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SAN JOSÉ OBRERO

“TRABAJO Y DIGNIDAD”


Carta pastoral de monseñor Alejandro Buccolini, obispo de Río Gallegos
con motivo del Día del Trabajo - 30 de abril de 2004



Mañana 1 de mayo, en todo el mundo se celebra el día del trabajo y la Iglesia coincidentemente recuerda y venera a San José Obrero, declarado patrono de los obreros. Los sindicatos y los gremios han tenido la feliz idea de pedir la protección divina a través de esta celebración, que con gusto presido. Imploro de este modo la bendición del altísimo para agradecer a Dios Padre la vocación sublime al trabajo, sembrada en el corazón de todas las personas, pedir su protección y amparo particular para los desocupados y para quienes carecen de los medios mínimamente suficientes para la propia subsistencia y la de sus familias.

Me limito con estas palabras simplemente a manifestar algunos sentimientos, algunos principios de reflexión y criterios de acción orientadas a la conducta moral social y en suma a la ética de la Vida.

El trabajo es un aspecto fundamental de la vida personal y social. Más aún pertenece a la vocación misma de toda persona: es su condición y al mismo tiempo la fuente de su dignidad. En efecto el hombre se expresa y realiza necesariamente mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo el trabajo tiene una dimensión social, por su íntima relación bien sea con la familia, bien sea con el Bien Común, porque se puede afirmar que el trabajo es un camino de realización, produce la riqueza de los estados y asegura el futuro de cada persona y de la sociedad. Tal aspecto, suele ser reducido lamentablemente a la dimensión productiva, a la utilidad, y a los impulsos del mercado. Con ello, se deposita al hombre a los pies de la economía, mientras que esta es un medio para sustentar la inviolabilidad de la persona, de la persona proyectada en la Familia y de la Familia como semilla básica de la sociedad.

El trabajo es además un camino de realización, de dignificación y de justicia: engendra seguridad y solidez para construir una vida más digna, justa y fraterna. Sin embargo vivimos una realidad distinta: son evidentes las contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace. Es casi imparable la extensión de la pobreza y es escandalosa la concentración de la riqueza en manos de pocos. Nada más alejado de la dignidad real de la persona humana, nada más alejado de la justicia social emblemática en todas las campañas electorales. La remuneración salarial, acaso ¿supera el costo de la canasta familiar básica? ¿Permite el ahorro asegurando el acceso a la educación, a la salud, a la recreación, descanso y tiempo libre? Me parece que no: Diversos factores, como la devaluación monetaria y la inflación actual disimulada, no lo permiten. Encontramos totalmente obsoleta la ley de Trabajo que data del 68; sigue vigente una Ley de Emergencia Económica, que no permite el desarrollo y la solución más expeditiva de la problemática social. Aún estamos infectados de asistencialismo, y el correlativo clientelismo que ello provoca, con una ausencia de cultura del trabajo. A complicar más este panorama, se suma el terrorismo internacional y una sensación de inseguridad generalizada: los fundamentalismos violentos, surgen de la voracidad de los poderosos y de la opresión de la pobreza sobre las multitudes marginadas del mundo del mercado.

Principio básico de una convivencia solidaria, ha de ser la armonía cordial de este trinomio: derechos y deberes de los obreros, derechos y deberes de los patrones y función reguladora del Estado en la salvaguardia de los derechos de todos y de exigencia disciplinada de los deberes de todos. La articulación de este trinomio, hasta ahora no ha sido feliz, debido a la parcialidad de la gestión en todos los niveles, a la primacía de intereses individuales o sectoriales y la connivencia de los poderes públicos con el bien particular antes que con el Bien Común.

Para corregir esta estridencia, se requiere sin duda una cultura de diálogo entre los actores sociales que implica meterse en el pellejo del otro; la Ética del compartir por sobre la paranoica tendencia a acaparar y una clara y persistente acción del Estado para la justa distribución de la riqueza.

Finalmente, es preciso decir: si hay trabajo habrá esperanzas. El trabajo pasa a ser no sólo un valor, no sólo un método, sino un paradigma para un adecuado desarrollo político social. Lo contrario: sin trabajo digno, con altas tasas de desempleo, hay degradación y humillación: peligra la vida en democracia, y abruma la violencia y la inseguridad. Una de las causas más profundas de la crisis actual, es la desocupación.

Hermanos trabajadores, sindicalistas y Gremialistas: no sólo deberemos recordar en este día a los obreros, deberemos sobre todo rogar al obrero San José que estos enunciados una y otra vez remarcados en la Doctrina Social de la Iglesia no queden en letra muerta y al mismo tiempo implorar que el don del trabajo, traiga pan a las mesas y sostenga la dignidad humana en nuestra Provincia, en Nuestro País, en Latinoamérica y en el mundo entero.


Río Gallegos, 30 de abril de 2004.

Mons. Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos



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