|
SERVICIO Y
SOLIDARIDAD
Homilía de
monseñor monseñor Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos
en el Tedéum del 25 de Mayo de 2005
Mc. 10, 42-45:
“Al oír esto, los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan.
Jesús, llamándolos, les dice. “Sabéis que los que son tenidos como jefes de las
naciones las gobiernan como señores absolutos y los grandes las oprimen con su
poder. Pero no ha de ser así entre vosotros; sino que el que quiera llegar a ser
grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero
entre vosotros será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre, ha venido
a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”
Nos congregamos en nuestro
templo mayor, recordando el 25 de mayo histórico, tan significativo para nuestra
Patria. Tal suceso mostró a un Pueblo que se hizo protagonista ordenado,
consciente, participativo y entusiasta, de un hecho que maduraría después con la
independencia. Cuando es el pueblo el protagonista, la conciencia, la
iniciativa, y el consenso son comunitarios. Si es al revés, el protagonismo es
de unos pocos, y el resto es arrastrado privado de conciencia, iniciativa y
participación. Aquí radica la trascendencia del hecho de la gesta maya. Vale la
pena analizarlo y tenerlo como punto de referencia para la actualidad.
El diagnóstico de nuestra
realidad lo conocemos. No es el caso de repetirlo. Simplemente decimos que es
permanente el desafío de una “justicia demasiado largamente esperada”. Ahora
bien, este desafío debe ser afrontado con el protagonismo, la conciencia, la
iniciativa y la participación del conjunto de la sociedad. Sin duda, la
responsabilidad de la presente situación es colectiva. Aunque el peso de la
misma cargue particularmente sobre nuestras dirigencias: la política, económica,
sindical, cultural y religiosa.
Si surge de la sociedad en su
conjunto un clamor por la situación de pobreza, de miseria, inseguridad,
desajustes económicos, desigualdad de oportunidades, inequidad, persistencia de
la corrupción pese a los intentos por denunciarla y extinguirla, la raíz de todo
ello es un pecado “social”: es la estructura misma de la sociedad la que no
funciona, es su ordenamiento intrínseco. Por cierto, quienes asumimos roles de
dirigencia hemos sido convocados a mayor responsabilidad, con todo, no se podrá
esperar sólo de éstos la solución mágica de los problemas. Es preciso adherir
comunitariamente, y comunitariamente restablecer una conciencia solidaria y
servicial, bases para la construcción de una sociedad con justicia social.
El poder como servicio
El poder, desde la óptica
cristiana, si no es para servir, se transforma en opresión o en dominio. El
objetivo del Poder-Dominio es el bien individual, o sectorial y la propia
afirmación o perpetuidad del pequeño grupo que lo detenta. El objetivo del
Poder-Servicio, en cambio, es el Bien Común y la afirmación colectiva, en fin,
el bien social. Sin duda que captar, asumir y ejecutar esta concepción del
poder, requiere de un cambio cultural copernicano, en todos los estamentos de la
sociedad argentina, aunque por el influjo del ejemplo, esto debiera comenzar
siempre desde los altos escaños de responsabilidad ciudadana, pero también desde
las raíces civiles de un pueblo en todo su tejido social.
La cultura de la solidaridad y del trabajo
Solidaridad es una palabra
venerada y manipulada a la vez. Al igual que la palabra servicio. Ambas están
íntimamente relacionadas: una conciencia de comunidad de situación y destino
(solidaridad), empuja al conciudadano a una actitud de ofrenda y compasión
(servicio), frente a su semejante para que no haya ni arriba ni abajo: y sí,
“corresponsabilidad”. Todos poniendo el hombro al país. Y tal actitud, no podrá
prescindir de la cultura del trabajo, lo que comportará desistir de la infantil
costumbre de la prebenda, del clientelismo, del amiguismo y del des-compromiso
social. Laboriosidad y compromiso, han sido las premisas de los próceres que hoy
se quiere celebrar.
El servicio y la
corresponsabilidad suscitan el anhelo de un nuevo vínculo social. Servicio y
solidaridad: dos palabras grabadas a fuego en lo hondo de todos los corazones,
ya que es la reserva de nuestros abuelos y de tantos próceres.
Todos sentimos la necesidad
de superar las trabas que no nos permiten apropiarnos de una actitud de diálogo
creativo. Todos deseamos salir de la oscura y larga noche que nos impide
construir la nación que soñamos. Pero es la sociedad misma, dispersa y dividida
la que va minando los vínculos de la unidad y de la solidaridad, con actitudes
contrarias.
¿Por qué, no obstante el
testimonio de entrega y sacrificio de nuestros antepasados y de millones de
rostros humildes de hermanos nuestros, sentimos la desazón de la desesperanza y
del temor? ¿Qué es lo que traba la posibilidad de rehacer las actitudes de
nuestros antepasados? Nuestra historia se ha caracterizado, por profundos y a
veces rápidos sucesos que han perforado y martillado nuestra cultura, el
ejercicio político, y pulverizado muchos valores que configuraban nuestra
identidad, nuestra relación con nuestra propia gente y con el mundo entero.
Cuántos sufrimientos, cuántos dramas… pero también cuántas posibilidades y
esperanzas, si nos remitimos a una cultura de Solidaridad y Servicio.
Y es cierto que en el seno de
la comunidad siempre surgen talentos creativos que avivan el fuego de una nueva
imaginación. Existen muchas expresiones que van extendiendo redes solidarias y
puentes de fraternidad. Es decir, recursos hay, pero aislados, fragmentados,
faltos de continuidad.
Queda claro que no habrá
soluciones mágicas y definitivas, sino graduales, pero continuas, y que
corresponde a la dirigencia que ha recibido el poder de manos de sus mandantes,
el pueblo, la mayor cuota de responsabilidad para encontrar caminos y
estrategias adecuadas. Y queda claro también que el desafío alcanza a todos, sin
distinción, desde lo cotidiano.
Creo que es ésta una ocasión
para agradecer el apoyo divino y fortalecer el propósito de la unidad para el
bien común. Y desde la Fe, sabemos que en esta historia, Dios ha querido
introducir su Verbo eterno y asumir una humanidad como la nuestra. Esto
interpela a los que nos consideramos creyentes para dar cabida salvadora y
reconciliadora a aquel que es Camino, Verdad y Vida.
Mons. Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos
Río Gallegos, 25 de
Mayo de 2005. |