|
SAN CAYETANO
Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio,
arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina en la fiesta de San Cayetano
(7 de agosto de 2005)
La escena
de Jesús, el Maestro, lavando los pies a sus discípulos, es una de esas escenas
del evangelio que uno no se cansa de mirar y recordar. El lavatorio de los pies
ha quedado grabado en la memoria de la Iglesia y cada Jueves santo repetimos el
gesto de Jesús y nos toca de nuevo el corazón: Nuestro Señor Jesucristo nos lavó
los pies y nos enseñó que si lo imitamos seremos felices: “Si saborean esta
verdad –que el poder es servicio- y la practican, serán felices”.
San Juan le pone un marco
impresionante a este gesto del Señor. Nos dice que Jesús tenía conciencia de que
era “su último gesto”, porque “había llegado su hora de pasar de este mundo al
Padre”. El Señor quiso expresamente que su último gesto fuera éste de lavarle
los pies a sus amigos. Los pies polvorientos y fatigados de camino.
En segundo lugar Juan nos
dice que fue un gesto de amor “hasta el extremo”. Solemos decir que la Cruz fue
el extremo del amor. Y es verdad; fue el extremo cruento: amar hasta la muerte.
Pero la vida tiene también otro extremo, que no es doloroso sino lindo: el
extremo de amar con ternura hasta el detalle. El Señor quiso que compartieran la
Eucaristía plenamente purificados, como si ya estuvieran en el cielo,
limpiándolos hasta de esas pequeñas manchas que parecen inevitables, las de
último momento… Y quiso hacer este servicio personalmente. ¿Vieron que hay veces
en que en las fiestas grandes, un detalle amenaza con arruinar la fiesta? Bueno,
por ese lado va este servicio de Jesús de lavar los pies y de decirnos que nos
lavemos unos a otros: por el lado de perdonar también los detalles, que a veces
es más difícil.
Y la tercera cosa que nos
dice Juan es que el Señor era conciente de que en ese momento “tenía todo el
poder del mundo en sus manos”, que “el Padre lo había puesto todo en sus manos”.
Y ¿qué hizo con ese poder absoluto? Lo concentró en un solo gesto, en un gesto
de servicio: el servicio del perdón hasta en los detalles. Y desde entonces
el poder se convirtió para siempre en servicio. Si el más poderoso usó todo
su poder para servir y perdonar, el que lo usa para otra cosa termina haciendo
el ridículo. Con ese gesto sencillo Jesús “derribó a los poderosos de sus tronos
y elevó a los humildes” como bien decía la Virgen su Madre santísima y Madre
nuestra. Por supuesto que los poderosos no se enteraron sino mucho después, pero
con ese gesto del Rey del Universo quedaron vaciados de sentido todos los gestos
que se hagan para acumular poder, para aparentar poder, para someter a otros o
enriquecerse con el poder.
La antiimagen, la imagen
opuesta, que refuerza el testimonio del Señor, es la de Pilato lavándose las
manos. Si hubiera sabido que tenía delante al Todopoderoso y que el Todopoderoso
había usado su poder para lavarles los pies a sus discípulos, ¡nunca se hubiera
lavado las manos! Con ese gesto entró para siempre en la historia del ridículo.
Y cada vez que los que tenemos algún poder nos lavamos las manos y le echamos la
culpa a otros – a los hijos, a los padres, al vecino, a los anteriores, a la
situación mundial, a la realidad, a las estructuras o a lo que fuere- aunque sea
del sufrimiento más pequeño de nuestros hermanos, nos ponemos del lado de Pilato:
vamos a engrosar la fila patética de los que usaron el poder para su propio
provecho y fama.
El poder es servicio
y el servicio, para serlo bien, debe llegar hasta el detalle más pequeño, ése
que hace que el otro “se sienta bien atendido”, dignificado. Por eso lo de lavar
los pies. Porque el Señor quiere que nos sintamos incluidos en lo suyo, en su
vida de comunión con el Padre, y que no haya nada que empañe la grandeza de esa
amistad. Él nos quiere a todos juntos. Con ese gesto, al mismo tiempo nos
iguala y nos hermana. Y nos hermana haciéndonos participar de ese poder: el del
servicio entre iguales, el del servicio hasta que se note que es igual el que
sirve y el que es atendido.
Esto que suele ser habitual
en el ámbito familiar, en que el del cumpleaños invita y hace el asado, o la
mamá sirve la comida hasta en el día de la madre, lo tenemos que hacer llegar a
la vida del trabajo, a la vida del barrio, a la vida política y social… Y para
esto no hay otro camino que el del testimonio. Los discursos no
alcanzan, se necesitan testimonios. El que tenga un poquito más de poder se
tiene que poner a servir un poquito más. Aquí la interna tendría que ser feroz,
así como a veces se da esa interna linda en la familia en la que la madre y las
hijas se disputan el delantal para lavar ellas los platos.
Quizás alguno piense que
somos ingenuos al decir estas cosas. Pero nuestro pueblo sabe muy bien lo que es
el poder y lo que es el servicio. Nuestro pueblo sabe muy bien que venir a San
Cayetano, a los pies del Poderoso San Cayetano, es un gesto religioso y -que por
eso mismo- es un gesto político en el más alto sentido de la palabra. Al tocar
los pies del santo, al lavárselos con sus lágrimas, al musitar su pedido y
suplicar el perdón de Jesús que limpia y dignifica, nuestro pueblo nos está
diciendo a todos que el poder que Jesús le dio al santo es servicio, que todo
poder es servicio y no hay que usarlo para otra cosa. Lo dice en silencio, con
el gesto manso y paciente de esta fila interminable de pies cansados y quizás
sucios que, a los ojos de Jesús, son los pies más hermosos del mundo:
hermosos porque son los pies
de un pueblo que no se cansa de querer peregrinar en paz, hermosos porque son
los pies de un pueblo que una y otra vez deja que su Señor se los lave y así
recupera su dignidad;
hermosos porque se lavan
enteros los de todos juntos, porque no sólo queda limpio todo el hombre sino
también todos los hombres, como decía Pablo VI;
hermosos porque una vez
limpios se ponen en camino para lavar los pies de sus hermanos, con la esperanza
que da este gesto humilde y todopoderoso de un poder que incluye a todos en esos
valores que forman la comunidad: la justicia, el trabajo, el pan y los detalles
que nos igualan y nos dignifican y nos hacen sentir bien;
hermosos hoy, 7 de agosto,
porque en la cola peregrinan con Jesús y San Cayetano para recuperar la dignidad
y los valores en comunidad.
Con San Cayetano le pedimos a
la Virgen, quien como Madre le enseñó a Jesús esto de lavar pies, que nos lo
enseñe a nosotros, que nos lo grabe bien en la memoria, para que cada vez que
la vida nos pone ante la opción entre servir incluyendo o aprovecharnos
excluyendo, entre lavar los pies a otro o lavarnos las manos ante la situación
de los otros, se nos venga a los ojos esta imagen de Jesús y la alegría del
servicio se adueñe de nuestro corazón y nos anime a trabajar por el Reino.
Buenos Aires, 7 de agosto de 2005.
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.,
arzobispo de Buenos Aires |