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NAVIDAD 2004


Mensaje
de monseñor Alejandro Buccolini, obispo de Río Gallegos
(25 de diciembre de 2004)



En la liturgia del tiempo de la Navidad, hallamos los versículos del capítulo XVIII del libro de la Sabiduría:”cuando un sosegado silencio todo lo envolvía, tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero salió del cielo, desde el trono real” (14-15) Estas palabras nos hablan del misterio de la Encarnación de Jesús y expresan maravillosamente el infinito silencio en el que tuvo lugar.

“Es en el silencio, dice  Romano Guardini, donde se realizan las cosas grandes. No en el bullicio y en la dispersión de los acontecimientos exteriores, sino en la claridad de la mirada interior, en el gesto callado de la decisión, en el sacrificio y en el vencimiento oculto y real.” 

Este silencio, ha quedado hoy invadido por toda la maquinaria publicitaria que se dispara en estos días.

“Al sexto mes del embarazo de de Isabel, fue enviado Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazareth, a una Mujer desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David”. “Alégrate llena de gracia, dijo el ángel, el Señor está contigo... No temas María vas a concebir un niño a quien llamarás Jesús, de la estirpe de David”. Y en un pobre pesebre y en una noche silenciosa, nació Jesús.

Por eso el que a un tal José y a una tal María les naciera un niño no necesita explicación, provoca alegría y mueve a la celebración. Es el eterno milagro de la vida. Nace un ser humano, abierto a amar y a pensar, a comprometerse y a crear, a sufrir y a gozar. Aunque también será tentado a cerrarse en sí mismo, y a renegar de lo humano.

Los seres humanos podemos estropearlo todo con nuestros ruidos, aun lo más profundo y bello, y lo hacemos. Dos cosas estropean la navidad en nuestros días, y mandan al exilio este sagrado silencio que ayuda a celebrar con el corazón y a sumergirse en el acontecimiento


La primera es –como siempre– el dinero.
El consumismo nos pone en el centro de la navidad el dinero, y eso genera un barullo y frenesí, un dinamismo alocado, que a lo largo de la historia ha ido cambiando las formas de celebración hasta degenerarlas. Ahora veneramos a un Santa Claus –bonachón, vendedor de ilusiones infantiles, todo hay que decirlo, que alguna necesidad llena–, pero al servicio del dinero. Queda para los templos, y algunos hogares, recordar una tradición más ancestral y más humana  Hoy, para el pobre José, la pobre María y el pobre Jesús no hay lugar en los supermercados. No sabrían qué hacer en ellos, pues, en definitiva, respiran negocio, ambición del dinero. Y los supermercados tampoco sabrían que hacer con ellos, pues no son símbolos que venden, no son buenos para el marketing.


La segunda es más grave: el estruendoso estrépito de la crueldad humana que perdura en navidad. Es la anti-navidad. En la de este año, en estos mismos días se anuncia la existencia de 42 millones de enfermos de sida –el 60% en Africa subsahariana  y solamente el 7% tiene acceso a tratamiento

Lo que sucede con los niños, y todavía está vigente, lo dijo Monseñor Romero, en palabras memorables, en la última navidad que celebró:

“Es hora de mirar hoy al Niño Jesús no en las imágenes bonitas de nuestros pesebres. Hay que buscarlo entre los niños desnutridos que se han acostado esta noche sin tener que comer, entre los pobrecitos vendedores de periódicos que dormirán arropados de diarios allá en los portales. Entre el pobrecito lustrador que tal vez se ha ganado lo necesario para llevar un regalito a su mamá o, quién sabe, el vendedor de periódicos que no logró vender los periódicos y recibirá una tremenda reprimenda de su padrasto o madrasta. ¡Qué triste es la historia de nuestros niños! Todo eso lo asume Jesús esta noche! (24 de diciembre, 1979).

-Jesús no llega de repente, como un fruto exótico. Es el final de un largo proceso histórico que se inició con Adán, que tomó fuerza con Abraham, que se vislumbró con David y los profetas y que finalmente Dios lo hizo emerger como Salvador. Todo en silencio respetuoso y todo paso a paso.

-Jesús no es un mito ni una abstracción, pertenece a la humanidad, a su historia, es totalmente hombre y con esa misma totalidad se comprometió con la historia de su pueblo. Es realidad histórica, y una presencia salvadora.

Celebrar la Navidad no es solamente recordar algo sucedido en el pasado. Hoy Navidad es una presencia del mismo Cristo resucitado que se reúne en la mesa con los suyos. Y sigue presente en la historia a través de su pueblo, un pueblo que a veces anda por las nubes.

El centro de la Navidad es el hombre porque Dios se ha hecho hombre. Y este es precisamente el hombre al que estamos todos llamados a encarnar. Es Dios quien hoy se minimiza para engrandecer al hombre. La Navidad nos da la base para elaborar un auténtico humanismo.

Queremos pedirle a Jesús que se quede con nosotros y que sepamos descubrirlo en cada día y en cada hermano aunque a veces cueste verlo por la penumbra del crepúsculo y del camino sombrío porque todo lo cubre nuestro egoísmo.

Queremos que Jesús viva en nuestra cultura, en nuestros gobernantes, en la educación, en la economía, en nuestras instituciones de la salud, que terminen las frecuentes profanaciones que van surgiendo como expresión de una no velada y creciente persecución religiosa pragmáticamente orquestada.

Que el Jesús que entró en la temporalidad para salvarnos no muera y esté presente llamándonos desde el indefenso, el pobre, y el débil, pidiendo un lugar en su propia casa, para hacer posible el alumbramiento de una nueva humanidad.

Que Navidad sea eso: nacimiento, no muerte, verdad no engaño, paz y no diplomacia, amor y no indiferencia, justicia y no demagogia, vida, no declamación!

Ven Señor, nuestro pesebre está preparado. Ven Señor y permanece para siempre.

Ven Señor, bendice nuestra diócesis, bendice nuestro pueblo.


Mons. Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos



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