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Gran jubileo del año santo 2000


Carta de monseñor Emilio Bianchi di Cárcano,
obispo de Azul, sobre el jubileo 2000.


Queridos hijos e hijas de la Diócesis de Azul:


1. Inauguración del Jubileo

El 25 de diciembre, día de Navidad, hemos inaugurado en la Catedral de Azul, el Año Jubilar 2000. Quisiera expresar ante todo la alegría, el júbilo y el agradecimiento a Dios por este acontecimiento, que nos abre un Año de Gracia, el inmenso misterio de Dios hecho hombre para nuestra salvación, que se hace realmente presente en este solemne aniversario.


2. El proyecto de Dios

Para comprender el sentido del Jubileo y para poder vivirlo plenamente, es necesario hacer un esfuerzo para introducirnos en el proyecto de Dios.

Dios Padre quiso crear al hombre y al mundo con el fin de participar con otros seres personales el amor que Él vive eternamente en unión con el Hijo y el Espíritu Santo. Dios llama a la vida a la humanidad y le entrega el mundo para que lo perfeccione a través de su propia historia. Así podrá gozar para siempre del amor trinitario, que colmará todas sus expectativas de felicidad.

Sabemos por la Revelación que el hombre no aceptó ese proyecto de Dios y se apartó del Él. Este rechazo, al que llamamos pecado, tuvo como consecuencia la ruptura de la relación de amor del hombre con Dios y de los hombres entre sí. Y también perjudicó en la creación el orden que Dios había dispuesto para la realización de su proyecto; el mismo hombre quedó herido y afectado por un desorden interior que lo inclina al pecado.

El Padre misericordioso responde con una nueva manifestación de amor, todavía más profunda y comprometida. Decide redimir al hombre enviando a su propio Hijo para que, haciéndose hombre, asumiera toda la creación haciendo nuevas todas las cosas, perdonando los pecados e incorporando a los humanos a su propia vida convirtiéndolos en verdaderos hijos de Dios.

Es este designio de amor y misericordia, la liberación total del hombre, que Dios quiere desplegar especialmente para nosotros en este Jubileo, a los 2000 años de la Encarnación redentora de su Hijo Jesucristo.


3. El Jubileo en el Antiguo Testamento

La Celebración jubilar tiene antecedentes en el Antiguo Testamento. El Pueblo de Israel, instruido por Dios, aprendió a santificar el tiempo. Al sábado semanal y a las principales fiestas del año se agregaron periódicamente los años sabáticos, cada 7 años, y el año jubilar cada 50 años. Sus manifestaciones más significativas eran la remisión de las deudas y la liberación de los esclavos. Esto se hacía en honor de Dios, para restablecer el orden de la Creación y devolver la igualdad entre todos sus hijos. Así Israel vivió en su historia la salvación que Dios iba revelando progresivamente para llegar a la «plenitud de los tiempos» de la Encarnación del Verbo de Dios (ver Efesios 1, 10). Este acontecimiento marcó la historia de la humanidad con tanta fuerza, que los años se cuentan entre nosotros antes o después de la venida del Salvador.


4. Jesús proclama y realiza un Año de Gracia

Al comienzo de su ministerio, Jesús se presenta cumpliendo la profecía de Isaías, enviado para llevar la buena noticia y para proclamar y realizar un «Año de Gracia del Señor» (Lucas 4, 16-21). Jesús evangeliza a los pobres, sana a los enfermos, da la vista a los ciegos, libera a los cautivos y, sobre todo, viene con el poder de Dios a perdonar a los pecadores que se arrepienten de corazón.

Por mandato del Señor la Iglesia sigue realizando la obra de la salvación por medio de la predicación, de los sacramentos y de las obras de caridad. Desde el año 1300, los Papas, siguiendo la tradición de Israel, fueron convocando a los «años santos», al principio cada 100 años, luego cada 50 y cada 25. Hoy es Juan Pablo II quien nos presenta el Gran Jubileo del año 2000, cuyo objetivo prioritario es «el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos» (TMA, 42).


5. El Año Santo es una llamada a la conversión

La historia antigua y reciente muestra con cuánto entusiasmo el Pueblo de Dios ha vivido los Años Santos, como etapas significativas de su camino hacia la plenitud de Cristo (IM, 5), como llamadas de Jesús a la conversión. Él la predicó al comienzo de su vida pública (ver Marcos 1, 14-15) y continuamente exhortó, como lo habían hecho ya los profetas del Antiguo Testamento, a volver a los caminos de Dios, dejando de lado lo que se opone a Dios. La conversión comprende, por lo tanto, el aspecto «negativo» de liberación del pecado, pero también el «positivo» de elección del bien (TMA, 50), del crecimiento en las virtudes, y más profundamente, un «cambio de mentalidad», la revisión del propio modo de ser y de actuar a la luz de los criterios evangélicos, según palabras del Papa dirigidas recientemente a la Iglesia en América (IA, 26).


6. El signo de la peregrinación

El Pueblo de Dios ha manifestado desde tiempo atrás esta conversión con el signo de la peregrinación (ver IM, 7). Israel acudía al Templo de Jerusalén, y el mismo Jesús, niño y adulto, lo hizo muchas veces en su vida, para las grandes fiestas religiosas. Los cristianos se dirigieron durante siglos, y lo siguen haciendo, a Tierra Santa, a Roma, a Santiago de Compostela, a los santuarios antiguos y nuevos dedicados a la Virgen María y a los santos. Este caminar hacia Dios, hacia la casa del Padre, recuerda la condición del hombre a quien gusta describir la propia existencia como un camino. La peregrinación ha sido siempre un momento significativo en la vida de los creyentes. Evoca un camino personal siguiendo con su cruz las huellas del Redentor: es ejercicio de ascesis laboriosa, de arrepentimiento por sus debilidades, de constante vigilancia de la propia fragilidad, de preparación interior a la conversión del corazón.


7. La indulgencia

Otro signo característico de los Años Santos es la indulgencia, uno de los elementos constitutivos del Jubileo. Dado que de ella no todos los fieles tienen un conocimiento adecuado, y en otras épocas ha sido alguna vez desvirtuado o mal interpretado, creo necesario detenernos un poco.

La doctrina sobre las indulgencias ha sido bien presentada en el Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 1471-79) y en la convocatoria del Jubileo (IM, 9-10). Tiene relación estrecha con dos verdades fundamentales que proclamamos en el Credo: la comunión de los santos y el perdón de los pecados.


8. El perdón de los pecados

El pecado es una ofensa a la santidad y a la justicia de Dios, un desprecio a la amistad de Dios. Es el misterio del mal uso de la libertad humana y que produce consecuencias terribles. En primer lugar, el pecado grave rompe la unión con Dios, el pecador ya no participa de la vida eterna; podemos decir que ha muerto a la vida de Dios en su alma: por eso se lo llama también pecado mortal. Dios en su misericordia concede al pecador arrepentido el perdón de la culpa del pecado grave a través del sacramento de la reconciliación o penitencia, y también la remisión de la «pena eterna» debida.

En segundo lugar, todo pecado, incluso venial (no grave) lleva consigo un desorden en el alma (desapego de Dios, apego desordenado a las cosas del mundo) que es necesario purificar, sea en la vida presente, sea después de la muerte, en el estado que se llama purgatorio. Esta purificación libera de la «pena temporal» (no eterna) del pecado, y a ella contribuyen las buenas obras hechas con amor, los sufrimientos y mortificaciones aceptados. Sin purificación no podemos entrar en plena comunión con Dios y con los hermanos.


9. La comunión de los santos

La Revelación enseña que el cristiano no está solo en su camino de conversión. En Cristo y por medio de Cristo, la vida del cristiano está unida a la vida de todos los demás en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico. De este modo se establece entre los fieles un maravilloso intercambio de bienes espirituales, por el cual la santidad de uno beneficia a los otros mucho más que el daño que el pecado les haya podido causar. Estos bienes espirituales que los cristianos se comunican, los llamamos el «tesoro de la Iglesia», el valor infinito e inagotable de los méritos de Jesucristo Nuestro Señor ofrecidos por la humanidad. A ellos se agregan las oraciones y las buenas obras de la Santísima Virgen María y de los Santos. Los fieles no somos destinatarios pasivos de la Salvación, sino que nos incorporamos activamente para ayudar a otros, como lo dice San Pablo en una de sus cartas: «completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Colosenses 1, 24).

Por la indulgencia, la Iglesia, que ha recibido de Cristo el poder de atar y desatar (Mateo 18, 18), libera al cristiano de la purificación que debe realizar en esta vida o antes de entrar en el cielo. Y también, por la misma relación de «comunión de los santos», podemos destinar esa indulgencia a los fieles difuntos que se están purificando, y así aceleramos su plenitud en el Reino.


10. Las disposiciones para obtener la indulgencia del Jubileo

El punto de partida para comprender las indulgencias es la abundancia de la misericordia de Dios, que para llegar a nosotros requiere nuestra aceptación y nuestra correspondencia, expresadas en: un verdadero dolor de los pecados, un firme propósito de no cometerlos en adelante y una apertura total del corazón al amor a Dios y a los hermanos concretada en obras de caridad.

El Papa ha publicado lo que se llama la «Bula de convocación del Gran Jubileo» donde establece las condiciones para ganar la indulgencia jubilar. De acuerdo con este mandato del Papa, reproduzco sus principales disposiciones aplicables a la Diócesis de Azul.


1.
La indulgencia plenaria del Jubileo puede obtenerse desde el 25 de diciembre de 1999 hasta el 5 de enero de 2001. La indulgencia plenaria del Jubileo puede obtenerse desde el 25 de diciembre de 1999 hasta el 5 de enero de 2001.


2.
La indulgencia puede ganarse para beneficio del propio fiel, o bien para las almas de los difuntos. La indulgencia puede ganarse para beneficio del propio fiel, o bien para las almas de los difuntos.


3.
La indulgencia plenaria puede obtenerse solamente una vez al día. La indulgencia plenaria puede obtenerse solamente una vez al día.


4.
Para alcanzar la indulgencia plenaria se requieren las siguientes condiciones generales:

a) Un verdadero arrepentimiento de los pecados y el firme propósito de no cometerlos en el futuro, con la confesión y la absolución del sacerdote en el sacramento de la penitencia. Esta confesión debe realizarse en fecha cercana a la realización de las obras prescriptas para ganar la indulgencia. El fiel de esa manera reconciliado, puede recibir el don de la indulgencia plenaria incluso todos los días, sin necesidad de repetir la confesión durante un prudente período de tiempo (p. ej. dos semanas).

b) La participación plena en la Eucaristía con la comunión sacramental, que es necesaria para cada indulgencia; es conveniente que la comunión tenga lugar el mismo día en que se realizan las obras prescriptas.

c) Rezar, en cada ocasión, por las intenciones del Papa. Para alcanzar la indulgencia plenaria se requieren las siguientes condiciones generales:

a) Un verdadero arrepentimiento de los pecados y el firme propósito de no cometerlos en el futuro, con la confesión y la absolución del sacerdote en el sacramento de la penitencia. Esta confesión debe realizarse en fecha cercana a la realización de las obras prescriptas para ganar la indulgencia. El fiel de esa manera reconciliado, puede recibir el don de la indulgencia plenaria incluso todos los días, sin necesidad de repetir la confesión durante un prudente período de tiempo (p. ej. dos semanas).

b) La participación plena en la Eucaristía con la comunión sacramental, que es necesaria para cada indulgencia; es conveniente que la comunión tenga lugar el mismo día en que se realizan las obras prescriptas.

c) Rezar, en cada ocasión, por las intenciones del Papa.


5.
Teniendo en cuenta las disposiciones del n. 4 para todos los casos, los fieles pueden obtener la indulgencia:

a) Peregrinando a la iglesia Catedral individualmente o en grupos, asistiendo allí a una celebración litúrgica o ejercicios piadosos, o permaneciendo allí un cierto tiempo de meditación espiritual, concluyendo con el Credo (profesión de fe) Padre nuestro y Ave María. Tendré mucho gusto en recibir personalmente a las comunidades sobre todo parroquiales en la Catedral, por lo cual pido a los párrocos que acuerden con anticipación la asignación de fechas y horarios.

b) Otras obras que el Papa determina, y que tienen, como la peregrinación a la Catedral, un rico valor simbólico y tradicional:

- visitar por un tiempo conveniente a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos, etc.) como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos;

- realizar alguna acción penitencial (p. ej. absteniéndose al menos un día de cosas superfluas como el tabaco o el alcohol, haciendo ayuno o abstinencia) y dando una suma proporcional de dinero a los pobres;

- dedicando una parte conveniente al propio tiempo libre a actividades de interés para la comunidad (p. ej. tareas de voluntariado). Teniendo en cuenta las disposiciones del n. 4 para todos los casos, los fieles pueden obtener la indulgencia:

a) Peregrinando a la iglesia Catedral individualmente o en grupos, asistiendo allí a una celebración litúrgica o ejercicios piadosos, o permaneciendo allí un cierto tiempo de meditación espiritual, concluyendo con el Credo (profesión de fe) Padre nuestro y Ave María. Tendré mucho gusto en recibir personalmente a las comunidades sobre todo parroquiales en la Catedral, por lo cual pido a los párrocos que acuerden con anticipación la asignación de fechas y horarios.

b) Otras obras que el Papa determina, y que tienen, como la peregrinación a la Catedral, un rico valor simbólico y tradicional:

- visitar por un tiempo conveniente a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, encarcelados, ancianos solos, minusválidos, etc.) como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos;

- realizar alguna acción penitencial (p. ej. absteniéndose al menos un día de cosas superfluas como el tabaco o el alcohol, haciendo ayuno o abstinencia) y dando una suma proporcional de dinero a los pobres;

- dedicando una parte conveniente al propio tiempo libre a actividades de interés para la comunidad (p. ej. tareas de voluntariado).


11. Jubileo y solidaridad

Cuando hace cinco años el Papa Juan Pablo II nos exhortaba a preparar el Jubileo, proponía el objetivo prioritario de esta celebración: «el fortalecimiento de la fe y del testimonio de los cristianos» y agregaba: «Es necesario suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intensa y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado» (TMA, 42). Evidentemente la celebración del Jubileo es algo que no puede afrontar cada creyente en forma individual, como quien cumple las formalidades de un trámite. Al destacar la fundamental importancia de la «comunión de los santos» para comprender el sentido de las indulgencias, he seguido la doctrina del Concilio Vaticano II, que en un documento principal nos habla de la Iglesia de Cristo como «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium 1).

No se puede pensar en «ganar el Jubileo» con la idea de trabajar la sola perfección personal. El Jubileo es una celebración de la Iglesia, del Cristo total, de un Pueblo que, dirigido por sus Pastores, va peregrinando por el mundo en la fe, la esperanza y la caridad. «La Iglesia en América está llamada a anunciar con renovada fuerza que la conversión consiste en la adhesión a la persona de Jesucristo, con todas sus implicancias teológicas y morales» (IA. 53). El amor fraterno es el máximo testimonio que puede hacer creíble el mensaje de Cristo: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos en el amor que se tengan los unos a los otros» (Juan 13, 35).

El Jubileo debe ser para todos un encuentro más profundo con Cristo, con su Persona y su Mensaje, que si bien tiene una realidad fundamentalmente interior y espiritual, debe traducirse en un nuevo modo de pensar y de actuar conforme al Evangelio. Se trata de ampliar nuestra mirada sobre el mundo y descubrir cómo los cristianos convivimos con grandes injusticias y grandes marginaciones, que nos están requiriendo una presencia más constante y eficaz. Juan Pablo II nos dijo hace años que «la solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas», sino que es una virtud que consiste en «la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos» (Sollicitudo rei socialis 38).

Es interesante notar que el Papa establece como obras para ganar la indulgencia, la peregrinación a la Catedral, signo de una comunidad eclesial, la Iglesia particular, y también una peregrinación a Jesucristo presente en los pobres, necesitados y sufrientes.

Finalmente, la Diócesis se dispone a celebrar este Jubileo por medio de una Misión diocesana, destinada a llegar a todos, los cercanos y los lejanos. Las «Líneas pastorales para la nueva evangelización» que los obispos argentinos publicaron en 1990 dice que «el anuncio explícito de la Buena Noticia, para poder llegar a todos, necesita imprescindiblemente del testimonio de vida, de la presencia misionera y evangelizadora de cada uno de los fieles cristianos» (LPNE, n. 39) y en otro lugar nos recuerda que «la marginación religiosa del pobre es la más grave en orden a su dignidad y a su salvación; mucho más grave que la marginación económica, política o social» (LPNE, n. 32)


12. Conclusión

El Jubileo del año 2000 es un gran esfuerzo comunitario que la Iglesia, convocada por el Papa, quiere realizar gozosamente como respuesta a la misericordia de nuestro Padre Dios y para entrar plenamente en su proyecto de amor, culminado en la Encarnación Redentora de su Hijo.

Invocando con profundo afecto filial la protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, Refugio de los pecadores y Estrella de la evangelización, les envío mi afectuosa bendición que los quiere acompañar durante todo el Año Santo, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


Azul, 1º de enero del Año Santo 2000.

Mons. Emilio Bianchi di Cárcano, obispo de Azul


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2262, del 26 de abril de 2000

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