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SANTA ROSA
DE LIMA
Homilía de
monseñor Rinaldo Fidel
Bredice, obispo de Santa Rosa,
para la Fiesta Patronal Diocesana
(30 de agosto de 2004)
Hoy toda la Iglesia que está en La Pampa, porción de la Iglesia universal, se
llena de alegría al celebrar la fiesta de Santa Rosa de Lima, la primera santa
del nuevo mundo, nuestro modelo a imitar y nuestra celestial protectora, a quien
invocamos.
Santa Rosa se nos
presenta muy cercana a nosotros. Fue una joven que vivió en medio del mundo en
la virreinal ciudad de Lima, en medio de grandes santos y de muchos pecados y
vicios.
Perteneció a una
familia numerosa, venida a menos por un fracaso económico en los negocios de su
padre.
Santa Rosa fue una
mujer que no estuvo encerrada en los muros de un convento, sino que vivió en el
mundo.
Aunque las imágenes
la presentan vestida de hábito, no perteneció a ninguna congregación u orden
religiosa; era, diríamos hoy, una laica consagrada que llevó hasta las últimas
consecuencias la realidad de su bautismo. En cuanto al hábito con que se la
representa, responde a la costumbre de entonces, que permitía a las jóvenes que
vivían en el mundo, en su familia, podían vestir el hábito religioso.
Jesús en medio
nuestro, hoy nos dice a cada uno que debemos ser santos, es decir, apartados del
pecado y dedicados a toda obra buena.
Por el bautismo
todos un día fuimos injertados, unidos vitalmente a Jesús; el conocimiento y el
amor de Cristo al Padre, se nos comunica a nosotros, por eso nuestra obligación
de amar al Padre como Cristo, de hacer en todo, la voluntad del Padre que quiere
que le amemos a Él y que amemos a todo prójimo que es una imagen suya. Amar a
Dios y amar al prójimo.
Tender a la santidad
no es algo extraordinario, solo realizable por algunos genios de la santidad: la
santidad es y debe ser el ideal de todo bautizado.
Santa Rosa, en medio
del mundo, fue una mujer de oración, de penitencia, de trabajo,
cuyo corazón ardía buscando la salvación de todas las almas.
En una ocasión ella
misma dijo: “Me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza
para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier
edad, sexo, estado y condición que fuese: oíd, pueblo; oíd, todo género de
gentes: de parte de Cristo yo os aviso: que no se adquiere gracia sin padecer
aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos para conseguir la
participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y
la perfecta hermosura del alma”.
Fue una mujer de
oración extraordinaria llevada por la gracia divina a un altísimo grado de
intimidad y diálogo con Dios. Esto es la oración, un diálogo de amistad con
Alguien que sabemos que nos ama.
Santa Rosa quiso
parecerse a Jesucristo imitándole en los sufrimientos de su pasión. En su
biografía leemos las extraordinarias penitencias que se imponía libremente para
parecerse a Jesús, llevada no por una enfermiza voluntad de sufrir por sufrir,
sino por el amor que le impulsaba a parecerse a su amado Señor.
Santa Rosa se nos presenta como una
joven que teniendo en cuenta las dificultades económicas de su familia, llevó
una vida de trabajo, tanto en los menesteres domésticos habituales como en los
trabajos que se vio obligada a realizar como modista, bordadora y cultivadora de
flores para ayudar a la economía doméstica.
Esta es la santa que
la Iglesia nos propone como modelo de vida cristiana y como intercesora ante el
trono de Dios.
Nosotros también,
obispo, sacerdotes, religiosas, y todo el pueblo de Dios, queremos ser orantes:
cultivar la dimensión espiritual de nuestra vida, levantar los ojos al cielo
donde está Dios; cada día tiene momentos claves que debemos marcar con la
oración: al levantarnos, al acostarnos, al sentarnos a la mesa, al subir al
auto, al comenzar el trabajo en la oficina, en el taller,.....
Cada semana, el
domingo, es el día de la oración, de la misa en familia.
Nosotros también
debemos cargar la cruz de Jesucristo para ir al cielo, y la cruz es la
obligación del propio estado, aceptar la vida como la vida se presenta, sin
soñar evadiéndonos de la realidad, con esta salud, con este marido, con esta
esposa, en estas actuales circunstancias.
No hay salvación sin
sacrificio, sin austeridad, sin auto dominio, sin control, dejándonos llevar por
lo fácil, sin esfuerzo, ni como persona ni como Nación llegaremos a nada; el
facilismo no hace grande a nadie, ni a los individuos ni a los pueblos.
Hoy como ayer, nada
puede suplir el esfuerzo personal para encauzar las pasiones, para alcanzar un
ideal, para salir de la postración.
Jesús, claramente,
advierte que el camino que lleva a la perdición es amplio, fácil de recorrer; el
camino que lleva a la gloria, tanto terrena como celestial, es espinoso,
difícil. Nosotros, guiados por Santa Rosa, queremos recorrer el camino de la
cruz, cumpliendo los deberes del propio estado, con humildad y sencillez,
descubriendo el valor divino de lo humano, de lo pequeño, ya que el Señor mira
el amor que ponemos en hacer las cosas sencillas; así construiremos un mundo
mejor.
Cambiemos nosotros,
nuestro corazón, y entonces con un corazón renovado, seremos instrumentos de la
renovación social y la tierra será antesala del cielo.
Monseñor Rinaldo Fidel Bredice, obispo de Santa Rosa |