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EN COMUNIÓN Y SERVICIO


Homilía pronunciada por el obispo de Río Gallegos, Mons. Alejandro A. Buccolini, SDB, en la celebración del día de la Independencia, 
el 9 de julio de 2001.


"Porque no hay árbol bueno que produzca fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón, saca lo bueno y, del malo saca lo malo. Porque de la abundancia del corazón habla su boca" Son palabras de San Lucas (Cap. 6, 43-46).

Es un texto de fácil comprensión por su claridad, coherencia y evidencia.

Si nos manejamos en el ámbito de la verdad, del amor, de la justicia, del compromiso de trabajar en favor de los más necesitados, si incentivamos la esperanza, somos hombres de bien porque cada árbol se conoce por su fruto.

Nuestra patria surge precisamente del patriotismo, de la capacidad de servicio y del coraje de un pueblo iluminado por la fe.

Lamentablemente hoy las cosas no están así.

Tenemos democracia y se siente la necesidad de un crecimiento social, económico y cristiano. La política es uno de los más nobles servicios para el hombre, pero aparece más como poder que como servicio.

El enfrentamiento existente lleva a una disolución en el ámbito en el que actúa, situación esta que puede hacernos perder no sólo lo que tenemos sino lo que somos. Ese enfrentamiento es producto de la falta de diálogo, de la ambición personal, de la corrupción, de preguntas que no tienen respuestas, de rumbos nuevos que no se vislumbran a corto plazo, de tantas ilusiones frustradas.

Esto acentúa y prolonga una agonía de mediocridades.

Sabemos que muchas de nuestras dificultades se nos imponen desde afuera pero todo esto no nos quita libertad, ni voluntad, ni responsabilidad. Por eso, pese a todo debemos comprometernos en la búsqueda del bien común y en la construcción de un país confiable y consecuentemente estable. Debemos recuperar la confianza en nosotros mismos y superar el estado de alteración en el que vivimos.

Esto supone tres actitudes permanentes y acuciantes: tener confianza en nosotros mismos, trabajar en espíritu de comunión y tener una actitud de servicio.

La confianza en nosotros mismos genera fuerzas, permite soñar el futuro, da capacidad de construir entre todos la historia o por lo menos le da sentido. Pero esa confianza necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en los proyectos compartidos.

Cuando falta ese espíritu de confianza y no se superan, a través del diálogo, los ánimos alterados, no se da el espíritu de comunión, y es entonces cuando aparecen los signos de desconfianza y desesperanzas y se cierran los caminos de futuro.

La comunión hace posible una actitud permanente se servicio, sobre todo en el poder que sólo tiene sentido si está al servicio del bien común.

Es necesario que esta fiesta patria nos haga plenamente dependientes de nuestras propias fuerzas y de nuestros propios intereses, nos oriente como a los primeros patriotas a una serena solidaridad en nuestro pueblo, que aunque sufriente, tiene sus reservas intactas.

Cada uno de nosotros está llamado a ponerse a la altura de las circunstancias para salir de esta crisis tan profunda que trasciende lo económico , envuelve al orden político y perjudica en sus entrañas la identidad de nuestro país.

En la declaración de San Miguel los obispos decíamos que la Patria requiere algo inédito para vislumbrar el rumbo y la orientación de su historia.

El Señor de la historia nos convoca en este día patrio, a unirnos más estrechamente , a servir y a no ser servidos, a transitar por el camino de la solidaridad y no del egoísmo, a recrear una política que nos lleve al bien común.

Queremos ser nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común, como lo expresa la oración que rezaremos a continuación.


Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Nos sentimos heridos y agobiados.
Precisamos tu alivio y fortaleza.
Queremos ser nación,
Una nación cuya identidad
sea la pasión por la verdad
y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad
de los hijos de Dios
para amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando a los pobres
y perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo el odio y construyendo la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo
y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor,
Cercanos a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina! ¡Levántate y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2328, del 1 de agosto de 2001


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