Con la Pascua comenzamos una nueva semana de la historia humana, pues se ha
cerrado la primera, la de la Semana Santa, y hoy, desde esta noche de la Vigilia
Pascual es su primer día, el día nuevo que separa el antes y el después, los
dos tiempos del proceso de la fe. El antes es el tiempo de la tumba y de la
muerte, el después la vida nueva. El relato de Mateo nos expresa el cambio
profundo que se obró en los discípulos. Descubrieron que no seguían a un
muerto, sino a alguien viviente.
No
es un cadáver lo que venimos a venerar, como lo hacíamos ayer, no es el mero
recuerdo de algo sucedido hace mucho tiempo. Queremos celebrar y ser una nueva
presencia como la de Cristo resucitado. Por eso nos asomamos con la liturgia de
hoy a su tumba y al verla vacía, como las piadosas mujeres, nos alegramos
porque, como dice San Pablo ha resucitado de veras, de lo contrario sería vana
nuestra fe. Hemos resucitado también nosotros. Es la voz misma del Padre que
nos da la certeza: Sé que buscan a Jesús crucificado, no está aquí, ha
resucitado.
Pero
estamos resucitados y somos presencia nueva, si tenemos condiciones de vida, si
vivimos lo que creemos, si podemos mirar hacia delante con esperanzas y sin
temores, si tenemos ganas y podemos transformar las cosa y profundizar los
acontecimientos, si estamos encarnados en la comunidad para hallar, juntos,
soluciones concretas a los problemas.
Jesús
Resucitado es un Dios que quiere cambiar el rostro penoso y sufriente del mundo
y de nuestro pueblo argentino en particular.
Esta
noche nos invita a abandonar el sepulcro en el que Cristo ha resucitado, pero
cómo hacerlo si la realidad que vivimos de todos lo días nos va paralizando
cada vez más. Como ver vacía la tumba si va llenándose con tantos signos de
muerte como la desesperanza de muchos, la desocupación de tantos, si falta de
pan, principalmente para los niños, y el remedio para los enfermos., si la
delincuencia y la violencia son monedas cotidianas. Si, como dice nuestro
último documento episcopal tenemos un país frenado por la falta de acuerdo y
de grandeza de sus actores políticos, sociales y económicos e incapaces de dar
respuestas adecuadas a la gravedad de esta crisis terminal. Para que Cristo
realmente resucite y sea esta una Pascua verdadera es necesario que reparemos y
pronto, cada uno desde su responsabilidad, todo el mal ocasionado y restituyamos
todo lo que se hayamos obtenido ilícitamente
Si
esta celebración del Misterio de la Muerte y Resurrección nos hace morir a
todo lo malo tendremos la vida nueva. Nada más mortal que el pecado. La
corrupción de la vida pública y social lo son, como también la pérdida de
los valores morales y éticos.
Caminemos
con una vida nueva. La Pascua nos invita al cambio en todos y en todo. La vida
nueva sea una realidad permanente en cada en cada uno de nosotros..
San
Pablo nos dice que resucitar con Cristo, es mucho más que esperar el más
allá, es vivir ahora comprometidos con los valores del evangelio, es
desnudarnos de una vida de pecado para revestirnos de la santidad que demanda
equidad social, honestidad, transparencia, derecho al trabajo y al pan.
Reconstruyamos
una nueva patria.
Cada
Pascua debe ser una permanente reforma de la sociedad y de nuestras conciencias,
el cambio continuo para una nueva manera forma de comunicarnos, de tratar al
pueblo y al vecino, de estar en familia, de organizar nuestro trabajo, e hacer
algo más por el país y por el mundo.
La
dignidad crezca, la libertad se amplíe, el pueblo adquiera sus derechos, los
pobres mejoren sus condiciones de vida y la Iglesia anuncie con su ejemplo y con
su palabra este significativo acontecimiento pascual.
Las
piadosas mujeres que encontraron la tumba vacía corrieron hasta los demás
discípulos para anunciar la buena nueva. Ojalá podamos hacerlo. No celebramos
el culto de un muerto sino la gloria de un resucitado.
Nos
auguramos cordialmente unas Felices Pascuas de veras.
Mons. Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos