Homilía de Mons. Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta,
en el tedéum del 25 de mayo de 2002
Textos: 1ª Lect.: Is 58,6-11 / Sal 118 / Ev. Lc 22,24-30
Hermanos:
Es
inexorable el tiempo. Transcurre y nos lleva con él.
Marcado
entre los hombres por el moverse de la tierra alrededor del sol, hoy
nos trae a un nuevo 25 de mayo, que desde hace 192 años se ha
cargado de sentido para el hombre que vive en este tierra, para
nosotros, que estamos reunidos aquí, porque el 25 de mayo de 1810
maduró un proyecto de libertad que interpelaba la responsabilidad
de los ciudadanos del entonces Virreinato del Río de la Plata.
Venimos
a dar gracias por lo que recibimos en los 192 años de esta historia
que se integra en una historia posible de remontar hasta 1536,
cuando Diego de Almagro entra al actual territorio argentino por
este norte nuestro y Pedro de Mendoza funda por primera vez la
ciudad de Buenos Aires. O más atrás aún, hasta perderse en el
arcano del tiempo en la historia aún no oficialmente narrada de
nuestros aborígenes.
Venimos
a dar gracias. Pero también venimos a suplicar. Más aún en los
momentos difíciles de la Patria. Y es inevitable que, en un momento
como éste, surja en nosotros el examen de conciencia.
Por
ello nos hemos puesto ante la Palabra de Dios. Esa Palabra que
bellamente contempla el salmo 118. Tanto en Isaías como en el
Evangelio han resonado tres propuestas: Justicia. Solidaridad, que
nos lleva a compartir con el más necesitado. Libertad, que se
consuma en el don de sí responsable.
Hace
casi 19 años que transitamos el camino democrático. Hoy la
democracia tiene que luchar titánicamente para reconstruirse a sí
misma desde la promoción pura y sostenida de los valores que la
fundamentan. Permítanme proclamar cuatro palabras que, sin
agotarlos, hablan de algunos de estos valores:
Primero:
Es necesario devolver a la palabra humana el valor de comunicación
que genera confianza. No engañar, no mentir, han de ser nuestras
consignas. No podemos sacrificar la palabra al dinero
convirtiéndola en un letal instrumento de propaganda avara y
desmedida.
Segundo:
El trabajo ha de volver a ocupar su lugar de generador de
cultura. El trabajo real, lustrado con el sudor que da derecho
al salario. Y no la trampa de una componenda, un favoritismo, un
puesto no merecido.
Tercero:
El honor. ¡Señores!. El honor que nos lleva a empeñar la vida por
lo grande y se mide por la capacidad de entregarse uno mismo a los
demás, y es capaz de comprometernos hasta el punto de saber dar un
paso al costado cuando descubro que no soy útil o necesario.
Cuarto:
La justicia social, que dando a cada uno lo suyo, se alimenta y
alimenta la amistad social.
Así
contribuiremos a devolver la confianza a nuestra patria.
La
hora es una llamada que tiene la voz de tantos, tantos argentinos
que soñaron con una patria mejor; tiene la voz de los niños,
especialmente de los niños pobres, muchos de ellos mal alimentados;
de los jóvenes que miran el futuro con miedo por la incertidumbre
de la hora; de nuestros mayores que claman pidiéndonos que
reconozcamos su derecho a vivir dignamente. Pero, sobre todo, la
hora tiene la voz de Dios, que nos ha puesto en este tiempo para que
hagamos lo que debamos dando la vida por los demás. Debemos darle a
la patria lo que somos. Darle sólo lo que tenemos no basta.
25 de mayo de 2002
Mons.
Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta