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A LA COMUNIDAD
Mensaje de Mons. Héctor Cardelli, obispo de concordia
28 de agosto de 2003.
Queridos cristianos de la
diócesis!
Estamos
viviendo tiempos de opciones.
Hace
mucho que somos concientes del sufrimiento que padecemos como sociedad
a causa de la injusticia, y mucho más dolorosa cuando es generada por
quienes se dicen cristianos.
La falta
de coherencia entre el decirse cristiano y el serlo es la razón de la
injusticia, acompañada por la deshonestidad en la función pública.
Aspirar a
la conducción de un pueblo exige un altísimo compromiso con el bien
común, donde los intereses personales de riqueza y poder, queden
totalmente asumidos por el de servir y buscar el bien de los
ciudadanos.
Tener
poder no es lo mismo que tener autoridad, ni hace legítima la
conducción honesta de un pueblo que ha esperado demasiado tiempo sin
ver revertida una situación que genera pobres e indigentes, a la vez
que inseguridad y ruptura de los vínculos más elementales de
convivencia social y humana.
Es
difícil comprender cómo poblaciones enteras que otrora fueron
pujantes, hoy están carentes de recursos y tengan gravemente
comprometido el futuro de sus hijos; la emigración es una amenaza de
huida que destruye el núcleo de nuestra comunidad familiar, local y
nacional.
Nuestra
situación de pobreza y falta de recursos no proviene de un
desencuentro de principios sino de una ceguera producida por el
desorden egoísta, del interés personal, el sacar ventaja, el
aprovecharse hasta llegar a dejar pueblos enteros sin trabajo y
funcionarios viviendo en la abundancia a espaldas de ese pueblo.
Día a día
nos asombramos de la avaricia incalculable de quienes en lugar de
hacer producir los talentos el ciento por uno en beneficio del
enriquecimiento del país, optaron por el propio enriquecimiento
cercenando el desarrollo de un pueblo, de quien se sirvieron y a quien
saquearon y traicionaron como argentinos.
Esperamos
de ellos que como Zaqueo decidan dar la mitad de los bienes a los
pobres, que es a quienes pertenecen, y devolver cuatro veces más a
quienes perjudicaron. Sólo así les alcanzará la salvación de Dios y se
restaurará la fraternal convivencia entre los argentinos.
Pero,
mientras esto no se produce, será necesario estar atentos, reflexionar
en positivo, arriesgarse a dar pasos en orden a servir a los demás,
asumir con sinceridad y rectitud de intención el rol que cada uno sabe
debe ejercer, proponerse, con el apoyo de los buenos y sanos de mente
y corazón a crear estructuras nuevas, impregnadas de justicia, verdad,
transparencia.
Nos hacen
falta ciudadanos nuevos y probos que se dispongan a funciones de
servicio, sepan renunciar a sus proyectos personales y sean generosos
a este reclamo del Bien Común que necesita de quienes cumplan con ese
deber cívico de responsabilizarse por el bien del hombre y su
dignidad.-
Será
signo de grave empobrecimiento si no surgen estas vocaciones de
servicio; una sociedad que no las produzca es señal de una total
resignación que mata el patriotismo y nos ensordece para desoir el
“ruido de rotas cadenas” que nos legaron.- Estamos despilfarrando una
herencia de honor y grandeza demasiado exigente para un enanismo que
tiende a ser crónico.
Es
necesario emerger de la precariedad e indignidad de la dádiva para
revalorizarnos como personas, crear la posibilidad del trabajo digno
que nos convierta en constructores de la provincia que queremos.
No es
posible robarle a los niños el derecho de recordar los “sabores de
mamá”. Esos “sitios” de comida no deben existir más. El padre y la
madre deben poder decirle a sus hijos las mismas palabras que dijo
Jesús en el marco de una comida: coman , este es el fruto del esfuerzo
de nuestra vida y que lo hacemos por Uds. a ejemplo de Aquel que nos
dio su cuerpo y su sangre.
Esos
hombres y esas mujeres están entre nosotros.
La
dedicación a la acción firme y perseverante hará florecer la esperanza
que nos dará fuerzas para la tarea común del compartir antes que del
acaparar.
Concordia,
28 de agosto de 2003.
Mons. Héctor Cardelli,
obispo de Concordia |