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SOLEMNIDAD DE
CORPUS CHRISTI
Homilía del
cardenal Jorge Mario Bergoglio, SJ, arzobispo de Buenos Aires, en la solemnidad
de Corpus Christi (29 de mayo de 2005)
Queridos hermanos y hermanas:
1.
En las lecturas de esta Fiesta, hay dos frases que quisiera compartir con
ustedes. Una es de San Pablo, y nos habla de unión, de unión entre mucha gente,
de la unión de una Iglesia que es asamblea grande. Dice así:
“Hay un solo
pan, y todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque
participamos de ese único pan”
(1 Cor 10, 17).
La otra frase abre
y cierra el Evangelio de hoy. Es de Jesús, y nos habla de un pan que camina, que
baja del cielo, que da vida a un pueblo caminante y que se le ofrece para que dé
vida a todo el mundo. Es un pan que sale al encuentro de todos, un pan
misionero. Dice así:
“Éste es el pan
bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de
este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del
mundo”.
Y, al oír estos
textos, pienso en nuestra Asamblea Arquidiocesana. Hoy somos gente caminando en
Asamblea, cada uno en su estado de vida, con su carisma personal. Padres de
familia, sacerdotes, religiosas, catequistas… caminando en Asamblea. Niños,
ancianos, jóvenes, papás y mamás… caminando en Asamblea. Pueblo fiel de Dios
caminando en Asamblea, en procesión, en torno al Cuerpo de Cristo, Pan de Vida.
Como el pueblo de Israel al salir de Egipto, caminando en Asamblea hacia la
tierra prometida, que para nosotros es el Cielo del que baja, caminando a
nuestro encuentro en cada Eucaristía, Aquél que es Pan para la vida del mundo.
2. La convocatoria a la Asamblea Diocesana nos interpeló a todos.”¿Qué
significa, cómo se prepara, por qué ahora…?”. y surgieron preguntas, propuestas,
diagnósticos, planes… Al ver y repasar en oración todas las reacciones me venía
a la memoria una manera de proceder de Juan Pablo II. Cuando le presentaban un
problema o se planteaba un desafío preguntaba dos cosas: la primera ¿qué pasaje
del Evangelio ilumina este desafío?; la otra: ¿a quién podemos convocar y
preparar para afrontarlo o resolverlo?.
La respuesta a la
última pregunta es clara: El Señor nos convoca a todos. ¿A quién podemos
convocar y preparar para afrontar los desafíos de la Arquidiócesis? A todos, a
la Iglesia en Asamblea.
Y como pasaje del
Evangelio que puede iluminar este desafío me venía al corazón el final del
Evangelio de san Juan, aquella noche cuando Pedro dijo:
“ ’Voy a pescar’ y
los otros le contestaron ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a
la barca, pero aquella noche no pescaron nada”.
Sin embargo algo
pescaron en medio de su fatiga y esterilidad. Aquel pequeño grupo, aquella
primera Iglesia –todavía barquita- que salió a “navegar mar adentro en
Asamblea”, lo atrajo al Señor. Pescaron a Jesús, podríamos decir. En
realidad era a Él a quien habían salido a buscar. O mejor dicho, habían salido a
esperar que los viniera a buscar, como otras veces. Y Pedro, cuando lo ve, se
tira al agua con audacia, con coraje.
3. Caminar en asamblea, como el pueblo de Israel en el desierto, navegar
en asamblea, como los primeros discípulos del Resucitado es un exponernos juntos
para que el Señor nos mire, nos busque y se nos manifieste.
Caminar en Asamblea
como hicieron José y María, es hacer juntos la apasionante experiencia del
discernir con otros, para dejar que sea Dios quien escriba la historia.
Caminar en Asamblea
como hicieron los caminantes de Emaús es entrar en el "Tiempo de Dios" , de modo
que su presencia compañera nos permita ahondar en nuestra identidad y tomar
conciencia de nuestra misión.
Caminar en Asamblea
es ponernos en ocasión de dialogar por el camino, como lo hacían los discípulos
mientras seguían a Jesús, dejando que luego, al compartir el pan, él les ayudara
superar desencuentros y crecer en santidad comunitaria y misionera.
Caminar en Asamblea
es salir al encuentro de la gente, cuidar las fragilidades, confiando en la
promesa de Jesús que dará eficacia a la Palabra y a los gestos con los que damos
testimonio de su amor.
4. Cuando una Iglesia particular se reúne y persevera en oración, en
compañía de María, el Espíritu se siente nuevamente llamado y viene en nuestra
ayuda. Nos ponemos en camino, entonces, para atraer la mirada de nuestro Dios.
Queremos atraer
sobre nosotros la mirada providente de nuestro Padre del Cielo, que a
nosotros, hijos pródigos, nos ve de lejos, apenas nos hemos levantado y puesto
en camino de retorno a Él que tiene preparado el Banquete de la Eucaristía, el
Banquete del Pan de la Misericordia, capaz de alegrarnos más allá de toda
expectativa humana.
Queremos atraer
sobre nosotros la mirada compañera de Jesús, el Hijo amado, que también
se lanza mar adentro y viene a nuestro encuentro sobre nuestras fragilidades y
las dificultades de la vida cuando ve que, por amor a él, hemos quedado
expuestos, y necesitamos que nos dé una mano porque en la fe nos hemos lanzado
al agua y solos no podemos. Para los amigos predilectos que se lanzan al mar,
juntos y con audacia apostólica, el Señor tiene preparado en la orilla el
desayuno de la Eucaristía, el Banquete del Pan del Camino que se comparte
fraternalemente, en silencio adorante, entre misión y misión, capaz de restaurar
las fuerzas más allá de toda expectativa.
Queremos atraer
sobre nosotros la mirada del Espíritu que hace arder los corazones,
atraído por una Iglesia que lo espera reunida.
El Espíritu es el
que nos convierte en verdadera Asamblea y nos pone en camino para salir a
anunciar el Evangelio a todos los pueblos.
El Espíritu es el
que marca el ritmo de la vida de la Iglesia. Y lo marca eucarísticamente: marca
el tiempo en el que la Asamblea se reúne a esperarlo, y a los que se mantienen
juntos los consolida con el Pan de la misericordia que pacifica y guarda la
unidad.
Él es el que marca
el tiempo en que la Asamblea se pone en camino impulsada por su soplo viviente;
y a los que se animan a salir a misionar el Espíritu los acompaña y les va
sirviendo a sus tiempos el Pan de la caridad gratuita, que alimenta
inusitadamente la vida de la Asamblea, multiplicando los panes y reanimando a
los que siguen al Señor.
5. Cuando, con coraje apostólico, caminamos en Asamblea, el Señor camina
con nosotros. Y entonces es Él quien escribe la historia. Ponerse en Asamblea
es dejar que sea Dios quien escriba la historia, que sea Dios quien protagonice
la lucha, que sea Dios quien haga nuevas todas las cosas. Y que haga todo esto
con nosotros: con los signos que hacemos con nuestras manos, con las huellas que
dejan nuestros pasos… El escribe la historia. Y sabe escribir derecho aún con
renglones torcidos.
A María, la mujer
Eucarística, la primera que salió a caminar, con Jesús en sus entrañas, en torno
a la cual se reunió la primera Asamblea a la espera de Pentecostés, le pedimos
que venga con nosotros a caminar y que nos mantenga unidos en la oración para
que, a través nuestro, el Señor pueda llegar a dar vida a todo el mundo, como es
su deseo.
Buenos Aires, 28 de mayo de 2005.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.,
arzobispo de Buenos Aires |