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VIII JORNADA DE PASTORAL SOCIAL
LA NACIÓN POR CONSTRUIR:
Utopía - Pensamiento - Compromiso
Palabras del
cardenal Jorge Mario Bergoglio S.J, en su exposición central en la VIII Jornada
de Pastoral Social que se realizó el 25 de junio de 2005
“Dichoso
el hombre que su gozo es la ley del Señor. Será como un árbol plantado al borde
de la acequia: da fruta en su sazón y no se marchitan sus hojas”. (Sal. 1,1-3)
PRÓLOGO
El presente
trabajo surge en el contexto de la preparación de la VIII Jornada de Pastoral
Social, organizada por el Departamento de Pastoral Social de la Arquidiócesis de
Buenos Aires, bajo el lema: “La Nación por construir: utopía, pensamiento,
compromiso”.
En los últimos años, la
Pastoral Social de Buenos Aires, de manera coincidente con el espíritu de
diversas declaraciones del Episcopado Argentino, ha venido proponiendo en sus
Jornadas anuales, como centro de su reflexión, el tema de la Nación. En ellas,
desde un enfoque multidisciplinario y con la participación de diversos actores
que hacen a la vida intelectual, política y social, tanto nacional como de la
Ciudad de Buenos Aires, se brinda un rico espacio de encuentro y diálogo para
todos aquellos que sienten este imperativo de construir la Nación.
Desde esta preocupación
común, surgió esta iniciativa de prestar un servicio para esa tarea, ofreciendo
de manera ordenada y sistemática el pensamiento del Arzobispo de Buenos Aires
quien, como Pastor, en diferentes mensajes a la comunidad, ha expresado con
claridad esta necesidad de trabajar, en un esfuerzo colectivo, por reconstruir
los vínculos sociales y crear un futuro incluyente para todos.
En la elaboración de este
material, que intenta ser una síntesis de su pensamiento, se ha trabajado a
partir de diferentes mensajes y homilías del Cardenal Bergoglio, especialmente
aquellos donde él ha volcado su reflexión sobre la Nación, como son sus
predicaciones en los sucesivos Te Deum celebrados en la Catedral Metropolitana
de Buenos Aires en los últimos años, sus mensajes anuales a las Comunidades
Educativas de la Arquidiócesis, así como también diversas intervenciones suyas
en las Jornadas y demás encuentros organizados por el Departamento de Pastoral
Social, destacándose entre ellos su Conferencia inaugural del Ciclo de Formación
y Reflexión Política, organizado por la Pastoral Social a través del CEFAS
(Centro de Estudios, Formación y Animación Social) en el año 2004.
A partir del análisis de
estos diferentes textos se ha intentado recuperar su pensamiento de manera
sintética, ordenándolo en este caso de acuerdo a los tópicos “pensamiento,
utopía y compromiso”, presentes en la temática de la Jornada del año 2005, con
el propósito de reflejarlo fielmente, manteniendo siempre el sentido y espíritu
de sus palabras.
Así elaborado, el texto le
fue entregado al Cardenal Bergoglio, quien lo enriqueció con nuevos aportes,
dándole su formato definitivo, que es el que hoy se entrega a los lectores.
La Nación por construir, es
decir, el esfuerzo de llevar adelante un proyecto colectivo a través del trabajo
de la comunidad en toda su diversidad y complejidad implica, antes que nada,
pensarnos como Nación e identificar cuáles son los problemas de fondo que nos
afectan para, a partir de allí, pensar un país mejor para todos.
Pensar un país mejor para
todos significa recuperar el rumbo y la utopía de crear un futuro, desafiando
esa forma de pensar coyuntural y “cortoplacista” que nos aleja del largo camino
de elaboración cotidiana y fraterna, cuidando las raíces y los brotes para
hacer posible los frutos. Por el contrario, el desarraigo, el individualismo, la
fragmentación y la exclusión nos han llevado a los argentinos a olvidar que sólo
con todo el hombre y con todos los hombres, hay posibilidad de futuro para esta
Nación.
El necesario análisis de la
realidad que vivimos y el esfuerzo creativo y responsable que requiere elaborar
un proyecto común, preceden y postulan el compromiso sincero y maduro de cada
uno de nosotros. Es preciso recuperar el sentido de pertenencia, la identidad
que nos da el sentirnos parte de una comunidad que lleva un largo camino
recorrido y que elige seguir un mismo rumbo, hombro con hombro, desde el lugar
que cada uno ocupa, como nos anima el Cardenal Jorge Bergoglio.
La Pastoral Social en Buenos
Aires tiene un camino recorrido en este sentido, y este trabajo es parte de ese
esfuerzo, ya que procura recuperar la riqueza de un pensamiento que parte de la
realidad y tiende hacia ella, como aporte valioso a la reconstrucción de la
comunidad.
El Arzobispo ha puesto a la
Iglesia de Buenos Aires en estado de Asamblea y la Pastoral Social, desde el rol
que nos toca, intenta generar espacios de reflexión, intercambio y trabajo en
esta tarea de reconstrucción de nuestra Patria, abiertos tanto a los católicos y
a los miembros de las diferentes confesiones religiosas, como a aquellos
hombres y mujeres de buena voluntad que sientan esa misma responsabilidad. Al
hacerlo, somos conscientes de que la diversidad de nuestra sociedad es una
riqueza y un don que necesitamos aprovechar para construir la Nación.
Estamos seguros que estas
reflexiones del Arzobispo de Buenos Aires serán un importante aporte para
guiarnos en la gran tarea de trabajar por el bien común de nuestra Patria.
P. Carlos Accaputo
El tema de
esta VIII Jornada de Pastoral Social nos pone delante de la realidad de nuestra
Nación; se nos habla de tarea: “La Nación por construir”, tarea que nos
involucra y compromete, tarea que emprendieron hombres y mujeres desde el
comienzo de nuestra patria y que llega a nosotros como legado, un don. Tarea
también dolorosa pues los argentinos llevamos una larga historia de
intolerancias mutuas. Hasta la enseñanza escolar que hemos recibido se
articulaba en torno al derramamiento de sangre entre compatriotas, en cualquiera
de las versiones por turno “oficiales” de la historia del siglo XIX. Con ese
trasfondo, en el relato escolar que consideraba a la Organización Nacional como
la superación de aquellas antinomias, entramos como pueblo en el siglo XX, pero
para seguir excluyéndonos, prohibiéndonos, asesinándonos, bombardeándonos,
fusilándonos, reprimiéndonos y desapareciéndonos mutuamente. Los que somos
capaces de recordar sabemos que el uso de estos verbos que acabo de escoger no
es precisamente metafórico.
Esta reflexión introductoria
no pretende ser original. Recorrí las cosas que, sobre el tema he escrito en
estos siete años como Arzobispo y escogí algunos textos organizándolos según los
lineamientos propuestos dándoles una textura esquemática: Utopía, pensamiento,
compromiso. De ahí los capítulos: 1) Un pensamiento que tenga memoria de las
raíces; 2) La utopía de refundar nuestros vínculos sociales; 3) Creatividad y
compromiso para construir nuestra Nación. Obviamente que, al tratarse de una
antología organizada, sólo se recurre a los escritos que expresan la Doctrina
Social de la Iglesia, que están más allá de toda coyuntura. Espero que sean de
utilidad como guía para esta Jornada de reflexión. Quiero expresar mi gratitud a
Carlos Accaputo, Carlos Otero, Julia Torres y Pío de Elia que colaboraron en la
recopilación de los textos y en ordenamiento esquemático.
I. UN
PENSAMIENTO QUE TENGA MEMORIA DE LAS RAÍCES
Al comenzar
se nos pide anchura de corazón; una mirada amplia que una el presente desde la
“memoria de las raíces” y que se dirija al futuro, donde maduren los frutos de
una obra. Algo así como la mirada del caminante que verifica dónde está, de
dónde viene y hacia dónde se dirige. Una mirada que “hace camino”, constructiva
y que se vuelve fecunda en el don; una mirada que se anima a alejarse de toda
contemplación narcisista o de la compulsión posesiva de quien sólo busca el
propio interés y, en lugar de servir a su patria, se sirve de ella. Por ello, si
queremos aportar algo en este día de reflexión, comencemos por el humilde
“hacernos cargo” de la realidad, de la historia, de la promesa.
1.1.
Crisis y Encrucijada
El presente es un momento de
crisis global y complexiva. La naturaleza de la crisis es global porque
comprende una hermenéutica, una forma de entender la realidad. Esa realidad
somos nosotros como Nación en movimiento, como obra colectiva en permanente
construcción, e incluye tanto la dimensión espacial como temporal, el lugar y el
tiempo donde nuestra historia se encarna.
La crisis nos interroga
acerca del rumbo que llevamos y acerca del rumbo que se extiende por delante. La
respuesta requiere, ante todo, una reflexión realista acerca de la naturaleza de
los vínculos que unen a nuestra comunidad.
Ante la crisis profunda, la
Providencia nos da una nueva oportunidad, que es a la vez un desafío. El desafío
de constituirnos en una comunidad verdaderamente justa y solidaria, donde todas
las personas sean respetadas en su dignidad y promovidas en su libertad, en
orden a cumplir su destino como hijas e hijos de Dios. Nuestra Nación se
encuentra ante la encrucijada histórica de elegir en el presente un rumbo que
retome las raíces constitutivas y nos lleve hacia un futuro que nos incluya a
todos. Nos encontramos ante una realidad que nos muestra los resultados de un
modelo de país armado en torno a determinados intereses económicos, excluyente
de las mayorías, generador de pobreza y marginación, tolerante con todo tipo de
corrupción y generador de privilegios e injusticias. Esta situación es
consecuencia de una crisis de las creencias y los valores que fundan nuestros
vínculos sociales. Ante esto, debemos emprender una tarea de reconstrucción.
1.2. La
experiencia de la orfandad
Y, como punto de partida
fenoménico quiero referirme a la experiencia de orfandad que es común en la
vivencia de toda nuestra sociedad. Esta experiencia se caracteriza por tres
dimensiones:
a)
Dimensión de la discontinuidad de la memoria, relacionada con el tiempo y la
historia
Discontinuidad: pérdida o
ausencia de los vínculos en el tiempo y el entretejido socio-político que
constituye a un pueblo. Somos parte de una sociedad fragmentada que ha cortado
sus lazos comunitarios. Esta realidad se debe a un déficit de memoria, concebida
como la potencia integradora de nuestra historia, y a un déficit de tradición,
concebida como la riqueza del camino andado por nuestros mayores. Esto implica
la ruptura y discontinuidad de un dialogo intergeneracional sobre las
inquietudes y preguntas que unen al pasado con el presente y a éste con el
futuro. Esta discontinuidad de la experiencia generacional prohija toda una gama
de abismos y rupturas: entre la sociedad y la clase dirigente y entre las
instituciones y las expectativas personales.
b)
Dimensión del desarraigo: espacial, existencial y espiritual
Junto a la discontinuidad ha
crecido también el desarraigo. Lo podemos ubicar en tres áreas: espacial,
existencial y espiritual.
Se ha roto la relación entre
el hombre y su espacio vital, fruto de la actual dinámica de fragmentación y
segmentación de los grupos humanos. Se pierde la dimensión identitaria del
hombre con su entorno, su terruño, su comunidad. La ciudad va poblándose de
“no-lugares”, espacios vacíos sometidos exclusivamente a lógicas instrumentales,
privados de símbolos y referencias que aporten a la construcción de identidades
comunitarias.
Al desarraigo espacial se le
unen el existencial y el espiritual. El primero vinculado a la ausencia de
proyectos. Al romperse la continuidad con los lugares y con la historia, el
hombre pierde herramientas que le permiten constituir su identidad y su proyecto
personal. Se pierde la dimensión de pertenencia a un tiempo-espacio y esto
afecta su dimensión identitaria, pues ésta es tanto sus raíces y su memoria como
su proyecto de desarrollo personal.
La pérdida de las referencias
espaciales y las continuidades temporales van vaciando también la vida del
habitante de la ciudad de determinadas referencias simbólicas, de aquellas
“ventanas”, verdaderos “horizontes de sentido” hacia lo trascendente, que se
abrían aquí y allá, en la ciudad y acción humana. Se pierde el sentido de la
trascendencia y por lo tanto el desarraigo alcanza también la dimensión
espiritual. Así entonces, discontinuidad generacional y política, y desarraigo
espacial, existencial y espiritual, caracterizan aquella situación que habíamos
llamado, más genéricamente, de orfandad.
c)
Tercer aspecto de la orfandad: La caída de las certezas
Muchas de las certezas
básicas que sirven de apoyo a la construcción histórica se han diluido, caído o
desgastado. La patria, la revolución, incluso la solidaridad, tienden a ser
vistas con curiosidad, burla o escepticismo. La pérdida de las certezas alcanza
también a los fundamentos de la persona, la familia y la fe. Esta caída de las
certezas, de pérdida de referencias, es de carácter global, se da a nivel
mundial, constituyéndose en una nueva certeza del pensamiento contemporáneo.
Aquí entroncamos con la
crisis de la modernidad y los cuestionamientos a la razón. El desencanto frente
a las promesas de la modernidad ha provocado el surgimiento de múltiples
verdades y sentidos fragmentarios, parciales, particulares y desarraigados. Un
pensamiento que se mueve en lo relativo y lo ambiguo, en lo fragmentario y lo
múltiple, constituye el talante que tiñe no sólo la filosofía y los saberes
académicos sino también la cultura “de la calle”. Es la época del pensamiento
débil.
1.3.
Globalización y pensamiento único
Con la experiencia de la
orfandad y el desarraigo, las mujeres y los hombres pierden sus puntos de
referencia con su lugar y con su tiempo, las raíces desde las cuales se paran y
miran su realidad. Surge el relativismo como horizonte de la convivencia social
y del quehacer político.
La pérdida de las certezas
nos pone frente a un grave desafío sociopolítico. Este desafío, según Juan Pablo
II, “es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita
a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola
más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, «si no existe una
verdad última –que guíe y oriente la acción política–, entonces las ideas y las
convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de
poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo
visible o encubierto»” (Veritatis Splendor 101; cita de Centesimus annus, 46).
Y, parece una contradicción,
pero asumiendo el horizonte relativista, la globalización, en su forma actual,
fomenta el desarraigo, la pérdida de las certezas, uniforma el pensamiento y
elimina la diversidad constitutiva de toda sociedad humana. Su poder disgregador
reduce a las personas a su dimensión económica y la capacidad de acción
transformadora sobre la realidad se reduce a un rol de consumidores de
mercancías.
La globalización es una
palabra cargada de significación homogeneizante. Se tiende a marcar una sola
línea de pensamiento, una sola línea de conducta, una sola línea de
supervivencia, y lo que está detrás de todo esto es una única dirección cultural
de la existencia. Una globalización que, en su aspecto negativo, nos despotencia
de nuestra dignidad humana para hacernos bailar en la zaranda de la caprichosa,
fría y calculadora economía de mercado.
Y frente a este proyecto que
nos gregariza quitándonos lo propio, la Iglesia nos incita a poner en común
aquello que nos diversifica, es decir, el carisma personal de cada uno, la
pertenencia personal de cada uno a grupos, a partidos políticos, a
organizaciones no gubernamentales, a parroquias, a diversos sectores. Esa
particularidad que nos diversifica, la Iglesia nos pide que la pongamos en común
para que de esa diversidad, el mismo Espíritu Santo que nos regaló la
diversidad, nos regale la unidad plurifacética. Nada más alejado de lo
hegemónico tanto de un proyecto globalizante, que uniformiza y elimina la
diversidad como de un relativismo atomizador y despersonalizante.
Esto también debe leerse en
la dirección inversa: ¿cómo puedo dialogar, cómo puedo amar, cómo puedo
construir algo en común si dejo diluirse, perderse, desaparecer lo que hubiera
sido mi aporte? La globalización, como imposición unidireccional y uniformante
de valores, prácticas y mercancías, va de la mano con la integración entendida
como imitación y subordinación cultural, intelectual y espiritual.
Entonces, ¿cuál es el
camino?: ni profetas del aislamiento relativista, ermitaños localistas en un
mundo global, ni descerebrados y miméticos pasajeros del furgón de cola,
admirando los fuegos artificiales del Mundo (de los otros) con la boca abierta y
aplausos programados.
La dinámica es más rica y más
compleja. Los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los valores de
su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o "síntesis de
laboratorio" que los diluya en "lo común", "lo global". Y –al aportar esos
valores– reciben de otros pueblos, con el mismo respeto y dignidad, las culturas
que les son propias. Tampoco cabe aquí un desaguisado eclecticismo porque, en
este caso, los valores de un pueblo se desarraigan de la fértil tierra que les
dio y les mantiene el ser, para entreverarse en una suerte de mercado de
curiosidades donde "todo es igual, dale que va... que allá en el horno se vamo a
encontrar".
El actual proceso de
globalización desnuda agresivamente nuestras antinomias: un avance del poder
económico y el lenguaje que lo asiste, que –en un interés y uso desmedido– ha
acaparado grandes ámbitos de la vida nacional; mientras –como contrapartida–
la mayoría de nuestros hombres y mujeres ve el peligro de perder en la práctica
su autoestima, su sentido más profundo, su humanidad y sus posibilidades de
acceder a una vida más digna.
Juan Pablo II, en su
Exhortación Apostólica ‘Ecclesia in America’ se refiere al aspecto negativo de
esta globalización diciendo : "...si la globalización se rige por las meras
leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva
consecuencias negativas : ...la atribución de un valor absoluto a la economía,
el desempleo, la disminución y el deterioro de ciertos servicios públicos, la
destrucción del ambiente y de la naturaleza, el aumento de la diferencia entre
ricos y pobres y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una
situación de inferioridad cada vez más acentuada..." (nº 20).
1.4.
Primacía de lo formal sobre lo real
Junto a estos problemas,
planteados ya en el plano internacional, nos encontramos también con una cierta
incapacidad de encarar problemas reales. Entonces, a la fatiga y la desilusión
parecería que sólo se pueden contraponer tibias propuestas reivindicativas o
eticismos que únicamente enuncian principios y acentúan la primacía de lo formal
sobre lo real. O, peor aún, una creciente desconfianza y pérdida de interés por
todo compromiso con lo propio común que termina en el ‘sólo querer vivir el
momento’, en la perentoriedad del consumismo. Esta actitud fomenta una cierta
ingenuidad valorativa. Y vivimos un momento histórico en el que no nos podemos
permitir ser ingenuos : la sombra de una nube de desmembramiento social se asoma
en el horizonte mientras diversos intereses juegan su partida, ajenos a las
necesidades de todos. La primacía de lo formal sobre lo real es funcionalmente
anestésica. Se puede llegar a vivir hasta en estado de “idiotez alegre” en el
que la profecía arraigada en lo real no puede entrar; la sociedad vive el
complejo de Casandra.
1.5.
Hacer memoria del camino para abrir espacios al futuro
Volvemos al núcleo histórico
de nuestros comienzos, no para ejercitar nostalgias formales, sino buscando la
huella de la esperanza. Hacemos memoria del camino andado para abrir espacios al
futuro. Como nos enseña nuestra fe: de la memoria de la plenitud se hace posible
vislumbrar los nuevos caminos. Cuando la memoria no está abierta al futuro es un
simple recuerdo que, si totaliza el ambiente, nos puede atrapar en una nebulosa
proustiana. Si, en cambio, se intelectualiza, configura el caldo de cultivo para
toda clase de fundamentalismos. La memoria conlleva siempre la dimensión de
promesa que la proyecta hacia el futuro. Cuando, en el presente, hacemos
memoria, entonces afirmamos lo real de nuestra pertenencia a un pueblo que
camina y –a la vez– la proyección hacia adelante de ese camino.
1.6. Ser
un pueblo supone, ante todo, una actitud ética que brota de la libertad
Ante la crisis vuelve a ser
necesario respondernos a la pregunta de fondo: ¿en qué se fundamenta lo que
llamamos "vínculo social"? Eso que decimos que está en serio riesgo de perderse,
¿qué es, en definitiva? ¿Qué es lo que me "vincula", me "liga", a otras personas
en un lugar determinado, hasta el punto de compartir un mismo destino?
Permítanme adelantar una
respuesta: se trata de una cuestión ética. El fundamento de la relación entre la
moral y lo social se halla justamente en ese espacio (tan esquivo, por otra
parte) en que el hombre es hombre en la sociedad, animal político, como dirían
Aristóteles y toda la tradición republicana clásica. Esta naturaleza social del
hombre es la que fundamenta la posibilidad de un contrato entre los individuos
libres, como propone la tradición democrática (en versiones tantas veces
opuestas, como lo demuestran multitud de enfrentamientos en nuestra historia).
Entonces, plantear la crisis como un problema moral supondrá la necesidad de
volver a referirse a los valores humanos, universales, que Dios ha sembrado en
el corazón del hombre y que van madurando con el crecimiento personal y
comunitario.
Cuando los obispos repetimos
una y otra vez que la crisis es fundamentalmente moral, no se trata de esgrimir
un moralismo barato, una reducción de lo político, lo social y lo económico a
una cuestión individual de la conciencia, sino de señalar las valoraciones
colectivas que se han expresado en actitudes, acciones y procesos de tipo
histórico-político y social.
1.7. La
unidad del pueblo se basa en tres pilares
A modo de resumen orientativo
de lo recientemente dicho se puede afirmar que la unidad del pueblo se
fundamenta en tres pilares que hacen a su relación con el tiempo y que están en
tensión dialéctica entre ellos.
Primero, la memoria de sus
raíces. Un pueblo que no tiene memoria de sus raíces y que vive importando
programas de supervivencia, de acción, de crecimiento desde otro lado, está
perdiendo uno de los pilares más importantes de su identidad como pueblo.
Segundo, el coraje frente al
futuro. Un pueblo sin coraje es un pueblo fácilmente dominable, sumiso en el mal
sentido de la palabra. Cuando un pueblo no tiene coraje se hace sumiso de los
poderes de turno, de los imperios de turno, o de las modas de turno, imperios
culturales, políticos, económicos, cualquier cosa que hegemoniza e impide crecer
en la pluriformidad.
Tercero, la captación de la
realidad del presente. Un pueblo que no sabe hacer un análisis de la realidad
que está viviendo, se atomiza, se fragmenta Los intereses particulares priman
sobre el interés común, el bien común. Entonces queda atomizado en los diversos
intereses particulares que nacen de un mal análisis de la realidad que estaba
viviendo. El análisis de la realidad no tiene que ser un análisis de tipo
ideológico donde yo proyecto una postura previa sobre la realidad, sino ver la
realidad tal cual es y de ahí sacarla. Decía alguien que la realidad se capta
mejor desde la periferia que desde el centro, y es verdad. O sea, no vamos a
entender la realidad de lo que nos pasa como pueblo, y por lo tanto no vamos a
poder construir en el presente el coraje para el futuro con la memoria de
nuestras raíces, si no salimos del estado de “instalación en el centro”, de
quietud, de tranquilidad, y no nos metemos en lo periférico y lo marginal.
II. LA
UTOPÍA DE REFUNDAR NUESTROS VÍNCULOS SOCIALES
Decía
recién que ante el desarraigo, hay que retomar las raíces constitutivas para
construir el futuro desde el presente, un presente que se sienta empujado por la
promesa memoriosa hacia el futuro, lo cual lo convierte en un presente en
tensión continua entre el centro y la periferia.
2. 1.
Recuperar el rumbo: la utopía
Revitalizar la urdimbre de la
sociedad. Recuerdo aquella invitación del Santo Padre en su visita a nuestra
Patria: "¡Argentina, Levántate!", a la que todo habitante de este suelo está
invitado, más allá de su origen, y con la sola condición de tener buena voluntad
para buscar el bien de este pueblo. Aquel ¡Argentina, Levántate!", invitación
que hoy queremos volver a escuchar, constituía un diagnóstico y una esperanza.
Levantarse es signo de resurrección, es llamado a revitalizar la urdimbre de
nuestra sociedad.
No podemos caminar sin saber
hacia dónde estamos andando. Es criminal privar a un pueblo de la utopía, porque
eso nos lleva a privarlo también de la esperanza. La utopía supone saber hacia
dónde tiende cada uno.
Ante la mala globalización
que es paralizante, es necesario determinar la utopía, reformularla,
reivindicarla. Cuando no hay utopía, priva lo coyuntural y nos quedamos en una
acción tacticista, o en la involución. Cuando priva la involución, toda la
acción social y política se vuelve sobre el sujeto mismo y anula la edificación
del bien común. La verdadera utopía no es ideológica sino que ya está en germen
en las raíces fundacionales. Desde allí debe crecer.
2. 2.
Desde dónde reconstruir los vínculos sociales
Reconstruir el sentido de
comunidad implica romper con la lógica del individualismo competitivo, mediante
la ética de la solidaridad. La ética de la competencia (que no es más que una
instrumentación de la razón para justificar la fuerza, y que contribuye a
quebrar los vínculos sociales) tiene plena vigencia en nuestra sociedad.
¿En qué se fundamenta lo que
llamamos “vínculo social”? ¿Qué es lo que me "vincula", me "liga", a otras
personas en un lugar determinado, hasta el punto de compartir un mismo destino?
¿Cómo refundar nuestros vínculos sociales?
2. 3.
Refundar nuestros vínculos sociales
El valor a plasmar no está
sólo atrás, en el "origen", sino también adelante, en el proyecto. En el origen
está la dignidad de hijo de Dios, la vocación, el llamado a plasmar un proyecto
que ya está en germen.
Se trata de "poner el final
al principio" (idea, por otro lado, profundamente bíblica y cristiana). La
dirección que otorguemos a nuestra convivencia tendrá que ver con el tipo de
sociedad que queramos formar: es el telostipo. Ahí está la clave del talante de
un pueblo. Ello no significa ignorar los elementos biológicos, psicológicos y
psico-sociales que influyen en el campo de nuestras decisiones. No podemos
evitar cargar (en el sentido negativo de límites, condicionamientos, lastres,
pero también en el positivo de llevar con nosotros, incorporar, sumar, integrar)
con la herencia recibida, las conductas, preferencias y valores que se han ido
constituyendo a lo largo del tiempo. Pero una perspectiva cristiana (y éste es
uno de los aportes del cristianismo a la humanidad en su conjunto) sabe valorar
tanto "lo dado", lo que ya está en el hombre y no puede ser de otra forma, como
lo que brota de su libertad, de su apertura a lo nuevo, en definitiva, de su
espíritu como dimensión trascendente, de acuerdo siempre con la virtualidad de
"lo dado".
La voluntad común se pone en
juego y se realiza concretamente en el tiempo y en el espacio: en una comunidad
concreta, compartiendo una tierra, proponiéndose objetivos comunes, construyendo
un modo propio de ser humanos, de cultivar los múltiples vínculos, juntos, a lo
largo de tantas experiencias compartidas, preferencias, decisiones y
acontecimientos. Así se amasa una ética común y la apertura hacia un destino de
plenitud que define al hombre como ser espiritual. Esa ética común, esa
"dimensión moral", es la que permite a la multitud desarrollarse junta, sin
convertirse en enemigos unos de otros. Pensemos en una peregrinación: salir del
mismo lugar y dirigirse al mismo destino permite a la columna mantenerse como
tal, más allá del distinto ritmo o paso de cada grupo o individuo.
Sinteticemos, entonces, esta
idea. ¿Qué es lo que hace que muchas personas formen un pueblo? En primer lugar,
hay una ley natural y luego una herencia. En segundo lugar, hay un factor
psicológico: el hombre se hace hombre en la comunicación, la relación, el amor
con sus semejantes. En la palabra y el amor. Y en tercer lugar, estos factores
biológicos y psicológicos se actualizan, se ponen realmente en juego, en las
actitudes libres. En la voluntad de vincularnos con los demás de determinada
manera, de construir nuestra vida con nuestros semejantes en un abanico de
preferencias y prácticas compartidas. (San Agustín definía al pueblo como "un
conjunto de seres racionales asociados por la concorde comunidad de objetos
amados"). Lo "natural" crece en "cultural", "ético"; el instinto gregario
adquiere forma humana en la libre elección de ser un "nosotros". Elección que,
como toda acción humana, tiende luego a hacerse hábito (en el mejor sentido del
término), a generar sentimiento arraigado y a producir instituciones históricas,
hasta el punto que cada uno de nosotros viene a este mundo en el seno de una
comunidad ya constituida (la familia, la patria) sin que eso niegue la libertad
responsable de cada persona.
A partir de aquí, podemos
empezar a avanzar en nuestra reflexión. Nos interesa saber dónde apoyar la
esperanza, desde dónde reconstruir los vínculos sociales que se han visto tan
castigados en estos tiempos. Debemos recuperar organizada y creativamente el
protagonismo al que nunca debimos renunciar, y por ende, tampoco podemos ahora
volver a meter la cabeza en el hoyo, dejando que los dirigentes hagan y
deshagan. Y no podemos por dos motivos: porque ya vimos lo que pasa cuando el
poder político y económico se desliga de la gente, y porque la reconstrucción no
es tarea de algunos sino de todos, así como la Argentina no es sólo la clase
dirigente sino todos y cada uno de los que viven en esta porción del planeta.
Hoy debemos articular, sí, un
programa económico y social, pero fundamentalmente un proyecto político en su
sentido más amplio. ¿Qué tipo de sociedad queremos? Martín Fierro orienta
nuestra mirada hacia nuestra vocación como pueblo, como Nación. Nos invita, a
darle forma a nuestro deseo de una sociedad donde todos tengan lugar: el
comerciante porteño, el gaucho del litoral, el pastor del norte, el artesano del
Noroeste, el aborigen y el inmigrante, en la medida en que ninguno de ellos
quiera quedarse él solo con la totalidad, expulsando al otro de la tierra.
En efecto, no es una mera
invitación a compartir, no es sólo reconciliar opuestos y adversidades: se trata
de sentarse a partir el pan, es animarse a vivir de otra manera. Nos desafía ese
pan hecho con lo mejor que podemos aportar, con la levadura que ya fue puesta en
tantos momentos de dolor, de trabajo y de logros. El llamado evangélico nos pide
refundar el vínculo social y político entre los argentinos. La sociedad política
solamente perdura si se plantea como una vocación a satisfacer las necesidades
humanas en común. Es el lugar del ciudadano. Ser ciudadano es sentirse citado,
convocado a un bien, a una finalidad con sentido... y acudir a la cita. Si
apostamos a una Argentina donde no estén todos sentados en la mesa, donde
solamente unos pocos se benefician y el tejido social se destruye, donde las
brechas se agrandan siendo que el sacrificio es de todos, entonces terminaremos
siendo una sociedad camino al enfrentamiento.
Hoy, en medio de los
conflictos, este pueblo nos enseña que no hay que hacerle caso a aquellos que
pretenden destilar la realidad en ideas, que no nos sirven los intelectuales sin
talento, ni los eticistas sin bondad, sino que hay que apelar a lo hondo de
nuestra dignidad como pueblo, apelar a nuestra sabiduría, apelar a nuestras
reservas culturales.
Es una verdadera revolución,
no contra un sistema, sino interior; una revolución de memoria y ternura :
memoria de las grandes gestas fundantes, heroicas... y memoria de los gestos
sencillos que hemos mamado en familia. Ser fieles a nuestra misión es cuidar
este ‘rescoldo’ del corazón, cuidarlo de las cenizas tramposas del olvido o de
la presunción de creer que nuestra Patria y nuestra familia no tienen historia o
que la han comenzado con nosotros. Rescoldo de memoria que condensa, como la
brasa al fuego, los valores que nos hacen grandes : el modo de celebrar y
defender la vida, de aceptar la muerte, de cuidar la fragilidad de nuestros
hermanos más pobres, de abrir las manos solidariamente ante el dolor y la
pobreza, de hacer fiesta y de rezar; la ilusión de trabajar juntos y –de
nuestras comunes pobrezas– amasar solidaridad, convenciéndonos una vez más que
el todo es superior a la parte, el tiempo superior al espacio, la realidad es
superior a la idea y la unidad es superior al conflicto. Estas cuatro
coordenadas son la referencia segura para testear cotidianamente las
situaciones.
2.4. La
cultura del encuentro
Para refundar los vínculos
sociales, debemos apelar a la ética de la solidaridad, y generar una cultura
del encuentro. Ante la cultura del fragmento, como algunos la han querido
llamar, o de la no integración, se nos exige, aún más en los tiempos difíciles,
no favorecer a quienes pretenden capitalizar el resentimiento, el olvido de
nuestra historia compartida, o se regodean en debilitar vínculos, manipular la
memoria, comercializar con utopías de utilería.
Para una cultura del
encuentro necesitamos pasar de los refugios culturales a la trascendencia que
funda; construir un universalismo integrador que respete las diferencias
necesitamos también del ejercicio del diálogo fecundo para un proyecto
compartido; del ejercicio de la autoridad como servicio al desarrollo del
proyecto común (bien común); la apertura de espacios de encuentro y el
redescubrimiento de la fuerza creativa de lo religioso al interior de la vida de
la humanidad y de su historia, un redescubrimiento que tenga como centro
referencial al hombre:
- Desde los refugios
culturales a la trascendencia que funda. Se ha de buscar una antropología que
deje de lado cualquier camino de "retorno" concebido –más o menos
conscientemente– como refugio cultural. El hombre tiende por inercia, a
reconstruir lo que fue el ayer. Una cultura que haga del arraigo un lugar
estático y cerrado, no se sostiene.
- Universalismo integrador a
través del respeto por las diferencias. Hemos de entrar en esta cultura de la
globalización, desde el horizonte de la universalidad. En lugar de ser átomos
que sólo adquieren sentido en el todo, debemos integrarnos en una nueva
organicidad vital de orden superior que asuma lo nuestro pero sin anularlo. Nos
incorporamos en armonía, sin renunciar a lo nuestro, a algo que nos trasciende.
Y esto no puede hacerse por vía del consenso, que nivela hacia abajo, sino por
el camino del diálogo, de la confrontación de ideas y del ejercicio de la
autoridad.
- El ejercicio del diálogo,
es la vía más humana de comunicación. Y hay que instaurar en todos los ámbitos,
un espacio de diálogo serio, conducente, no meramente formal o distractivo.
Intercambio que destruye prejuicios y construye, en función de la búsqueda
común, del compartir, y que conlleva intentar la interacción de voluntades en
pro de un trabajo en común o de un proyecto compartido. No resignemos nuestras
ideas, utopías, propiedades ni derechos, sino renunciemos solamente a la
pretensión de que sean únicos o absolutos.
- El ejercicio de la
autoridad. Siempre es necesaria la conducción, pero esto significa participar de
la formalidad que da cohesión al cuerpo, lo cual hace que su función no sea
tomar partido propio, sino ponerse totalmente al servicio. Para que la fuerza
que todos llevamos dentro y que es vínculo y vida se manifieste, es necesario
que todos, y especialmente quienes tenemos una alta cuota de poder político,
económico o cualquier tipo de influencia, renunciemos a aquellos intereses o
abusos de los mismos que pretendan ir más allá del común bien que nos reúne; es
necesario que asumamos, con talante austero y con grandeza, la misión que se nos
impone en este tiempo. Cuando la autoridad no es servicio, entonces la
conducción se va desviando hacia el propio interés; se echa mano de los recursos
demagógicos más variados, se vacían los espacios de confrontación de ideas y
proyectos, se compran lealtades y se cae en una política pactista sin proyecto
hacia el bien común.
- El ejercicio de abrir
espacios de encuentro. En la retaguardia de la superficialidad y del
coyunturalismo inmediatista (flores que no dan fruto) existe un pueblo con
memoria colectiva que no renuncia a caminar con la nobleza que lo caracteriza:
los esfuerzos y emprendimientos comunitarios, el crecimiento de las iniciativas
vecinales, el auge de tantos movimientos de ayuda mutua, están marcando la
presencia de un signo de Dios en un torbellino de participación, sin
particularismos, pocas veces visto en el país. Nuestra gente, que sabe
organizarse espontánea y naturalmente, protagonista de este nuevo vínculo
social, pide un lugar de consulta, control y creativa participación en todos los
ámbitos de la vida social que le incumben. Los dirigentes debemos acompañar esta
vitalidad del nuevo vínculo. Potenciarlo y protegerlo puede llegar a ser nuestra
principal misión.
- Apertura a la vivencia
religiosa comprometida, personal y social. Lo religioso es una fuerza creativa
al interior de la vida de la humanidad y de su historia, y dinamizadora de cada
existencia que se abre a dicha experiencia. ¿Cómo entender que en muchos ámbitos
se ponga de moda el tratar todos los temas y cuestiones, pero haya un único
proscripto, un gran marginado: Dios? La esfera de lo laico se está deslizando,
peligrosamente, hacia un laicismo militante: un dios más del difuso
teísmo-profano spray que se nos propone.
- El punto de vista ordenador
de una cultura del encuentro debe centrarse en el hombre, principio, sujeto y
fin de toda actividad humana. Nos dice Juan Pablo II: “La actividad huana tiene
lugar dentro de una cultura y tiene un recíproca relación con ella. Para una
adecuada formación de esa cultura se requiere la participación directa de todo
el hombre, el cual desarrolla en ella su creatividad, su inteligencia, su
conocimiento del mundo y de los demás hombres. A ella dedica también su
capacidad de autodominio, de sacrificio personal, de solidaridad y
disponibilidad para promover el bien común. Por esto, la primera y más
importante labor se realiza en el corazón del hombre, y el modo como éste se
compromete a construir el propio futuro depende de la concepción que tiene de sí
mismo y de su destino. Es a este nivel donde tiene lugar la contribución
específica y decisiva de la Iglesia a favor de la verdadera cultura.” (C.A. 51)
2.5.
Madurez y libertad
Como tópico final sobre “la
utopía de refundar nuestros vínculos sociales” cabe una breve reflexión sobre lo
que significa la madurez y la libertad en este proceso y como han de ser
concebidas en el ámbito de la reflexión social y política.
La madurez es la capacidad de
usar de nuestra libertad de un modo “sensato” y “prudente”. Para llegar a un
punto de madurez, es decir, para que seamos capaces de decisiones verdaderamente
libres y responsables, es preciso que nos hayamos dado (y nos hayan dado),
tiempo. El hombre prudente, maduro, “piensa” antes de actuar. “Se toma su
tiempo”. ¿Cómo darnos lugar a “pensar”, a dialogar, a intercambiar criterios
para construir posiciones sólidas y responsables, cuando cotidianamente mamamos
un estilo de pensamiento que se arma sobre lo provisorio, lo lábil y la
despreocupación por la coherencia? Es obvio que no podemos dejar de formar parte
de la “sociedad de información” en la cual vivimos, pero lo que sí podemos es
“tomarnos tiempo” para analizar, desplegar posibilidades, visualizar
consecuencias, intercambiar puntos de vista, escuchar otras voces... e ir
armando, de esa manera, el entramado discursivo sobre el cual será posible
producir decisiones “prudentes”.
Dicho de otra manera: la
libertad no es un fin en sí mismo, un agujero negro detrás del cual no hay nada.
Se ordena a la vida más plena del ser humano, de todo el hombre y todos los
hombres. Se rige por el amor, como afirmación incondicional de la vida y el
valor de todos y cada uno. En ese sentido, podemos dar todavía un paso más: la
madurez no sólo implica la capacidad de decidir libremente, de ser sujeto de las
propias opciones en medio de las múltiples situaciones y configuraciones
históricas en las que nos veamos incluidos, sino que incluye la afirmación plena
del amor como vínculo entre los seres humanos en las distintas formas en que ese
vínculo se realiza: interpersonales, íntimas, sociales, políticas,
intelectuales... Una personalidad madura, así, es aquella que ha logrado
insertar su carácter único e irrepetible en la comunidad de los semejantes. No
basta con la diferencia: hace falta también reconocer la semejanza.
Insistimos aquí en la
exigencia de construir y reconstruir los lazos sociales y comunitarios que el
individualismo desenfrenado ha roto. Una sociedad, un pueblo, una comunidad, no
es sólo una suma de individuos que no se molestan entre sí. La definición
negativa de libertad, que pretende que ésta termina cuando toca el límite del
otro, se queda a medio camino. ¿Para qué quiero yo una libertad que me encierra
en la celda de mi individualidad, que deja a los demás afuera, que me impide
abrir las puertas y compartir con el vecino? ¿Qué tipo de sociedad deseable es
aquella donde cada uno disfruta sólo de sus bienes, y para la cual el otro es un
potencial enemigo hasta que me demuestre que nada de mí le interesa?
No será a través de la
entronización del individualismo que se dará su lugar a los derechos de la
persona. El máximo derecho de una persona no es solamente que nadie le impida
realizar sus fines, sino efectivamente realizarlos. No basta con evitar la
injusticia si no se promueve la justicia. No basta con proteger a los niños de
negligencias, abusos y maltratos, si no se educa a los jóvenes para un amor
pleno e integral a sus futuros hijos. Si no se brinda a las familias los
recursos de todo tipo que necesitan para cumplir su imprescindible misión. Si no
se favorece en la sociedad toda, una actitud de acogida y amor a la vida de
todos y cada uno de sus miembros, a través de los distintos medios con los
cuales el Estado debe contribuir.
Una persona madura, una
sociedad madura, entonces, será aquella cuya libertad sea plenamente responsable
desde el amor. Y eso no crece sólo en las banquinas de las rutas. Implica
invertir mucho trabajo, mucha paciencia, mucha sinceridad, mucha humildad, mucha
magnanimidad. Este es el camino a andar.
III.
CREATIVIDAD Y COMPROMISO PARA CONSTRUIR NUESTRA NACIÓN
En este
camino de libertad y madurez nos ponemos en marcha como Nación para construir un
futuro para todos
3.1. La
esperanza del futuro
La esperanza es virtud de lo
arduo pero posible; nos invita a no bajar nunca los brazos, pero no de un modo
meramente voluntarista sino encontrando la mejor forma de mantenerlos en
actividad, de hacer con ellos algo real y concreto. Porque la esperanza no se
apoya solamente en los recursos de los seres humanos sino que busca sintonizar
con la acción de Dios, que recoge nuestros intentos integrándolos en su plan de
salvación.
Hay momentos en la vida
(pocos, pero esenciales) en que es preciso tomar decisiones críticas, totales y
fundantes. Críticas, porque se ubican en el preciso límite entre la apuesta y la
claudicación, la esperanza y el desastre, la vida y la muerte. Totales, porque
no se refieren a algún aspecto particular, a un "asunto" o "desafío" optativo, a
un sector determinado de la realidad, sino que definen una vida en su totalidad
y por un largo tiempo. Es más: hacen a la más profunda identidad de cada uno. No
sólo suceden en el tiempo, sino que le dan forma a nuestra temporalidad y a
nuestra existencia. En ese sentido uso el tercer adjetivo, fundantes. Fundan un
modo de vivir, una forma de ser, de verse a uno mismo y de presentarse en el
mundo y ante los semejantes, una determinada posición ante los futuros posibles.
Estamos justamente en uno de
esos momentos decisivos. Pero no individualmente, sino como Nación. Es una
convicción compartida por muchos, incluso por el Santo Padre, como nos lo dio a
entender en nuestra última visita episcopal a Roma. La Argentina llegó al
momento de una decisión crítica, global y fundante, que compete a cada uno de
sus habitantes; la decisión de seguir siendo un país, aprender de la experiencia
dolorosa de estos años e iniciar un camino nuevo, o hundirse en la miseria, el
caos, la pérdida de valores y la descomposición como sociedad.
Pero hay más: si cortamos la
relación con el pasado, lo mismo haremos con el futuro. Ya podemos empezar a
mirar a nuestro alrededor... y a nuestro interior. ¿No hubo una negación del
futuro, una absoluta falta de responsabilidad por las generaciones siguientes,
en la ligereza con que tantas veces se trataron las instituciones, los bienes y
hasta las personas de nuestro país? Lo cierto es esto: Somos personas
históricas. Vivimos en el tiempo y el espacio. Cada generación necesita de las
anteriores y se debe a las que la siguen. Y eso, en gran medida, es ser una
Nación: entenderse como continuadores de la tarea de otros hombres y mujeres que
ya dieron lo suyo, y como constructores de un ámbito común, de una casa, para
los que vendrán después. Ciudadanos "globales", reconociendo los avatares de la
gente que construyó nuestra nacionalidad, haciendo propios o criticando sus
ideales y preguntándonos por las razones de su éxito o fracaso, para seguir
adelante en nuestro andar como pueblo.
3. 2.
Diferencia entre el drama y la tragedia
Mientras que en la tragedia
el destino ineluctable arrastra la empresa humana al desastre sin
contemplaciones y todo intento de enfrentarlo no hace más que empeorar el final
irremisible, en el drama, en cambio, la vida y la muerte, el bien y el mal, el
triunfo y la derrota se mantienen como alternativas posibles: nada más lejos de
un optimismo estúpido pero también del pesimismo trágico, porque en esa
encrucijada quizás angustiante, podemos también intentar reconocer los signos
ocultos de la presencia de Dios, aunque más no sea, como chance, como invitación
al cambio y a la acción... y también como promesa. Estas palabras pueden tomar
un cariz dramático, pero nunca trágico. Pero atención: no se trata de gestos
teatrales, sino de la convicción de que estamos en el momento de gracia, en el
foco de nuestra responsabilidad como miembros de una comunidad, es decir, lisa y
llanamente, como seres humanos.
Debemos apostar, una vez más,
a la entrega personal a un proyecto de un país para todos. Proyecto que, desde
lo educativo, lo religioso o lo social, se torna político en el sentido más alto
de la palabra: construcción de la comunidad.
3.3.
Jerarquía de valores
La sociedad humana no puede
ser una "ley de la selva" en la cual cada uno trate de manotear lo que pueda,
cueste lo que costare. Y ya sabemos, demasiado dolorosamente, que no existe
ningún mecanismo "automático" que asegure la equidad y la justicia. Sólo una
opción ética convertida en prácticas concretas, con medios eficaces, es capaz de
evitar que el hombre sea depredador del hombre.
Debemos terminar con la
cultura de la corrupción y revalorizar la cultura del trabajo. Pero este
reconocimiento que todos declamamos no termina de hacerse carne. No sólo por las
condiciones objetivas que generan el terrible desempleo actual (condiciones que,
nunca hay que callarlo, tienen su origen en una forma de organizar la
convivencia que pone la ganancia por encima de la justicia y el derecho), sino
también por una mentalidad de "viveza" (¡también criolla!) que ha llegado a
formar parte de nuestra cultura. "Salvarse" y "zafar"... por el medio más
directo y fácil posible. "La plata trae la plata"... "nadie se hizo rico
trabajando"... creencias que han ido abonando una cultura de la corrupción que
tiene que ver, sin duda, con esos "atajos" por los cual muchos han tratado de
sustraerse a la ley de ganar el pan con el sudor de la frente.
En la ética de los
"ganadores", lo que se considera inservible, se tira. Es la civilización del
"descarte". En la ética de una verdadera comunidad humana, en ese país que
quisiéramos tener y que podemos construir, todo ser humano es valioso.
Quizás, en nuestro país, esta
enseñanza haya sido de las más olvidadas. Pero más allá de ello, además de no
permitir ni justificar nunca más el robo y la coima, tendríamos que dar pasos
más decididos y positivos. Por ejemplo preguntarnos no sólo qué cosas ajenas no
tenemos que tomar, sino más bien qué podemos aportar. ¿Cómo podríamos formular
que también son "vergüenza" la indiferencia, el individualismo, el sustraer
(robar) el propio aporte a la sociedad para quedarse sólo con una lógica de
“hacer la mía”.
3.4. La
creatividad y la historia
¿Por qué no hacer el intento,
ya que estamos en tema, de dejarnos enseñar por la historia? Pensando en los
tiempos fundacionales de nuestra patria me salió al encuentro un personaje al
cual, por lo general, no se le reconoce la relevancia que ha tenido en la
Argentina naciente. Me refiero a Manuel Belgrano. Además de sus incontrastables
virtudes personales y su profunda fe cristiana, Belgrano fue un hombre que, en
el momento justo, supo encontrar el dinamismo, empuje y equilibrio que definen
la verdadera creatividad: la difícil pero fecunda conjunción de continuidad
realista y novedad magnánima. Su influencia en los albores de nuestra identidad
nacional es muchísimo mayor de lo que se supone y, por ello, puede volver a
ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de incertidumbre pero también de
desafío, "cómo se hace" para poner cimientos duraderos en una tarea de creación
histórica.
3.5.
Utopía, esperanza y creatividad
Más allá de las profundas
diferencias de época, hay mucho de permanente, de vigente, en la actitud de
Belgrano de tratar de mirar siempre más allá, de no quedarse con lo conocido,
con lo bueno o malo del presente. Esa actitud "utópica", en el sentido más
valioso de la palabra, es sin duda uno de los componentes esenciales de la
creatividad. Parafraseando (e invirtiendo) una expresión popular, podríamos
decir que la creatividad que brota de la esperanza afirma que "lo que ves... no
es todo lo que hay".
Les hago una propuesta: en
una sociedad donde la mentira, el encubrimiento y la hipocresía han hecho perder
la confianza básica que permite el vínculo social, ¿qué novedad más
revolucionaria que la verdad? Hablar con verdad, decir la verdad, exponer
nuestros criterios, nuestros valores, nuestros pareceres. Si ya mismo nos
prohibimos seguir con cualquier clase de mentira o disimulo seremos también,
como efecto sobreabundante, más responsables y hasta más caritativos. La mentira
todo lo diluye, la verdad pone de manifiesto lo que hay en los corazones.
Primera propuesta: digamos siempre la verdad en y desde nuestra situación. Les
aseguro que el cambio será notorio: algo nuevo se hará presente en medio de
nuestra comunidad.
3.6.
Todo el hombre, todos los hombres
Hay un criterio,
verdaderamente evangélico, que es infalible para desenmascarar "pensamientos
únicos" que cierran la posibilidad de la esperanza, e incluso falsas utopías que
la desnaturalizan. Es el criterio de universalidad. "Todo el hombre y todos los
hombres" era el principio de discernimiento que Pablo VI proponía con relación
al verdadero desarrollo. La opción preferencial por los pobres del Episcopado
latinoamericano no buscaba otra cosa: incluir a todas las personas, en la
totalidad de sus dimensiones, en el proyecto de una sociedad mejor. Será por eso
que nos suena tan "familiar" la insistencia de Manuel Belgrano acerca de una
educación para todos, que contemplara particularmente a los más necesitados para
garantizar una plena universalidad. En realidad, ¿puede ser deseable una
sociedad que descarte a una cantidad grande o pequeña de sus miembros? Aun desde
una posición egoísta, ¿cómo podré estar seguro de que no seré yo el próximo
excluido?
Una imprescindible misión es
apostar a la inclusión, trabajar por la inclusión. Llamados a ser creativos en
este crítico momento de nuestra patria, tendremos que preguntarnos qué hacemos
como como Nación, para aportar a una mentalidad y una práctica verdaderamente
incluyente y universal y a una sociedad que brinde posibilidades no a algunos,
sino a todos los que estén a nuestro alcance, a través de los diversos medios
que tengamos.
“De buenas intenciones está
sembrado el camino del infierno". Una verdadera creatividad no descuida, como ya
vimos, los fines, los valores, el sentido. Pero tampoco deja de lado los
aspectos concretos de implementación de los proyectos. La "técnica" sin "ética"
es vacía y deshumanizante, un ciego guiando a otros ciegos; pero una postulación
de los fines sin una adecuada consideración de los medios para alcanzarlos está
condenada a convertirse en mera fantasía. La utopía, así como tiene esa
capacidad de movilizar situándose "adelante" y "afuera" de la realidad limitada
y criticable, también, y por eso mismo, tiene un aspecto de "locura", de
"alienación", en la medida que no desarrolle mediaciones para hacer, de sus
atractivas visiones, objetivos posibles.
3.7.
Creatividad y tradición: construir desde lo sano
La creatividad, que se nutre
de la utopía, arraiga en la solidaridad y procura los medios más eficaces, puede
sufrir todavía de una patología que la pervierte hasta convertirla en el peor de
los males: el creer que todo empieza con nosotros, defecto que degenera
rápidamente en autoritarismo.
Aquí es donde completamos
nuestra perspectiva acerca de la creatividad como ubicada en la tensión entre
novedad y continuidad. Si ser creativos tiene que ver con ser capaces de abrirse
a lo nuevo, eso no significa descuidar el elemento de continuidad con lo
anterior. Sólo Dios crea de la nada. Y así como no hay forma de curar a un
enfermo si no nos apoyamos en lo que tiene de sano, del mismo modo no podemos
crear algo nuevo en la historia si no es a partir de los materiales que la misma
historia nos brinda. Belgrano reconoció que la América unida y fuerte con la
cual soñaba sólo podía construirse sobre el respeto y la afirmación de las
identidades de los pueblos. Si la creatividad no es capaz de asumir los aspectos
vivos de lo real y presente, termina rápidamente en imposición autoritaria,
brutal reemplazo de una "verdad" por otra. ¿No será ésta una de las claves de
nuestra dificultad para llevar adelante una dinámica más positiva? Si siempre,
para construir, tendemos a voltear y pisotear lo que otros han hecho antes,
¿cómo podremos fundar algo sólido? ¿Cómo podremos evitar sembrar nuevos odios
que más tarde echen por tierra lo que nosotros hayamos podido hacer?
Por eso, si queremos sembrar
verdaderamente las semillas de una sociedad más justa, más libre y más fraterna,
debemos aprender a reconocer los logros históricos de nuestros fundadores, de
nuestros artistas, pensadores, políticos, educadores, pastores... Quizás ahora
nos estemos dando cuenta de que en la época "de las vacas gordas" nos habíamos
dejado deslumbrar por algunos "espejitos de colores", modas intelectuales y de
las otras, y habíamos olvidado algunas certezas muy dolorosamente aprendidas por
generaciones anteriores: el valor de la justicia social, la hospitalidad, la
solidaridad entre las generaciones, el trabajo como dignificación de la persona,
la familia como base de la sociedad...
3.8. La
política como obra colectiva
El quehacer político es una
forma elevada de caridad, de amor, y por lo tanto, un problema teológico y
ético. Se da una paradoja a nivel global: el descrédito de la política y los
políticos en el momento en que más los necesitamos. Son el chivo expiatorio de
la sociedad. Achacamos nuestras deficiencias sobre ellos solamente, los
políticos. Por eso es importante rehabilitar lo político y la política en su
total amplitud .
Juan Pablo II planteaba que
la política es una actividad noble y necesaria, porque tiende al bien común.
Agregaba también que la política es el uso del poder legítimo para la
consecución del bien común de la sociedad. Según el episcopado francés, la
política es una obra colectiva permanente.
Hay otro fenómeno que
sufrimos: la diferencia que hay entre politización y cultura política. Los
argentinos somos politizados pero carecemos de cultura política. La política no
se jerarquiza como valor, pero sí la ebullición política. Somos politiqueros,
tendemos a ser politiqueros por decadencia; y urge que nos convirtamos de esa
decadencia por medio de la cultura política. Nuestra preocupación en estas
Jornadas es aportar a la cultura política. Pretendemos, desde la luz del
Evangelio, crear cultura política, porque eso es para el bien común. Y así como
hay voluntariado para los hospitales, éste es un voluntariado para la política
en este momento en que está tan desprestigiada.
Es una invitación a
redescubrir la política, a restituirle el alma que la partidocracia le ha
quitado. Los partidos políticos son instrumentos para impulsar ideas,
cosmovisiones diferentes. Cuando esto se confunde, los instrumentos se declaran
independientes y se pasa del partido político a la partidocracia y se pierde la
dimensión de trascendencia a los otros, de servicio a la comunidad. Esto es lo
que origina el internismo.
3.9
Pautas para re-jerarquizar la política
De manera enumerativa se
pueden señalar algunas pautas que nos ayuden en el proceso de rejerarquizar la
política. Ayudará referirlas a lo dicho en el Capítuo I
a. Pasar del nominalismo
formal que estanca los conceptos a la objetividad armoniosa de toda
palabra, camino de creatividad.
b. Desde el desarraigo
retomar las raíces constitutivas.
c. Salir de los refugios
culturales y llegar a la trascendencia que funda (ya se habló de esto en 2.4)
d. Caminar desde lo inculto
al señorío sobre el poder.
e. Desde el sincretismo
conciliador que termina en una cultura de collage hay que caminar hacia la
pluriformidad en la unidad de los valores. Y desde la puridad nihilista, a la
captación del límite de los procesos.
3.10.
Los proyectos reales
Una de las trabas más serias
para el proceso político es la enfermedad del eticismo; hay gente que es tan tan
eticista, tan eticista, que se olvida de ser ética, se sacrifica la ética al
eticismo y es lo que nosotros los curas, así en jerga, llamamos “la moralina”,
hay personas que viven la moralina y no la moral. Es propio del eticismo aislar
la conciencia de los procesos y, de tal modo la aísla que conduce a los hombres
a un verdadero nihilismo. Y entonces la actividad política consistiría en poner
en práctica esos eticismos, proyectos formales más que reales. Piensen en
cualquier gobierno local o municipal o provincial o de otro país. Una de las
señales de que un gobierno es eticista es cuando en vez de poner en marcha
proyectos reales, pone en marcha proyectos formales.
Los proyectos reales son
siempre agresivos y siempre causan problemas. En cambio, es propio del eticista
el proyecto formal porque no causa problema. Relacionémoslo con la palabra: el
nominalismo formal y no la palabra con chispa que hace el poeta y aporta
creatividad. Es la primacía de la formalidad sobre la realidad. Un ejemplo es la
fascinación por los organigramas.
Todo este camino, con tantos
senderos, desde la enfermedad o desde la crisis a la solución, es para evitar el
fraude de los valores, porque cuando una política se basa en los nominalismos
formales, en el desarraigo, en los refugios culturales, en la primacía de lo
inculto sobre el señorío, en el sincretismo conciliador, en la puridad
nihilista, se está basando en una personalidad que no responde a la persona y
está haciendo un fraude de valores que, en el fondo, es un fraude ontológico, es
un fraude al ser, es el fraude a la alegría de ser para vivir la tristeza del no
ser. Se proponen valores sin raíces, como mónadas, lugares comunes o simplemente
nombres y de ahí al fraude de la persona, hay un paso.
3.11. El
poder es servicio
El servicio es la inclinación
ante la necesidad del otro, a quien –al inclinarme– descubro, en su necesidad,
como mi hermano. Es el rechazo de la indiferencia y del egoísmo utilitario. Es
hacer por los otros y para los otros. Servicio, palabra que suscita el anhelo de
un nuevo vínculo social dejándonos servir por el Señor, para que luego, a través
de nuestras manos, su amor divino descienda y construya una nueva humanidad, un
nuevo modo de vida.
El servicio no es un mero
compromiso ético, ni un voluntariado del ocio sobrante, ni un postulado etéreo…
Puesto que nuestra vida es un don, servir es ser fieles a lo que somos: se trata
de esa íntima capacidad de dar lo que se es, de amar hasta el extremo de los
propios límites… o, como nos enseñaba con su ejemplo la Madre Teresa, servir es
"amar hasta que duela". Las palabras del Evangelio no van dirigidas sólo al
creyente y al practicante. Alcanzan a toda autoridad tanto eclesial como
política, ya que sacan a la luz el verdadero sentido del poder. Se trata de una
revolución basada en el nuevo vínculo social del servicio. El poder es servicio.
El poder sólo tiene sentido si está al servicio del bien común. Para el gozo
egoísta de la vida no es necesario tener mucho poder. A esta luz comprendemos
que una sociedad auténticamente humana y, por tanto también política, no lo será
desde el minimalismo que afirma "convivir para sobrevivir" ni tampoco desde un
mero "consenso de intereses diversos" con fines economicistas. Aunque todo esté
contemplado y tenga su lugar en la siempre ambigua realidad de los hombres, la
sociedad será auténtica sólo desde lo alto…, desde lo mejor de sí, desde la
entrega desinteresada de los unos por los otros.
3.12.
Una conversión de actitudes
Hoy, convocados a la tarea de
reconstruir nuestra Nación no podemos permitir que nos arrastre la inercia, que
nos esterilicen nuestras impotencias o que nos amedrenten las amenazas. Tratemos
de ubicarnos allí donde mejor podamos enfrentar la mirada de Dios en nuestras
conciencias, hermanarnos cara a cara, reconociendo nuestros límites y nuestras
posibilidades. No retornemos a la soberbia de la división centenaria entre los
intereses centralistas, que viven de la especulación monetaria y financiera,
como antes del puerto, y la necesidad imperiosa del estímulo y promoción de un
interior condenado ahora a la "curiosidad turística". Que tampoco nos empuje la
soberbia del internismo faccioso, el más cruel de los deportes nacionales, en el
cual, en vez de enriquecernos con la confrontación de las diferencias, la regla
de oro consiste en destruir implacablemente hasta lo mejor de las propuestas y
logros de los oponentes. Que no nos corten caminos las calculadoras
intransigencias (en nombre de coherencias que no son tales).
La gran exigencia es la
renuncia a querer tener toda la razón; a mantener los privilegios; a la vida y
la renta fácil,… a seguir siendo necios, enanos en el espíritu.
3.13. El
buen samaritano como opción de fondo para reconstruir la patria
La parábola del Buen
Samaritano nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a
partir de hombres y mujeres que sienten y obran como verdaderos socios (en el
sentido antiguo de conciudadanos). Hombres y mujeres que hacen propia y
acompañan la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de
exclusión, sino que se aproximan –se hacen prójimos– y levantan y rehabilitan al
caído, para que el Bien sea Común.
La inclusión o la exclusión
del herido al costado del camino define todos los proyectos económicos,
políticos, sociales y religiosos. Todos enfrentamos cada día la opción de ser
buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo. En efecto,
nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y disfraces se caen: es la hora
de la verdad, ¿nos inclinaremos para tocar nuestras heridas? ¿Nos inclinaremos a
cargarnos al hombro unos a otros? Éste es el desafío de la hora presente, al que
no hemos de tenerle miedo.
El punto de partida que elige
el Señor es un asalto ya consumado. Pero no hace que nos detengamos a lamentar
el hecho, no dirige nuestra mirada hacia los salteadores. Los conocemos. Hemos
visto avanzar en nuestra Patria las densas sombras del abandono, de la violencia
utilizada para mezquinos intereses de poder y división, también existe la
ambición de la función pública buscada como botín. La pregunta ante los
salteadores podría ser: ¿Haremos nosotros de nuestra vida nacional un relato que
se queda en esta parte de la parábola? ¿Dejaremos tirado al herido para correr
cada uno a guarecerse de la violencia o a perseguir a los ladrones? ¿Será
siempre el herido la justificación de nuestras divisiones irreconciliables, de
nuestras indiferencias crueles, de nuestros enfrentamientos internos? La poética
profecía del Martin Fierro debe prevenirnos: nuestros eternos y estériles odios
e individualismos abren las puertas a los que nos devoran de afuera.
En algunos es acendrado el
vivir con la mirada puesta hacia fuera de nuestra realidad, anhelando siempre
las características de otras sociedades, no para integrarlas a nuestros
elementos culturales, sino para reemplazarlos. Como si un proyecto de país
impostado intentara forzar su lugar empujando al otro; en ese sentido podemos
leer hoy experiencias históricas de rechazo al esfuerzo de ganar espacios y
recursos, de crecer con identidad, prefiriendo el ventajismo del contrabando, la
especulación meramente financiera y la expoliación de nuestra naturaleza y –peor
aún– de nuestro pueblo.
Aún intelectualmente,
persiste la incapacidad de aceptar características y procesos propios, como lo
han hecho tantos pueblos, insistiendo en un menosprecio de la propia identidad.
Aquí nace el “progresismo adolescente” que es la versión política del “perro del
hortelano”. Pero sería ingenuo no ver algo más que ideologías o refinamientos
cosmopolitas detrás de estas tendencias; más bien afloran intereses de poder que
se benefician de la permanente conflictividad en el seno de nuestro pueblo.
Inclinación similar se ve en
quienes, aparentemente por ideas contrarias, se entregan al juego mezquino de
las descalificaciones, los enfrentamientos hasta lo violento, la difamación y la
calumnia, o a la ya conocida esterilidad de muchas intelectualidades para las
que "nada es salvable si no es como lo pienso yo". Lo que debe ser un normal
ejercicio de debate o autocrítica, que sabe dejar a buen recaudo el ideario y
las metas comunes, aquí parece ser manipulado hacia el permanente estado de
cuestionamiento y confrontación de los principios más fundamentales. ¿Es
incapacidad de ceder en beneficio de un proyecto mínimo común o la irrefrenable
compulsión de quienes sólo se alían para satisfacer su ambición de poder?
No debemos llamarnos a
engaño, la impunidad del delito, del uso de las instituciones de la comunidad
para el provecho personal o corporativo y otros males que no logramos desterrar,
tienen como contracara la permanente desinformación y descalificación de todo,
la constante siembra de sospecha que hace cundir la desconfianza y la
perplejidad. El engaño del "todo está mal" es respondido con un "nadie puede
arreglarlo". Y, de esta manera, se nutre el desencanto y la desesperanza. Hundir
a un pueblo en el desaliento es el cierre de un círculo perverso perfecto: la
dictadura invisible de los verdaderos intereses, esos intereses ocultos que se
adueñaron de los recursos y de nuestra capacidad de opinar y pensar.
3.14.
Ponerse la patria al hombro
Todos, desde nuestras
responsabilidades, debemos ponernos la patria al hombro, porque los tiempos se
acortan. La posible disolución la advertimos en otras oportunidades. Sin embargo
muchos optan por un camino de ambición y superficialidad, sin mirar a los que
caen al costado: esto sigue amenazándonos.
Como el viajero ocasional de
la parábola sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser Nación, de
ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al
caído. Aunque se automarginen los violentos, los que sólo se ambicionan a sí
mismos, los difusores de la confusión y la mentira. Y que otros sigan pensando
en lo político para sus juegos de poder, nosotros pongámonos al servicio de lo
mejor posible para todos. Comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más
concreto y local, hasta el último rincón de la patria, con el mismo cuidado que
el viajero de Samaria tuvo por cada llaga del herido. No confiemos en los
repetidos discursos y en los supuestos informes acerca de la realidad. Hagámonos
cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia,
porque allí está el Resucitado.
No tenemos derecho a la
indiferencia y al desinterés o a mirar hacia otro lado. No podemos "pasar de
largo" como lo hicieron los de la parábola. Tenemos responsabilidad sobre el
herido que es la Nación y su pueblo. Cada día hay que comenzar en una nueva
etapa en nuestra Patria signada muy profundamente por la fragilidad: fragilidad
de nuestros hermanos más pobres y excluidos, fragilidad de nuestras
instituciones, fragilidad de nuestros vínculos sociales…
3.15. El
trigo y la cizaña
La creatividad histórica,
entonces, desde una perspectiva cristiana, se rige por la parábola del trigo y
la cizaña. Es necesario proyectar utopías, y al mismo tiempo es necesario
hacerse cargo de lo que hay. No existe el "borrón y cuenta nueva". Ser creativos
no es tirar por la borda todo lo que constituye la realidad actual, por más
limitada, corrupta y desgastada que ésta se presente. No hay futuro sin presente
y sin pasado: la creatividad implica también memoria y discernimiento,
ecuanimidad y justicia, prudencia y fortaleza. Si vamos a tratar de aportar algo
a nuestra Patria no podemos perder de vista ambos polos: el utópico y el
realista, porque ambos son parte integrante de la creatividad histórica. Debemos
animarnos a lo nuevo, pero sin tirar a la basura lo que otros (e incluso
nosotros mismos) han construido con esfuerzo.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.,
arzobispo de Buenos Aires |