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CARTA
PASTORAL
Carta de monseñor Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos
a los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos en general, dirigentes,
movimientos, consejos pastorales y jóvenes (6 de julio de 2005)
Queridos
hermanos:
Acabo de recibir de los
Obispos de Río Negro una carta en defensa de la vida, preocupados por un
proyecto de ley provincial, que legitima en esa provincia la interrupción de las
vidas humanas cuando ocurrieren casos de violación. Bastará abrir esta puerta y
el horizonte que veremos no tendrá límites.
Simultáneamente en varios
países tales como Canadá, Holanda, Bélgica y recientemente España se legaliza la
unión de parejas “gays”.
Ambas propuestas son nefastas
con impredecibles consecuencias para la humanidad, aunque en grado diverso.
Algunas consideraciones
Llegará el momento en que
este tema, ya instalado entre nosotros, estará nuevamente sobre el tapete. No
podemos quedarnos en un silencio temerario aunque no complaciente.
Esto tiene que llevarnos a
pensar que este tema debe ser tratado en la comunidad parroquial, promover
jornadas por la vida, conferencias o disertaciones con profesionales en el tema.
Si es el caso algún acto público, podría corroborar nuestras convicciones. Al
parecer, todos tienen derecho de expresar lo que quieran sin ser discriminados.
Pero si somos los católicos al expresarlo, se nos discrimina inmediatamente,
llamándonos al silencio. No olvidemos que el Evangelio de Jesús perturbó siempre
el establishmen de su época. Pero Jesús, nunca se calló. En todo caso, lo
callaron y por ende lo discriminaron.
Juan Pablo II afirma que lo
del aborto no es una cuestión técnica de la vida que debe delegarse
exclusivamente a economistas, sociólogos y políticos sino que afecta a una
esfera social en la que todos estamos implicados. Todo ser humano tiene derecho
a una información veraz y razonable, a la formación integral y a la igualdad de
situaciones.
Frente a ésta, los principios
cristianos, a la luz de la fe, afirman que el compromiso con la vida es
ineludible y que comienzan desde el principio de su concepción hasta su fin
natural.
Con el tema del aborto en
particular, y de la sexualidad en general se manipula a los jóvenes, se les
miente y engaña para sacarles provecho y se los devalúa (por no decir se los
menosprecia) suponiendo que son capaces sólo de placer y no de optar. Se los
reduce simplemente a nivel de consumidores a-críticos e irresponsables.
En cuanto a la familia,
pertenece al patrimonio más originario y sagrado de la humanidad. Está incluso
antes que el Estado, el cual debe reconocerla y ha de defenderla.
La sexualidad es don y tarea,
requiere educación que evite cualquier otra forma de superficialidad. Ella es un
valor y no una mercancía.
Así como la banalización de
la sexualidad lleva al desprecio de la vida humana, el verdadero amor sabe y
busca custodiar la vida. Educar la sexualidad supone educar en el amor, la
caridad, la madurez de la persona y su plenitud.
Hago un llamado a toda la
comunidad previendo los acontecimientos y con la esperanza de no llegar
demasiado tarde. Nuestra acción puede significar mucho en defensa de los valores
humanos y cristianos, que son lícitos por no decir únicos y plenamente acordes
al ser humano. El cristiano tiene a su cargo, no solamente la misión de
denunciar, sino de dar propuestas concretas y oportunas como también un
testimonio convincente.
Es deplorable, por fin, que
una temática de tanta dignidad y de tal envergadura sea tratada tan procazmente
en los medios masivos de comunicación.
Hace poco, instituimos el
DEPLAI (Departamento de Laicos): este es el espacio concreto en el que todos los
laicos deben actuar, debatir y anunciar. Y cada parroquia debería plantear a sus
laicos dar vida y difusión a este espacio.
Ruego a Dios que ilumine a
los gobernantes y a quienes tienen capacidad de decisión, como también a todo el
pueblo de Dios, para comprender el misterio del amor y de la vida.
María Madre de la Iglesia que
integró la verdadera Familia y vivió plenamente su maternidad ayude en la
formación de hogares que promuevan la defensa de la vida y el amor mutuo.
Mons. Alejandro A. Buccolini, obispo de Río Gallegos
Río Gallegos, 6 de
julio de 2005. |