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CARTA DEL OBISPO DE AZUL
Carta
pastoral
de Mons. Emilio Bianchi di Cárcano a los fieles de Azul
25 de
marzo de 2003
1.
Después del Gran Jubileo de 2000
Al concluir el
Gran Jubileo del año 2000, nuestro querido Papa Juan Pablo II, nos escribió a
los obispos, a los sacerdotes y diáconos, a los religiosos y religiosas y a
todos los fieles laicos, una Carta apostólica fechada el 6 de enero de 2001 que
empieza con estas palabras “Al comienzo del nuevo Milenio”. En ella el Papa
exhortaba a vivir el Jubileo, no sólo como memoria del pasado sino como profecía
del futuro. Es preciso ahora, nos decía, “aprovechar el tesoro de gracia
recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción
concretas” (n. 3). Es el momento -agregaba- en el que cada Iglesia local, en
este caso nuestra Iglesia particular de Azul, “analice su fervor y recupere un
nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral”; y finalmente añadía:
“es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en
la contemplación y en la oración” (n. 15).
2.
La santidad como urgencia pastoral
A veces creemos que la vida pastoral de la Iglesia consiste en un conjunto de
acciones que se deben desarrollar para que Jesucristo sea cada día mejor
conocido y amado por los demás. El Papa no duda en decir que la perspectiva en
la que debe situarse el camino pastoral, antes que en la actividad externa, es
el de la santidad. “Terminado el Jubileo empieza de nuevo el camino ordinario,
pero hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral” (n.
30). Esta afirmación es una consecuencia lógica de lo que proclamó el Concilio
Vaticano II en su documento central sobre la Iglesia (LG, cap. 5º, n. 40):
“Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor”, es decir, a la
santidad. Si dejáramos de lado el esfuerzo diario y constante, personal y
comunitario, hacia la santidad, nuestra actividad pastoral se reduciría a
proyectos y acciones sin la fuerza y el testimonio que el mundo de hoy necesita
para poder ver y recibir a Jesucristo.
3.
Contemplar el rostro de Jesús
El Evangelio según
San Juan nos conserva un acontecimiento ocurrido en Jerusalén cuando Jesús
estaba concluyendo su ministerio antes de la Pasión. Un grupo de extranjeros,
-unos griegos, dice el texto- que habían venido para la fiesta judía, se
acercaron al Apóstol Felipe y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús” (Juan
12, 21). ¿Qué querían decir con eso? ¿sólo deseaban verlo? para eso no hacía
falta pedir una audiencia; lo veían por todos lados predicando y realizando
milagros. ¿Quizás mirarlo más de cerca? no parece que fuera mera curiosidad la
que empujaba a esos hombres a formular su pedido. En verdad querían acceder a
esa personalidad deslumbrante, pero al mismo tiempo cercana y acogedora, para
conocer mejor su misterio que los atraía. Sentían que ese hombre era capaz de
cambiarles la vida; querían comprometerse con él, seguirlo, dejarse transformar
por sus palabras y actitudes. Querían, en definitiva, contemplarlo, contemplar
su rostro y descubrir allí el amor del Padre.
Este deseo de ver
a Jesús, en realidad de contemplarlo, es el que nuestro mundo de hoy
experimenta, aunque no sepa muchas veces expresarlo bien, a través de sus
depresiones, angustias, y aún de sus rebeldías, de su indiferencia causada por
un triste vacío: el de no encontrar en las cosas del mundo algo que realmente
llene el corazón. Y a este deseo secreto y no expresado de contemplar a Jesús,
debe salir al encuentro nuestra vida cristiana, llena de fe y amor, que ansía la
santidad. Pero nuestro testimonio sería totalmente deficiente si nosotros no
fuésemos los primeros contempladores del rostro de Jesús. Después del Jubileo,
dice el Papa, nuestra mirada interior debe quedar fija, más que nunca en el
rostro del Señor (n. 16). ¿Cómo podemos hacerlo? Recorriendo un camino de fe,
dejándonos iluminar por la Palabra de Dios que nos trasmite el Evangelio,
celebrando los sacramentos, amando a nuestros hermanos, sobre todo a los más
pequeños, y haciendo una continua y ferviente oración.
4.
El Rosario de la Virgen María
Juan Pablo II no
deja de escribir, y a veces nos cuesta trabajo poderlo seguir en la abundancia y
multiplicidad de su magisterio. A pesar de su edad y las consiguientes
limitaciones habla, visita, viaja, interpela con palabras y gestos a la Iglesia
y a la humanidad entera. Basta con recordar la múltiple y afanosa actividad
desarrollada últimamente para tratar de impedir una guerra amenazante,
convertida hoy en pavorosa realidad.
Pero en medio de
este quehacer agotador, y dentro de la línea de su carta después del Jubileo,
Juan Pablo II ha tenido la delicadeza de volvernos a un camino humilde y tan
amado por el pueblo de Dios, como es la oración del Santo Rosario. Es una carta
oportuna y sustanciosa que exigirá una lectura pausada y atenta; sólo se trata
ahora de destacar lo principal.
5.
Compendio del Evangelio, cuyo centro es Jesucristo
Dice el Papa que esta Carta sobre el Rosario (n. 3) es como la coronación
mariana de la Carta “Al comenzar el nuevo milenio”; en ella nos exhorta a
contemplar el rostro de Cristo y, desde él, a caminar hacia el mundo. Notemos
que “aunque el Rosario se distingue por su carácter mariano, es una oración
centrada en Jesucristo. En la sobriedad de sus partes concentra en sí la
profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio” (n.
1). Al rezar el Rosario la Virgen María nos invita a recorrer los misterios, que
son los acontecimientos salvíficos de la historia, que ella vivió tan unida a
Jesús. “Recitar el Rosario es en realidad contemplar con María el rostro de
Jesús” (n. 3). La riqueza de esta oración que el Papa nos recomienda, como
muchos predecesores suyos, consiste en combinar adecuadamente la recitación de
las avemarías con la contemplación del misterio propuesto. Uniéndonos a María
para vivir esos acontecimientos de salvación, nos sentimos acompañados por quien
los vivió de una manera plena junto a Jesús, a través de la alabanza y el ruego
que repetimos en su honor con la mente y el corazón.
6.
La Iglesia es escuela de oración
Ya que se trata de
tender a la santidad, base de todo proyecto pastoral, rezar no es algo que debe
darse por supuesto; es preciso aprender a orar cada día mejor, utilizando los
distintos tipos de oración según las necesidades y las circunstancias. Tenemos
que volver a pedirle al Señor que nos enseñe a orar (ver Lucas 11,1). El Papa
quiere que nuestras comunidades cristianas se conviertan en auténticas escuelas
de oración (n. 32) y entiende que el Rosario es un modo sumamente válido para
favorecer la exigencia de contemplación del misterio cristiano, porque no hay
verdadera oración sino la que se hace con fe, y desemboca en la caridad de la
contemplación.
7.
María modelo de contemplación
La Virgen María no
fue mera espectadora de la vida de Jesús, que ella conoció como nadie; no es una
figura decorativa que el Padre pone en la historia de la salvación para dar un
toque femenino al Evangelio. María es ciertamente la primera redimida y la
primera cristiana, pero su papel no es exclusivamente pasivo: se ofrece y se
compromete en los acontecimientos por los que está rodeada. Al anuncio del Ángel
ofrece libremente la entrega total de su vida para colaborar de un modo singular
a la obra de la Redención (Lucas 1, 38). En Caná suplica delicadamente a su Hijo
en favor de unos novios para devolverles la alegría de la fiesta y manda a los
servidores: “hagan lo que Él les diga” (Juan 2, 3-5). Junto a la Cruz no sólo
acompaña de pie la entrega dolorosa del Redentor sino que acepta la maternidad
universal que su Hijo agonizante le confía (Juan 19, 25-27). Y en consecuencia,
aún después de su glorificación, cuida a los hermanos de su Hijo que todavía
peregrinan en la tierra y con su múltiple intercesión continúa obteniendo los
dones de la salvación eterna (ver Vaticano II, LG, 62).
Todos estos
acontecimientos están acompañados por su oración confiada, humilde y
perseverante, de la cual el Evangelio nos dice repetidamente (Lucas 2, 19 y 51)
que “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”. No las entendía
todavía claramente (ver Lucas 2, 50) pero las aceptaba y abrazaba; tomaba parte
activa en lo que el Padre quería hacer por medio de Ella porque entendía que le
tocaba, junto a Jesús, cumplir y obedecer para la salvación del mundo.
8.
Conclusión
El Papa nos lanza
hacia el mundo para que demos decididamente testimonio de Jesús. “Navega mar
adentro” dice a la Iglesia, para que el tesoro de gracia recibida en el Jubileo
se traduzca en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Pero
advierte que nadie puede testimoniar a Jesucristo sin la constante contemplación
de su rostro, sin aspirar y tender a la santidad. En su carta más reciente
enseña que el Rosario, “en su sencillez y profundidad, sigue siendo también en
este tercer milenio una oración de gran significado destinada a producir frutos
de santidad”, con tal que se trate siempre de “contemplar con María el rostro de
Jesús”. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y
experimente como un camino de contemplación.
Queridos hijos de
la Diócesis de Azul:
El Papa ha
proclamado hasta octubre 2003 el “Año del Rosario”, para que durante su
transcurso “se proponga y valore de una manera particular esta oración en las
diversas comunidades cristianas”. Sé que en muchas de ellas se ha intensificado
con especial cuidado la práctica de rezarlo diaria y públicamente. Pido que en
las iglesias y capillas y en los colegios católicos, a través de la catequesis y
en los distintos tiempos litúrgicos, en las familias y en los grupos de oración
que han surgido en tantos ambientes, se haga gustar, se difunda y practique esta
oración, que es un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la
exigencia de contemplación indispensable para la evangelización del mundo.
Invocando la
protección de nuestra Patrona Nuestra Señora del Rosario, los bendigo de corazón
en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
En
Azul, en la Solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo de 2003
Emilio
Bianchi di Cárcano, obispo de Azul
Algunas preguntas que pueden ayudar
para el provecho personal y comunitario de esta carta
1. ¿Cuáles han sido los frutos visibles del Jubileo en nuestra vida personal
y en nuestra comunidad?
2. ¿Hay
algunos signos que manifiesten entre nosotros que el llamado de Dios a la
santidad forma parte de nuestros proyectos pastorales?
3. Teniendo
en cuenta el contenido de esta carta, ¿qué elementos debemos atender para que
nuestra oración llegue a ser verdaderamente contemplativa?
4. ¿Cómo
estamos difundiendo en nuestros ambientes el rezo del Rosario y cómo podríamos
aprovechar mejor su práctica en nuestra parroquia y comunidades? |