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CARTA SOBRE LA
VIDA CONSAGRADA
Carta de Mons. Emilio Bianchi di Cárcano, obispo de azul,
sobre la Vida Consagrada
8 de setiembre, Fiesta de la Natividad de María
Observación previa: la longitud de esta carta excede las
dimensiones y el carácter de una homilía. Por lo tanto sería más adecuado
anunciarla en la Misa dominical, difundirla por los medios más convenientes para
la comunidad, utilizar las preguntas propuestas para reuniones de grupo.
1.
Introducción
El 8 de septiembre,
Fiesta de la Natividad de Santa María Virgen, celebramos en la Argentina la
“Jornada de la Vida Consagrada”. Esta Jornada comenzó a realizarse en Roma hace
ya varios años, el 2 de febrero, Fiesta de la Presentación del Señor. La fecha
fue cambiada para nosotros, teniendo en cuenta que en tiempo de vacaciones de
verano no se puede fácilmente reunir a las comunidades para festejar como
corresponde a los consagrados.
2. Ocasión
de esta carta
Me ha parecido ésta una ocasión
propicia para recordar a los fieles la importancia de la vida consagrada. Se
trata de mirar y apreciar a esa porción del Pueblo de Dios, varones y mujeres
dedicados especialmente, siguiendo a Jesucristo, al servicio de Dios y de la
Iglesia. Con diversas modalidades, han existido desde siempre en las comunidades
cristianas. En tiempos recientes, han merecido especial atención a través de dos
importantes documentos del Magisterio de la Iglesia: el decreto “Perfectae
caritatis” del Concilio Vaticano II sobre la renovación de la vida religiosa
(PC) aprobado por el Papa Pablo VI el 28 de octubre de 1965, y la Exhortación
apostólica postsinodal “Vita consecrata” sobre la vida consagrada y su misión en
la Iglesia y en el mundo (VC) firmada por el Papa Juan Pablo II el 25 de marzo
de 1996.
Para todo el pueblo cristiano parece
muy útil esta recordación, porque “la vida consagrada, enraizada profundamente
en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su
Iglesia por medio del Espíritu”. Jesucristo se hace como más visible a través de
ella en medio del mundo, y “la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio
del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización
en el cielo” (VC, 1).
3. El
seguimiento de Cristo
En el Evangelio, el Señor Jesús
expresa claramente las condiciones necesarias para poder seguirlo: “El que
quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada
día y me siga” (Lucas 9, 23). El Apóstol Pablo explica qué significa “seguir a
Jesús”, vocación de todos los cristianos: “Dios los predestinó a reproducir la
imagen de su Hijo” (Romanos 8, 29). En otras palabras, “La persona consagrada no
sólo hace de Cristo el centro de la propia vida, sino que se preocupa por
reproducir en sí misma, en cuanto es posible, aquella forma de vida que eligió
el Hijo de Dios al venir al mundo” (VC, 16). No se trata entonces solamente que
el bautizado deba tomar el camino de Jesús, sino que se parezca, que se asemeje
a Él.
4. Los
consejos evangélicos
Los primeros cristianos veían en el
martirio, el testimonio de la propia sangre, el modo más perfecto de imitar a
Jesús. Pero pronto fueron descubriendo, en el ejemplo y las enseñanzas del
Maestro presentes en el Evangelio, algunos elementos fundamentales que los
acercaban mejor a ese Jesucristo mostrado por el Padre como su Hijo muy amado,
el modelo. En Jesús casto, pobre y obediente, rasgos que fueron llamados los
“consejos evangélicos”, se inspiraron para seguirlo con más libertad e imitarlo
más de cerca. Dejando el mundo por el desierto, viviendo en soledad o en
comunidades, surgieron los primeros ermitaños y monjes, en Oriente y Occidente,
y la Autoridad de la Iglesia fue aprobando sus reglas de vida. Si bien al
principio la mayoría de ellos se dedicaron de una manera especial a la vida
contemplativa, contribuyeron en grado sumo, a través del estudio, el trabajo
rural y la producción de obras de arte, al progreso de la sociedad de su tiempo;
así San Benito, por la notable influencia de sus monasterios, masculinos y
femeninos, fue declarado por el Papa Juan Pablo II, Patrono de Europa.
5. Desarrollo
de la vida consagrada en la historia de la Iglesia
En Occidente surgieron más adelante
“otras múltiples expresiones de vida religiosa en las que innumerables personas,
renunciando al mundo, se han consagrado a Dios mediante la profesión pública de
los consejos evangélicos según un carisma específico y en una forma estable de
vida común” (VC, 9), para un variadísimo servicio apostólico al Pueblo de Dios.
Este crecimiento asombroso de la vida consagrada benefició a Europa pero también
en gran medida a los países de misión. Nuestras tierras americanas se vieron
transformadas por el testimonio y la acción de tantos religiosos de diversas
órdenes: pensemos en los muchos franciscanos, dominicos, mercedarios y jesuitas,
y tantos otros, que vivieron y murieron en estas inmensidades apenas
descubiertas. Las obras de misericordia en favor de los aborígenes y los
esclavos, los enfermos y necesitados, los niños y los ancianos deben su
existencia en primer lugar a religiosos y religiosas que evangelizaron ante todo
por su fecunda caridad. Y en tiempos más recientes, el aporte que los
consagrados hicieron en el campo de la educación, abrió para el pueblo
oportunidades de una mejor calidad de vida e integración en el mundo civilizado.
6. Lo esencial de la vida consagrada
Pero sería un error estimar a los
consagrados sólo por la obra que realizan. Lo más importante es considerarlos
ante todo por su realidad más íntima, por lo que son. Se trata de hombres y
mujeres que en un momento de su vida, a veces desde muy pequeños, han recibido
el llamado de Dios, a través de una experiencia singular de la luz que emana del
Hijo de Dios hecho hombre. Ellos perseveran, a veces con heroísmo, en ese género
de vida, que aceptan cada día contemplando el amor de Cristo crucificado, y así
nos están hablando de una realidad que trasciende las cosas del mundo. “Primer
objetivo de la vida consagrada es el de hacer visibles las maravillas que Dios
realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas. Más que con palabras,
testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de una existencia
transfigurada, capaz de sorprender al mundo” (VC, 20).
7. Su lugar en la Iglesia
¿Cuál es el lugar que la vida
consagrada tiene en la Iglesia? El documento más importante del Concilio
Vaticano II que trata precisamente sobre la Iglesia, dice claramente: “El estado
de vida que consiste en la profesión de los consejos evangélicos, aunque no
pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo,
indiscutiblemente, a su vida y santidad” (LG, 44). En términos semejantes se
expresa el Papa Juan Pablo II: “La profesión de los consejos evangélicos es
parte integrante de la vida de la Iglesia” (VC, 3) a la que aporta un precioso
impulso hacia una mayor coherencia evangélica.
Es verdad que el estado de
consagrado no depende de uno de los siete sacramentos, como p. ej. el ministerio
ordenado que se constituye por el orden sagrado. “En la tradición de la Iglesia
la profesión religiosa es considerada como una singular y fecunda profundización
de la consagración bautismal” (VC, 30); la íntima unión con Cristo inaugurada
con el Bautismo y afirmada con la Confirmación, se desarrolla en el don de una
configuración más plenamente expresada y realizada, mediante la profesión de los
consejos evangélicos. Esta posterior consagración tiene, sin embargo, una
peculiaridad propia. En realidad todo renacido en Cristo está llamado a vivir,
con la fuerza proveniente del don del Espíritu, la castidad correspondiente a su
propio estado de vida, la obediencia a Dios y a la Iglesia, y un desapego
razonable de los bienes materiales, porque todos son llamados a la santidad, que
consiste en la perfección de la caridad. Pero el Bautismo no implica por sí
mismo la llamada al celibato o a la virginidad, la renuncia a la posesión de
bienes y la obediencia a un superior. De todos modos, los consagrados en la
Iglesia exhortan con su vida a los demás bautizados a vivir con generosidad y
dependencia del Espíritu Santo su vocación a la santidad, aunque no estén
llamados a la vida consagrada.
8. Nuestra
Diócesis
Mirando nuestra
Diócesis debemos agradecer al Señor la presencia de distintas modalidades de la
vida consagrada: monasterios de contemplativos, órdenes religiosas,
congregaciones masculinas y femeninas, vírgenes consagradas asociadas o no,
institutos seculares. Hay quienes han elegido un régimen de vida
predominantemente contemplativo en el monasterio, otros que ejercen su caridad
apostólica en la catequesis, los colegios, los hospitales y en el apostolado
parroquial, especialmente la atención de barrios. En la variedad subsiste el
elemento común: “los miembros de cualquier instituto, buscando ante todo y
únicamente a Dios, deben unir la contemplación, por la que se adhieren a Dios
con la mente y el corazón, con el amor apostólico, por el que se esfuerzan en
asociarse a la obra de la redención y a la dilatación del Reino de Dios” (PC,
5). Santa Teresita del Niño Jesús, monja contemplativa, vivió tan fuertemente el
espíritu evangelizador, que mereció el título de Patrona de las misiones. No se
puede concebir un consagrado en la vida activa que no rece, que no se alimente
constantemente de la Palabra de Dios, como tampoco un contemplativo que no
ofrezca continuamente su vida por la venida del Reino.
9. Luces
y sombras: problemas actuales
Los cambios históricos y sociales
han ejercido su influencia sobre la vida consagrada. Si bien lo fundamental
permanece vigente en las diversas formas, antiguas y modernas, que conocemos, su
ubicación en las obras de la Iglesia, su régimen jurídico, su estilo de vida y
hasta su “visualización” en el mundo, han variado. Lo importante es que estos
cambios se realicen por la moción del Espíritu, que se garantiza por el
reconocimiento de la Autoridad de la Iglesia, y no por capricho, moda o
comodidad. Estos cambios, aún los legítimos, como ha sucedido también en el
campo de la liturgia, han sido causa de algunos conflictos y sufrimientos. Hay
costumbres, incluso venerables, que se han perdido; hay innovaciones sugeridas
por los cambios de circunstancias, que han sido aceptadas. Lo importante es
vivir a fondo, con un corazón entregado, las exigencias de los consejos
evangélicos, y crecer diariamente en el amor a Jesús, a su Iglesia y a sus
miembros más necesitados de ese amor.
10. Reconocimiento del Pueblo de Dios
A todo el Pueblo de
Dios, clérigos y laicos, corresponde cultivar en su mente y en su corazón y
expresar con sus actitudes un verdadero aprecio y amor por la vida consagrada.
Con la certeza que su presencia en la Iglesia constituye un don precioso del
Padre, siempre alimentado por el Espíritu de Jesús, se debe acompañar
continuamente a los consagrados con muestras de afecto y de colaboración
cordial. Es importante tener presente a los consagrados en la oración individual
y comunitaria, rogando por su perseverancia y fecundidad apostólica.
Aquí también corresponde a todos la
preocupación por el fomento de las vocaciones consagradas; los primeros deben
ser los mismos consagrados, especialmente a través de su testimonio diario de
trabajo fiel y gozoso. Pero todas las comunidades cristianas, de modo particular
las familias, parroquias y colegios deben comprometerse por medio de la oración
y el aliento. Las vocaciones consagradas, de igual modo que las sacerdotales,
son un signo elocuente de la vitalidad de las comunidades cristianas.
11. María
modelo de consagración
“María es ejemplo sublime de
perfecta consagración, por su pertenencia plena y entrega total a Dios. Elegida
por el Señor, que quiso realizar en ella el misterio de la Encarnación, recuerda
a los consagrados la primacía de la iniciativa de Dios. Al mismo tiempo,
habiendo dado su consentimiento a la Palabra divina, que se hizo carne en ella,
María aparece como modelo de acogida de la gracia por parte de la criatura
humana (VC, 28).
12. Conclusión
Con el deseo de que
estas enseñanzas de la Iglesia reaviven en los consagrados los sentimientos de
gratitud y fidelidad, y en todo el Pueblo de Dios sean motivo constante de
reconocimiento y alegría, recomiendo a todos la oración de agradecimiento por la
presencia de los consagrados en nuestra Iglesia particular y el ruego constante
por el aumento y perseverancia de los llamados a vivir “la mejor parte” en el
Reino de Dios.
Los bendigo a todos en el Nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Azul, 8 de septiembre de 2003.
Fiesta de la Natividad de Santa María Virgen.
Mons. Emilio Bianchi di
Cárcano,
obispo de Azul
Algunas preguntas para aprovechar mejor el texto:
1.
¿Conocen a alguna
persona consagrada que haya surgido de la propia comunidad? (familia, parroquia,
colegio, grupo misionero). Poner en común los rasgos de su personalidad y las
circunstancias en que nació esa vocación.
2. ¿Qué
conocimiento tenemos de la existencia de consagrados en la Diócesis, de su
régimen de vida y trabajo apostólico?
3. ¿Cómo
se manifiesta en nuestra comunidad el aprecio por la vida consagrada?
4. Presentar la figura de algún
consagrado de nuestra época (incluso del siglo pasado) y explicar los rasgos o
cualidades que lo hacen atractivo o admirable.
5. ¿Qué actividad podemos
desarrollar en nuestra comunidad para un conocimiento y aprecio mayor de la vida
consagrada? |