas (el clima, la acción de los insectos, pájaros
y viento para la polinización de las flores, la humedad, los nutrientes de la
tierra...), en el caso de la “madurez” humana no se trata sólo de genética y
alimentación. Salvo que consideremos al hombre como un ser viviente en nada
diferente de los otros (amebas, cactus...).
A veces, cuando uno
lee algunas divulgaciones “científicas”, se queda con la impresión de que los
genes determinaran casi en un mismo nivel que uno tenga el pelo lacio o
enrulado, que el primer diente se le caiga a los cinco años, que le vaya mal en
la escuela, que sea pobre, que sea sociable, que un día mate a su suegra y que
finalmente se muera de un infarto a los cuarenta y tantos años.
Pero si la madurez
fuera solamente el desarrollo de algo precontenido en el código genético,
realmente no habría mucho que hacer. El diccionario de la Real Academia nos da
un segundo significado de “madurez”: “buen juicio o prudencia, sensatez”.
Y aquí nos ubicamos en un universo muy distinto al de la biología. Porque la
prudencia, el buen juicio y la sensatez no dependen de factores de crecimiento
meramente cuantitativo, sino de toda una cadena de elementos que se sintetizan
en el interior de la persona. Para ser más exactos, en el centro de su
libertad.
Entonces, la
madurez, desde este punto de vista (que se presenta como mucho más interesante y
rico para nuestra reflexión), podría entenderse como la capacidad de usar de
nuestra libertad de un modo “sensato”, “prudente”. Fíjense que con esto, nos
corremos no sólo de la reducción biológica, sino de la misma perspectiva
psicológica, para acceder a una consideración ética. Atención: no se trata de
elegir entre uno y otro enfoque. Sin un determinado programa genético no podemos
ser humanos, y sin el desarrollo de las facultades que son objeto de la
psicología no podrá hablarse de una madurez en el sentido ético. Pero justamente
porque lo humano implica esa multiplicidad de dimensiones quiero subrayar la
diferencia: no me compete, como pastor, “dar clase” de psicología, pero sí
proponerles una serie de consideraciones que hacen a la orientación de nuestro
obrar libre.
Si hablamos de
sensatez y de prudencia, la palabra, el diálogo, incluso la enseñanza, tendrán
mucho que ver con la madurez. Porque para llegar a obrar de esa manera
“sensata”, uno debió haber acumulado muchas experiencias, realizado muchas
elecciones, ensayado muchas respuestas a los desafíos de la vida. Es obvio que
no hay “sensatez” sin tiempo. En un primer momento, entonces, todavía muy
cercano a la perspectiva psicológica y hasta biológica, la madurez implica
tiempo.
Pero retomemos a la
persona madura como alguien que hace uso de su libertad de un modo determinado.
¿Cuál es, nos preguntamos en seguida, ese modo? Porque aquí se abre otro
problema: ¿hay una especie de “tribunal de madurez”? ¿Quién determina cuándo
algo es “sensato y prudente”? ¿”Los otros” (sean quienes fueren)? ¿O cada uno,
desde su experiencia y orientación? Si en una primera instancia tenemos que
relacionar madurez con tiempo, a continuación deberemos ubicarnos en el
conflicto entre el individuo y los demás. La libertad en el tiempo, la
libertad en la sociedad.
Este es, entonces,
el trayecto que les propongo. Un trayecto que, como veremos, nos permitirá
comprender la madurez humana en una perspectiva abierta. Porque al final nos
encontraremos con una última dimensión de la madurez: la invitación divina a
trascender el horizonte de lo intersubjetivo y social para abrirnos a lo
religioso, es decir, de la madurez ética a la santidad.
Pero no nos adelantemos: la reflexión
todavía está “verde”.
LA MADUREZ EXIGE UNA EXPERIENCIA EN EL TIEMPO
Para que algo deje
de estar “verde” y llegue a estar “maduro” en serio, es esencial no apurarse.
¡Cuántas veces nos habremos decepcionado con frutas de muy buena apariencia y
poco sabor! Y decimos: “es de frigorífico”... Es decir, no se le dio el tiempo
necesario para que llegue a su punto justo.
Salvando las
distancias, la maduración humana, en su dimensión ética, también requiere de
tiempo. Psicólogos de diversas escuelas coinciden, más allá de sus diferencias,
en que la conciencia moral se va desarrollando a través de un proceso que
implica etapas y movimientos diversos, transcurriendo necesariamente en el
tiempo.
Es así: para llegar
a un punto de madurez, es decir, para que seamos capaces de decisiones
verdaderamente libres y responsables, es preciso que nos hayamos dado (y nos
hayan dado) tiempo.
En el tiempo se dan
algunas operaciones imprescindibles para formar la libertad. Por ejemplo, la
capacidad de esperar. Sabemos que “lo quiero ya” es el lema de los niños
pequeños y de aquellos que consideramos que no han madurado convenientemente.
Probablemente sea una de las cosas más importantes que tengamos que aprender.
Aunque más no sea, porque el paso de la satisfacción inmediata a la espera, la
simbolización y la mediación de la acción razonada es uno de los factores que
nos definen como humanos. Entre nosotros, el estímulo no despierta
necesariamente una respuesta inmediata y automática. Es justamente en el
espacio entre el estímulo y la respuesta que hemos construido toda la cultura.
Eso implica un
largo camino de aprendizaje, sobre la base de capacidades que van madurando
desde lo biológico y lo psíquico. A veces solemos imaginar la figura del “viejo
sabio” como alguien que ha llegado a una cierta “impasibildad”. Más allá de
algunos acentos propios de la cosmovisión oriental presentes en esas imágenes,
es verdad que esa toma de distancia respecto de las cosas y de las presiones es
uno de los aspectos que se resaltan en todos esos personajes que pueden
vincularse a la “sensatez” y la “prudencia”. Al menos, en lo que hace a la
capacidad de no guiarse por los primeros impulsos. El hombre prudente, maduro,
“piensa” antes de actuar. “Se toma su tiempo”.
¿Será obvio anotar
que todo ello implica una serie de operaciones que se hacen muy difíciles en la
actual “cultura digital”? El tiempo de la reflexión no es de ningún modo el
tiempo de la percepción y respuesta inmediata de los juegos de computadora, de
las comunicaciones “on line”, de las operaciones de todo tipo en las cuales lo
importante es “estar conectados” y “actuar rápido”. No se trata de prohibir a
los chicos que jueguen con las máquinas electrónicas, sino de encontrar la forma
de generar en ellos la capacidad de diferenciar las diversas lógicas y no
aplicar unívocamente la velocidad digital a todos los ámbitos de la vida.
También se tratará
de estar atentos a nuestras propias tendencias “estímulo-respuesta inmediata”.
Por poner un ejemplo: el auge –de origen mediático– de la “opinión”: todo
el mundo opina de todo, sepa o no sepa, tenga o no los elementos de juicio.
¿Cómo darnos lugar a “pensar”, a dialogar, a intercambiar criterios para
construir posiciones sólidas y responsables, cuando cotidianamente mamamos un
estilo de pensamiento que se arma sobre lo provisorio, lo lábil y la
despreocupación por la coherencia? Es obvio que no podemos dejar de formar parte
de la “sociedad de información” en la cual vivimos, pero lo que sí podemos es
“tomarnos tiempo” para analizar, desplegar posibilidades, visualizar
consecuencias, intercambiar puntos de vista, escuchar otras voces... e ir
armando, de esa manera, el entramado discursivo sobre el cual será posible
producir decisiones “prudentes”.
Tomarse tiempo para
esperar es también tomarse tiempo para construir. Las cosas realmente
importantes requieren tiempo: aprender un oficio o profesión, conocer una
persona y entablar una relación duradera de amor o de amistad, saber cómo
distinguir lo importante de lo prescindible...
Ustedes saben muy
bien que hay cosas que no se pueden apurar en el aula. Cada chico tiene su
tiempo, cada grupo tiene su ritmo... El año pasado les hablaba de la diferencia
entre “dar frutos” y “producir resultados”. Bien, una de las diferencias es
justamente la calidad del tiempo que implican ambas finalidades. En la
producción de resultados, uno puede prever y hasta racionalizar-eficientizar el
tiempo; en la espera del fruto, no. Es justamente espera: no está en nuestras
manos el tiempo, el ritmo. Implica humildad, paciencia, atención y escucha.
El Evangelio nos
ofrece la imagen bellísima de la Sagrada Familia “tomándose su tiempo”,
dejando que Jesús fuera madurando, “creciendo en sabiduría, en estatura y en
gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 23, 52). El mismo Dios hizo
del tiempo el eje principal de su Plan de salvación. La espera de su Pueblo
se concentra y simboliza en esa espera de María y José ante ese niño que “se
toma su tiempo” para madurar su identidad y su misión, y más tarde, ya hombre,
hace de la espera de “su hora” una dimensión esencial de su vida pública.
Ahora bien, ¿hay
alguna diferencia, en este punto, entre las frutas que maduran en determinado
tiempo y las personas que requieren tiempo para madurar su libertad? ¿Qué es lo
que el tiempo hace con nosotros, para tener un papel tan importante?
El tiempo es
imprescindible, pero no solamente en tanto magnitud “cronológica”, cuantitativa.
“Tiempo es experiencia”, sí, pero sólo si uno se dio la oportunidad de “hacer
experiencia de la experiencia”. Es decir: no se trata sólo de que “pasen
cosas”, sino de apropiarnos del sentido y el mensaje de las cosas que pasan.
El tiempo tiene sentido dentro de una actividad del espíritu, en la cual
juegan la memoria, la fantasía, la intuición, la capacidad de juzgar... Pocos lo
han ahondado de un modo tan profundo y tan bello como san Agustín:
“¿Qué es,
entonces, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a
quien me lo pregunta, no lo sé. (...) El pasado y el futuro, ¿cómo son, puesto
que el pasado ya no es, y el futuro no es aún? Hay tres tiempos: presente de lo
pasado, presente de lo presente y presente de lo futuro. Existen, en efecto, en
el alma, en cierta manera, estos tres modos de tiempos y no los veo en otra
parte: el presente del pasado, es la memoria; el presente del presente,
es la visión; el presente del futuro, es la espera.” (Confesiones,
Libro XI. El resaltado es mío).
La maduración en el
tiempo es, en el ser humano, mucho más que el transcurrir objetivo de un
programa biológico. Es “distensión del alma”, decía san Agustín, es
decir, la experiencia del tiempo se da en el alma misma, en su movimientos y en
su actividad. En efecto, “madurar” en el tiempo es poner en juego la
“memoria”, la “visión” y la “espera”. Para el desmemoriado,
para que el que no guarda registro de lo que ha sucedido y de sus propios
sucesos internos, el tiempo es un mero fluir sin sentido. Sin memoria, vivimos
un mero presente sin densidad, un presente que siempre está empezando, vacío.
Ser “inmaduro” es, en este punto, justamente estar siempre “recién aterrizado”,
no tener el respaldo de las experiencias recordadas y ponderadas ante la
necesidad de dar respuestas a los desafíos de la realidad.
A veces nos decimos
que somos un pueblo inmaduro. Pero eso no se deberá a que tenemos una historia
aún breve, sino a que no hemos sabido rumiar esa historia. Poco es lo que
hemos aprendido, y tendemos a tropezar una y otra vez en la misma piedra. Como
no aprendemos, como no nos recortamos sobre el fondo de experiencias anteriores
que mucho tendrían para enseñarnos, sólo nos queda un presente hueco, el
presente del “todo ya”, el presente del consumismo, la dilapidación, el afán de
enriquecimiento fácil, la irresponsabilidad (total, ¿quién se va a acordar?) o,
en un intento de protegernos, el presente inmediato de la desconfianza mutua y
el escepticismo.
Hacer memoria,
mantener despierta la memoria de los triunfos y los fracasos, de los momentos de
felicidad y de los de sufrimiento, es la única forma de no ser como “niños” en
el peor sentido de la palabra: inmaduros, sin experiencia, tremendamente
vulnerables, víctimas de cualquier señuelo que se nos presente revestido de
luces de colores. O como “viejos” en el sentido también más triste: descreídos,
blindados de amargura. La “memoria selectiva” tampoco madura pues desgaja los
datos, los momentos del corazón, los episodios de la vida desfigurando la
totalidad. Se crea una suerte de ser mitológico: mitad realidad vivida, mitad
fantasía (llámese ilusión, ideología, deseo). Por otra parte conviene recordar
que la manipulación de la memoria nunca es inocente; más bien es deshonesta.
¿Y la espera,
presente del futuro en el alma, según san Agustín? ¿Cómo puede haber experiencia
y sensatez si no sabemos hacia dónde queremos dirigirnos, hacia dónde mirar para
elegir entre las posibilidades que se presenten, en qué dirección sembrar y
construir y apostar? La dimensión temporal de la madurez también implica contar
con la “distensión” de la espera: convertir el deseo en esperanza. El
presente, como momento de decisión, como única actualidad de la libertad que
elige, se diluye sin esa capacidad de ver lo que deseamos en los mínimos
movimientos y las pequeñitas semillas que hoy tenemos entre las manos. Semillas
que descartaríamos, movimientos que dejaríamos perderse si no pudiéramos
alimentar la expectativa de que a partir de ellos, y mediando tiempo y nuevas
decisiones, puede crecer el bien que deseamos y hemos aprendido a esperar
activamente. Y así, nos sigue diciendo san Agustín, el presente es “visión”:
de lo que fue, lo que es y, sobre todo, de lo que puede ser. Campo propio de la
libertad, campo propio del espíritu. En este aspecto de visión radica la
dimensión de la complementatividad, elemento necesario de la madurez.
Sin esa conjunción
de pasado, presente y futuro, conjunción que se da en la actividad del alma
humana, no hay proyecto posible. Sólo improvisación. Borrar lo que pasó antes
para volver a escribir sin asideros lo que alguien borrará mañana. ¿No será
tiempo de aprender a proyectar, esperar y sostener el esfuerzo y la espera?
Volvamos al punto de partida de nuestra reflexión: ¿no hay algo de esto en la
terrible desprotección que viven nuestros chicos y adolescentes? ¿No están ellos
asomándose a la vida sin un “relato” que les permita construir su identidad y
perfilar sus opciones? Y no se trata de volver al publicitado y gastado
tópico del “fin de los relatos”, que no fue otra cosa que la implantación
violenta de un único relato, un “cuento”, sí, “sin tiempo”, basado en la
confianza ciega en leyes relativas a la riqueza, al olvido y a la ilusión de que
la avalancha de objetos de consumo era realmente la tierra prometida. “Cuento”
que nadie había corroborado jamás, una ilusión colectiva que sólo enterrando la
memoria y degradando la esperanza pudo ser creído. Así sucede cuando la
ideología centra toda la actividad humana y se impone con un dogmatismo que no
conoce de memoria ni de realidad ni de visión. Los actuales “progresismos
adolescentes” bloquean todo real progreso humano y, en aras de un pretendido
progreso pero sin la fuerza de la memoria, la realidad y la visión, configuran
totalitarismos de diverso estilo pero crueles como los del siglo XX;
totalitarismos conducidos por los “democráticos” gurúes del pensamiento único.
Confunden el proceso de maduración de las personas y de los pueblos con una
fábrica de conserva en lata.
Tenemos hoy la
oportunidad de caer en la cuenta de una de las más horribles consecuencias de
la desorientación de los adultos: la muerte de chicos. Si no hay pasado, no
se aprende, si no hay futuro, no se apuesta ni se prepara. Todos quedamos
colgados de la nada, de esa mentirosa atemporalidad de las pantallas. Todo hoy,
todo ahora, ¿qué otra cosa importa? Y el que no pudo pegar el manotazo hoy,
perdió. Se perdió. No tiene lugar, no tiene tiempo. Deambulará por las calles y
nadie lo verá, como los niños que a montones piden una moneda o golpean un
teléfono público para exprimirle unos centavos hoy. Niños sin tiempo, niños a
quienes no se les ha dado el tiempo que necesitaron. O como los adolescentes que
no saben qué esperar y no tienen de dónde aprender, con padres ausentes o
vacíos, con una sociedad que los excluye o los expulsa y los pone en el lugar de
víctimas o de victimarios (decidiendo el bando, muchas veces, por el color de su
piel) en vez de reconocerlos como sujetos plenos de futuro... siempre y cuando
la comunidad les aporte lo que necesitan para ello.
Ese mismo
inmediatismo que ha producido adolescentes que hoy, sólo hoy, creen que pueden
satisfacerse con cualquiera de los productos que se les ofrecen, hoy, porque hay
que vender hoy, no importa si mañana el chico vive o no, si crece o no, si
aprende o no. Adolescentes que, en la exasperación del presente como único
horizonte, son muchas veces víctimas/victimarios de la compulsión a tener hoy un
peso para lo que sea y del modo que sea, aunque sea el peor, rifando su vida y
la de los otros porque de cualquier manera, ¿qué importa el mañana? Hoy, sólo
hoy, llegando a matar para hacerse de un dinero, del mismo modo que otros más
grandes han dejado morir (o provocado la muerte) para hacerse de un dinero
infinitamente mayor.
Es la ley de la
vida... cuando no hay “distensión del alma”. Cuando el pasado no es “memoria”
y el futuro no es “espera”, el presente no es “visión” sino ceguera mortal.
Pero permítanme una
última precisión: “tomarse tiempo” no es lo mismo que “dejarse estar”. La
vigilancia es un aspecto esencial de la espera. Jesús mismo, atento a su
“hora”, no ahorró imágenes para sembrar en sus discípulos las parábolas de los
servidores esperando a su señor, de las vírgenes que esperaban al novio sabia y
prudentemente y las que no. Aquí es donde vemos con claridad la virtualidad
propia del tiempo presente: no sólo visión, sino don. El presente es
aquello que recibimos no para dejar que se convierta en pasado inútilmente, sino
para convertirlo en futuro... actuando.
Para concluir esta
sección: la libertad se cumple plenamente, “maduramente”, cuando es libertad
responsable. Es allí cuando se torna lugar de encuentro entre las tres
dimensiones del tiempo. Una libertad que reconoce lo que hizo y lo que no
hizo (del presente al pasado), se apropia de sus decisiones en el instante que
corresponde (el presente) y se hace cargo de las consecuencias (del presente al
futuro). Esa es una libertad madura.
LA MADUREZ IMPLICA LIBERTAD
Una segunda
dimensión de la madurez se vinculaba con la tensión entre individuo y
comunidad. Tensión que, ya podemos señalar desde un comienzo, es por lo
menos inevitable, en el sentido que decididamente no puede existir el uno sin la
otra, y viceversa.
Pero salteémonos
las cuestiones básicas implícitas en este tema (por otra parte, suficientemente
articuladas en la antropología bíblica y en la visión acerca del hombre, persona
única y ser social a un tiempo) para preguntarnos de lleno por la relación
entre “ser una persona madura” (es decir, según la segunda acepción del
Diccionario, poseer “buen juicio o prudencia, sensatez”) y ser alguien
“adaptado a la sociedad”.
En una primera y rápida aproximación,
parecería que la madurez tuviera que ver con esa “adaptación”. Al menos
comúnmente se vincula enseguida al “inmaduro” con el “inadaptado”. A veces
(incluso en nuestras instituciones), el concepto de “inmadurez” sirve para
estigmatizar sin condenar moralmente al que se sale de “lo esperado”, al que
actúa de un modo sorprendente o inadecuado para los criterios comunes. “No es
una mala persona, sólo es un poco inmaduro”. ¿No es una forma de hablar muy
vigente entre nosotros?
Con esto el
problema es doble. En primer lugar, no es pertinente hablar de una persona
inmadura, sino de conductas inmaduras. Y aún así, no es tan sencillo definir
dónde está el criterio que discrimina unas y otras conductas. ¿Quién define qué
es lo “maduro”, es decir, a qué hay que “adaptarse”? ¿Será la “autoridad”? ¿La
“mayoría”? ¿Lo “instituido”?
El criterio que
asimila madurez a adaptación se vuelve particularmente complicado si tomamos
como ejemplos algunas situaciones. Hace no tanto tiempo, la autoridad en nuestro
país decía que “el silencio es salud”, y lo hacía sentir. Sin embargo, no
faltaron quienes elevaron su voz a favor de los derechos humanos y en contra de
diversos atropellos a los pobres y a quienes no coincidían con la ideología
dominante. Otro ejemplo: probablemente, “la mayoría” considere más “adaptado al
mundo en que vivimos” hacer un pequeño “obsequio” al agente de tránsito o al
inspector que pagar una abultada multa en la oficina correspondiente. ¿Será cosa
de “inmaduros” negarse a entrar en esa red de corrupción, no por “aceptada”
menos perniciosa? Pero claro, aquí aparece la figura de “lo instituido”, en este
caso, la ley de tránsito o la reglamentación sobre habilitación de comercios o
boliches. Mal que les pese a muchos argentinos, lo “adaptado” (y “maduro”) no
estaría así del lado de las prácticas corruptas pero extendidas, sino de lo que
la ley exige, aunque poco se cumpla. Y sin embargo, la cosa vuelve a complicarse
cuando los sujetos se ven obligados a actuar contra las leyes en nombre de lo
que consideran justo. Es la historia del movimiento obrero en todo el mundo:
¿cuánta lucha, cuánto sufrimiento, cuántas muertes, incluso, costó el
reconocimiento de la legitimidad de la protección al trabajador y su familia, de
la reglamentación del trabajo de los menores, etc., contra la rapacidad del
capitalismo de la época, que había generado su propia legalidad? ¿Podrá decirse
que aquellos pioneros en las luchas por la dignidad del trabajo humano eran
personas “inmaduras”?
Los cristianos
deberíamos ser los primeros (¡y no siempre los somos!) en rechazar la
identificación apresurada entre “madurez” y “adaptación”.
Jesús, nada menos, podría haberse constituido para muchos en su tiempo en el
paradigma del inadaptado y, por lo tanto, del inmaduro. Así lo atestiguan los
mismos Evangelios, al consignar las reacciones ante sus prácticas (“Es un
glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores”, Mt 11, 19) y ante
sus rupturas con los marcos institucionales (“Cuando sus parientes se
enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado»”,
Mc 3, 21 y la respuesta de Jesús acerca de su “verdadera familia”, 33-35). Lo
mismo está implicado en su polémica con los fariseos y los sumos sacerdotes
respecto a la Ley y al Templo. Podríamos leer los Evangelios completos, y
particularmente el de Juan, como el intento de responder a esta pregunta
dirigida al Señor: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio
autoridad para hacerlas?” (Mc 11, 28). En aquella época, en la cual no había
una mentalidad científica y ni siguiera humanista en el sentido moderno, no se
consideraba “inmaduro” al que desafiaba de algún modo a la autoridad, lo
instituido o la mayoría, sino “endemoniado” (Jn 8, 48. 52) o “blasfemo” (Jn 10,
33). Así, la reacción ante la actitud de Jesús culminaría en las acusaciones
mortales de blasfemia primero (Mt 26, 65-66) y luego de rebeldía contra el César
(Jn19, 12-15).
¿Y qué decir de san
Pablo, indeseable para tantas situaciones del establishment al punto de la
cárcel, la lapidación y finalmente la ejecución? ¿Y de tantos y tantas mártires
y confesores, enfrentándose a los criterios y valores de su tiempo, atrayendo
sobre sí las iras del poder? Bien considerado, los santos siempre han sido como
una piedra en el zapato de sus contemporáneos. Y no puede ser de otro modo,
habida cuenta la fuente de la autoridad de Jesús, que trasciende a todo “buen
juicio” posible en este mundo.
Si la madurez fuera
lisa y llanamente adaptación, la finalidad de nuestra tarea educadora sería
“adaptar” a los chicos, esas “criaturas anárquicas”, a las buenas normas de la
sociedad, sean cuales fueren. ¿A costa de qué? A costa de un amordazamiento y
sumisión de la subjetividad. O peor aún a costa de la privación de lo más propio
y sagrado de la persona: su libertad. ¡Tremendo desafío, entonces, la
educación en y para la libertad, ya que supondrá en todos nosotros, docentes
y formadores, pastores y maestros, una abnegada relativización de nuestra forma
de ver y sentir para disponernos a la búsqueda humilde y sincera de la verdad.
Por una vía
indirecta, entonces, llegamos a ver que la madurez implica, más que la
“adaptación” a un modelo imperante, la capacidad de tomar posición desde sí
mismo en la situación determinada en que uno se encuentra. Es decir, la
posesión de la libertad para elegir y decidir según la propia experiencia y
deseo, en consonancia con los valores a los que adhiere.
LA MADUREZ SE PLENIFICA EN EL AMOR
Ahora bien, ¿significa esto la
canonización automática de todo subjetivismo, de toda excentricidad, de toda
pretensión del individuo como tal?
De ningún modo. La
pregunta que los contemporáneos hacían a Jesús era en sí misma válida. Sus
palabras y obras no podían presentarse como pura ruptura: debían tener una
referencia de Verdad. El momento “negativo” de la crítica, de la rebeldía, de la
subjetividad como rechazo de la sujeción, sólo puede apoyarse en el momento
“positivo” de la trascendencia, de la tendencia a una mayor universalidad,
a una más plena verdad. No es el poder lo que han rechazado los mártires:
era el poder que beneficiaba sólo a algunos. No es la Ley lo que Jesús combatía:
era la Ley que se ponía por encima del reconocimiento del prójimo. No es de la
mayoría que el testigo de la verdad reniega: es de la mayoría en tanto que priva
de visibilidad y palabra a todo lo demás, a las otras presencias y las otras
voces.
Dicho de otra
manera: la libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del
cual no hay nada. Se ordena a la vida más plena del ser humano, de todo el
hombre y todos los hombres. Se rige por el amor, como afirmación
incondicional de la vida y el valor de todos y cada uno. En ese sentido,
podemos dar todavía un paso más en nuestra reflexión: la madurez no sólo implica
la capacidad de decidir libremente, de ser sujeto de las propias opciones en
medio de las múltiples situaciones y configuraciones históricas en las que nos
veamos incluidos, sino que incluye la afirmación plena del amor como vínculo
entre los seres humanos. En las distintas formas en que ese vínculo se
realiza: interpersonales, íntimas, sociales, políticas, intelectuales...
No es otra cosa la
idea, que ya hemos presentado, de una “libertad responsable”. ¿Ante quién
vamos a ser responsables, sino ante el otro y ante nosotros mismos en tanto
miembros de la familia humana? ¡Alto!, dirán. ¿No somos responsables, primero
que nada, ante Dios? Sí, por supuesto. Lo cierto es que a Dios lo vemos como a
través de un espejo, en enigma... Y la prueba más definitiva de la veracidad y
verdad de nuestra responsabilidad ante Él sigue siendo la prueba del amor al
prójimo (1 Jn 4, 20) vivido desde la verdad más íntima de nuestra conciencia (1
Jn 3, 21-24) hasta las obras más concretas y eficaces que muestran nuestra fe (Sant.
2, 18). Una personalidad madura, así, es aquella que ha logrado insertar su
carácter único e irrepetible en la comunidad de los semejantes. No basta
con la diferencia: hace falta también reconocer la semejanza.
¿Qué implica esto
para nuestra vocación y tarea de docentes cristianos?
Implica la
exigencia de construir y reconstruir los lazos sociales y comunitarios que el
individualismo desenfrenado ha roto. Una sociedad, un pueblo, una comunidad,
no es sólo una suma de individuos que no se molestan entre sí. La definición
negativa de libertad, que pretende que ésta termina cuando toca el límite del
otro, se queda a medio camino. ¿Para qué quiero yo una libertad que me encierra
en la celda de mi individualidad, que deja a los demás afuera, que me impide
abrir las puertas y compartir con el vecino? ¿Qué tipo de sociedad deseable es
aquella donde cada uno disfruta sólo de sus bienes, y para la cual el otro es un
potencial enemigo hasta que me demuestre que nada de mí le interesa?
Quisiera que se me
entienda bien: no somos los cristianos quienes vamos a caer en una concepción
romántica e ingenua de la naturaleza humana. Más allá de las formulaciones
históricas, la creencia en el pecado original quiere dar cuenta de que en cada
hombre o mujer anida una inmensa capacidad de bien... y también de mal. Nadie
está inmune, en cada semejante puede anidar también el peor enemigo, aún para sí
mismo.
Pero esa
consideración, realista o teológica, como se quiera, es sólo el punto de
partida. Porque a partir de allí habrá que pensar en qué consiste la tarea
del hombre en la historia, la empresa de las comunidades humanas, la finalidad
de la civilización: ¿simplemente sancionar la peligrosidad de unos contra
otros limitando las posibilidades de conflicto, o más bien promover las
más altas capacidades humanas en orden a un crecimiento de la comunión, el amor
y el reconocimiento mutuo que apunte a la construcción de un vínculo
positivo y no ya meramente negativo?
Mucho hemos
avanzado, y muchísimo queda aún por avanzar, en la tarea de sacar a la luz la
múltiples situaciones de violaciones a la dignidad de las personas y,
especialmente, de los grupos más castigados y sometidos. Particularmente
importante ha sido el avance en la conciencia de los derechos de los niños, de
la igualdad de los derechos del varón y la mujer, de los derechos de las
minorías. Pero es preciso dar un paso más: no será a través de la
entronización del individualismo que se dará su lugar a los derechos de la
persona. El máximo derecho de una persona no es solamente que nadie le
impida realizar sus fines, sino efectivamente realizarlos. No basta con evitar
la injusticia, si no se promueve la justicia. No basta con proteger a los niños
de negligencias, abusos y maltratos, si no se educa a los jóvenes para un amor
pleno e integral a sus futuros hijos. Si no se brinda a las familias los
recursos de todo tipo que necesitan para cumplir su imprescindible misión. Si no
se favorece en la sociedad toda una actitud de acogida y amor a la vida de todos
y cada uno de sus miembros, a través de los distintos medios con los cuales el
Estado debe contribuir.
Una persona
madura, una sociedad madura, entonces, será aquella cuya libertad sea plenamente
responsable desde el amor.
Y eso no crece sólo en las banquinas de las rutas. Implica invertir mucho
trabajo, mucha paciencia, mucha sinceridad, mucha humildad, mucha magnanimidad.
CAMINANDO HACIA LA MADUREZ
¿De qué modo
podemos convertir estas reflexiones en pistas concretas para que los
educadores cristianos pongamos en marcha las impostergables tareas que se nos
exigen?
a) Fortalecer la comunidad eclesial
En primer lugar,
creo que es imprescindible reforzar el sentido eclesial entre nosotros mismos.
No hay otro lugar donde ponernos a la escucha de lo que Dios nos dice en la
realidad actual que el seno de la comunidad creyente. La humilde comunidad
eclesial real y concreta, no la deseada o soñada. Con sus falencias y pecados,
en medio de un proceso nunca acabado de penitencia y conversión, buscando nuevas
y mejores vías de comunicación mutua, de corrección fraterna, de solidaridad, de
crecimiento en fidelidad y sabiduría... Es posible que muchos cristianos, ante
las dolorosas divisiones y pecados por las que atraviesa el cuerpo eclesial, se
desanimen y busquen fuera de la comunidad las vías de realización de su
compromiso por el otro. Pero quizá de esa manera se priven de la riqueza que
sólo en la comunidad creyente van a encontrar. No todos pensamos igual, y a
veces las diferencias parecen inconciliables. No todos actuamos como deberíamos,
ni todos llevamos a la práctica plenamente la Palabra que nos atraviesa. Pero
eso no debería ser obstáculo para seguir orando, dialogando, trabajando para que
esa Palabra se encarne y brille para todos. Quizás la primera apuesta, la
primera búsqueda, sea la de hacer realidad una comunidad eclesial mucho más
respetuosa del otro, menos prejuiciosa y más madura en la fe, en el amor y en el
servicio.
b) Ensayar nuevas formas de diálogo en la sociedad pluralista
En segundo lugar,
crear un sentido de libertad responsable en el amor en la relación entre los
distintos grupos que conforman nuestra sociedad. Ésta es una tarea
particularmente importante para nosotros, en tanto que los cambios sociales y
culturales que se están dando en nuestro país, como ya lo han hecho en otras
partes del mundo, nos plantean la necesidad de encontrar nuevas formas de
diálogo y convivencia en una sociedad pluralista, mediante las cuales se
lleguen a aceptar y respetar las diferencias y a potenciar los
espacios y tópicos de encuentro y coincidencia. ¡Cuántos cristianos trabajan
codo a codo con hermanos de otras confesiones o grupos religiosos, o de
movimientos políticos y sociales, en tareas de promoción humana y servicio a los
más necesitados! Quizás allí se esté gestando una nueva forma de relacionarnos,
que ayude a reconstruir el lazo social entre los argentinos y a ampliar nuestra
conciencia de solidaridad más allá de toda frontera religiosa, ideológica y
política.
c) Revitalizar la dimensión específicamente teologal de nuestra motivación
En tercer lugar,
quisiera apuntar brevemente a la más alta dimensión de la madurez, que es la
santidad. Si toda esta reflexión no nos mueve a los cristianos a retomar
una y otra vez la motivación última de nuestra existencia, se habrá quedado
a mitad camino. Para
el cristiano, la actuación de la libertad en el tiempo se cumple según el
modelo eucarístico: proclamación de la salvación efectuada “hoy” en Cristo y
en cada uno por la fe (con palabras y hechos), que “da cumplimiento” al pasado
de la historia de salvación y “anticipa” el futuro definitivo. La esperanza en
su más pleno sentido teológico, así, se torna clave de la experiencia cristiana
del tiempo, centrada en la adhesión a la persona del Resucitado.
Es pertinente tener
muy presente en este punto lo que nos señala el Santo Padre en Mane nobiscum
Domine: “En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al
cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la
cultura. Para lograrlo , es necesario que cada fiel asimile, en la meditación
personal y comunitaria , los valores que la Eucaristía expresa, las actitudes
que inspira, los propósitos de vida que suscita. ¿Por qué no ver en esto la
consigna especial que podría surgir del Año de la Eucaristía?”
(n.25).
Y todo ello, en el
seno de la comunidad que comparte la fe arraigada en el amor. Porque la
superación de la contradicción entre el individuo y la sociedad no se agota,
desde nuestro punto de vista, en una mera búsqueda de consensos, sino que tiene
que remontarse hacia la fuente de toda verdad. Profundizar el diálogo
para acceder más plenamente a la Verdad, profundizando nuestras verdades en un
Diálogo que no iniciamos nosotros sino Dios, y que tiene su propio tiempo y su
propia pedagogía. Un diálogo que es un “camino hacia la verdad juntos”
d) Establecer metas concretas en la educación para la madurez
Para concluir, y ya
ubicándonos en la específica tarea del educador, hemos de procurar poner en
el centro de todas nuestras actividades la formación integral de la persona,
es decir, el aporte a la plena maduración de hombres y mujeres libres y
responsables. En este sentido, tendríamos que poder plantearnos metas
concretas y evaluables, a fin de no quedarnos en una retórica narcisista. Si me
permiten, no quisiera terminar este mensaje sin sugerirles algunas cuestiones
derivadas de la reflexión precedente, que podrían vehiculizarse algunas en
prácticas, otras en objetivos, otras incluso en contenidos transversales. Son
seis propuestas:
1) Despertar la memoria para hacer “experiencia de la experiencia”
La ausencia de
memoria histórica es un serio defecto de nuestra sociedad. Además, es una nota
distintiva de la cultura por algunos llamada “posmoderna”, la cultura juvenil
del “ya fue”. Toda referencia a la historia es vista como una cuestión meramente
académica, en el sentido más estéril de la palabra “historia”. Creo que es
imprescindible despertar en nuestros chicos la capacidad de conectarse con las
motivaciones, opciones y acciones de los que nos precedieron, descubriendo la
innegable relación entre ellas y el presente. Conocer y poder tomar posición
frente a los acontecimientos pasados es la única posibilidad de construir un
futuro con sentido. Y esto no debe ser sólo el contenido de una materia
específica, sino que debe atravesar toda la vida escolar a través de diversas
actividades y en distintos espacios. En este sentido es imprescindible el
contacto con “los clásicos” de la literatura, encuentros de la dimensión
metahistórica de la vida social de los pueblos.
2) Ayudar a vivir el presente como don
Si Dios nos sale al
encuentro en la historia concreta, el presente es el punto desde el cual
acogemos el don y damos nuestra respuesta. Esto implica ir más allá del
escepticismo que hoy campea en nuestra cultura, y también más allá de cierta
omnipotencia típicamente argentina. Vivir el presente como don es recibirlo con
humildad y ponerlo a producir. En el mensaje que les dediqué hace dos años
desarrollé este tema de la relación entre continuidad y novedad en creación
histórica. Los invito a retomarlo y a encontrar formas de entusiasmar a nuestros
jóvenes con el enorme potencial transformador que está en sus manos, no tanto a
través de arengas y discursos sino convocándolos a desarrollar experiencias y
situaciones concretas que le permitan descubrir ellos mismos sus capacidades.
3) Desarrollar la capacidad de juicio crítico para salir de la “dictadura de la
opinión”
No nos cansemos de
preguntarnos una y otra vez si no estaremos simplemente transmitiendo
informaciones en lugar de educar para la libertad, que exige la capacidad de
comprender y criticar situaciones y discursos. Si vivimos cada vez más en una
“sociedad de información” que nos satura de datos indiscriminadamente, todo en
el mismo nivel, la escuela tendría que resguardad su rol de “enseñar a pensar”,
y a pensar críticamente. Para ello, los maestros tenemos que ser capaces de
mostrar las razones que subyacen a las distintas opciones de lectura de la
realidad, así como de promover la práctica de escuchar todas las voces antes de
emitir juicios. Asimismo, tendremos que ayudar a establecer criterios
valorativos y, último paso no siempre tenido en cuenta, poner de relieve cómo
todo juicio debe dejar lugar para ulteriores interrogantes, evitando el riesgo
de absolutizarse y perder vitalidad rápidamente.
4) Aceptar e integrar la propia realidad corpórea
Particularmente
urgente es una acompañamiento en la aceptación e integración de la corporeidad.
Paradójicamente, la cultura actual pone el cuerpo en el centro de su discurso y
al mismo
tiempo lo somete a todo tipo de constricciones y exigencias. Una antropología
más atenta a las nuevas condiciones de la subjetividad no puede dejar de lado un
trabajo concreto en este punto, desde todos los ámbitos en que se hace
problemático (la salud, la imagen y la identidad, la sexualidad, el deporte, el
bienestar y el ocio, el trabajo), y siempre apuntando a una liberación integral
para el amor a sí mismo, al prójimo y a Dios.
5) Profundizar los valores sociales.
Sabemos que
nuestros jóvenes tienen una enorme capacidad de sentir el sufrimiento del
prójimo y “poner el cuerpo” en acciones solidarias. Esta sensibilidad social,
muchas veces sólo emotiva, debe ser educada hacia una solidaridad “de fondo”,
que pueda elaborar
reflexivamente
la relación entre situaciones evidentemente dolorosas e injustas y los discursos
y prácticas que les dan origen o las reproducen. Será a partir de un permanente
“ida y vuelta” entre experiencias de auténtico encuentro humano y su iluminación
a partir del Evangelio que deberemos reconstruir los valores de solidaridad y el
sentido de lo colectivo que el individualismo consumista y competitivo de los
últimos tiempos ha minado en nuestro pueblo. Sin duda, esto exigirá una
profundización y renovación de la Doctrina Social en nuestro contexto concreto.
6) Insistir con la predicación del kerygma.
Todo lo anterior
caerá en saco roto si no acompañamos a nuestros jóvenes en un camino de
conversión personal a la persona y mensaje de Jesús, como motivación última que
articule los otros aspectos. Esto nos exigirá, además de coherencia personal –no
hay predicación
posible sin
testimonio–, una búsqueda abierta y sincera de las formas que la experiencia
religiosa puede tomar en este nuevo siglo. La conversión, queridos hermanos, no
es algo que se da de una vez para siempre. Es signo de una auténtica vida
cristiana la disposición a adorar a Dios “en Espíritu y en verdad”, es decir,
dondequiera sople ese Espíritu.
ARGENTINA DESPIERTA…
Llegamos así al
final de nuestra meditación.
Nos encontramos en
un momento histórico de dolor y de esperanza. Sentimos que no podemos
hacernos los distraídos ante la oportunidad que la Providencia nos brinda de
aportar nuestros ladrillos a la construcción de un mundo distinto.
Hemos compartido
con dolor la constatación del sufrimiento y abandono que padecen muchos de
nuestros chicos, expresado de un modo trágico en algunos hechos del año que
pasó, y hemos reconocido la necesidad de dar una respuesta a esta situación,
de hacernos cargo de algún modo, desde nuestra pobreza pero también desde
nuestra esperanza.
Y en ese contexto,
hemos reflexionado acerca de las condiciones de madurez personal y colectiva
requeridas para este compromiso.
Madurez que implica
una capacidad de vivir el tiempo como memoria, como visión y como espera,
yendo más allá del inmediatismo para ser capaces de articular lo mejor de
nuestra memoria y de nuestros deseos en una acción pensada y eficaz.
Madurez que se
despliega en una libertad que no se sujeta a ninguna particularización
excluyente, que hace oídos sordos a las verdades a medias y a los horizontes
de cartón, que no se adapta sin crítica a lo que esté vigente ni critica sólo
por resaltar su individualidad, sino que apunta a la búsqueda de un amor
universal y eficaz que fundamente y dé contenido a esa libertad plenamente
responsable.
Y que se abre, en última instancia, en
una renovada vida de fe eclesial y de cara a la sociedad en su
conjunto, bien fundamentada en una experiencia teologal y eucarística.
Desde allí, les propuse seis metas
para el trabajo con los chicos: despertar la memoria; ayudar a vivir el
presente como don; desarrollar la capacidad de juicio crítico;
promover la aceptación e integración de la propia realidad corpórea;
profundizar los valores sociales e insistir con la predicación del
kerygma.
Si la realidad que
hoy nos plantea sus desafíos encuentra en nosotros un espíritu generoso y
valiente, el momento presente habrá sido también un regalo de crecimiento para
nosotros. Será así que la madurez personal y comunitaria de nuestras comunidades
educativas habrá trascendido, por la gracia de Dios, hacia una experiencia de
encuentro con Él en una vida de santidad, respuesta a un don que nos antecede y
envuelve, signo y anticipo en la historia de la plenitud que esperamos.
Me despido de
ustedes haciendo mías las palabras del Apóstol: “Por eso, queridos
hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la
obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por él no
serán vanos” (1Co 15,58). Y, por favor, les pido que recen por mí.
En la Pascua del año del Señor de 2005.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.,
arzobispo de Buenos Aires |