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MISA DE
NOCHEBUENA
Homilía del cardenal
Jorge Mario
Bergoglio S.J., arzobispo de Buenos Aires y Primado de la Argentina,
en
la misa de Nochebuena (24 de diciembre de 2005)
Nació de noche, fue
anunciado de noche a “unos pastores que vigilaban por turno sus
rebaños” (Lc. 2: 8), se encolumnó con “el
pueblo que caminaba en las tinieblas...” con “los que habitaban en el
país de la oscuridad” (Is. 9: 1). Y fue
luz, “una gran luz” (Is. 9: 1) que se
vuelca sobre la densa tiniebla, luz que lo envuelve todo: “y la gloria
del Señor los envolvió con su luz” (Lc. 2:
9). Así nos presenta la liturgia de hoy el nacimiento del Salvador:
como luz que rodea, penetra, toda oscuridad. Es la presencia del Señor
en medio de su pueblo, presencia que destruye el peso de la derrota,
la tristeza de la esclavitud y planta la alegría. “No teman, porque
les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el
Mesías, el Señor”. (Lc. 2: 10-11). “Les ha
nacido”: sí nace para todo el pueblo, nace para toda la historia en
camino, nace para cada uno de nosotros. No es un aviso en “Notas
Sociales”. Se trata de un anuncio que toca el núcleo mismo de la
historia y pone en marcha otro modo de andar, otro modo de comprender,
otro modo de existir: andar, comprender, y existir junto a “Dios con
nosotros”.
Pasaron muchos siglos
desde que la humanidad comenzó a oscurecerse. Pienso en aquella tarde
en que se cometió el primer crimen y el cuchillo de Caín segó la vida
de su hermano (Gen. 4: 8). Pasaron muchos siglos de crímenes, guerras,
esclavitud, odio. Y aquel Dios que había sembrado su ilusión en la
carne del hombre, hecho a su imagen y semejanza, seguía esperando.
¡Las ilusiones de Dios! Motivo tenían para desaparecer. Pero Él no
podía: estaba “esclavizado”, por decirlo así, a su fidelidad, no podía
negarse a sí mismo el Dios fiel (2 Tim. 2:
13). Y ese Dios seguía esperando. Sus ilusiones, enraizadas en su
fidelidad, eran custodiadas por la paciencia. ¡La paciencia de Dios
frente a la corrupción de pueblos y hombres! Sólo un pequeño resto
“pobre y humilde, que se refugiaba en el nombre del Señor” (Sof.
3: 12) acompañaba su paciencia en medio de las tinieblas, compartía
sus ilusiones primeras.
Y, en este andar
histórico, esta noche de eclosión de luz en medio de las tinieblas nos
dice que Dios es Padre y no se decepciona nunca. Las tinieblas del
pecado y de la corrupción de siglos no le bastan para decepcionarlo.
Aquí está el anuncio de esta noche: Dios tiene corazón de Padre y no
reniega de sus ilusiones para con sus hijos. Nuestro Dios no se
decepciona, no se lo permite. No conoce el desplante y la impaciencia;
simplemente espera, espera siempre como el padre de la parábola (Lc.
15:20) porque a cada momento sube a la terraza de la historia para
vislumbrar de lejos el regreso de los hijos.
Esta noche, en medio
de la quietud y silencio de ese pequeño resto de justos, los hijos
comienzan a regresar y lo hacen en el Hijo que aceptó ser hermano para
acompañarlos en el camino. Ese Hijo, del cual el Ángel le había dicho
a San José que “salvaría a su pueblo de todos sus pecados” (Mt.
1: 21). Todo es tierno, pequeño, silencioso: “Un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado” (Is. 9: 5); “esto
les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en
pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2:
12). El reino de la apariencia, el autosuficiente y fugaz, el reino
del pecado y la corrupción; las guerras y el odio de siglos y de hoy
se estrellan en la mansedumbre de esta noche silenciosa, en la ternura
de un niño que concentra en sí todo el amor, toda la paciencia de Dios
que no se otorga a sí mismo el derecho de decepcionarse. Y, junto al
niño, cobijando las ilusiones de Dios, está la Madre; su Madre y
nuestra Madre que, entre caricias y sonrisas, nos sigue diciendo a lo
largo de la historia: “Hagan todo lo que Él les diga” (Ju. 2:5).
Esto es lo que
quisiera compartir hoy en la paz de esta noche santa: nuestro Dios es
Padre, no se decepciona. Espera hasta el final. Nos ha dado a su Hijo
como hermano para que caminase con nosotros, para que fuese luz en
medio de la oscuridad y nos acompañara en el aguardar “la feliz
esperanza” definitiva (Tit. 2:13). Nuestro
Dios, el mismo que sembró sus ilusiones en nosotros, el mismo que no
se concede decepcionarse de su obra, es nuestra esperanza. Como los
Ángeles a los pastores quisiera decirles hoy: “No tengan miedo”. No le
tengan miedo a nadie. Dejen que vengan las lluvias, los terremotos,
los vientos, la corrupción, las persecuciones al “resto” de los
justos... (cfr. Mt.
7: 24-25). No tengan miedo siempre que nuestra casa esté cimentada
sobre la roca de esta convicción: el Padre aguarda, tiene paciencia,
nos ama, nos manda a su Hijo para que camine con nosotros; no tengan
miedo mientras estemos cimentados sobre la convicción de que nuestro
Dios no se decepciona y nos espera. Esta es la luz que brilla esta
noche. Con estos sentimientos quiero desearles feliz Navidad.
Buenos Aires, 25 de diciembre de 2005.
Card. Jorge Mario Bergoglio
s.j., arzobispo de Buenos Aires
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