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MISA
POR LAS VICTIMAS DE
LA TRAGEDIA DE CROMAÑON
Desgrabación de la homilía del cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de
Buenos Aires y primado de la Argentina, en la misa, concelebrada en la catedral
metropolitana, por el primer aniversario de la tragedia de Cromañón.
(Buenos Aires, 30 de diciembre de 2005)
La escena es elocuente por sí misma. La familia:
papá, mamá, un niño llevado al templo para ser presentado ante Dios,
como si los dos estuvieran diciendo: “Yo traigo a este hijo para
presentarlo a la vida”.
Detrás de ese gesto, las ilusiones. Las
ilusiones de ese padre y de esa madre. Las ilusiones del corazón de
esa madre con el niño en brazos. Las ilusiones de una madre cuando
tiene a su hijo en brazos, lo proyecta, mira hacia delante. Lo
presenta a la vida y sueña con el futuro de su hijo, sueña con su
futuro, trascendido en el futuro del hijo.
Así estaba María con esas ilusiones y después de
haber cumplido con ese rito religioso, las palabras de ese anciano: “A
ti una espada te traspasará el corazón”.
Las ilusiones de esa madre se desvanecen,
cambian su estado de ánimo y el camino de vuelta es distinto de aquel
que habían hecho para llegar al templo. Esa madre iba pensando qué
espada le iba a traspasar el corazón y ya presentía que la
presentación de ese niño a la vida estaba signada por la tragedia. Ese
era el corazón de María ese día.
Así María vivió la ida al templo y el regreso, y
después lo fue viviendo a lo largo de la vida.
Cuando a los pocos días tuvieron que escaparse a
Egipto, porque lo perseguían, porque marginaban al niño.
Cuando fueron exiliados en ese país extranjero.
Cuando tuvieron que volver ocultamente a la
Galilea para evitar la persecución de ese niño.
Cuando veía que ese niño hecho hombre era
perseguido, era calumniado.
Cuando ella con su intuición de madre presentía
la traición y la tragedia, presentía que se pagaba para que ese hijo
fuera traicionado, que se pagaba para que la verdad fuera ocultada,
como fue cuando se le pagó a los guardianes del sepulcro para que
dijeran otra cosa.
Todo eso en el corazón de la madre sufría. Esa
madre sufría aquello que después le tocó vivir, el desenlace de la
tragedia. El corazón de María estaba al pie de la cruz en el momento
de la tragedia.
En el momento que se cumple la segunda parte de
esta profecía del anciano en el templo. Primera parte. “A ti mismo una
espada te atravesará el corazón”, la estaba viviendo al pie de la
cruz. Y así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de
mucho.
En el momento de la tragedia sale lo que hay en
el corazón de la persona. Y ahí estaba en la cruz, unos poquititos
fieles a Jesús. Otros escondidos por miedos, otros cuidándose las
espaldas para no perder posiciones, otros tratando de ver cómo
arreglaban políticamente la traición de Judas, otros mirando al futuro
sin Jesús. Sale lo que cada uno tenía en el corazón. Ese pobre ladrón
que estaba crucificado con El, le sale lo mejor que tenía en el
corazón y le dice: “Señor, acuérdate de mí”.
El momento de una tragedia hace brotar lo que
hay en el corazón de los hombres y eso una madre lo siente de una
manera especial.
Hace un año esta ciudad sufrió la bofetada de
una tragedia. Hace un año ese camino de esperanza de tantas madres con
sus hijos fue segado. Esos hijos no están más.
Esta ciudad hace un año que viene tratando de
hacerse cargo, pero como en la cruz es feo estar junto a una tragedia.
Es difícil como hombre o como mujer hacerse cargo de una tragedia. Con
amor.
Solamente el corazón de ustedes, mamás, saben y
pueden hablarnos de eso, de lo que es una tragedia. Solamente el
corazón de ustedes, papás, nos pueden ayudar en este camino de
fidelidad a la verdad en una tragedia.
Esta ciudad vio segada la vida de 194 hijos
jóvenes, que eran promesas, que eran futuro. Se nos segó la esperanza
de esos chicos, que no van a ser sustituidos por nadie, porque cada
uno es único, insustituible.
Por eso, yo quisiera decirle a esta ciudad, tan
preocupada por muchas cosas, que mire con corazón de madre -porque la
ciudad también es madre- a estos hijos que ya no están y que llore.
Queridos hermanas y hermanos: Buenos Aires
necesita llorar. Buenos Aires no ha llorado lo suficiente. Buenos
Aires trabaja, busca, rosca, hace negocio, se preocupa por el turismo,
pero no ha llorado lo suficiente esta bofetada. Buenos Aires necesita
ser purificada por el llanto de esta tragedia y de tantas.
Hoy, adentrándonos en el corazón de esta madre
que fue al templo llena de ilusiones y que volvió con la certeza de
que esas ilusiones iban a ser segadas, cortadas, entrando en ese
corazón, acordémonos de estos hijos de la ciudad. De esta ciudad
madre. Pidamos que los reconozca, que se den cuenta de que, como en el
caso de Abraham en la primera lectura, son los hijos de la herencia y
la herencia que nos dan estos hijos que ya no están, es una muy dura
advertencia.
Que no se les endurezca el corazón, nos dice.
Sus fotos aquí, sus nombres, sus vidas simbolizadas en estas velas,
nos están diciendo que no se les endurezca el corazón. Esa carencia,
son los hijos de la herencia que nos dicen: “lloren”.
Ciudad distraída, ciudad dispersa, ciudad
egoísta, llorá, te falta ser purificada por las lágrimas.
Hoy, acá, rezando juntos, le damos este mensaje
a los hermanos de Buenos Aires. Lloremos juntos. Nos hace falta llanto
en Buenos Aires.
Seguiremos rezando en esta misa, adentrándonos
en el corazón de esa madre virgen que llevó a su hijo al templo con un
sentimiento y lo trae de vuelta con otro.
Lloremos hoy aquí, lloremos afuera y pidámosle
al Señor que toque los corazones de cada uno de nuestros hermanos de
la ciudad y los haga llorar, que purifique con el llanto a esta ciudad
tan casquivana y superficial.
Mientras, recordamos los nombres de los chicos.
Esos que no están pero nos dejaron la herencia, la dura advertencia de
que no nos hacemos cargo de las múltiples tragedias de la ciudad.
Mientras pensamos en esos chicos, recojamos su
herencia, guardémosla en el corazón y no dejemos de luchar por ellos, por
la herencia que nos dejaron, que les costó la vida, y por esta ciudad
que no se haga tanto la distraída. Que así sea.
(La
desgrabación es de AICA)
Buenos Aires, 30 de diciembre de 2005.
Card. Jorge Mario Bergoglio
s.j., arzobispo de Buenos Aires
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