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CARTA POR LA NIÑEZ
Carta del cardenal
Jorge Mario
Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina,
leída a los jóvenes en la en la 31ª Peregrinación Juvenil a Luján
(2 de octubre de 2005)
A los sacerdotes, consagrado y consagradas, y
fieles de la arquidiócesis
Queridos hermanos y hermanas:
La XXXI peregrinación juvenil al Santuario de Luján tiene como lema
“Madre, ayúdanos a cuidar la vida”. Le pedimos a nuestra Madre esta
gracia: que nos ayude a cuidar toda vida y toda la vida. Lo hacemos
con el grito filial de la oración y la confianza que nos da la Virgen.
Ella le dijo a San Juan Diego: ¿”No estoy yo aquí que soy tu madre”?
Saber que está cerca con su ternura maternal nos da fortaleza para
seguir pidiéndole, con corazón de niños, “Madre ayúdanos a cuidar la
vida”. Y, a la luz de esta oración filial, quiero proponer a la
reflexión de Ustedes un problema de vida que afecta a nuestra ciudad.
En los últimos años
se han incorporado al paisaje ciudadano nuevas realidades: cortes de
calles, piquetes, gente viviendo en las veredas... Una realidad, a mi
parecer la más dolorosa, que se ha impuesto en este paisaje, tiene
como protagonistas a los niños. La presencia de situaciones
injustas y riesgosas de las que son víctimas nuestros niños, niñas y
adolescentes nos golpean y conmueven.
Niños y jóvenes en
situación de calle, mendigando, durmiendo en estaciones de subtes y
ferrocarriles, en zaguanes y recovas; en ocasiones “aspirando” solos o
grupalmente, son realidades habituales en el cotidiano paisaje
ciudadano.
Niños y
adolescentes cartoneando y hurgando en la basura en búsqueda quizá de
su única comida diaria, aun en horas entradas de la noche.
Niños y jóvenes,
muchas veces bajo la mirada de mayores que los regentean, ocupados en
diversos trabajos formales e informales, vendiendo, haciendo
malabarismos, limpiando vidrios, abriendo puertas de automóviles o
repartiendo estampitas en los subtes.
En la Ciudad de
Buenos Aires está prohibida la “tracción a sangre”. Si aparece un
carrito de cartoneros tirado por un caballo puede ser decomisado...
Pero hay cientos de carritos de cartoneros que andan por todas partes
(los veo diariamente en el microcentro) y como no se puede un caballo,
entonces muchas veces los empujan los chicos. ¿Es que estos chicos no
son “tracción a sangre”?
El pasado 13 de
agosto, por los diarios, nos enteramos que una red de pedofilia
funcionaba en los barrios de Chacarita, Floresta, Congreso, Recoleta,
San Telmo, Montserrat, Núñez, Palermo y Caballito. Chicos y chicas
entre 5 y 15 años, manteniendo relaciones con mayores. Hace unos años
nos rasgábamos las vestiduras cuando sabíamos que los Sex-Tours
organizados en Europa hacia ciertos lugares de Asia incluían sexo con
niños... y ahora lo tenemos instalado aquí, incluso en los menús de
algunos alojamientos lujosos.
Es una realidad
dolorosa la creciente utilización de niños y adolescentes en el
tráfico de drogas. Resulta también aberrante el consumo masivo de
alcohol, por parte de niños y jóvenes, con la complicidad de
comerciantes inescrupulosos. Incluso a veces se observa como práctica
la ingesta de bebidas alcohólicas en niños de corta edad.
Por otra parte, los
datos de la realidad nos señalan que la mayoría de nuestros niños son
pobres y que alrededor del 50% de los pobres son niños. Los niveles de
indigencia se expresan dramáticamente en la actualidad y en nuestro
futuro próximo, con consecuencias ciertas a partir de carencias
nutritivas, ambientales, insalubridad, violencia y promiscuidad
naturalizadas, que condicionan su crecimiento, problematizan su
relación personal y tornan dificultosa su inserción social y
comunitaria. Resulta escalofriante que algunas empresas de turismo,
como parte de tours que organizan en nuestra ciudad, incorporen a las
Villas de Emergencia, donde viven niños en estado de indigencia o
pobreza, como lugares de observación y visita para los visitantes
extranjeros.
La producción
cultural, en especial la oferta televisiva, pone a disposición de
nuestros niños y jóvenes, como ya lo vienen señalando prestigiosas
instituciones y personalidades de nuestra sociedad, programas donde la
degradación y frivolidad de la sexualidad, la desvalorización de la
familia, la promoción de desvalores maquillados artificialmente como
valores y la exaltación de la violencia, junto con una libertad
irresponsable y “gánica”, son constantes, aportando componentes de
conductas que devienen paradigmáticos para nuestra juventud, frente a
la pasividad de organismos de control y el financiamiento cómplice de
empresas e instituciones.
Esta realidad nos
habla de una degradación moral cada vez más extendida y profunda que
nos lleva a preguntarnos cómo recuperar el respeto por la vida y por
la dignidad de nuestros niños. A tantos de ellos les estamos robado su
niñez y les estamos hipotecado su futuro y el nuestro: una
responsabilidad que, como sociedad, compartimos y que pesa más sobre
los de mayor poder, educación y riqueza.
Y si miramos la
realidad religiosa, ¡cuántos niños no saben rezar!, ¡a cuántos no se
les ha enseñado a buscar y contemplar el rostro del Padre del Cielo,
que los quiere y los prefiere! Grave carencia en el ser mismo de una
persona.
Todas estas
realidades nos sacuden y confrontan con nuestra responsabilidad de
cristianos, con nuestra obligación de ciudadanos, con nuestra
solidaridad como partícipes de una comunidad que queremos cada día más
humana, más digna y más acorde a la dignidad humana y de la sociedad.
Frente a esta
realidad de nuestros niños y adolescentes aparecen reacciones diversas
que se orientan a un acostumbramiento progresivo de creciente
pasividad e indiferencia, una suerte de normalidad de la injusticia;
o, por otra parte, una actitud falsamente normativa y de supuesto bien
común que reclama represión y creciente control que va, desde la baja
de la edad de imputabilidad penal hasta su forzada separación
familiar, en ocasiones sometiendo injustamente al sistema judicial
situaciones de pobreza familiar o bien promoviendo una discrecional y
abusiva institucionalización.
Y así podríamos
continuar con esta descripción, la cual entraña un grito a tomar
conciencia. Debemos tomar conciencia de la situación de emergencia de
nuestra niñez y juventud. Debemos afrontar nuestras propias
responsabilidades personales y sociales ante la emergencia. Debemos
asumir como propios los mandatos constitucionales en la materia.
Debemos tomar
conciencia de que cada chico marginado, abandonado o en situación de
calle, con deficiente acceso a los beneficios de la educación y la
salud, es la expresión cabal no sólo de una injusticia sino de un
fracaso institucional que incluye tanto a la familia como también a
sus vecinos, a las instituciones barriales, a su parroquia y a los
distintos estamentos del Estado en sus diversas expresiones. Muchas de
estas situaciones reclaman una respuesta inmediata, pero no con la
inmediatez de las luces de bengala. La búsqueda e implementación de
respuestas no emparchadoras no pueden hacernos olvidar que necesitamos
un cambio de corazón y de mentalidad que nos lleve a valorar y
dignificar la vida de estos chicos desde el seno de su madre hasta que
descansen en el seno del Padre Dios, y a obrar cada día en
consecuencia.
Debemos adentrarnos
en el Corazón de Dios y comenzar a escuchar la voz de los más débiles,
estos niños y adolescentes, y recordar las palabras del Señor “El que
recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo” (Mt.
18: 5); y, “Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños,
porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en
presencia de mi Padre celestial” (Mt. 18: 10). Tanto esas voces como
la palabra del Señor deberían conmovernos en nuestro compromiso y en
nuestra acción:
§
Nunca
la niñez abandonada en nuestra ciudad;
§
nunca
la adolescencia y la juventud marginada en nuestra ciudad;
§ ningún
cristiano, ninguna parroquia, ninguna autoridad indolente o
indiferente frente al vía crucis de nuestras familias y de nuestros
niños;
§ ningún
egoísmo o interés personal o sectorial menguando el esfuerzo y el
compromiso que dilate la necesaria unidad y coordinación para el
esfuerzo impostergable e inmediato.
Estoy preocupado y
dolorido por esta situación. Por ello quise escribirles esta carta. He
tratado el tema con algunos especialistas, con la Vicaría Episcopal de
Niños, con la Comisión de Niñez y Adolescencia en riesgo, con algunos
jueces y legisladores. En base a lo reflexionado con ellos hago un
resumen sintético que añado en ANEXO. Esto nos ayudará sobremanera a
reflexionar sobre esta realidad y sé que será útil en el camino de la
Asamblea Arquidiocesana. Pero, sobre todo, quisiera que nuestros ojos
no se acostumbraran a este nuevo paisaje ciudadano que tiene como
protagonistas a los niños. Les pido, por favor, que abramos nuestro
corazón a esta realidad dolorosa... los Herodes de hoy tienen muchos
rostros diversos, pero la realidad es la misma: se mata a los niños,
se mata su sonrisa, se mata la esperanza... son carne de cañón.
Miremos con ojos renovados a estos niños de nuestra ciudad y
animémonos a llorar. Miremos a la Virgen y digámosle desde el llanto
de nuestro corazón: “Madre, ayúdanos a cuidar la vida”.
Con paternal y
fraternal cariño
Cardenal Jorge Mario Bergoglio, S.J.,
arzobispo de Buenos Aires
Buenos Aires, 1º de octubre de 2005, Fiesta de Santa Teresita del Niño
Jesús, Patrona de los Niños de la Arquidiócesis.
ANEXO
La conflictiva existencia de un sistema estatal de atención y
protección de la niñez y adolescencia que podemos calificar como
“sistema en crisis” pone en evidencia una realidad donde las carencias
sistemáticas, los quiebres o conflictos institucionales son
habituales, abonando un imaginario social sobre el tema y desnudando
nuestra conducta como sociedad.
Esta situación se plantea en un escenario donde, a pesar de
la recuperación del crecimiento económico, en nuestra realidad
cotidiana se mantiene la distribución injusta de la riqueza, que tan
fieramente golpeó a las familias argentinas en el pasado reciente,
continuando su tendencia a concentrarse en los niveles de mayor poder
y riqueza, sin que los esfuerzos planteados desde las medidas
oficiales logren cambiar este sentido que como sociedad nos humilla y
nos mortifica.
Las políticas de Estado deben tender al crecimiento económico
y a una justa distribución de la renta tal que el desarrollo de los
países se comparezca con la calidad de vida de sus habitantes.
“La verdadera y plena protección de los niños significa
que éstos puedan disfrutar ampliamente de todos sus derechos, entre
ellos los económicos, sociales y culturales, que les asignan diversos
instrumentos internacionales. Los Estados Partes en los tratados
internacionales de derechos humanos tienen la obligación de adoptar
medidas positivas para asegurar la protección de todos los derechos
del niño” (Corte Interamericana de Derechos Humanos mediante la
Opinión Consultiva OC-17/2002 “Condición Jurídica y Derechos Humanos
del Niño”, 28 de agosto de 2002, punto 8 de la parte dispositiva).
Por ello, la actividad estatal no puede reducirse a lograr
una reforma de legislación en materia de niñez, que se adapte a la
Convención sobre los Derechos del Niño, sino que debería hacer
hincapié en la efectivización de dicha Convención a través de la
gestión monitoreo de las políticas públicas destinadas a
restablecer los derechos vulnerados (necesidades insatisfechas). No se
trata solamente de dictar leyes sino de cumplirlas adecuadamente
mediante una gestión efectiva, en un marco de redistribución de la
riqueza y de creación de empleo.
Recordemos finalmente la conclusión principal de la Comisión
de Trabajo Nro. 8 “Niñez y Jóvenes en Situación de Riesgo” de la VIII
Jornadas de Pastoral Social (25 de junio de 2005): “Las políticas
de niñez y familia deben ser políticas de Estado, debiéndose crear,
monitorear y transformar los programas sociales a tal fin, que a su
vez deben tener en cuenta el fortalecimiento y desarrollo de la vida
familiar, articulando y cogestionando recursos públicos con la
sociedad civil, y reforzando la capacidad de los integrantes de la
familia para enfrentar la adversidad y salir fortalecidos”.
Se deben realizar esfuerzos tendientes a revalorizar la
cultura del trabajo que conlleva las notas típicas de esfuerzo,
sacrificio, conducta y disciplina.
El trabajo es una obligación pero también es un derecho que
sirve de ejemplo para los niños: los niños al ver a sus padres
laborando visualizan su posible desarrollo, crecimiento y maduración.
Si bien en épocas de crisis económica, donde el desempleo
crece, los Estados tienden a subsidiar al empleo o destinar planes
para ayudar a la subsistencia de los hombres, estas políticas deben
ser herramientas transitorias y no deben constituirse en política de
Estado.
Si los Estados no tienen una fuerte política destinada al
crecimiento industrial, no crecerá el empleo, una de las formas de
asegurar a los habitantes de una Nación la justicia conmutativa.
De allí se mide el nivel de educación, la salud, la justicia,
la cultura, el deporte, el fortalecimiento de las familias, el
crecimiento y desarrollo de los niños, el cuidado de las personas
mayores.
Es necesario proteger el trabajo del hombre. ¿Cómo se lo
protege? Instruyendo al hombre, culturalizándolo, entrenándolo,
dándole la digna protección legal, dándole descanso, lugar para la
recreación, asegurándole condiciones dignas para su vejez,
proporcionándole un sistema de salud que lo proteja adecuadamente de
sus infortunios laborales.
Los trabajadores no son “instrumentos bípedos, sin libertad,
sin moral, que sólo poseen manos que ganan poco y un alma absorta”,
como sostuviera el abate Sieyes, quien fuera uno de los inspiradores
de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Con la promoción y el fortalecimiento del trabajo de los
adultos lograremos evitar el trabajo de los chicos. Es muy difícil que
un chico salga a buscar trabajo si sus padres cuentan con un empleo
digno que le proporcione la satisfacción de las necesidades de la
familia.
Por otra parte el niño y el adolescente tenderán a concurrir
y permanecer en los centros educativos, cumpliendo con su obligación y
su derecho que es esencialmente el de estudiar.
Es necesario desarrollar programas orientados a favorecer el
acceso, y la permanencia en la escuela, donde deben estar
comprometidos los maestros, las familias y los propios niños.
La
escuela es el principal mecanismo de inclusión. Quienes se van de la
escuela pierden toda esperanza ya que la escuela es el lugar donde los
chicos pueden elaborar un proyecto de vida y empezar a formar su
identidad. En la actualidad, la deserción escolar no suele dar lugar
al ingreso a un trabajo sino que lleva al joven al terreno de la
exclusión social: la deserción
escolar parece significar el reclutamiento, especialmente de los
adolescentes, a un mundo en el que aumenta su vulnerabilidad en
relación a la violencia urbana, al abuso y a la adicción a las drogas
o al alcohol. Si bien la escuela puede no lograr evitar estos
problemas, la misma parece constituir la última frontera en que el
Estado, las familias y los adultos se hacen cargo de los jóvenes, en
el que funcionan, a veces a duras penas, valores y normas vinculados a
la humanidad y la ciudadanía y en el que el futuro todavía no ha
muerto.
La función esencial de la escuela es formar ciudadanos libres
y con capacidad para defender sus derechos y cumplir con sus
obligaciones. Sin embargo, no por mantener al niño o al adolescente en
la escuela debemos vaciarla de su contenido. El derecho constitucional
que se garantiza es el derecho a la educación, no el derecho a la
escolaridad. No es sólo inaugurando escuelas, repartiendo libros o
útiles la manera en la cual se logrará cumplir con este derecho. Esto
demandará un esfuerzo conjunto de toda la comunidad educativa. Este
esfuerzo por un lado debe tener como eje la motivación del joven, no
sólo para quedarse en la escuela sino para capacitarse y aprender, y
por otro lado debe buscar fortalecer y revalorizar el rol del docente
para que éste pueda enfrentarse a las nuevas realidades que se le
presentan en el aula.
Para entender las causas de la deserción y el fracaso escolar
debemos tener en cuenta una variable importante que es la desnutrición
infantil. La infancia es el período caracterizado por el crecimiento
corporal, que requiere una cantidad determinada de nutrientes para
sintetizar nuevos tejidos o culminar etapas importantes como el
desarrollo neurológico.
La deficiente alimentación, desde su concepción en el vientre
de la madre hasta los tres años en que se desarrolla el sistema
nervioso, produce lesiones físicas o psíquicas que lo afectan de por
vida. Es imprescindible realizar un seguimiento de los niños desde el
momento en que la mamá embarazada empieza a controlarse en los
hospitales para reducir el riesgo de que nazcan criaturas con bajo
peso y reducir los índices de mortalidad infantil.
El problema de la desnutrición infantil en nuestra ciudad no
se soluciona entregando cajas con alimentos, eso reduce el fenómeno de
la desnutrición a un plano biológico y no tiene en cuenta factores
sociales, económicos, antropológicos y culturales. Debemos educar y
crear buenos hábitos alimentarios para prevenir problemas de
desarrollo en nuestros niños.
Por otra parte, el
mejoramiento de la situación de los niños, en lo que respecta a la
pobreza, no puede estar alejado de políticas públicas generales
destinadas a toda la sociedad. Justamente, las políticas
distribucionistas plasmadas en la década del ´50 en países de
Latinoamérica, permitieron reducir la “institucionalización” de niños,
cuando aún no existía una legislación que conceptualizara al niño como
sujeto de derecho.
Resulta disvalioso para la sociedad en su conjunto, y
fundamentalmente para educadores y educandos, que la escuela resulte
ser en los hechos prioritariamente un lugar donde se asiste para
alimentarse, desnaturalizandose el concepto esencial de la enseñanza.
Las escuelas deben ser contenedoras de alumnos en estado de
aprendizaje, de formación y de ninguna manera están llamadas a
sustituir a las familias en una de las funciones primordiales la cual
es dar alimento a sus hijos.
Los problemas más significativos referidos a la población
infanto juvenil, como hemos analizado, son la desnutrición, la
deserción escolar y el ingreso temprano al mundo del trabajo. Estos
problemas se ven profundizados cuando hablamos de embarazo
adolescente.
Es necesario trabajar con la adolescencia acompañándolos en
este proceso, fortaleciendo su autoestima, el sentido de la
responsabilidad, el cuidado de la salud y posibilitando el diseño de
proyectos alternativos para sus vidas.
Creemos fundamental reforzar los vínculos familiares para
evitar que los niños lleguen a la situación de calle o terminen
institucionalizados.
Si bien existe una demanda social muy fuerte a favor de la
institucionalización, los tratamientos con larga privación de libertad
no han logrado buenos resultados. Esto queda demostrado ya que ocho de
cada diez presos adultos pasaron por Institutos de Menores. Es
preocupante además que mientras cuatro de cada diez chicos ingresan
por causas penales, el resto ingresa por causas asistenciales, porque
su familia no puede hacerse cargo de ellos o porque son victimas de
violencia.
Estos hechos están íntimamente ligados a la falta de
actualización de la legislación sobre el tema, donde la persistencia
de la ley, conocida como Ley Agote, progresista en su tiempo, ya no
refleja los cambios de nuestra sociedad ni las miradas basadas en el
niño y el joven como sujeto de derecho. Esta nueva mirada está
expresada cabalmente por la Convención de los Derechos del Niño que,
aprobada con reservas por nuestro país por ley 23849, forma parte del
plexo constitucional a partir de la reforma constitucional de1994.
La Convención es el tratado de Derechos Humanos que mayor
ratificación ha tenido entre los estados miembros del sistema de
Naciones Unidas, incluido el Estado Vaticano y constituye, no sólo un
compromiso de los firmantes desde el punto de vista internacional,
sino que fundamentalmente redefine las obligaciones insalvables de las
políticas públicas respecto a la niñez, la adolescencia, la juventud y
las familias.
En su preámbulo destaca, como elementos sostenedores de la
necesidad y vigencia de la Convención, entre otras afirmaciones :
“…Convencidos de que la familia, como grupo fundamental de la sociedad
y medio natural para crecimiento y el bienestar de todos sus miembros,
y en particular de los niños, debe recibir la protección y asistencia
necesarias para poder asumir plenamente sus responsabilidades dentro
de la comunidad” y agrega “reconociendo que el niño para el pleno y
armonioso desarrollo de su personalidad, debe crecer en el seno de una
familia, en un ambiente de amor, felicidad y comprensión”.
El mejoramiento de las condiciones socioeconómicas de la
infancia no está desvinculado de lo que suceda a cada familia, que
representa el sostén psicosocial y cultural en el crecimiento de
cualquier niño. Se han advertido últimamente programas destinados
solamente a niños, como si se pudiera mejorar la situación de los
niños sin sus familias. A propósito recordaremos que: “La familia
constituye el ámbito primordial para el desarrollo del niño y el
ejercicio de sus derechos. Por ello, el Estado debe apoyar y
fortalecer a la familia, a través de las diversas medidas que ésta
requiera para el mejor cumplimiento de su función natural en este
campo” (Corte Interamericana de Derechos Humanos mediante la
Opinión Consultiva OC-17/2002 “Condición Jurídica y Derechos Humanos
del Niño”, 28 de agosto de 2002, punto 4. de la parte dispositiva).
Asumir la Convención implica establecer una relación del
Estado con los ciudadanos y ciudadanas, con los chicos y jóvenes que
define una cosmovisión entre el estado y los miembros de la comunidad.
No debe limitarse a generar una nueva retórica, ni constituirse
solamente en un marco ético. Asumir la Convención implica superar una
tradicional perspectiva de satisfacer determinadas necesidades para
proponer, un enfoque de derechos donde universalidad, integralidad y
exigibilidad constituyen el trípode que define la relación del Estado
con la niñez y adolescencia.
Para esta finalidad el Estado debe orientar todos los
recursos disponibles, a través de planes, programas y acciones desde
una perspectiva generada por esta nueva legalidad.
Frente a esta realidad, los cristianos y los hombres de buena
voluntad no podemos permanecer inactivos o desorganizados en acciones
individuales o grupales que, aunque valiosas y ejemplares, carecen de
la eficacia y el impacto necesario para transformar la realidad.
No debemos olvidar la multitud de ejemplos de abnegación,
solidaridad, responsabilidad y testimonio que día a día nos brindan
familias, instituciones y jóvenes en el diario esfuerzo de sobrevivir,
resistir y en la tarea de construir una sociedad mas justa.
El camino es arduo pero el mandato indelegable. Es hora de
asumir nuestras propias responsabilidades frente a los niños y los
jóvenes, como cristianos, como ciudadanos, como hombres y mujeres de
buena voluntad. Es hora que las instituciones preocupadas por la niñez
y la juventud sean escuchadas y tenidas en cuenta. Es hora que el
Estado, como Garante del Bien Común asuma su responsabilidad y su
obligación, en la defensa de la vida, en la protección de su
crecimiento y desarrollo; en la promoción humana y social de personas,
familias e instituciones.
Implementar rápidamente políticas de Estado destinadas al
desarrollo de las familias de escasos recursos.
El presupuesto de la Ciudad debe contemplar prioritariamente
la adjudicación de partidas especiales destinadas al fomento del
empleo y al crecimiento económico de manera tal que sus habitantes
obtengan trabajo y que el mismo resulte digno para los mismos.
Los dirigentes, tanto los que conducen los destinos del
Gobierno de la Ciudad como los de la oposición, deben confeccionar un
plan destinado a abolir todas las prácticas de trabajo infantil y toda
otra forma de explotación de la niñez.
Al mismo tiempo dichos dirigentes deben consensuar e
implementar rápidamente políticas aplicadas a la educación pública, de
forma tal que los docentes, percibiendo un salario acorde a sus
necesidades, puedan dedicarse de pleno a la instrucción, educación y
motivación de los menores a efectos que éstos descubran los valores
esenciales de la vida. De esa forma la docencia volverá a encontrar
los principios esenciales de su existencia.
Esos mismos dirigentes deben acordar y aplicar rápidamente un
plan sistematizado tendiente a proteger sanitariamente a las familias
de menores recursos, de manera tal que los niños desde su concepción
en el seno materno sean atendidos médicamente y se continué su
evolución y crecimiento.
Una sociedad que se precie de tal, no puede ignorar los
valores que llevan a la realización plena del hombre en todo su
desarrollo. Y, entre esos valores, cabe destacar la dimensión
religiosa. El hombre es imagen de Dios y llamado a la comunión con Él.
Las políticas implementadas hasta la fecha han producido
graves daños a los dos extremos de la vida, precisamente el de las
personas más indefensas de esta sociedad: los niños y los ancianos.
No posterguemos para el futuro el cumplimiento de estas
deudas, el día y la hora es hoy o nunca. |