"Porque no hay árbol bueno que produzca fruto malo y, a la inversa, no hay
árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se
recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno,
del buen tesoro del corazón, saca lo bueno y, del malo saca lo malo. Porque de
la abundancia del corazón habla su boca" Son palabras de San Lucas (Cap.
6, 43-46).
Es
un texto de fácil comprensión por su claridad, coherencia y evidencia.
Si
nos manejamos en el ámbito de la verdad, del amor, de la justicia, del
compromiso de trabajar en favor de los más necesitados, si incentivamos la
esperanza, somos hombres de bien porque cada árbol se conoce por su fruto.
Nuestra
patria surge precisamente del patriotismo, de la capacidad de servicio y del
coraje de un pueblo iluminado por la fe.
Lamentablemente
hoy las cosas no están así.
Tenemos
democracia y se siente la necesidad de un crecimiento social, económico y
cristiano. La política es uno de los más nobles servicios para el hombre, pero
aparece más como poder que como servicio.
El
enfrentamiento existente lleva a una disolución en el ámbito en el que actúa,
situación esta que puede hacernos perder no sólo lo que tenemos sino lo que
somos. Ese enfrentamiento es producto de la falta de diálogo, de la ambición
personal, de la corrupción, de preguntas que no tienen respuestas, de rumbos
nuevos que no se vislumbran a corto plazo, de tantas ilusiones frustradas.
Esto
acentúa y prolonga una agonía de mediocridades.
Sabemos
que muchas de nuestras dificultades se nos imponen desde afuera pero todo esto
no nos quita libertad, ni voluntad, ni responsabilidad. Por eso, pese a todo
debemos comprometernos en la búsqueda del bien común y en la construcción de
un país confiable y consecuentemente estable. Debemos recuperar la confianza en
nosotros mismos y superar el estado de alteración en el que vivimos.
Esto
supone tres actitudes permanentes y acuciantes: tener confianza en nosotros
mismos, trabajar en espíritu de comunión y tener una actitud de servicio.
La
confianza en nosotros mismos genera fuerzas, permite soñar el futuro, da
capacidad de construir entre todos la historia o por lo menos le da sentido.
Pero esa confianza necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía
en los proyectos compartidos.
Cuando
falta ese espíritu de confianza y no se superan, a través del diálogo, los ánimos
alterados, no se da el espíritu de comunión, y es entonces cuando aparecen los
signos de desconfianza y desesperanzas y se cierran los caminos de futuro.
La
comunión hace posible una actitud permanente se servicio, sobre todo en el
poder que sólo tiene sentido si está al servicio del bien común.
Es
necesario que esta fiesta patria nos haga plenamente dependientes de nuestras
propias fuerzas y de nuestros propios intereses, nos oriente como a los primeros
patriotas a una serena solidaridad en nuestro pueblo, que aunque sufriente,
tiene sus reservas intactas.
Cada
uno de nosotros está llamado a ponerse a la altura de las circunstancias para
salir de esta crisis tan profunda que trasciende lo económico , envuelve al
orden político y perjudica en sus entrañas la identidad de nuestro país.
En
la declaración de San Miguel los obispos decíamos que la Patria requiere algo
inédito para vislumbrar el rumbo y la orientación de su historia.
El
Señor de la historia nos convoca en este día patrio, a unirnos más
estrechamente , a servir y a no ser servidos, a transitar por el camino de la
solidaridad y no del egoísmo, a recrear una política que nos lleve al bien común.
Queremos
ser nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el
bien común, como lo expresa la oración que rezaremos a continuación.
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos.
Nos
sentimos heridos y agobiados.
Precisamos
tu alivio y fortaleza.
Queremos
ser nación,
Una
nación cuya identidad
sea
la pasión por la verdad
y
el compromiso por el bien común.
Danos
la valentía de la libertad
de
los hijos de Dios
para
amar a todos sin excluir a nadie,
privilegiando
a los pobres
y
perdonando a los que nos ofenden,
aborreciendo
el odio y construyendo la paz.
Concédenos
la sabiduría del diálogo
y
la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú
nos convocas. Aquí estamos, Señor,
Cercanos
a María, que desde Luján nos dice:
¡Argentina!
¡Levántate y camina!
Jesucristo,
Señor de la historia, te necesitamos.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº
2328, del 1 de agosto de 2001