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TODOS SOMOS MIGRANTES EN ESTE MUNDO


Homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina con ocasión del Día del Migrante
(Catedral metropolitana, 4 de setiembre de 2005)


Lucas 10, 30-37 – El buen Samaritano


Un doctor de la Ley hizo a Jesús esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?". Jesús le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en mano de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver" ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?". "El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".


Pobre hombre este que bajaba de Jerusalén a Jericó, lo agarró una banda de ladrones en la mitad del camino. Este hombre no estaba en su casa, estaba en camino. Y cuando uno no está en su casa tiene menos posibilidades para defenderse. Estaba al aire libre, y va caminando de un lado para otro y es más fácil aprovecharse de alguien que está en camino que de alguien que está en su casa. Por eso este hombre fue despojado y tirado a la mitad del camino.

Cuando pienso en estas cosas, me viene la imagen de Jesús. Jesús chico en los brazos de María y de José, cuando tuvo que ponerse en camino y salir de la seguridad de su casa, que ya no era segura en ese momento; como sucede a veces en tantos países, que por revoluciones, persecuciones étnicas o políticas, tienen que dejar el hogar. Y Jesús por una persecución política, podemos decir, para que no hubiera otro rey más que Herodes, tuvo que dejar el hogar para salvar la vida.

Pienso en lo que habrá tenido que sufrir Jesús, lo que habrá pasado en ese viaje, en los años que estuvo como inmigrante en Egipto. Cómo la Virgen y San José tuvieron que aprender otro idioma, y cómo tenían que cuidarse de que no les hicieran trampas, y cómo llorarían a veces cuando estaban solos, deseando volver a su patria y no podían. Jesús nos enseña tantas cosas. El fue el gran emigrante, que vino desde su patria del cielo a vivir y a caminar con nosotros. Y de él se aprovecharon también, lo ultrajaron, lo insultaron y lo crucificaron.

Me da la impresión de que hay algo tan malo en los hombres, que tendemos a aprovecharnos de aquellos que están más inseguros, de aquellos que no tienen una protección, como la que tenían en su patria. Por eso cuando celebramos el día del Migrante, a mí se me entrechocan dos sentimientos: éste que acabo de decir, de bronca, de dolor porque  tantas veces los migrantes son aprovechados y explotados, y el segundo, un sentimiento de gratitud a todos los inmigrantes que vienen a esta patria, a traer su cultura, su riqueza, sus cosas lindas.

Estaba mirando el altar. Todos los que estamos en el altar, todos, incluidos yo, o  son inmigrantes, o somos hijos de inmigrantes. La gratitud a todos aquellos que vinieron a hacer patria.

Pero no siempre esa gratitud aparece incluso en nuestras leyes. Se logra por fin una ley (ley de migraciones 25.871) pero después tardan años y años para que se reglamente. Mientras tanto, los inmigrantes sufren, no tienen documentos, a veces no pueden ir a la escuela, o al no tener documentos no pueden hacer una serie de trámites que necesitan, o  son aprovechados.

Pero sobre todo, ¿cual es el pecado más grande que hoy se comete contra el migrante? El migrante es sospechado. Se sospecha de él. A ver si éste es un bandido, un bandolero, un guerrillero, un terrorista. Entonces, ¡cuidado con el migrante! Eso es pecado. Porque hay bandidos, bandoleros, guerrilleros y terroristas también entre los que nacen en nuestra patria. Cuando el migrante es sospechado… qué feo, qué dolor tan grande. Están en un lugar que no es su casa y lo hacen sentir a uno así, y si pueden, lo explotan ¡Por favor, nunca más eso!

Nunca más pasar de lado frente al migrante que sufre, como pasó el Levita y el sacerdote, frente a éste que estaba de camino.

Nunca más ignorar el sufrimiento y el dolor del migrante.

Nunca más cometer la injusticia de no agradecer la riqueza cultural que nos traen los pueblos que vienen a vivir en nuestra patria.

Nunca más sospechar de alguien por ser migrante, y menos, explotarlos.

Debemos Volver a nuestras raíces migrantes, las que formaron nuestra patria. Y no olvidarnos que todos nosotros, hombres y mujeres, somos migrantes en este mundo. Porque nuestra patria esta allá. Como Jesús fue migrante que vino del seno de la Trinidad para caminar con nosotros. Hoy es un día que nos llama a la fraternidad. Hoy es un día que nos llama  a acercarnos entre nosotros, y todos tenemos algo de despojados, de migrante dentro nuestro, y como el buen samaritano, que tampoco estaba en su patria, curar las heridas del corazón, crear fraternidad.

Nuestro mundo necesita fraternidad, nuestra patria necesita fraternidad. Necesita proximidad, que seamos prójimos. Necesita que nos paguemos las deudas. ¿Y cuál es la única deuda que tenemos? La escuchamos en la carta de San Pablo: Miren, la única deuda que tiene uno con otros, es la del amor. No hay otra deuda. Esa es la gran deuda.

A veces pagamos deudas pequeñas o deudas muy grandes al Fondo Monetario, y no pagamos la deuda del amor con nuestros hermanos que sufren, con nuestros hermanos que comparten la vida con nosotros, con nuestros hermanos que vinieron a hacer patria. Hoy es el día de la fraternidad, el día de la hermandad, de ser prójimos, el día de mostrar la única deuda que nos debemos.

Padre, ¿el país esta endeudado? ¡Sí! ¡Endeudado de amor! ¡debe amor! tiene que pagar ese amor, a los unos con otros. ¡Endeudados de proximidad!, ¡endeudado de fraternidad! Este es el mensaje que quisiera dejarles hoy. Sobre todo no permitir que ningún hombre, ninguna mujer, por el solo hecho de venir de tal o cual país, sea sospechoso. ¡No! ¡Esto en nuestra patria no! El amor no lo permita. Pidámosle a Jesús que fue migrante, a la Virgen y a San José que tuvieron que balbucear en un idioma, en egipcio, que no conocían, que nos enseñen a pagar esta nuestra única deuda, la deuda del amor. Y que nos enseñen a hacernos cargo, todos, de que somos migrantes en este mundo hacia la única patria donde nos espera nuestro Padre.


Cardenal Jorge Mario Bergoglio, s.j.,
arzobispo de Buenos Aires



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