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LA
FE ES EL PRINCIPAL Y PRIMERO
DE LOS REGALOS DEL PADRE
Carta del obispo diocesano de Azul, monseñor Emilio Bianchi di Cárcano con
motivo de la Cuaresma 1999.
Queridos hijos e hijas de la diócesis de Azul:
1. La Cuaresma don de Dios
En
su mensaje cuaresmal de este año, el Papa nos recuerda que "la Cuaresma
que nos disponemos a celebrar es un nuevo don de Dios". Con el propósito
de reflexionar sobre esta afirmación, simple y profunda, me dirijo a todos
Ustedes para que no dejemos pasar de largo por nuestro descuido o indiferencia,
este regalo que el Señor nos quiere hacer.
Todos
somos continuamente destinatarios del amor de Dios, que se hace presente por
medio de dones, de regalos. La vida, la familia, la salud, los amigos, las
capacidades corporales y espirituales, la posibilidad de estudiar y trabajar, la
fuerza para sobreponerse y luchar frente a las dificultades, en fin, la gloria
de la creación que nos rodea con su armonía y belleza, todo es manifestación
del inmenso amor de Dios por la humanidad, por cada uno de los hombres y mujeres
a quienes ha invitado a la fiesta de la vida.
Y
sobre todo, para tomar conciencia de todos estos favores, tenemos la fe, la fe
en Dios, Padre omnipotente y misericordioso; en Jesucristo su Hijo nuestro
Señor; en el Espíritu Santo, el perdón de los pecados, la resurrección de
los muertos y la vida eterna. Esa fe que nosotros no hemos recibido por nuestro
esfuerzo, sino gratuitamente de parte de Dios, que quiere que lo conozcamos y
participemos de su vida, felices para siempre.
El
don de la Cuaresma consiste en la oportunidad que Dios nos da para redescubrir
nuestra condición de hijos, creados por el amor del Padre y renovados por medio
de la muerte y resurrección de Jesús, que nos envió el Espíritu Santo. Y a
ese Padre que en el bautismo nos proclamó sus hijos muy queridos, queremos
expresarle, por medio de la alabanza, nuestra sincera gratitud por sus
maravillas.
2. La
Cuaresma preparación a la Pascua de Jesús
Desde
los primeros tiempos la iglesia celebró la Cuaresma como preparación a la
Pascua, que cumplió Jesús, el Hijo de Dios, por medio de su muerte y
resurrección. Con ella destruyó el reino del pecado, y consiguió para
nosotros la estupenda dignidad de hijos de Dios. Pero esa Pascua debe cumplirse
plenamente todavía en cada uno de nosotros. Tenemos que reconocer que
Jesucristo no reina totalmente en nuestros corazones, en donde hay resistencias,
rupturas, caídas, que nos apartan del buen camino. La inteligencia y la
voluntad, dones admirables del Creador, se hallan heridas por el pecado, y
muchas veces elegimos mal y no tomamos lo que verdaderamente nos conviene.
"La Cuaresma nos invita a vencer la tentación de considerar como
definitivas las realidades de este mundo y a reconocer que somos ciudadanos del
cielo" (Juan Pablo II, Mensaje de Cuaresma nº 2).
3. La
Cuaresma peregrinación al Padre
En
su carta "Mientras se aproxima el tercer milenio", el Papa nos propone
para el año 1999 que consideremos de modo especial la Persona de Dios Padre:
"Toda la vida cristiana es como una gran peregrinación hacia la casa del
Padre" (TMA 49). Este camino debe emprenderse como una auténtica
conversión, siguiendo la constante invitación de Jesús en el Evangelio:
"Conviértanse y crean en la Buena Noticia" (Marcos 1, 15).
Cuando
Jesús habla de "conversión" se está refiriendo a la necesidad de un
cambio de mentalidad. No se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel
intelectual, sino de la revisión de nuestros criterios de vida a la luz del
Evangelio, lo que implica un consecuente cambio de actitud respecto de Dios, del
prójimo y de nosotros mismos.
Esta
conversión comprende tanto un aspecto negativo, de liberación del pecado, como
un aspecto positivo, de elección y ejercicio del bien. Esta conversión, que
sabemos conduce a la casa del Padre misericordioso, quien recibe con una fiesta
al hijo perdido (ver Lucas 15, 11-32), se sella y se celebra de un modo solemne
en el sacramento de la Reconciliación o Penitencia, que llamamos también
Confesión. Todo cristiano debe aprovechar este llamado de la Cuaresma y
celebrar la reconciliación de su alma arrepentida con el Padre misericordioso,
acercándose al sacramento de la Penitencia. Allí la gracia de Dios transforma
el arrepentimiento humano en caridad, es decir, el amor de Dios que todo lo
puede y que se desborda como amor a los hermanos.
4. La
Cuaresma servicio a los hermanos
"La
experiencia del amor del Padre impulsa al cristiano a hacerse don viviente, en
una lógica de servicio y de participación que lo abre a acoger a los
hermanos" (Mensaje nº 3). Las carencias e injusticias del mundo de hoy nos
ofrecen un campo ilimitado para practicar el amor fraterno, el mandamiento nuevo
del Señor. En forma individual u organizada, quien se redescubre hijo de Dios y
hermano de todos, debe ejercitarse a lo largo de esta Cuaresma en el múltiple
servicio hacia quienes tantas necesidades y tantas tristezas padecen.
La
oración que pide perdón al Padre se debe concretar en el ayuno, privación
voluntaria de los bienes de este mundo, hecha con amor, para poder ofrecerlos a
nuestros hermanos necesitados en su cuerpo y en su alma. La limosna no consiste
sólo en cosas materiales, sino sobre todo en la apertura del corazón, la
escucha, la presencia, que suponen sacrificio del tiempo, de la atención y de
la propia comodidad.
5. La
Cuaresma preparación al Jubileo y a la Misión del 2000
Juan
Pablo II nos propone como "objetivo prioritario del Jubileo, el
fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos. Es necesario
suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de
conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más
intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más
necesitado" (TMA 42).
A
los dos mil años de la Encarnación del Hijo de Dios, que vino a salvar a la
humanidad caída, la Iglesia universal quiere vivir de verdad este programa que
permitirá participar más plenamente del misterio de salvación y compartirlo
con los demás. Por eso la Iglesia diocesana de Azul se dispone a emprender una
Misión para el año 2000, cuya preparación comenzará próximamente. Será un
gran esfuerzo comunitario dirigido a compartir nuestra fe con todos los
hermanos, especialmente con los más alejados, con aquéllos a quienes no llega
ordinariamente la acción de la Iglesia. El servicio mejor a favor de los
hermanos necesitados es invitarlos a participar de una manera más plena de los
regalos que continuamente nos hace nuestro Padre del cielo. Y de entre ellos, la
fe es el principal y el primero de todos.
Esta
Cuaresma 1999 deberá ser entonces un itinerario de purificación para renovar
nuestra fe, y de este modo, vivirla en forma más profunda y constante, y poder
compartirla y transmitirla. Misioneros deben ser no sólo los sacerdotes y los
consagrados, sino también los padres de familia en sus hogares, los catequistas
y maestros con sus alumnos, los que tienen responsabilidad de conducción en lo
político, económico y cultural, y todos los bautizados que quieran vivir
coherentemente su condición de hijos del Padre misericordioso, que quiere
atraer a todos hacia Él, por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.
6. La
Virgen María nos acompaña
La
Virgen María no quiso vivir sola la gracia de ser madre del Salvador.
Emprendió un fatigoso viaje a la casa de su parienta Isabel para compartir con
ella la Buena Noticia y asistirla en sus necesidades. Recibió al pie de la Cruz
la misión de Madre de los amigos de su Hijo y en Pentecostés reunió a los
Apóstoles que recibieron al Espíritu Santo. Ella selló el alma de nuestra
Patria Argentina por medio de los primeros misioneros, cuya enseñanza se
transmitió a través de las generaciones de creyentes.
Hoy
la invocamos con alegría porque el Padre misericordioso la asoció tan
íntimamente a la Salvación del mundo que realizó su Hijo Jesús y actualiza
la Iglesia. A Ella le pedimos que como buena Madre nos acompañe en esta
peregrinación cuaresmal, para que fortalecidos en la fe, la esperanza y la
caridad, estemos dispuestos a servir a nuestros hermanos.
Los
bendigo de corazón en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Azul,
miércoles de ceniza, 17 de febrero de 1999.
Mons.
Emilio Bianchi di Cárcano, obispo de Azul
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2203, del 10 de marzo de 1999 |