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25 DE MAYO DE 2002


Homilía pronunciada por Mons. Alejandro Buccolini, obispo de Río Gallegos con motivo del tedéum celebrado el 25 de mayo de 2002


Una vez más nos reunimos en ocasión de la gesta de Mayo para agradecer a Dios la valentía y la honestidad de aquellos patriotas que supieron poner los intereses de la comunidad por encima de sus apetencias personales.

En los períodos de graves trastornos, cuando las comunidades o pueblos se enfrentan a problemas que afectan su mismo ser y penetran en el tobogán de la decadencia, se paran frente a esta disyuntiva inevitable: o se dejan llevar por el camino de la disolución o por el contrario, desde las ruinas, se deciden a reconstruir una nueva Nación.

Pareciera hoy que la Argentina se encuentra perdida en una especie de laberinto virtual tejido por fuerzas externas e internas que pretenden confundirnos, desorientarnos y abatirnos ante las terribles fauces de un monstruo global infinitamente peor que toda imaginación.

Vivimos una crisis , compleja y severa. La conocemos ya que en millones de hogares reinan la pobreza, la confusión, la desesperanza porque se encuentran desdibujados los conceptos fundamentales de nación y del bien común.

Es la hora de concretar reformas y de hacer grandes renunciamientos.

Es la hora de abrir canales de renovación de la política para que la energía volcada al malestar y a la protesta se pueda traducir en la renovación de la construcción de la paz y de la amistad social

Es la hora de buscar entre todos el hilo conductor que ha de ser nuestra salvación para poder orientarnos, reunir coraje y voluntad para transitar con paso seguro por el tortuoso camino que lleve a la superación de nuestros más terribles y peligrosos problemas.

Para realizar el cambio es indispensable volver como el hijo pródigo a los principios que le han dado el ser.

Por esto creo que en la situación actual es indispensable que miremos a los orígenes de nuestra nacionalidad para recobrar los ánimos y comenzar el camino de la recuperación, sin violencia ni agresividades, tratando de construir y buscar un nuevo rumbo en medio de la oscuridad de la tormenta.

Quienes asumieron la tremenda responsabilidad de crear la Primera Junta de gobierno no se apoyaron ni en las armas de un ejército que recién nacía, ni en el poder económico que no existía, ni en la fuerza de sus aliados que brillaban por su ausencia, sino en los grandes ideales de libertad e independencia.

Hoy la República Argentina necesita vencer la soledad y el aislamiento de los que quieren someterla a través de la asfixia económica y en la faz interior debe superar como fruto de una justicia social el odio y sus manifestaciones, la agresividad, los secuestros y los robos, las coimas y estafas, el trabajo a desgano, el vaciamiento de empresas, la especulación financiera, la usura en sus múltiples formas y la corrupción reinante.

Como santacruceños y como argentinos queremos la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace para que podamos creer.

Es indispensable reanimar las fuerzas interiores y espirituales para recuperar las fuerzas materiales.

Sólo podemos vencer el desánimo, el descrédito y la angustia que invade los corazones de los argentinos con actitudes claras y fehacientes de políticos, funcionarios, empresarios, sindicalistas , periodistas, religiosos, de todos y cada uno de nosotros.

El pueblo argentino no quiere ser engañado por la falacia ni puede soportar más, porque ya lo experimentó en carne propia ni la opresión de las dictaduras ni las mentiras de las seudodemocracias.

No quiere el triunfo o la exaltación de un determinado partido o de una persona sino la consecución del bien común y el progreso de la comunidad.

Cuando en la primera junta y en los gobiernos posteriores prevalecieron apetencias personales o los intereses de grupos se produjo la discordia y los enfrentamientos que llevaron al país a la anarquía y al borde de su autodestrucción. No podemos pasar por lo mismo.

Hoy tenemos necesidad y oportunidad de una conversión auténtica de todos pero en especial de la clase dirigente. Hacen falta gestos de hombría de bien, de transparencia de la gestión pública, estamos cansados de discursos vanos.

Necesitamos que miren los intereses de la comunidad y no los propios.

No se logra el bien común sólo obteniendo orden externo y un perfecto funcionamiento de las instituciones.

Sólo pasa a ser bien común lo que es participado por todo el pueblo, es decir que en el bien común radica la posibilidad de tener acceso a los bienes espirituales y materiales por parte de todos los miembros de la comunidad.

No alcanza con que exista el pan. Es imperioso que todos puedan obtenerlo dignamente.

Quiera Dios Nuestro Señor, hacedor de todo bien, que sepamos estar a la altura de las circunstancias y superando nuestras ambiciones personales o las de aquellos que nos rodean tratemos de buscar incansablemente el bienestar de nuestro pueblo con el trabajo intenso, con la honestidad manifiesta y la prudencia sabia.


Mons. Alejandro A. Buccolini,
obispo de Río Gallegos



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