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A LAS COMUNIDADES EDUCATIVAS


Mensaje del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, a las comunidades educativas
(6 de abril de 2005)


Queridos Educadores:

Una vez más, la fiesta central de todos los cristianos constituye la ocasión para ponernos a reflexionar acerca de la tarea que nos convoca. Tratamos de tomarle el pulso a los tiempos que vivimos, y de comprender de qué modo podemos recrear nuestra experiencia espiritual de modo que responda certeramente a los interrogantes, angustias y esperanzas de nuestra época.

Este esfuerzo es realmente imprescindible. En primer lugar, para comenzar por lo más evidente, porque estamos inmersos en una situación en la cual vemos cada vez con mayor claridad las consecuencias de los errores cometidos y las exigencias que la realidad de nuestro pueblo nos demanda. Tenemos la sensación de que la Providencia nos ha dado una nueva oportunidad de constituirnos en una comunidad verdaderamente justa y solidaria, donde todas las personas sean respetadas en su dignidad y promovidas en su libertad, en orden a cumplir con su destino como hijas e hijos de Dios.

Esa oportunidad es también un desafío. Tenemos en nuestras manos una inmensa responsabilidad, derivada justamente de la exigencia de no dilapidar la chance que se nos brinda. Es obvio señalar que a ustedes, queridos educadores, les toca una porción muy importante de esa tarea. Una tarea repleta de dificultades, cuyo desarrollo seguramente demandará generar prácticas de diálogo y hasta, por qué no, transitar arduas discusiones que tengan por objeto aportar al bien común desde una perspectiva abierta y verdaderamente democrática, superando la tendencia –tan nuestra– a las mutuas exclusiones y a la desacreditación (o condena) del que piensa o actúa diferente.

Me atrevo todavía a insistir: los argentinos llevamos una larga historia de intolerancias mutuas. Hasta la enseñanza escolar que hemos recibido se articulaba en torno al derramamiento de sangre entre compatriotas, en cualquiera de las versiones –por turno “oficiales”– de la historia del siglo XIX. Con ese trasfondo, en el relato escolar que consideraba a la Organización Nacional como la superación de aquellas antinomias, entramos como pueblo en el siglo XX, pero para seguir excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos, bombardeándonos, fusilándonos, reprimiéndonos y desapareciéndonos mutuamente. Los que somos capaces de recordar sabemos que el uso de estos verbos que acabo de escoger no es precisamente metafórico.

¿Estaremos ahora en condiciones de aprender? ¿Podremos madurar como comunidad, para que por fin deje de tener dolorosa actualidad la no deseada profecía del Martín Fierro acerca de los hermanos que son devorados por los de afuera o, peor aún, que se devoran entre ellos mismos?

Otras miradas nos han mostrado, gracias a Dios, que entre nosotros fructifican también todo tipo de voluntades e iniciativas que promueven la vida y la solidaridad, que claman por la justicia, que intentan buscar la verdad. Será en esas energías personales y sociales que tendremos que ahondar para responder al llamado de Dios de construir, de una vez por todas y con su gracia, una Patria de hermanos.

Pero además, el esfuerzo de leer los signos de los tiempos para comprender lo que Dios nos pide en cada situación histórica es requerido también por la misma estructura de la fe cristiana. Me atrevo a decir que sin ese permanente ejercicio, nuestra vocación cristiana –de docentes cristianos, de pastores, de testigos de la Resurrección en las múltiples dimensiones de la vida humana– se resiente hasta perder su verdadero valor transformador. No es posible prestar oídos a la Palabra de salvación fuera del lugar donde ella nos sale al encuentro, es decir, en la concreta historia humana en la cual el Señor se encarnó y en la cual fundó a su Iglesia para que predicara el Evangelio “hasta el fin del mundo” (Mt 28,20),



UNA COMUNIDAD MADURA PRIORIZA LA VIDA
 

Desde nuestras comunidades eclesiales, somos conscientes de que los argentinos estamos transitando tiempos de cambio y que hoy más que nunca se hace necesaria la oración y la reflexión, en orden a un serio discernimiento espiritual y pastoral.

Particularmente, quisiera llamar la atención de todos aquellos que tienen hoy a su cargo la tarea de acompañar a los niños y jóvenes en su proceso de maduración. Creo que es imprescindible tratar de acercarnos a la realidad que los chicos viven en nuestra sociedad, e interrogarnos qué papel cumplimos nosotros en ella.

Si queremos partir de la realidad, no podemos dejar de poner en el centro de la escena dos hechos dolorosos que han sacudido a la sociedad en su conjunto, pero particularmente a los jóvenes y a quienes están cerca de ellos. Me refiero a la tragedia de Carmen de Patagones y al terrible 30 de diciembre en el barrio porteño de Once. Dos hechos muy distintos entre sí, pero que tienen un mensaje común para nuestra comunidad: ¿qué les está pasando a nuestros chicos? ¿Qué pasa, mejor dicho, con nosotros, que no podemos hacernos cargo de la situación de abandono y soledad en que nuestros chicos se encuentran? ¿Cómo es que hemos llegado al punto de darnos cuenta de los problemas de los adolescentes cuando uno de éstos sufre una crisis que lo lleva a matar a sus compañeros con un arma de fuego sustraída a su padre? ¿Cómo es que reparamos en la desidia de todos aquellos que tienen por tarea cuidar a nuestros chicos recién cuando casi doscientas personas, en su inmensa mayoría niños, adolescentes y jóvenes, son sacrificados en nombre del negocio, el descuido y la irresponsabilidad? No nos toca a nosotros, obviamente, determinar responsabilidades, aunque sabemos que es imprescindible que esas responsabilidades se pongan de manifiesto y cada uno tenga que hacerse cargo de lo suyo. No es bueno diluir acciones y omisiones humanas que han tenido tan terribles consecuencias en una especie de culpa colectiva. Como orábamos en la misa al mes de la tragedia, “le pedimos (a Dios) justicia. Le pedimos que su pueblo humilde no sea burlado por ninguna astucia mundana; que su mano poderosa ponga las cosas en su sitio y haga justicia. La llaga es dolorosa. Nadie tiene el derecho de experimentar con los niños y los jóvenes. Son la esperanza de un pueblo y los debemos cuidar con decisión responsable”.

Aun así, y mientras confiamos en que más allá de los oportunismos políticos prime la responsabilidad y la seriedad en aquello que desde hace mucho habría que haber procurado (el bien común en su más básica expresión, la vida misma de los ciudadanos), necesitamos abrir los ojos y volver a revisar nuestras propias ideas, sentimientos, actuaciones y omisiones en el campo del cuidado, la promoción y la educación de los chicos y los adolescentes. Porque otro riesgo que se puede correr es acotar el problema a una cuestión de control en los centros de esparcimiento, del mismo modo en que, hace unos meses, la discusión sobre las situaciones de violencia que se reflejan en la escuela podría haberse deslizado a una mera indicación de psicodiagnósticos y “marcación cuerpo a cuerpo” para los chicos desde una mirada de tipo médica, psicopatologizante. Y no estoy minimizando la importancia de garantizar las condiciones de seguridad de los locales, o el aporte imprescindible de los profesionales de la salud. Simplemente, los estoy invitando a que seamos bien conscientes de que las cosas nunca están aisladas unas de otras, y todos nosotros (padres, educadores, pastores...) tenemos en nuestras manos la responsabilidad y también la posibilidad de hacer de este mundo algo mucho más habitable para nuestros chicos.

En este punto, quisiera reiterarles algunas ideas que compartí con muchos de ustedes en el Foro para Docentes, en octubre último.

Todos somos conscientes de las dificultades cada vez mayores que aparecen cuando queremos acompañar a nuestros chicos desde nuestras instituciones educativas. Como les decía en el Foro, la presión del mercado, con su propuesta de consumo y competencia despiadada, la carencia de recursos económicos, sociales, psicológicos y morales, la gravedad cada vez mayor de los riesgos que hay que evitar... todo ello hace que a las familias se les haga cuesta arriba cumplir con su función, y que la escuela se vaya quedando cada vez más sola en la tarea de contener, sostener y promover el desarrollo humano de sus alumnos.

Esta soledad termina viviéndose, inevitablemente, como sobreexigencia. Sé que ustedes, queridos docentes, están teniendo que cargar sobre sus espaldas no sólo con aquello para lo cual se prepararon, sino con una multitud de demandas explícitas o tácitas que los agotan. A eso se suman los medios de comunicación, que no se termina de saber si ayudan o confunden más las cosas, al tratar cuestiones delicadísimas con la misma ligereza con que ventilan las intimidades de los personajes del espectáculo, en el mismo bloque del noticiero, en la misma página del periódico, entremezclado con publicidades de los objetos más inverosímiles. Y todo ello, mientras nos vamos pareciendo cada vez más a una sociedad de control en la cual todo el mundo desconfía de todo el mundo, y al mismo tiempo que, a la nueva atención justamente prestada a muchas formas de negligencia y abuso, se adosan tanto la mala costumbre de ventilar denuncias sin chequear suficientemente las fuentes como la inescrupulosidad de personajes que sólo ven en las instituciones una oportunidad para lucrar a cualquier costo.

¿Y entonces? ¿Qué tienen que hacer ustedes, así como están de sobrecargados y cansados? ¿Tendrá razón el que diga “mi tarea es enseñar tal o cual disciplina, yo no voy a poner el cuerpo para que me peguen, que los otros se hagan cargo de lo suyo”? Y, sí, ojalá cada uno hiciera lo que le corresponde. Pero, como les decía hace unos meses, la maestra no podrá limitarse a ser la “segunda madre” que era en otras épocas, si no hubo antes una “primera”. Estoy seguro de que a todos nos agrada recordar cómo de chicos podíamos jugar en la vereda, suficientemente alimentados y queridos, en familias donde el bienestar, el cariño y el cuidado eran lo cotidiano. También sé que más de una vez intentamos discutir cuándo las cosas dejaron de ser así, quién empezó todo, quién degradó la educación, quién desmontó la relación entre educación y trabajo, quién debilitó a la familia, quién socavó la autoridad, quién pulverizó al Estado, quién llevó a la anomia institucional, quién corrompió los ideales, quién desinfló las utopías... Podemos analizar todo eso hasta el cansancio, debatir, opinar... Pero lo que no se puede discutir es que ustedes se enfrentan diariamente a chicos y chicas de carne y hueso, con posibilidades, deseos, miedos y carencias reales. Chicos que están ahí, en cuerpo y alma, como son y como vienen, ante un adulto, reclamando, esperando, criticando, rogando a su manera, infinitamente solos, necesitados, aterrorizados, confiando persistentemente en ustedes aunque a veces lo hagan con cara de indiferencia, desprecio o rabia; atentos a ver si alguien les ofrece algo distinto... o les cierra otra puerta más en la cara.

Inmensa responsabilidad, que requiere de nosotros no sólo una decisión ética, no sólo un compromiso consciente y esforzado, sino también, y más básicamente, un adecuado grado de madurez personal.

Madurez que a veces parece ser un bien escaso en nuestra sociedad argentina, siempre queriendo empezar desde cero, como si los que nos precedieron no hubiesen existido, siempre encontrando la vuelta para resaltar lo que nos divide aunque lo que nos une esté a la vista, siempre oponiéndonos por las dudas, tirando la piedra y escondiendo la mano, silbando bajito y mirando para otro lado cuando las papas queman, declamando patriotismo y pasión por la justicia mientras pasamos el sobre por debajo de la mesa o conseguimos un amigo que nos ayude a “colarnos” en la fila...

Parece que una meditación sobre la madurez nos va a venir bien a todos. No sólo porque vayamos a madurar meditando, sino para que podamos vernos con los ojos más abiertos (¿quizás como nos ven nuestros adolescentes?) y, en consecuencia, empecemos a modificar aunque sea las conductas y actitudes que están más a nuestro alcance.



LA MADUREZ ES MÁS QUE CRECIMIENTO
 

No es sencillo definir en qué consiste la madurez. Sobre todo, porque más que un concepto, “madurez” parece ser una metáfora. ¿Tomada de la fruticultura? No lo sé. Si así fuera, tendríamos que señalar inmediatamente que hay una diferencia fundamental entre las manzanas y duraznos y los seres humanos. Mientras que el pleno desarrollo (porque de eso se trata) de las frutas es un proceso que depende directamente de determinadas programaciones genéticas del vegetal y de las condiciones ambientales adecuadas (el clima, la acción de los insectos, pájaros y viento para la polinización de las flores, la humedad, los nutrientes de la tierra...), en el caso de la “madurez” humana no se trata sólo de genética y alimentación. Salvo que consideremos al hombre como un ser viviente en nada diferente de los otros (amebas, cactus...).

A veces, cuando uno lee algunas divulgaciones “científicas”, se queda con la impresión de que los genes determinaran casi en un mismo nivel que uno tenga el pelo lacio o enrulado, que el primer diente se le caiga a los cinco años, que le vaya mal en la escuela, que sea pobre, que sea sociable, que un día mate a su suegra y que finalmente se muera de un infarto a los cuarenta y tantos años.

Pero si la madurez fuera solamente el desarrollo de algo precontenido en el código genético, realmente no habría mucho que hacer. El diccionario de la Real Academia nos da un segundo significado de “madurez”: “buen juicio o prudencia, sensatez”. Y aquí nos ubicamos en un universo muy distinto al de la biología. Porque la prudencia, el buen juicio y la sensatez no dependen de factores de crecimiento meramente cuantitativo, sino de toda una cadena de elementos que se sintetizan en el interior de la persona. Para ser más exactos, en el centro de su libertad.

Entonces, la madurez, desde este punto de vista (que se presenta como mucho más interesante y rico para nuestra reflexión), podría entenderse como la capacidad de usar de nuestra libertad de un modo “sensato”, “prudente”. Fíjense que con esto, nos corremos no sólo de la reducción biológica, sino de la misma perspectiva psicológica, para acceder a una consideración ética. Atención: no se trata de elegir entre uno y otro enfoque. Sin un determinado programa genético no podemos ser humanos, y sin el desarrollo de las facultades que son objeto de la psicología no podrá hablarse de una madurez en el sentido ético. Pero justamente porque lo humano implica esa multiplicidad de dimensiones quiero subrayar la diferencia: no me compete, como pastor, “dar clase” de psicología, pero sí proponerles una serie de consideraciones que hacen a la orientación de nuestro obrar libre.

Si hablamos de sensatez y de prudencia, la palabra, el diálogo, incluso la enseñanza, tendrán mucho que ver con la madurez. Porque para llegar a obrar de esa manera “sensata”, uno debió haber acumulado muchas experiencias, realizado muchas elecciones, ensayado muchas respuestas a los desafíos de la vida. Es obvio que no hay “sensatez” sin tiempo. En un primer momento, entonces, todavía muy cercano a la perspectiva psicológica y hasta biológica, la madurez implica tiempo.

Pero retomemos a la persona madura como alguien que hace uso de su libertad de un modo determinado. ¿Cuál es, nos preguntamos en seguida, ese modo? Porque aquí se abre otro problema: ¿hay una especie de “tribunal de madurez”? ¿Quién determina cuándo algo es “sensato y prudente”? ¿”Los otros” (sean quienes fueren)? ¿O cada uno, desde su experiencia y orientación? Si en una primera instancia tenemos que relacionar madurez con tiempo, a continuación deberemos ubicarnos en el conflicto entre el individuo y los demás. La libertad en el tiempo, la libertad en la sociedad.

Este es, entonces, el trayecto que les propongo. Un trayecto que, como veremos, nos permitirá comprender la madurez humana en una perspectiva abierta. Porque al final nos encontraremos con una última dimensión de la madurez: la invitación divina a trascender el horizonte de lo intersubjetivo y social para abrirnos a lo religioso, es decir, de la madurez ética a la santidad.

Pero no nos adelantemos: la reflexión todavía está “verde”.



LA MADUREZ EXIGE UNA EXPERIENCIA EN EL TIEMPO
 

Para que algo deje de estar “verde” y llegue a estar “maduro” en serio, es esencial no apurarse. ¡Cuántas veces nos habremos decepcionado con frutas de muy buena apariencia y poco sabor! Y decimos: “es de frigorífico”... Es decir, no se le dio el tiempo necesario para que llegue a su punto justo.

Salvando las distancias, la maduración humana, en su dimensión ética, también requiere de tiempo. Psicólogos de diversas escuelas coinciden, más allá de sus diferencias, en que la conciencia moral se va desarrollando a través de un proceso que implica etapas y movimientos diversos, transcurriendo necesariamente en el tiempo.

Es así: para llegar a un punto de madurez, es decir, para que seamos capaces de decisiones verdaderamente libres y responsables, es preciso que nos hayamos dado (y nos hayan dado) tiempo.

En el tiempo se dan algunas operaciones imprescindibles para formar la libertad. Por ejemplo, la capacidad de esperar. Sabemos que “lo quiero ya” es el lema de los niños pequeños y de aquellos que consideramos que no han madurado convenientemente. Probablemente sea una de las cosas más importantes que tengamos que aprender. Aunque más no sea, porque el paso de la satisfacción inmediata a la espera, la simbolización y la mediación de la acción razonada es uno de los factores que nos definen como humanos. Entre nosotros, el estímulo no despierta necesariamente una respuesta inmediata y automática. Es justamente en el espacio entre el estímulo y la respuesta que hemos construido toda la cultura.

Eso implica un largo camino de aprendizaje, sobre la base de capacidades que van madurando desde lo biológico y lo psíquico. A veces solemos imaginar la figura del “viejo sabio” como alguien que ha llegado a una cierta “impasibildad”. Más allá de algunos acentos propios de la cosmovisión oriental presentes en esas imágenes, es verdad que esa toma de distancia respecto de las cosas y de las presiones es uno de los aspectos que se resaltan en todos esos personajes que pueden vincularse a la “sensatez” y la “prudencia”. Al menos, en lo que hace a la capacidad de no guiarse por los primeros impulsos. El hombre prudente, maduro, “piensa” antes de actuar. “Se toma su tiempo”.

¿Será obvio anotar que todo ello implica una serie de operaciones que se hacen muy difíciles en la actual “cultura digital”? El tiempo de la reflexión no es de ningún modo el tiempo de la percepción y respuesta inmediata de los juegos de computadora, de las comunicaciones “on line”, de las operaciones de todo tipo en las cuales lo importante es “estar conectados” y “actuar rápido”. No se trata de prohibir a los chicos que jueguen con las máquinas electrónicas, sino de encontrar la forma de generar en ellos la capacidad de diferenciar las diversas lógicas y no aplicar unívocamente la velocidad digital a todos los ámbitos de la vida.

También se tratará de estar atentos a nuestras propias tendencias “estímulo-respuesta inmediata”. Por poner un ejemplo: el auge –de origen mediático– de la “opinión”: todo el mundo opina de todo, sepa o no sepa, tenga o no los elementos de juicio. ¿Cómo darnos lugar a “pensar”, a dialogar, a intercambiar criterios para construir posiciones sólidas y responsables, cuando cotidianamente mamamos un estilo de pensamiento que se arma sobre lo provisorio, lo lábil y la despreocupación por la coherencia? Es obvio que no podemos dejar de formar parte de la “sociedad de información” en la cual vivimos, pero lo que sí podemos es “tomarnos tiempo” para analizar, desplegar posibilidades, visualizar consecuencias, intercambiar puntos de vista, escuchar otras voces... e ir armando, de esa manera, el entramado discursivo sobre el cual será posible producir decisiones “prudentes”.

Tomarse tiempo para esperar es también tomarse tiempo para construir. Las cosas realmente importantes requieren tiempo: aprender un oficio o profesión, conocer una persona y entablar una relación duradera de amor o de amistad, saber cómo distinguir lo importante de lo prescindible...

Ustedes saben muy bien que hay cosas que no se pueden apurar en el aula. Cada chico tiene su tiempo, cada grupo tiene su ritmo... El año pasado les hablaba de la diferencia entre “dar frutos” y “producir resultados”. Bien, una de las diferencias es justamente la calidad del tiempo que implican ambas finalidades. En la producción de resultados, uno puede prever y hasta racionalizar-eficientizar el tiempo; en la espera del fruto, no. Es justamente espera: no está en nuestras manos el tiempo, el ritmo. Implica humildad, paciencia, atención y escucha.

El Evangelio nos ofrece la imagen bellísima de la Sagrada Familia “tomándose su tiempo”, dejando que Jesús fuera madurando, “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 23, 52). El mismo Dios hizo del tiempo el eje principal de su Plan de salvación. La espera de su Pueblo se concentra y simboliza en esa espera de María y José ante ese niño que “se toma su tiempo” para madurar su identidad y su misión, y más tarde, ya hombre, hace de la espera de “su hora” una dimensión esencial de su vida pública.

Ahora bien, ¿hay alguna diferencia, en este punto, entre las frutas que maduran en determinado tiempo y las personas que requieren tiempo para madurar su libertad? ¿Qué es lo que el tiempo hace con nosotros, para tener un papel tan importante?

El tiempo es imprescindible, pero no solamente en tanto magnitud “cronológica”, cuantitativa. “Tiempo es experiencia”, sí, pero sólo si uno se dio la oportunidad de “hacer experiencia de la experiencia”. Es decir: no se trata sólo de que “pasen cosas”, sino de apropiarnos del sentido y el mensaje de las cosas que pasan. El tiempo tiene sentido dentro de una actividad del espíritu, en la cual juegan la memoria, la fantasía, la intuición, la capacidad de juzgar... Pocos lo han ahondado de un modo tan profundo y tan bello como san Agustín:

“¿Qué es, entonces, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me lo pregunta, no lo sé. (...) El pasado y el futuro, ¿cómo son, puesto que el pasado ya no es, y el futuro no es aún? Hay tres tiempos: presente de lo pasado, presente de lo presente y presente de lo futuro. Existen, en efecto, en el alma, en cierta manera, estos tres modos de tiempos y no los veo en otra parte: el presente del pasado, es la memoria; el presente del presente, es la visión; el presente del futuro, es la espera.” (Confesiones, Libro XI. El resaltado es mío).

La maduración en el tiempo es, en el ser humano, mucho más que el transcurrir objetivo de un programa biológico. Es “distensión del alma”, decía san Agustín, es decir, la experiencia del tiempo se da en el alma misma, en su movimientos y en su actividad. En efecto, “madurar” en el tiempo es poner en juego la “memoria”, la “visión” y la “espera”. Para el desmemoriado, para que el que no guarda registro de lo que ha sucedido y de sus propios sucesos internos, el tiempo es un mero fluir sin sentido. Sin memoria, vivimos un mero presente sin densidad, un presente que siempre está empezando, vacío. Ser “inmaduro” es, en este punto, justamente estar siempre “recién aterrizado”, no tener el respaldo de las experiencias recordadas y ponderadas ante la necesidad de dar respuestas a los desafíos de la realidad.

A veces nos decimos que somos un pueblo inmaduro. Pero eso no se deberá a que tenemos una historia aún breve, sino a que no hemos sabido rumiar esa historia. Poco es lo que hemos aprendido, y tendemos a tropezar una y otra vez en la misma piedra. Como no aprendemos, como no nos recortamos sobre el fondo de experiencias anteriores que mucho tendrían para enseñarnos, sólo nos queda un presente hueco, el presente del “todo ya”, el presente del consumismo, la dilapidación, el afán de enriquecimiento fácil, la irresponsabilidad (total, ¿quién se va a acordar?) o, en un intento de protegernos, el presente inmediato de la desconfianza mutua y el escepticismo.

Hacer memoria, mantener despierta la memoria de los triunfos y los fracasos, de los momentos de felicidad y de los de sufrimiento, es la única forma de no ser como “niños” en el peor sentido de la palabra: inmaduros, sin experiencia, tremendamente vulnerables, víctimas de cualquier señuelo que se nos presente revestido de luces de colores. O como “viejos” en el sentido también más triste: descreídos, blindados de amargura. La “memoria selectiva” tampoco madura pues desgaja los datos, los momentos del corazón, los episodios de la vida desfigurando la totalidad. Se crea una suerte de ser mitológico: mitad realidad vivida, mitad fantasía (llámese ilusión, ideología, deseo). Por otra parte conviene recordar que la manipulación de la memoria nunca es inocente; más bien es deshonesta.

¿Y la espera, presente del futuro en el alma, según san Agustín? ¿Cómo puede haber experiencia y sensatez si no sabemos hacia dónde queremos dirigirnos, hacia dónde mirar para elegir entre las posibilidades que se presenten, en qué dirección sembrar y construir y apostar? La dimensión temporal de la madurez también implica contar con la “distensión” de la espera: convertir el deseo en esperanza. El presente, como momento de decisión, como única actualidad de la libertad que elige, se diluye sin esa capacidad de ver lo que deseamos en los mínimos movimientos y las pequeñitas semillas que hoy tenemos entre las manos. Semillas que descartaríamos, movimientos que dejaríamos perderse si no pudiéramos alimentar la expectativa de que a partir de ellos, y mediando tiempo y nuevas decisiones, puede crecer el bien que deseamos y hemos aprendido a esperar activamente. Y así, nos sigue diciendo san Agustín, el presente es “visión”: de lo que fue, lo que es y, sobre todo, de lo que puede ser. Campo propio de la libertad, campo propio del espíritu. En este aspecto de visión radica la dimensión de la complementatividad, elemento necesario de la madurez.

Sin esa conjunción de pasado, presente y futuro, conjunción que se da en la actividad del alma humana, no hay proyecto posible. Sólo improvisación. Borrar lo que pasó antes para volver a escribir sin asideros lo que alguien borrará mañana. ¿No será tiempo de aprender a proyectar, esperar y sostener el esfuerzo y la espera? Volvamos al punto de partida de nuestra reflexión: ¿no hay algo de esto en la terrible desprotección que viven nuestros chicos y adolescentes? ¿No están ellos asomándose a la vida sin un “relato” que les permita construir su identidad y perfilar sus opciones? Y no se trata de volver al publicitado y gastado tópico del “fin de los relatos”, que no fue otra cosa que la implantación violenta de un único relato, un “cuento”, sí, “sin tiempo”, basado en la confianza ciega en leyes relativas a la riqueza, al olvido y a la ilusión de que la avalancha de objetos de consumo era realmente la tierra prometida. “Cuento” que nadie había corroborado jamás, una ilusión colectiva que sólo enterrando la memoria y degradando la esperanza pudo ser creído. Así sucede cuando la ideología centra toda la actividad humana y se impone con un dogmatismo que no conoce de memoria ni de realidad ni de visión. Los actuales “progresismos adolescentes” bloquean todo real progreso humano y, en aras de un pretendido progreso pero sin la fuerza de la memoria, la realidad y la visión, configuran totalitarismos de diverso estilo pero crueles como los del siglo XX; totalitarismos conducidos por los “democráticos” gurúes del pensamiento único. Confunden el proceso de maduración de las personas y de los pueblos con una fábrica de conserva en lata.

Tenemos hoy la oportunidad de caer en la cuenta de una de las más horribles consecuencias de la desorientación de los adultos: la muerte de chicos. Si no hay pasado, no se aprende, si no hay futuro, no se apuesta ni se prepara. Todos quedamos colgados de la nada, de esa mentirosa atemporalidad de las pantallas. Todo hoy, todo ahora, ¿qué otra cosa importa? Y el que no pudo pegar el manotazo hoy, perdió. Se perdió. No tiene lugar, no tiene tiempo. Deambulará por las calles y nadie lo verá, como los niños que a montones piden una moneda o golpean un teléfono público para exprimirle unos centavos hoy. Niños sin tiempo, niños a quienes no se les ha dado el tiempo que necesitaron. O como los adolescentes que no saben qué esperar y no tienen de dónde aprender, con padres ausentes o vacíos, con una sociedad que los excluye o los expulsa y los pone en el lugar de víctimas o de victimarios (decidiendo el bando, muchas veces, por el color de su piel) en vez de reconocerlos como sujetos plenos de futuro... siempre y cuando la comunidad les aporte lo que necesitan para ello.

Ese mismo inmediatismo que ha producido adolescentes que hoy, sólo hoy, creen que pueden satisfacerse con cualquiera de los productos que se les ofrecen, hoy, porque hay que vender hoy, no importa si mañana el chico vive o no, si crece o no, si aprende o no. Adolescentes que, en la exasperación del presente como único horizonte, son muchas veces víctimas/victimarios de la compulsión a tener hoy un peso para lo que sea y del modo que sea, aunque sea el peor, rifando su vida y la de los otros porque de cualquier manera, ¿qué importa el mañana? Hoy, sólo hoy, llegando a matar para hacerse de un dinero, del mismo modo que otros más grandes han dejado morir (o provocado la muerte) para hacerse de un dinero infinitamente mayor.

Es la ley de la vida... cuando no hay “distensión del alma”. Cuando el pasado no es “memoria” y el futuro no es “espera”, el presente no es “visión” sino ceguera mortal.

Pero permítanme una última precisión: “tomarse tiempo” no es lo mismo que “dejarse estar”. La vigilancia es un aspecto esencial de la espera. Jesús mismo, atento a su “hora”, no ahorró imágenes para sembrar en sus discípulos las parábolas de los servidores esperando a su señor, de las vírgenes que esperaban al novio sabia y prudentemente y las que no. Aquí es donde vemos con claridad la virtualidad propia del tiempo presente: no sólo visión, sino don. El presente es aquello que recibimos no para dejar que se convierta en pasado inútilmente, sino para convertirlo en futuro... actuando.

Para concluir esta sección: la libertad se cumple plenamente, “maduramente”, cuando es libertad responsable. Es allí cuando se torna lugar de encuentro entre las tres dimensiones del tiempo. Una libertad que reconoce lo que hizo y lo que no hizo (del presente al pasado), se apropia de sus decisiones en el instante que corresponde (el presente) y se hace cargo de las consecuencias (del presente al futuro). Esa es una libertad madura.



LA MADUREZ IMPLICA LIBERTAD
 

Una segunda dimensión de la madurez se vinculaba con la tensión  entre individuo y comunidad. Tensión  que, ya podemos señalar desde un comienzo, es por lo menos inevitable, en el sentido que decididamente no puede existir el uno sin la otra, y viceversa.

Pero salteémonos las cuestiones básicas implícitas en este tema (por otra parte, suficientemente articuladas en la antropología bíblica y en la visión acerca del hombre, persona única y ser social a un tiempo) para preguntarnos de lleno por la relación entre “ser una persona madura” (es decir, según la segunda acepción del Diccionario, poseer “buen juicio o prudencia, sensatez”) y ser alguien “adaptado a la sociedad”.

En una primera y rápida aproximación, parecería que la madurez tuviera  que ver con esa “adaptación”. Al menos comúnmente se vincula enseguida al “inmaduro” con el “inadaptado”. A veces (incluso en nuestras instituciones), el concepto de “inmadurez” sirve para estigmatizar sin condenar moralmente al que se sale de “lo esperado”, al que actúa de un modo sorprendente o inadecuado para los criterios comunes. “No es una mala persona, sólo es un poco inmaduro”. ¿No es una forma de hablar muy vigente entre nosotros?

Con esto el problema es doble. En primer lugar, no es pertinente hablar de una persona inmadura, sino de conductas inmaduras. Y aún así, no es tan sencillo definir dónde está el criterio que discrimina unas y otras conductas. ¿Quién define qué es lo “maduro”, es decir, a qué hay que “adaptarse”? ¿Será la “autoridad”? ¿La “mayoría”? ¿Lo “instituido”?

El criterio que asimila madurez a adaptación se vuelve particularmente complicado si tomamos como ejemplos algunas situaciones. Hace no tanto tiempo, la autoridad en nuestro país decía que “el silencio es salud”, y lo hacía sentir. Sin embargo, no faltaron quienes elevaron su voz a favor de los derechos humanos y en contra de diversos atropellos a los pobres y a quienes no coincidían con la ideología dominante.  Otro ejemplo: probablemente, “la mayoría” considere más “adaptado al mundo en que vivimos” hacer un pequeño “obsequio” al agente de tránsito o al inspector que pagar una abultada multa en la oficina correspondiente. ¿Será cosa de “inmaduros” negarse a entrar en esa red de corrupción, no por “aceptada” menos perniciosa? Pero claro, aquí aparece la figura de “lo instituido”, en este caso, la ley de tránsito o la reglamentación sobre habilitación de comercios o boliches. Mal que les pese a muchos argentinos, lo “adaptado” (y “maduro”) no estaría así del lado de las prácticas corruptas pero extendidas, sino de lo que la ley exige, aunque poco se cumpla. Y sin embargo, la cosa vuelve a complicarse cuando los sujetos se ven obligados a actuar contra las leyes en nombre de lo que consideran justo. Es la historia del movimiento obrero en todo el mundo: ¿cuánta lucha, cuánto sufrimiento, cuántas muertes, incluso, costó el reconocimiento de la legitimidad de la protección al trabajador y su familia, de la reglamentación del trabajo de los menores, etc., contra la rapacidad del capitalismo de la época, que había generado su propia legalidad? ¿Podrá decirse que aquellos pioneros en las luchas por la dignidad del trabajo humano eran personas “inmaduras”?

Los cristianos deberíamos ser los primeros (¡y no siempre los somos!) en rechazar la identificación apresurada entre “madurez” y “adaptación”. Jesús, nada menos, podría haberse constituido para muchos en su tiempo en el paradigma del inadaptado y, por lo tanto, del inmaduro. Así lo atestiguan los mismos Evangelios, al consignar las reacciones ante sus prácticas (“Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores”, Mt 11, 19) y ante sus rupturas con los marcos  institucionales (“Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado»”, Mc 3, 21 y la respuesta de Jesús acerca de su “verdadera familia”, 33-35). Lo mismo está implicado en su polémica con los fariseos y los sumos sacerdotes respecto a la Ley y al Templo. Podríamos leer los Evangelios completos, y particularmente el de Juan, como el intento de responder a esta pregunta dirigida al Señor: “¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio autoridad para hacerlas?” (Mc 11, 28). En aquella época, en la cual no había una mentalidad científica y ni siguiera humanista en el sentido moderno, no se consideraba “inmaduro” al que desafiaba de algún modo a la autoridad, lo instituido o la mayoría, sino “endemoniado” (Jn 8, 48. 52) o “blasfemo” (Jn 10, 33). Así, la reacción ante la actitud de Jesús culminaría en las acusaciones mortales de blasfemia primero (Mt 26, 65-66) y luego de rebeldía contra el César (Jn19, 12-15).

¿Y qué decir de san Pablo, indeseable para tantas situaciones del establishment  al punto de la cárcel, la lapidación y finalmente la ejecución? ¿Y de tantos y tantas mártires y confesores, enfrentándose a los criterios y valores de su tiempo, atrayendo sobre sí las iras del poder? Bien considerado, los santos siempre han sido como una piedra en el zapato de sus contemporáneos. Y no puede ser de otro modo, habida cuenta la fuente de la autoridad de Jesús, que trasciende a todo “buen juicio” posible en este mundo.

Si la madurez fuera lisa y llanamente adaptación, la finalidad de nuestra tarea educadora sería “adaptar” a los chicos, esas “criaturas anárquicas”, a las buenas normas de la sociedad, sean cuales fueren. ¿A costa de qué? A costa de un amordazamiento y sumisión de la subjetividad. O peor aún a costa de la privación de lo más propio y sagrado de la persona: su libertad. ¡Tremendo desafío, entonces, la educación en y para la libertad, ya que supondrá en todos nosotros, docentes y formadores, pastores y maestros, una abnegada relativización de nuestra forma de ver y sentir para disponernos a la búsqueda humilde y sincera de la verdad.

Por una vía indirecta, entonces, llegamos a ver que la madurez implica, más que la “adaptación” a un modelo imperante, la capacidad de tomar posición desde sí mismo en la situación determinada en que uno se encuentra. Es decir, la posesión de la libertad para elegir y decidir según la propia experiencia y deseo, en consonancia con los valores a los que adhiere.



LA MADUREZ SE PLENIFICA EN EL AMOR
 

Ahora bien, ¿significa esto la canonización automática de todo subjetivismo, de toda excentricidad, de toda pretensión del individuo como tal?

De ningún modo. La pregunta que los contemporáneos hacían a Jesús era en sí misma válida. Sus palabras y obras no podían presentarse como pura ruptura: debían tener una referencia de Verdad. El momento “negativo” de la crítica, de la rebeldía, de la subjetividad como rechazo de la sujeción, sólo puede apoyarse en el momento “positivo” de la trascendencia, de la tendencia a una mayor universalidad, a una más plena verdad. No es el poder lo que han rechazado los mártires: era el poder que beneficiaba sólo a algunos. No es la Ley lo que Jesús combatía: era la Ley que se ponía por encima del reconocimiento del prójimo. No es de la mayoría que el testigo de la verdad reniega: es de la mayoría en tanto que priva de visibilidad y palabra a todo lo demás, a las otras presencias y las otras voces.

Dicho de otra manera: la libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del cual no hay nada. Se ordena a la vida más plena del ser humano, de todo el hombre y todos los hombres. Se rige por el amor, como afirmación incondicional de la vida y el valor de todos y cada uno. En ese sentido, podemos dar todavía un paso más en nuestra reflexión: la madurez no sólo implica la capacidad de decidir libremente, de ser sujeto de las propias opciones en medio de las múltiples situaciones y configuraciones históricas en las que nos veamos incluidos, sino que incluye la afirmación plena del amor como vínculo entre los seres humanos. En las distintas formas en que ese vínculo se realiza: interpersonales, íntimas, sociales, políticas, intelectuales...

No es otra cosa la idea, que ya hemos presentado, de una “libertad responsable”. ¿Ante quién vamos a ser responsables, sino ante el otro y ante nosotros mismos en tanto miembros de la familia humana? ¡Alto!, dirán. ¿No somos responsables, primero que nada, ante Dios? Sí, por supuesto. Lo cierto es que a Dios lo vemos como a través de un espejo, en enigma... Y la prueba más definitiva de la veracidad y verdad de nuestra responsabilidad ante Él sigue siendo la prueba del amor al prójimo (1 Jn 4, 20) vivido desde la verdad más íntima de nuestra conciencia (1 Jn 3, 21-24) hasta las obras más concretas y eficaces que muestran nuestra fe (Sant. 2, 18). Una personalidad madura, así, es aquella que ha logrado insertar su carácter único e irrepetible en la comunidad de los semejantes. No basta con la diferencia: hace falta también reconocer la semejanza.

¿Qué implica esto para nuestra vocación y tarea de docentes cristianos?

Implica la exigencia de construir y reconstruir los lazos sociales y comunitarios que el individualismo desenfrenado ha roto. Una sociedad, un pueblo, una comunidad, no es sólo una suma de individuos que no se molestan entre sí. La definición negativa de libertad, que pretende que ésta termina cuando toca el límite del otro, se queda a medio camino. ¿Para qué quiero yo una libertad que me encierra en la celda de mi individualidad, que deja a los demás afuera, que me impide abrir las puertas y compartir con el vecino? ¿Qué tipo de sociedad deseable es aquella donde cada uno disfruta sólo de sus bienes, y para la cual el otro es un potencial enemigo hasta que me demuestre que nada de mí le interesa?

Quisiera que se me entienda bien: no somos los cristianos quienes vamos a caer en una concepción romántica e ingenua de la naturaleza humana. Más allá de las formulaciones históricas, la creencia en el pecado original quiere dar cuenta de que en cada hombre o mujer anida una inmensa capacidad de bien... y también de mal. Nadie está inmune, en cada semejante puede anidar también el peor enemigo, aún para sí mismo.

Pero esa consideración, realista o teológica, como se quiera, es sólo el punto de partida. Porque a partir de allí habrá que pensar en qué consiste la tarea del hombre en la historia, la empresa de las comunidades humanas, la finalidad de la civilización: ¿simplemente sancionar la peligrosidad de unos contra otros limitando las posibilidades de conflicto, o más bien promover las más altas capacidades humanas en orden a un crecimiento de la comunión, el amor y el reconocimiento mutuo que apunte a la construcción de un vínculo positivo y no ya meramente negativo?

Mucho hemos avanzado, y muchísimo queda aún por avanzar, en la tarea de sacar a la luz la múltiples situaciones de violaciones a la dignidad de las personas y, especialmente, de los grupos más castigados y sometidos. Particularmente importante ha sido el avance en la conciencia de los derechos de los niños, de la igualdad de los derechos del varón y la mujer, de los derechos de las minorías. Pero es preciso dar un paso más: no será a través de la entronización del individualismo que se dará su lugar a los derechos de la persona. El máximo derecho de una persona no es solamente que nadie le impida realizar sus fines, sino efectivamente realizarlos. No basta con evitar la injusticia, si no se promueve la justicia. No basta con proteger a los niños de negligencias, abusos y maltratos, si no se educa a los jóvenes para un amor pleno e integral a sus futuros hijos. Si no se brinda a las familias los recursos de todo tipo que necesitan para cumplir su imprescindible misión. Si no se favorece en la sociedad toda una actitud de acogida y amor a la vida de todos y cada uno de sus miembros, a través de los distintos medios con los cuales el Estado debe contribuir.

Una persona madura, una sociedad madura, entonces, será aquella cuya libertad sea plenamente responsable desde el amor. Y eso no crece sólo en las banquinas de las rutas. Implica invertir mucho trabajo, mucha paciencia, mucha sinceridad, mucha humildad, mucha magnanimidad.



CAMINANDO HACIA LA MADUREZ
 

¿De qué modo podemos convertir estas reflexiones en pistas concretas para que los educadores cristianos pongamos en marcha las impostergables tareas que se nos exigen?


a) Fortalecer la comunidad eclesial

En primer lugar, creo que es imprescindible reforzar el sentido eclesial entre nosotros mismos. No hay otro lugar donde ponernos a la escucha de lo que Dios nos dice en la realidad actual que el seno de la comunidad creyente. La humilde comunidad eclesial real y concreta, no la deseada o soñada. Con sus falencias y pecados, en medio de un proceso nunca acabado de penitencia y conversión, buscando nuevas y mejores vías de comunicación mutua, de corrección fraterna, de solidaridad, de crecimiento en fidelidad y sabiduría... Es posible que muchos cristianos, ante las dolorosas divisiones y pecados por las que atraviesa el cuerpo eclesial, se desanimen y busquen fuera de la comunidad las vías de realización de su compromiso por el otro. Pero quizá de esa manera se priven de la riqueza que sólo en la comunidad creyente van a encontrar. No todos pensamos igual, y a veces las diferencias parecen inconciliables. No todos actuamos como deberíamos, ni todos llevamos a la práctica plenamente la Palabra que nos atraviesa. Pero eso no debería ser obstáculo para seguir orando, dialogando, trabajando para que esa Palabra se encarne y brille para todos. Quizás la primera apuesta, la primera búsqueda, sea la de hacer realidad una comunidad eclesial mucho más respetuosa del otro, menos prejuiciosa y más madura en la fe, en el amor y en el servicio.


b) Ensayar nuevas formas de diálogo en la sociedad pluralista

En segundo lugar, crear un sentido de libertad responsable en el amor en la relación entre los distintos grupos que conforman nuestra sociedad. Ésta es una tarea particularmente importante para nosotros, en tanto que los cambios sociales y culturales que se están dando en nuestro país, como ya lo han hecho en otras partes del mundo, nos plantean la necesidad de encontrar nuevas formas de diálogo y convivencia en una sociedad pluralista, mediante las cuales se lleguen a aceptar y respetar las diferencias y a potenciar los espacios y tópicos de encuentro y coincidencia. ¡Cuántos cristianos trabajan codo a codo con hermanos de otras confesiones o grupos religiosos, o de movimientos políticos y sociales, en tareas de promoción humana y servicio a los más necesitados! Quizás allí se esté gestando una nueva forma de relacionarnos, que ayude a reconstruir el lazo social entre los argentinos y a ampliar nuestra conciencia de solidaridad más allá de toda frontera religiosa, ideológica y política.


c) Revitalizar la dimensión específicamente teologal de nuestra motivación

En tercer lugar, quisiera apuntar brevemente a la más alta dimensión de la madurez, que es la santidad. Si toda esta reflexión no nos mueve a los cristianos a retomar una y otra vez la motivación última de nuestra existencia, se habrá quedado a mitad camino. Para el cristiano, la actuación de la libertad en el tiempo se cumple según el modelo eucarístico: proclamación de la salvación efectuada “hoy” en Cristo y en cada uno por la fe (con palabras y hechos), que “da cumplimiento” al pasado de la historia de salvación y “anticipa” el futuro definitivo. La esperanza en su más pleno sentido teológico, así, se torna clave de la experiencia cristiana del tiempo, centrada en la adhesión a la persona del Resucitado.

Es pertinente tener muy presente en este punto lo que nos señala el Santo Padre en Mane nobiscum Domine: “En efecto, la Eucaristía es un modo de ser que pasa de Jesús al cristiano y, por su testimonio, tiende a irradiarse en la sociedad y en la cultura. Para lograrlo , es necesario que cada fiel  asimile, en la meditación personal y comunitaria , los valores que la Eucaristía expresa, las actitudes que inspira, los propósitos de vida que suscita. ¿Por qué no ver en esto la consigna especial que podría surgir del Año de la Eucaristía?” (n.25).

Y todo ello, en el seno de la comunidad que comparte la fe arraigada en el amor. Porque la superación de la contradicción entre el individuo y la sociedad no se agota, desde nuestro punto de vista, en una mera búsqueda de consensos, sino que tiene que remontarse hacia la fuente de toda verdad. Profundizar el diálogo para acceder más plenamente a la Verdad, profundizando nuestras verdades en un Diálogo que no iniciamos nosotros sino Dios, y que tiene su propio tiempo y su propia pedagogía. Un diálogo que es un “camino hacia la verdad juntos”


d) Establecer metas concretas en la educación para la madurez

Para concluir, y ya ubicándonos en la específica tarea del educador, hemos de procurar poner en el centro de todas nuestras actividades la formación integral de la persona, es decir, el aporte a la plena maduración de hombres y mujeres libres y responsables. En este sentido, tendríamos que poder plantearnos metas concretas y evaluables, a fin de no quedarnos en una retórica narcisista. Si me permiten, no quisiera terminar este mensaje sin sugerirles algunas cuestiones derivadas de la reflexión precedente, que podrían vehiculizarse algunas en prácticas, otras en objetivos, otras incluso en contenidos transversales. Son seis propuestas:


1) Despertar la memoria para hacer “experiencia de la experiencia”

La ausencia de memoria histórica es un serio defecto de nuestra sociedad. Además, es una nota distintiva de la cultura por algunos llamada “posmoderna”, la cultura juvenil del “ya fue”. Toda referencia a la historia es vista como una cuestión meramente académica, en el sentido más estéril de la palabra “historia”. Creo que es imprescindible despertar en nuestros chicos la capacidad de conectarse con las motivaciones, opciones y acciones de los que nos precedieron, descubriendo la innegable relación entre ellas y el presente. Conocer y poder tomar posición frente a los acontecimientos pasados es la única posibilidad de construir un futuro con sentido. Y esto no debe ser sólo el contenido de una materia específica, sino que debe atravesar toda la vida escolar a través de diversas actividades y en distintos espacios. En este sentido es imprescindible el contacto con “los clásicos” de la literatura, encuentros de la dimensión metahistórica de la vida social de los pueblos.


2) Ayudar a vivir el presente como don

Si Dios nos sale al encuentro en la historia concreta, el presente es el punto desde el cual acogemos el don y damos nuestra respuesta. Esto implica ir más allá del escepticismo que hoy campea en nuestra cultura, y también más allá de cierta omnipotencia típicamente argentina. Vivir el presente como don es recibirlo con humildad y ponerlo a producir. En el mensaje que les dediqué hace dos años desarrollé este tema de la relación entre continuidad y novedad en creación histórica. Los invito a retomarlo y a encontrar formas de entusiasmar a nuestros jóvenes con el enorme potencial transformador que está en sus manos, no tanto a través de arengas y discursos sino convocándolos a desarrollar experiencias y situaciones concretas que le permitan descubrir ellos mismos sus capacidades.


3) Desarrollar la capacidad de juicio crítico para salir de la “dictadura de la opinión”

No nos cansemos de preguntarnos una y otra vez si no estaremos simplemente transmitiendo informaciones en lugar de educar para la libertad, que exige la capacidad de comprender y criticar situaciones y discursos. Si vivimos cada vez más en una “sociedad de información” que nos satura de datos indiscriminadamente, todo en el mismo nivel, la escuela tendría que resguardad su rol de “enseñar a pensar”, y a pensar críticamente. Para ello, los maestros tenemos que ser capaces de mostrar las  razones que subyacen a las distintas opciones de lectura de la realidad, así como de promover la práctica de escuchar todas las voces antes de emitir juicios. Asimismo, tendremos que ayudar a establecer criterios valorativos y, último paso no siempre tenido en cuenta, poner de relieve cómo todo juicio debe dejar lugar para ulteriores interrogantes, evitando el riesgo de absolutizarse y perder vitalidad rápidamente.


4) Aceptar e integrar la propia realidad corpórea

Particularmente urgente es una acompañamiento en la aceptación e integración de la corporeidad. Paradójicamente, la cultura actual pone el cuerpo en el centro de su discurso y al mismo tiempo lo somete a todo tipo de constricciones y exigencias. Una antropología más atenta a las nuevas condiciones de la subjetividad no puede dejar de lado un trabajo concreto en este punto, desde todos los ámbitos en que se hace problemático (la salud, la imagen y la identidad, la sexualidad, el deporte, el bienestar y el ocio, el trabajo), y siempre apuntando a una liberación integral para el amor a sí mismo, al prójimo y a Dios.


5) Profundizar los valores sociales.

Sabemos que nuestros jóvenes tienen una enorme capacidad de sentir el sufrimiento del prójimo y “poner el cuerpo” en acciones solidarias. Esta sensibilidad social, muchas veces sólo emotiva, debe ser educada hacia una solidaridad “de fondo”, que pueda elaborar reflexivamente la relación entre situaciones evidentemente dolorosas e injustas y los discursos y prácticas que les dan origen o las reproducen. Será a partir de un permanente “ida y vuelta” entre experiencias de auténtico encuentro humano y su iluminación a partir del Evangelio que deberemos reconstruir los valores de solidaridad y el sentido de lo colectivo que el individualismo consumista y competitivo de los últimos tiempos ha minado en nuestro pueblo. Sin duda, esto exigirá una profundización y renovación de la Doctrina Social en nuestro contexto concreto.


6) Insistir con la predicación del kerygma.

Todo lo anterior caerá en saco roto si no acompañamos a nuestros jóvenes en un camino de conversión personal a la persona y mensaje de Jesús, como motivación última que articule los otros aspectos. Esto nos exigirá, además de coherencia personal –no hay predicación posible sin testimonio–, una búsqueda abierta y sincera de las formas que la experiencia religiosa puede tomar en este nuevo siglo. La conversión, queridos hermanos, no es algo que se da de una vez para siempre. Es signo de una auténtica vida cristiana la disposición a adorar a Dios “en Espíritu y en verdad”, es decir, dondequiera sople ese Espíritu.



ARGENTINA DESPIERTA…
 

Llegamos así al final de nuestra meditación.

Nos encontramos en un momento histórico de dolor y de esperanza. Sentimos que no podemos hacernos los distraídos ante la oportunidad que la Providencia nos brinda de aportar nuestros ladrillos a la construcción de un mundo distinto.

Hemos compartido con dolor la constatación del sufrimiento y abandono que padecen muchos de nuestros chicos, expresado de un modo trágico en algunos hechos del año que pasó, y hemos reconocido la necesidad de dar una respuesta a esta situación, de hacernos cargo de algún modo, desde nuestra pobreza pero también desde nuestra esperanza.

Y en ese contexto, hemos reflexionado acerca de las condiciones de madurez personal y colectiva requeridas para este compromiso.

Madurez que implica una capacidad de vivir el tiempo como memoria, como visión y como espera, yendo más allá del inmediatismo para ser capaces de articular lo mejor de nuestra memoria y de nuestros deseos en una acción pensada y eficaz.

Madurez que se despliega en una libertad que no se sujeta a ninguna particularización excluyente, que hace oídos sordos a las verdades a medias y a los horizontes de cartón, que no se adapta sin crítica a lo que esté vigente ni critica sólo por resaltar su individualidad, sino que apunta a la búsqueda de un amor universal y eficaz que fundamente y dé contenido a esa libertad plenamente responsable.

Y que se abre, en última instancia, en una renovada vida de fe eclesial y de cara a la sociedad en su conjunto, bien fundamentada en una experiencia teologal y eucarística.

Desde allí, les propuse seis metas para el trabajo con los chicos: despertar la memoria; ayudar a vivir el presente como don; desarrollar la capacidad de juicio crítico; promover la aceptación e integración de la propia realidad corpórea; profundizar los valores sociales e insistir con la predicación del kerygma.

Si la realidad que hoy nos plantea sus desafíos encuentra en nosotros un espíritu generoso y valiente, el momento presente habrá sido también un regalo de crecimiento para nosotros. Será así que la madurez personal y comunitaria de nuestras comunidades educativas habrá trascendido, por la gracia de Dios, hacia una experiencia de encuentro con Él en una vida de santidad, respuesta a un don que nos antecede y envuelve, signo y anticipo en la historia de la plenitud que esperamos.

Me despido de ustedes haciendo mías las palabras del Apóstol: “Por eso, queridos hermanos, permanezcan firmes e inconmovibles, progresando constantemente en la obra del Señor, con la certidumbre de que los esfuerzos que realizan por él no serán vanos” (1Co 15,58). Y, por favor, les pido que recen por mí.


En la Pascua del año del Señor de 2005.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j., arzobispo de Buenos Aires



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