CARTA PASTORAL
Carta del obispo de azul, monseñor Emilio Bianchi di Cárcano,
con motivo de la Jornada de Oración por las Vocaciones
Queridos hijos e hijas de la Diócesis de Azul:
1.
La Jornada mundial de oración por las vocaciones
Desde siempre la
Iglesia ha orado de un modo especial por las vocaciones sacerdotales,
obedeciendo el mandato de Jesús: “La cosecha es abundante pero los trabajadores
son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la
cosecha” (Mateo 9, 37-38).
En el año 1964, en
pleno Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI instituyó la “Jornada mundial
dedicada a la oración por las vocaciones de especial consagración a Dios y a la
Iglesia”. Juan Pablo II continuó con esta tradición, y en este año 2003 nos ha
enviado el mensaje nº 40. A través de estos mensajes papales la Iglesia ha
recibido anualmente un aporte importante para comprender mejor el misterio de la
vocación y, en consecuencia, para responsabilizarse a fin de que sea escuchado y
fructifique en el Pueblo de Dios.
La Jornada se
celebra el 4º Domingo de Pascua, porque ese día se leen en la Misa distintos
párrafos del capítulo 10º del Evangelio de San Juan, en el que Jesús se proclama
“Buen Pastor”. Este Domingo es para la Iglesia universal la ocasión de orar
intensamente por las vocaciones sacerdotales, por los sacerdotes y los
seminaristas, por todos los jóvenes y no tan jóvenes que el Señor sigue llamando
para este ministerio indispensable para la vida de la Iglesia.
2.
La Iglesia no puede vivir sin sacerdotes
Jesucristo ordenó
a los Apóstoles: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,
bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con
ustedes hasta el fin de mundo” (Mateo 28, 19-20). En la Última Cena, al
instituir la Eucaristía y el Sacerdocio, Jesús manda a los Apóstoles: “Hagan
esto en memoria mía” (Lucas 22,19). Y en su primera aparición el día de Pascua
les dice: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que
ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”
(Juan 20, 22-23).
El Bautismo, la
Eucaristía y el Perdón de los pecados, son las fuentes habituales que dan la
nueva vida de Cristo y la hacen crecer. Sin ellos la Iglesia no puede
implantarse en el mundo de una manera estable, y si bien sabemos que hubo
comunidades cristianas que sobrevivieron por la transmisión de la fe de padres a
hijos por la Palabra y el Bautismo, sin la presencia del sacerdote que celebra
la Misa y confiesa, la vida cristiana languidece y, con las persecuciones y
otros obstáculos, puede llegar a extinguirse.
3.
Dios es el que llama al ministerio sacerdotal
La historia de la Salvación es una sucesión de llamados de Dios para que algunos
hombres se entreguen a cumplir los designios del Señor, que quiere salvar a la
humanidad. Así fueron llamados Abraham, Isaac y Jacob, Moisés, el rey David y
los profetas. El Señor instituyó además el sacerdocio de la Ley antigua, y
eligió para ello a la tribu de Leví, y de modo especial a Aarón, el hermano de
Moisés. La Carta a los hebreos, al hablar del sacerdocio judaico, recuerda que
todo sacerdote “es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor
de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de
ofrecer dones y sacrificios por los pecados... Y nadie se arroga esta dignidad,
si no es llamado por Dios, como lo fue Aarón” (Hebreos 5, 1 y 4).
Jesús elige personalmente a
los Doce para fundar la Iglesia, y les confía una misión perpetua. Los Apóstoles
fueron llamando a sus sucesores, a los que consideraban aptos y necesarios para
difundir la fe, celebrar los sacramentos y cuidar de sus comunidades, y los
ordenaban para continuar su ministerio. Los Obispos, sucesores de los Apóstoles,
son los que disciernen en los candidatos los signos de la elección divina, y
después de la debida formación, hacen el llamado formal que, al ser aceptado,
conduce a la ordenación sacerdotal.
4.
Quiénes colaboran con los obispos en el llamado
El Concilio
Vaticano II en su documento sobre la formación sacerdotal, declara en el nº 2 un
principio general: “El deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la
comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente
cristiana”. Luego se refiere a las familias, las parroquias, las escuelas, las
asociaciones que se ocupan de la formación de los niños y de los jóvenes. Por
supuesto cita a los sacerdotes, que desempeñan aquí un papel fundamental, “con
el ejemplo de su propia vida humilde y laboriosa, llevada con alegría, y el de
una caridad sacerdotal mutua y una unión fraternal en el trabajo”.
La intervención de
todas estas personas e instituciones despierta en aquéllos a quienes el Señor va
llamando, el atractivo, el deseo, la confianza, el gusto por el servicio del
Señor.
En su primer
mensaje para la jornada de las vocaciones, en el año 1979, el Papa Juan Pablo II
se anima a proponer una llamada más directa, en primer lugar a cargo de los
obispos, extensiva también a sus inmediatos colaboradores, los sacerdotes. El
Papa dice así: “Dios es siempre libre para llamar a los que quiere y cuando
quiere. Pero ordinariamente llama por medio de nuestras personas y de nuestra
palabra. Entonces, no tengamos miedo de llamar. Bajen para estar en medio de sus
jóvenes. Vayan personalmente a su encuentro, y llamen. Los corazones de los
jóvenes están predispuestos a escucharlos. Muchos de ellos buscan una finalidad
para su existencia; esperan descubrir una misión a la cual valga la pena
consagrar la propia vida. Cristo ya los tiene elegidos para sintonizar esa
llamada. Debemos llamar. El resto lo hará el Señor, que ofrece a cada uno su don
particular, según la gracia que le ha sido dada”.
5.
La oración por las vocaciones
Entre los medios
para fomentar las vocaciones, hay uno que toca a todos los cristianos y del cual
nadie puede excusarse: la oración. En el Evangelio Jesús nos exhorta muchas
veces a la oración de petición (veamos p. ej. Lucas 11, 1-13), pero en muy pocas
oportunidades nos indica puntualmente el objeto de esa petición. Lo hace
ciertamente cuando habla de la cosecha abundante y de los pocos obreros. Pedimos
en nuestras oraciones muchas cosas, algunas muy importantes: el trabajo, la
salud, la paz y la reconciliación, la justicia; pero hay una que es
indispensable para que los frutos de la Redención lleguen a todos: que haya
sacerdotes santos, entregados, sencillos y humildes, rezadores, alegres,
caritativos. El Evangelio de San Juan agrega: buenos pastores, que conocen a sus
ovejas, que las orientan, las cuidan y las protegen, y son capaces de dar la
vida por ellas.
El Papa nos
recuerda cada año nuestra obligación de orar por las vocaciones sacerdotales.
Eso no quiere decir que tan sólo lo hagamos en esta ocasión. Debe ser una
intención constante en todas nuestras súplicas personales y comunitarias. A esa
oración debe acompañar nuestro testimonio de vida, nuestra diligencia por el
aumento y perseverancia de quienes se sienten llamados para este ministerio
indispensable.
6.
Conclusión
Les escribo esta carta en
vísperas de viajar a Roma. Allí, junto a la tumba de los Apóstoles, los
testimonios de los mártires y de grandes santos, junto al Papa que ejerce de
manera tan admirable su ministerio para todo el mundo, los recordaré de todo
corazón, orando para que todos estemos a la altura de nuestra propia vocación.
Que la Virgen María, Madre
de Cristo Sacerdote, acompañe nuestros ruegos para que tengamos los sacerdotes
que necesitamos. Ofrezcamos diariamente el Santo Rosario, que tanto nos
recomienda el Santo Padre, por esta intención tan apremiante.
Los bendigo de todo corazón,
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
En Azul, a tres días del mes de mayo de 2003, Fiesta de los Santos Apóstoles
Felipe y Santiago.
Mons. Emilio Bianchi
de Cárcano,
obispo de Azul
Algunas preguntas que pueden ayudar a la reflexión
1) ¿En qué oportunidades y
cómo se reza por las vocaciones en nuestra comunidad?
2) ¿De qué otras maneras
demostramos nuestra preocupación por las vocaciones sacerdotales?
3) Cuántos seminaristas
tiene la Diócesis, en qué Seminario se están formando, y de qué parroquias
provienen?
4) ¿Hay seminaristas de
nuestra parroquia? En caso contrario, ¿podemos recordar a algún sacerdote
ordenado proveniente de nuestra parroquia, o algún seminarista que haya
ingresado y haya dejado el Seminario?
5) ¿Qué iniciativas podemos
tomar para fomentar las vocaciones en los colegios, en la catequesis, entre los
enfermos? (p. ej. visitar a los seminaristas, pedir el testimonio de alguno de
ellos o de algún sacerdote ordenado en los últimos años; ocuparse de los
monaguillos, etc.) |