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LLAMADO RESPONSABLE A  LA ESPERANZA

“Firmes en la Esperanza” NMA.7


Homilía de Mons. Alejandro Buccolini, obispo de Río Gallegos
en el tedéum del 9 de julio de 2003


Con serenidad, llegamos a  la Iglesia Catedral para celebrar un nuevo aniversario de la independencia de nuestro país. Para agradecer a Dios, su protección. Para pedirle nos libere del “Lamento...del pesimismo...de la pasividad.” (NMA 8) Para implorar que nos acompañe y bendiga, en nuestro intento de “discernir, reconocer”(8) y construir juntos y de una vez, un pueblo distinto, sano, justo, sin exclusión social.

Las circunstancias generan en nosotros estímulos, inquietudes, y tendencias que ocupan nuestro espíritu y tienen autoridad sobre nosotros en virtud de que existen  y colman todo el espacio, interno y externo.

Estamos ahora viviendo un período que pareciera habernos introducido en un sendero de esperanza pese a las muchas preocupaciones (defender el valor de la vida y de la dignidad humana entre otros). Este sentimiento, que parece generalizado, nos hace intuir que algo nuevo, “algo inédito” ( NMA.98), ha comenzado a gestarse. Desde ya  nada fácil, ni mágico, ni exento de dificultades, ni inmediato. Por otra parte, ha madurado la conciencia ciudadana y se percibe, que no será todo igual que antes de cara al futuro, precisamente porque esta madurez ha hincado sus raíces en un pueblo más despierto,  sensible, decidido y vigilante.

En este clima además, nos preguntamos: ¿Es posible tender a un mundo mejor, a una sociedad distinta? Si miramos en nuestro derredor, parecería que apenas termina una situación conflictiva, las problemáticas anteriores vuelven sobre el tapete, con buena y reiterativa memoria pero con escasa proyección de futuro.

Al decir de Santo Tomás la historia no es una rueda que gira en torno a sí misma sino una progresión, es decir: un caminar hacia adelante, hacia un mundo mejor ordenado de valores, hacia la plenitud: en el fondo, hacia Dios. Entonces, si somos creyentes, deberemos plantearnos el ser responsables y protagonistas de ese llamado a la esperanza, a la plenitud y a la felicidad. No bastarán ya las palabras: será preciso la acción comprometida.

Para ello debemos tener identidad, vivir  en comunión  y ser testigos de la luz.

La identidad de un pueblo y de una persona , no se mide en ellos mismos, ni en sus obras sino en la capacidad de relacionarse con los demás pueblos y personas. La identidad no está en el sujeto sino en sus relaciones y vínculos que crea con los demás. Así la identidad de nuestros patriotas se hacía visible en su solidaridad,  su amor patrio responsable, su heroicidad de comportamiento ante las adversidades, su humildad ante situaciones en las que el bien común exigió renunciamientos. Mientras que en estos últimos decenios ha venido dándose en el país, “la pérdida de los valores que fundan nuestra identidad y nos ha situado ante el riesgo de la descomposición del tejido social”.(NMA. 25).

La comunión es fruto de la firmeza y persistencia de la identidad y manifestación de la unidad, de la sensibilidad por el más necesitado, de la solidaridad tras un proyecto en común. No olvidemos que arrastramos una “cierta incapacidad para trabajar unidos”, y nos “ha faltado imaginación y propuestas para el crecimiento comunitario”. (NMA. 46).

Desde esta experiencia , necesitamos trabajar con esperanza para orientar nuestro futuro. Es el momento de apostar por una política de la esperanza, de “ponernos al hombro el País.”

El punto de referencia para este momento será ante todo, la centralidad de Jesucristo como Señor de la Historia. El es la buena nueva de la salvación comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre, creador de unidad  y de comunión, fuente de nuestra esperanza!.

Es fácil constatar cómo a la sociedad le sobran maestros y le faltan testigos. Testigos de la verdad, de los valores que hemos visto, vivido y oído. Así comenzó la difusión del evangelio, así creció nuestra patria, así tenemos que continuar para hacer posible un pueblo de ánimo dilatado y solidario como lo son tantos pueblos del mundo y como nosotros mismos en algunos momentos de nuestra ajetreada historia, lo supimos ser. Testigos: para ser luz en el largo camino  que podemos emprender desde ahora. Lamentamos grandemente que “la labor educativa de la Iglesia no pudo hacer surgir una patria más justa, porque no ha logrado que los valores evangélicos se traduzcan en compromisos cotidianos!.”(NMA. 38) Ser luz y ser testigos implica un “compromiso por el bien común social”. “No podemos de ningún modo, disociar nuestra fe del cumplimiento de los compromisos sociales.” (NMA. 73).

“Un auténtico espíritu de esperanza implica esfuerzo firme y creativo:...es fortaleza que no se deja vencer; ...es confianza generosa;...es compromiso lleno de magnanimidad y de pasión por el bien.” ( Rm. 12,9. NMA 8)

Hagámonos todos responsables, de este llamado a la Esperanza!


Mons. Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos



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